Ganso y Pulpo

Vicente Colorado

Vicente Colorado Martínez nació en Valladolid el 19 de abril de 1850. De su infancia se sabe que sus abuelos maternos, que habitaban el campanario de la catedral de Valladolid, quedaron sepultados en el desplome de la torre en 1841, siendo extraídos sin más daño que el sufrimiento moral de verse enterrados vivos.

Como estudiante universitario, se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Central, pasando después a formar parte del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, donde ingresó el 9 de marzo de 1881, con destino en el Museo Arqueológico Nacional. Como funcionario, obtuvo diversos ascensos a lo largo de los años, llegando a oficial de segundo grado en 1903.

En su trayectoria funcionarial figura un trasladado a la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid en agosto del año 1900. Fecha próxima al fallecimiento de su madre, Rufina Martínez, el 12 de diciembre de 1901.

Sin poder definir el grado exacto que pudieran tener sus labores en el empleo público sobre su producción poética y literaria, rescatamos aquí unas líneas de Dionisio Pérez al respecto, en su artículo De la necesidad y utilidad del poeta, publicado en La Esfera el 5 de julio de 1930:

Cánovas del Castillo, conocedor como pocos de la dificultad y aun de la imposibilidad de ser poeta si no se posee naturalmente el quid divinum, complacíase en burocratizar a cuantos poetas se ponían al alcance de su influencia todopoderosa. A Vicente Colorado, clásico insigne injustamente olvidado, lo acomodó en el Cuerpo de Archiveros; a Salvador Rueda, por unas décimas detonantes, lo llevó al Ministerio de Ultramar, donde ya otros vates hacían estragos. Y es posible que por esta utilización del poeta en las funciones áridas y automáticas de la Administración, España dejara de tener grandes vates y, además, perdiera sus colonias antes que las demás potencias europeas, aun las más humildes, como Portugal y Holanda.

Destacó también como académico y orador en el Ateneo de Madrid. Este recorrido comienza en junio de 1882, cuando fue elegido secretario de la sección de ciencias morales de dicha institución, siendo presidente su amigo Urbano González Serrano. Así, en noviembre de ese mismo año, inauguró el curso con la lectura de su memoria Fundamentos de la sociología, siendo muy aplaudido por el auditorio. En este trabajo afirma que la sociedad es para el hombre complemento y garantía de sus funciones morales y materiales, y que debe procurar su mejoramiento y desarrollo.

Un año antes había dirigido la Revista ilustrada, cuyo primer número vio la luz el 1 de enero de 1881 y que mantuvo su andadura hasta diciembre de ese mismo año. En ella firmaron, entre otros, Canalejas y Urbano González Serrano.

No obstante, en líneas generales se mostró alejado de su faceta más académica, al menos en cuanto a publicaciones se refiere, hasta los últimos años de su vida, cuando se empleó en algunas traducciones para la Biblioteca Científico-Filosófica y para el editor Daniel Jorro: Ensayo acerca de la imaginación creadora, de Ribot (1901); Historia del materialismo, de Lange (1903); Lo bello: ensayo acerca del origen y la evolución del sentimiento estético, de Bray (1904); Errores científicos de la Biblia, de Ferriere (1904); y El dormir y el soñar, de Delboeuf.

Otra de las facetas desarrolladas por Vicente Colorado fue la de periodista político. Pasó a formar parte de la redacción de La Monarquía a inicios de 1888 y, en octubre de ese mismo año, figura entre las adhesiones públicas al partido conservador. En este tiempo se le conoce incluso como uno de los que más escriben contra el zolaísmo rabioso, como puede leerse en el número 120 de Revista de España.

Sus labores periodísticas le valieron, entre otras cosas, una cuestión personal, en abril y mayo de 1887, con el periodista Adolfo Suárez de Figueroa, apadrinado por Sánchez Campomanes y Gutiérrez Abascal. Colorado, por su parte, lo estuvo por Urbano González Serrano y Palacio Valdés. En el contexto de esta disputa se encuentra el texto Percances del oficio, publicado por Vicente Colorado en La Ilustración ibérica.

En este contexto, publicó en colaboración con su compañero en La Monarquía Eleuterio Villalba, con los seudónimos L. Gia y P. P. Gil, la sátira política Fusionistas en cuadrilla (1890), prologada por Carlos Frontaura.

El desempeño de estas labores, sumamente prosaicas para un poeta, siempre llaman la atención de quienes han valorado su talento artístico. Así lo exponía, por ejemplo, Salvador Canals en Nuevo mundo el 23 de mayo de 1895:

Vicente Colorado es un hombre que tiene por dentro un poeta que en vano ha querido ahogar el periodismo político, cuyo trabajo enervante imponen al poeta los bajos menesteres de la vida.

Y es que sus inicios literarios están íntimamente ligados a la poesía, siendo su primera publicación Glorias militares y literarias del reinado de Felipe II, un poema histórico que fue distinguido con el primer premio, regalo de S. M. el Rey, en el certamen literario verificado en Valladolid el 29 de septiembre de 1879.

Su segundo poemario fue Besos y mordiscos (1887). Tras este no llegó a publicar ningún otro volumen de poesía, aunque pueden encontrarse gran cantidad de ellas dispersas por las cabeceras de la prensa española de la época. Su versificación es fácil y de carácter castizo, sin ningún tipo de exageración lírica. Una de las formas más recurrentes en su repertorio es el soneto.

A pesar de no tener publicados más volúmenes poéticos, Vicente Colorado siempre fue considerado por sus coetáneos como un poeta sobre el resto de sus facetas. De hecho, llevó el verso a todas sus obras teatrales, dramas y comedias. Su acérrima defensa del verso puede quedar representada con las siguientes palabras de Miguel de Unamuno en Nuevo mundo el 14 de noviembre de 1924:

Mi amigo Vicente Colorado —¡cómo se le ha olvidado ya!—, fanático de la versificación —no toleraba que se hiciesen dramas en prosa—, me decía cuando apareció la primera edición de mi novela Paz en la guerra que debí haber puesto en verso su final, ya que era, según él creía, pura materia poética.

Su primera obra dramática fue De carne y hueso, un drama en tres actos y en verso, estrenado en el Teatro Español el 21 de noviembre de 1883. A pesar de que la acogida no fue mala, no volvió a presentar una nueva hasta más de una década después, cuando estrena en el Español, el 16 de enero de 1894, Día de prueba. Se trata también de un drama en tres actos y en verso, esta vez escrito en colaboración de su amigo Francisco F. Villegas, más conocido como Zeda.

Su siguiente obra fue Padre nuestro, un drama en un acto inspirado en la obra Páter, de François Coppée. Estrenado el 23 de marzo de 1895 en el Teatro de la Comedia tuvo una gran acogida, siendo aplaudido y del gusto del público. Se trata, quizás, del mayor éxito de Vicente Colorado sobre las tablas, consiguiendo incluso representaciones en otras ciudades de España como Barcelona o Valladolid.

Ese mismo año, el 14 de mayo de 1895, estrenó en el Teatro de la Princesa un cuadro de costumbres políticas titulado Manejos electorales. La obra, según algunas críticas de la época, es fruto de la observación de la realidad y se caracteriza por la facilidad en el diálogo, su propiedad en el estilo y su corrección en el lenguaje. Si bien fue llamado a escena tras la representación del estreno, las críticas de la prensa chocan con valoraciones positivas y negativas.

Su última obra representada fue Yo pecador, un cuadro dramático en un acto y en verso, estrenado en el Teatro de la Comedia el 28 de octubre de 1896. Esta vez las críticas coincidieron, pues la obra no gustó nada. En su tímida defensa solo se encuentran unas líneas de Pérez Nieva en el periódico barcelonés La Dinastía:

Vicente Colorado es uno de los escritores jóvenes de más nervioso estilo. […] En esta semana ha vuelto a estrenar Colorado en el teatro de la Comedia, un cuadrito delicadísimo en un acto, bajo la denominación de Yo pecador. Si la imagen no pecara de violenta resumiría yo el juicio de esta obrita diciendo que es un idilio pintado sobre el esmalte de una tabaquera de plata. Y sin embargo, no gustó por su arcaísmo de procedimiento.

La obra dramática de Vicente Colorado sobre las tablas de los teatros tiene casi tantas ausencias como presencias, pues la mitad de sus obras nunca llegaron a ser representadas. Tras el batacazo que supuso el estreno de Yo pecador, optó por poner cierre a su producción con la publicación en papel de su Teatro, dividido en dos tomos. El primero de ellos, publicado en febrero de 1897, editado con un carta que envió Alarcón al autor tras el estreno de De Carne y hueso a modo de proemio y un estudio crítico de Manuel Cañete acerca de esta obra, contiene el drama referido y el cuadro dramático Yo pecador.

El segundo tomo, publicado en el mes de octubre de 1897, recoge dos obras que no llegaron nunca a tener salida escénica: el drama en tres actos Francisca de Rímini y el cuadro baturro en un acto titulado El acta.

Otras obras que no llegaron a representarse fueron la comedia en tres actos Rinconete y Cortadillo, el drama en tres actos Creo en Dios, el drama en cuatro actos Dios te salve, María, el drama en tres actos El drama de Pésaro y El Credo, obra de tesis religiosa. La primera de ellas, basada en la novela ejemplar de Cervantes, fue publicada con la siguiente invectiva del autor, que da buena cuenta de su situación:

Un padecimiento crónico del estómago que me impide tragar porquerías, la imbecilidad de los cómicos, las intrigas de los que nada pueden y las malas pasiones de los que tienen más reputación que mérito, son causas bastantes para que dé mis obras a la imprenta, y no al teatro.

Además, en 1899, desde las páginas de España Artística, encabezó una enérgica campaña contra el extranjerismo que invade nuestro teatro.

Fue precisamente en la prensa periódica donde consiguió cierta estabilidad para sus publicaciones de carácter literario, firmando más de 120 colaboraciones en diversas cabeceras del país. Algunas de ellas son Día de moda, Revista de España, Revista contemporánea, El Imparcial, La América, España y América, El camarada, Vida nueva, Revista nueva, Gente vieja, etc. No obstante, las cabeceras en que fue más asiduo fueron La Ilustración Artística, La Época y, sobre todo, La Ilustración Ibérica.

Partiendo de sus trabajos en la prensa, publicó en 1887 Hombres y bestias, una compilación de varios artículos, donde su espíritu de observación y sus inclinaciones al pesimismo se hacen patentes.

La producción literaria de Colorado no está completa sin algunas publicaciones de difícil agrupación como Pasión, publicada por la casa de Gutiérrez y compañía en 1889; La bella nivernesa, traducción de la obra de Daudet (1890), un prólogo a la novela Correspondencia militar, de Rafael Mesa de la Peña (1890); el post-scriptum de Antiguallas, de Ricardo Sepúlveda (1898); el prólogo al libro Estrofas, de Manuel F. Villegas (1902); o el prólogo al tomo I de las Obras completas de D. Ramón de Campoamor, trabajo editado junto a González Serrano y Mariano Ordoñez entre 1901 y 1904.

De su vida literaria destaca su amistad con Zeda, González Serrano y Núñez de Arce. Anécdotas se refieren pocas, aunque se sabe que hacia 1872, junto a Ferrari, Macías Picavea, Estrañil, y Piqueras arrendaron la Casa de Cervantes de Valladolid e instalaron en ella un Ateneo literario que, por falta de recursos, duró poco tiempo abierto. Como firmante de peticiones públicas figura en la lista favorable a la plaza de Vico en el Conservatorio (1883), entre los defensores de los derechos de los autores dramáticos (1886), entre los solicitantes del indulto al periodista Francisco García Peláez (1895), de nuevo en relación a la propiedad literaria (1896) y en una carta abierta junto a otros escritores (Lustonó entre ellos) al gobernador civil sobre los niños vagabundos de Madrid.

De su vida personal se sabe muy poco, pues no era amigo de exhibiciones y vivía apartado de los lugares propios para la notoriedad, sobre todo desde que se manifestó su enfermedad. Únicamente sabemos que estaba casado, pues con su esposa se le pudo ver en el balneario de Mondariz el verano de 1903, cuando ya se encontraba bastante mermado de salud debido a la enfermedad crónica que acabó con su vida a las 7.00 horas del día 10 de septiembre de 1904, en el número 16 de la calle de la Colegiata, desde donde se llevó su cuerpo a la Sacramental de San Lorenzo.

Fernández Bremón, tras su muerte, lo recuerda desde su tribuna de La Ilustración española y americana en los siguientes términos:

Pequeño de cuerpo, inquieto y nervioso, agresivo en sus escritos, era tan buen versificador y tan buen prosista, como buen vallisoletano. […] Era de los pocos poetas que se recogían temprano y madrugaban.

En la misma cabecera, algunos días después, escribía Carlos Luis de Cuenca:

Padecía mucho físicamente, y llevaba impreso el sufrimiento en el rostro, por lo que siempre aparentaba mucha más edad de la que tenía; pero el sufrimiento, lejos de abatirle, excitaba sus energías.

Lo cierto es que después de su muerte, cayó en el olvido literario rápidamente. De hecho, una de las pocas pervivencias que tuvo trajo consigo fatales consecuencias para el editor del periódico La Unión, de Tarazona, condenado a 3 años, 6 meses y 21 días de cárcel y 250 pesetas de multa, costas y accesorías por publicar uno de los sonetos piadosos de Vicente Colorado titulado El burro y la burra.