Ganso y Pulpo

Luis Mariano de Larra

Hijo del escritor Mariano José de Larra y Josefa Weteret y Martínez, nació en Madrid el 17 de diciembre de 1830.

Durante su infancia, la situación familiar fue extremadamente complicada en el plano económico y la reina Cristina ofreció a la viuda tras el suicidio de Fígaro, el 13 de febrero de 1837, una plaza para su hijo en las Escuelas Pías. Sin embargo, Luis Mariano de Larra nunca llegó a disfrutar de dicha plaza y cursó sus primeros estudios en los colegios de Riesco Legrand y de Masarnau. Continuó después su formación académica en el Instituto de San Isidro, donde se graduó como bachiller en filosofía en 1845.

Desde entonces se dedicó a las letras, publicando su primera poesía con tan solo 16 años en El Heraldo. Sus poesías y artículos de costumbres los fue insertando desde entonces en cabeceras como El Teatro, El Sobrino, El Bardo, el Semanario pintoresco, La Ilustración y el Museo de las familias. Una precoz dedicación literaria que favoreció la protección del general Ros de Olano, que le eximió del servicio militar.

Su primer sueldo fijo lo tuvo como empleado en la redacción de la Gaceta, donde entró a trabajar en 1847 con carácter de escribiente y un sueldo de 4000 reales. Dentro de esta empresa ascendió, en 1856, al cargo de primer redactor, puesto que mantuvo hasta su cese en 1867 al ocurrir la primera supresión de la Imprenta Nacional.

Inmerso en los círculos artísticos desde muy joven, mantuvo estrecha amistad con otros literatos de la época como Luis de Eguílaz, Antonio Trueba, Agustín Bonnat, Eulogio Florentino Sanz, Ventura Ruiz Aguilera, Antonio Cánovas del Castillo, Adelardo López de Ayala, Manuel Fernández y González, Eduardo Asquerino, Antonio Hurtado, Ceferino Suárez Bravo, Rafael Gálvez Amandi, Pedro Antonio de Alarcón, Fernando Ossorio, Narciso Serra, Emilio Mario y Manuel del Palacio, junto al cual representaba dentro del grupo la broma y el horror ante lo serio y trascendental.

Asimismo, su pronta conquista del mundo teatral madrileño le permitió conocer a la actriz Cristina Ossorio y Romero, de la compañía del Príncipe, con quien contrajo matrimonio en 1856 y con quien tendría tres hijos: Mariano (cómico), María y Luis (autor cómico). De su vida familiar es destacable también la enemistad que surgió con sus hermanas tras el delito de usura cometido por Baldomera en 1876.

Luis Mariano de Larra, autor normalmente ajeno a la política, fue distinguido en vida con la Gran cruz de Isabel la Católica, libre de gastos, a propuesta del ministro de Ultramar Gasset, en 1872; si bien la ceremonia de entrega se realizó en 1876. También estuvo en posesión de la Gran cruz de Carlos III y la encomienda de San Mauricio y San Lázaro, de Italia.

La producción literaria de Luis Mariano de Larra se canaliza principalmente a través de la comedia y de la zarzuela, campos donde cosechó grandes éxitos, llegando incluso a acaparar el cartel de los teatros madrileños con sus más de 150 obras en tres actos. Esta cifra da cuenta de su tremenda prolijidad y su consecuente precipitación en la escritura, adoleciendo el común de sus obras de falta de estudio tanto en el plan como en el dibujo de los caracteres.

Sirva como muestra la crítica que le dedica Peregrín García Cadena en El Imparcial el 5 de junio de 1874:

D. Luis Mariano de Larra, escritor justamente aplaudido, autor de muchas obras, con razón celebradas por el público y enaltecidas por la crítica, y que suele, en ocasiones no pocas, desplegar un ingenio heroico para ocultar la ausencia de ingenio.

[…]

Pero ya lo hemos indicado: el Sr. Larra es un ingenio a propósito para llenar las necesidades de los tiempos que corremos; una imaginación laboriosa, fecunda en arbitrios; un habilísimo guerrillero de la literatura, acostumbrado a vencer por sorpresa. Su arte dramático no es tanto el resultado de una poética basada en el sentimiento sincero y apasionado de la belleza, como el de una excéptica conciencia literaria, acompañada, por supuesto, de un clarísimo ingenio, y arrastrada contra su natural delicado y susceptible, por el resbaladero del mal gusto reinante y el auge de la adulada medianía.

Ciertamente, consiguió conectar a la perfección con el gusto del público del tercer cuarto del siglo XIX, si bien este mismo éxito acabaría volviéndose finalmente en su contra. Ya en el siglo XX, algunos autores encontraron las razones de su debacle escénica en la envidia de otros dramaturgos y críticos. Así lo explica Flores García en La Esfera el 26 de febrero de 1916:

En cuanto Luis Mariano de Larra comenzó a estrenar comedias y a ganar dinero, los impotentes y los fracasados, que forman legión y que son los eternos y jurados enemigos del éxito ajeno, empezaron a discutirle de mala fe, comparándolo con su padre, para llamarle, como le llamaron durante mucho tiempo, «Larra el malo». [...] ¿con qué lógica se le podía llamar Larra el malo? ¿Dónde estaba el Larra bueno, autor dramático?

Debe notarse que su fortuna teatral le supuso la económica no solo por la gran cantidad de obras que escribió y estrenó con éxito, sino porque, al igual que Eguílaz y Campodrón, conservó la propiedad de sus obras dramáticas, formándose una renta notable y en aumento desde el inicio de su carrera. Ahora bien, la administración de sus ahorros nunca fue ejemplar, como apunta Carmen de Burgos en La Esfera el 5 de marzo de 1921:

Empezó a construirse una casa, y cuando estaba a medio hacer pensó que estaría mejor en la acera de enfrente, y la demolió para edificarla en el otro solar.

La fortuna atrajo sobre él la envidia. Quisieron hacerle cómplice de Dª Baldomera, y a tal punto llegó la animosidad, que sus obras se silbaban sin oírlas.

Quizás esa necesidad constante de dinero latía en la polémica que sostuvo con Arderius en 1882 a propósito de su sueldo, cuando llegó a lamentar que, trabajando cinco horas diarias y produciendo tres obras al año, solo lograba reunir una renta de seis mil duros anuales.

Asuntos pecuniarios aparte, Luis Mariano de Larra ejerció en el mundo del teatro como director artístico de la Compañía Lírico-española, empleada en el teatro Español durante las temporadas 1870-71 y 1871-72; y en el teatro de la Zarzuela en las temporadas 1872-73 y 1879-80. También ejerció este rol al frente de la compañía del Nuevo Teatro de Valdemoro, donde residía, en el año 1900.

Su ópera prima fue El toro y el tigre, apropósito en un acto y en verso, escrito en unas horas con Ramón de Valladosas y Saavedra y estrenado con éxito en el Teatro del Instituto el 2 de junio de 1849. A esta pieza siguieron en 1851 Un embuste y una boda, con música de Oudrid; El cuello de una camisa, escrita con Cayetano de Suricalday, a quien robaron la noche de la representación; y En palacio y en la calle, drama en tres actos y en verso estrenado el 25 de mayo con gran éxito en el Teatro del Príncipe y representada en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona a finales de 1853. Precisamente en este año estrenó otras dos comedias: El amor y la moda y Las dos noblezas, escrita con José María Larrea. El jueves 22 de septiembre de 1854 se estrenó en el Teatro de Variedades Una nube de verano, escrita también con Larrea y que fue censurada en Barcelona tres años después, aunque en 1867 pudo representarse por fin en dicha ciudad. De 1854 son también las comedias en tres actos y en verso Lanuza, Una virgen de Murillo y Entre todas las mujeres, escritas las dos últimas con Eguílaz. De 1855 son El beso de Judas y Una lágrima y un beso.

En 1855, con más de una decena de obras estrenadas, Luis Mariano de Larra se convierte, además, en uno de los socios fundadores de la Asociación de autores dramáticos. Esta iniciativa le acarreó al principio ciertos conflictos, pues su siguiente comedia, titulada La flor del valle y estrenada el 29 de mayo de 1856 con éxito brillante en el Teatro del Príncipe, fue suspendida a los dos días del estreno a pesar del éxito de público como venganza hacia la iniciativa de la asociación.

También en 1856 estrenó La pluma y la espada y Batalla de reinas, arreglo de una comedia de Leon Gozlan escrito con Isidoro Cid y Baus. En 1857 triunfa entre el público con la comedia de enredo El amor y el interés, a la que los críticos de la prensa echan en cara que, al igual que sus trabajos anteriores, está escrita con demasiada ligereza y no sirve a más fin que el mero entretenimiento durante 2 o 3 horas. No obstante, tuvo varias reposiciones en 1870. Por Pascua de 1857 presentó otras dos comedias de enredo: La planta exótica y La paloma y los halcones. Para la temporada de 1858 dio a la escena otras tres obras: El rey del mundo; La perla negra, zarzuela arreglada del francés con música de Mariano Vázquez; y La oración de la tarde, estrenada con grandísimo éxito en el Teatro del Circo el 25 de noviembre. Esta obra fue representada durante 29 noches consecutivas, repuesta en múltiples ocasiones años después, celebrada en otras provincias, arreglada al francés para el Odeón por Guij, traducida al portugués por João d'Arias Carballo y objeto de polémica por la acusación de plagio entablada por Pérez Escrich en relación a su obra El cura de aldea. El tribunal literario formado para dirimir la cuestión no emitió fallo alguno, explicando las posibles reminiscencias en la coincidencia del pensamiento de ambos autores. La polémica perdió fuerza cuando algún crítico apuntó que dicha coincidencia pudiera haber surgido en el pensamiento de tomar prestado el tema de alguna obra del teatro francés.

A pesar de las críticas de la prensa, que siempre acusaban la falta de novedad de sus obras y la necesidad de un trabajo mayor en sus planteamientos, Larra siguió logrando enormes éxitos de taquilla con sus trabajos. Rescatamos aquí, como muestra, la crítica que Antonio Arnao hace de los trabajos del cómico en el Álbum de señoritas y Correo de la moda el 8 de mayo de 1858:

D. Luis Mariano de Larra es uno de los autores jóvenes que pudiera aspirar a triunfos verdaderos si quisiera sacar de sus buenas condiciones de poeta dramático todo el partido que las mismas permiten. Dotado de clara concepción, de imaginación fecunda, de graciosa y fácil manera en la versificación, comunica a sus obras un agrado que las salva muchas veces de los efectos de su débil composición y de un argumento pobremente meditado. No es esto seguramente lo que debe desear este joven. Y no se crea que tal opinión carece de fundamento: personas más autorizadas, y el público en general, echan de menos en sus dramas la intensidad de pensamiento, la novedad de asunto o de ejecución que se requiere para conquistar un puesto verdaderamente distinguido en los anales del teatro.

Así pues, volcado en la consecución de la fortuna terrena en aras de la gloria futura, estrenó en 1859 las comedias Los lazos de la familia; Rico de amor, arreglo sobre una pieza famosa del francés; Barómetro conyugal, escrita con Ventura de la Vega; y La caza del dote. En 1860 presentó La agonía y Perlas y flores. De 1861 es La primera piedra, una comedia destinada a estrenarse en Valencia a beneficio de Fernando Ossorio, pero que no fue aprobada por la censura, quedando su estreno postergado hasta el 24 de diciembre de 1862 en Madrid. Respecto a ella debe notarse que, a diferencia de las anteriores, se caracteriza por sus aspiraciones de producción filosófico-moral y no alcanzó el éxito que según algunos sectores de la prensa merecía. También de 1862 son la comedia de enredo Dios sobre todo, que alguno encontró inspirada en El hombre de mundo; la zarzuela Las hijas de Eva, con música de Joaquín Gaztambide, y que contó con reposiciones eventuales hasta el año 1912; y El hombre libre, arreglo del francés La vie independante. En 1863 ven las tablas cuatro nuevas obras: Los infieles, escrita con Narciso Serra e inspirada en un vodevil de Paul de Kock; Estudio del natural, drama de pensamiento moral; La cosecha, obra menor también con cierto talante moral; y La conquista de Madrid, zarzuela musicada por Joaquín Gaztambide, que fue repuesta en 1864, 1868 y 1874.

Quizás movido por el éxito lisonjero de la zarzuela, en los años 1864 y 1865 se volcó en el género lírico, produciendo cuatro obras: Cadenas de oro, escrita con Navarrete y con música de Arrieta; Una revancha, arreglo del francés con música de Ignacio A. Campo; La ínsula Barataria, con música de Arrieta; y Punto y aparte, con música de José Rogel.

En 1866 estrenó cuatro obras teatrales con las que consiguió un éxito mayor si cabe a sus piezas anteriores. En los brazos de la muerte, drama ambientado en el año 924, obtuvo un señalado triunfo en su estreno el 20 de abril, siendo Luis Mariano de Larra llamado al escenario varias veces; ¡Bienaventurados los que lloran!, comedia en cuatro actos y en verso, se estrenó con extraordinario éxito en el teatro del Príncipe el 19 de mayo, también contó con buena acogida en la prensa y tuvo reposiciones ocasionales hasta 1884; El bien perdido, estrenado el 9 de noviembre también consistió en un triunfo para el autor, que fue llamado a las tablas varias veces; Oros, copas, espadas y bastos, estrenada el 30 de diciembre, también contó con reposiciones hasta el año 1900.

En 1867 volvió a la zarzuela, en colaboración con el músico José Rogel, con Los órganos de Móstoles y Los infiernos de Madrid, zarzuela fantástica que obtuvo muy buen éxito, contando más de 60 representaciones y diversas reposiciones hasta 1877. Es precisamente en estos años cuando el éxito de público llega a su techo, al mismo tiempo que la crítica seria comienza a encarnizarse con el autor. Así lo hacen notar sus obras de 1868, centradas en el género de las comedias y zarzuelas de magia: El ángel de la muerte, drama fantástico y de espectáculo arreglado a la escena española; La varita de virtudes, zarzuela de magia con música de Gaztambide y que contó más de 35 representaciones; y Los misterios del Parnaso, con música de Emilio Arrieta y cuyo estreno produjo un estallido de unánime indignación en toda la prensa (desde la que se llegó a pedir incluso que se le expulsara del Ateneo), pues se trataba de una diatriba contra los periodistas y críticos, a quienes presentaba corrompidos y venales.

En 1869 presentó El becerro de oro y Los hijos de Adán. A ellas siguieron en 1870 La hija natural y El árbol del paraíso. De 1871 son Los hijos de la costa, zarzuela con música de Miguel Marqués; Justos por pecadores, zarzuela con música de Cristóbal Oudrid y Miguel Marqués; El caballero de gracia, drama cuyo argumento consiste en explicar la tradición que dio nombre al oratorio y calle del Caballero de Gracia; y el juguete La tarde de Nochebuena. En 1872 estrenó La prima donna, apropósito en un acto con música de varios autores; y El atrevido en la corte, zarzuela cómica con música de Caballero que generó cierta polémica por escarnio de las prácticas religiosas de la iglesia.

En 1874 vuelve a la zarzuela fantástica y de gran espectáculo con dos piezas que alcanzarían gran éxito. La primera de ellas es Sueños de oro, con música de Barbieri, estrenada en el Teatro del Circo el 5 de abril de 1874. Desde entonces alcanzó 94 representaciones en dicho foro y sucesivas reposiciones hasta 1883. La segunda es El barberillo de Lavapiés, también con música de Barbieri, estrenada en Jovellanos el 19 de diciembre. La obra contó con más de 60 representaciones y reposiciones prolongadas durante las siguientes tres temporadas teatrales. De este mismo año es Una lágrima, arreglo de una obra de Octave Feuillet.

El 18 de agosto de 1875 se estrenó en el Teatro del Príncipe Alfonso La vuelta al mundo, presentado como viaje inverosímil de gran espectáculo y escrito como imitación de Julio Verne. La obra, musicada por Barbieri y José Rogel, alcanzó 114 representaciones y se pueden encontrar reposiciones hata el año 1914.

Su siguiente trabajo, estrenado el 19 de octubre de 1875 en el Teatro de la Comedia fue Los corazones de oro, obra que guardaba cierta semejanza con otra de Émile Augier y que tuvo buena acogida tanto en su primera temporada como en sus reposiciones, que se prolongaron hasta el año 1899.

Tras estos dos éxitos, 1876 volvió a ser un año sumamente prolífico, con el estreno de hasta cinco obras: el juguete Tres pies al gato; Chorizos y polacos, zarzuela de costumbres teatrales del siglo XVIII, con música de Barbieri; Viaje a la luna, zarzuela imposible, imitación de Verne, Poe y Camille Flammarion y todos los autores seleníticos antiguos y modernos, con música de Rogel; Juan de Urbina, zarzuela con música de Francisco Asenjo Barbieri; y Los pajes del rey, con música de Cristóbal Oudrid. En 1877 solo presentó una obra, Las campanas de Carrión, arreglo de la ópera francesa Les cloches de Corneville, con música de Robert Planquette.

Comienzan a aumentar desde entonces las acusaciones de decadencia en sus obras, no solo entre los críticos de la prensa, sino también en los teatros, llegando algunas a ser silbadas incluso antes de ser representadas. Con diferente fortuna, mas siempre escasa, se representaron en 1878 la comedia ¡Risas y lágrimas! y la zarzuela El cepillo de ánimas, con música de Fernández Caballero. El 22 de diciembre de 1879 estrenó en Jovellanos El Corpus de sangre, con música de Fernández Caballero y a la que se le acusa de fallar en todo, incluso en llenar una obra de asesinatos, incendios, sangre, saqueos y violaciones para los estrenos de Navidad. Cada vez con menos asiduidad van apareciendo nuevos títulos como Las ranas pidiendo rey (1881), con juicios divididos entre el público y a cuyo estreno no acudió Luis Mariano de Larra pretextando estar enfermo. A finales de este mismo año se representan las zarzuelas La niña bonita y Los hijos de Madrid. Es de 1882 Los hombres serios. En 1883 se estrenan la opereta Bocaccio, arreglo con música del maestro alemán Franz de Suppé; y La africanita, con música de Guillermo Cereceda y en cuyo ejemplear impreso se lee Silbada estrepitosamente sin oírla la noche del 9 de enero de 1883 en el teatro Circo de Price, de Madrid, y aplaudida después en todos los teatros de España donde se ha representado. De hecho, esta obra se prohibió en la capital tras su séptima representación por cuestión de orden público.

Desde este momento el número de nuevas obras continúa disminuyendo: ¡Un buen hombre! (1884); El año de la Nanita (1886), intento de continuación de El barberillo de Lavapiés, con música de los maestros A. Rubio y C. Espino, que aun siendo llamados a escena, ninguno quiso presentarse; La viuda de López (1886), arreglo de la obra de Dumas hijo Monsieur Alphonse; y La gala del Ebro (1886), estrenada en el teatro Principal de Zaragoza y que obtuvo una bochornosa crítica en la prensa local.

Como último recurso, Luis Mariano de Larra optó por seguir su producción con el pseudónimo de Antonio López Ayllón. Sin embargo, pronto fue reconocido su verdadero nombre. De esta época son El estudiantillo, arreglo del francés con música de Llanos; Manolito el Rayo, arreglo del francés con música de Suppé; José María, opereta con música del alemán Milloker; y Julia, estrenada el 1 de diciembre de 1891 en la Comedia, arreglo de Feuillet.

Desde entonces, desconocedor de los nuevos gustos escénicos y sin posibilidad de enmascaramiento, decidió retirarse de la producción teatral y recluirse en su casa de Valdemoro.

Aunque toda esta ingente producción dramática eclipsó el resto de su trabajo artístico, Luis Mariano de Larra también abordó la narrativa con la publicación de tres novelas: Tres noches de amor y celos (1855); La gota de tinta (1857), escrita en exclusiva para La Iberia y publicada por entregas; y La última sonrisa (1892), novela de costumbres contemporáneas ilustrada por Alfredo Perea y que fue regalo a los suscriptores de La Ilustración Artística.

También tradujo en 1859 La lápida mortuoria, de Alejandro Dumas, y fue autor del prólogo de Verdades y ficciones (1874), de Ramón de Navarrete.

En el plano lírico se cuentan algunas poesías publicadas en la prensa y la letra de ¡Ay, qué suspiro!, habanera para canto o piano, con música de A. Llanos, escrita para el coro del teatro de la Zarzuela en 1871.

Su participación en la prensa desde 1867, tras la supresión de la redacción de la Gaceta, lleva su nombre a cabeceras como Los niños o La Ilustración de Madrid. Sin embargo, su principal colaboración es con La Ilustración Artística, donde publicó entre 1882 y 1894 un total de 25 cuentos. Por último, en el año 1900, se convierte en uno de los principales fundadores de Gente Vieja.

Con el fin de mantener unos ingresos fijos de cara a sus últimos años de vida, ya apartado de la vida teatral, prestó servicio administrativo en el Ministerio de Fomento, donde cuenta Pérez Nieva (La Dinastía, 3 de marzo de 1901) que lo veía cada tarde tomando su café puro.

Había ganado un dineral, pero el literato es literato y por tanto un soñador siempre. Metido Larra en negocios de edificación de casas, vio desvanecerse poco a poco su fortuna. Ya viejo para escribir, vivía de la renta de algunas de sus obras y su empleo.

Como parte de su trabajo partió como delegado de España en la Conferencia internacional de Roma para la protección de la industria (1886) y, posteriormente, en las de Bruselas (1897) y Madrid. Desde 1886 hasta la fecha de su muerte en 1901, desempeñó el cargo de director del Boletín Oficial de la Propiedad intelectual e industrial, dotado con 6.000 pesetas anuales. Además, en 1889 fue nombrado representante de patentes y, en 1891, plenipotenciario para la firma de los protocolos.

En estos años de funcionariado, su figura de autor dramático fue honrada hacia el final de sus días, cuando fue nombrado miembro del Consejo de honor de la Asociación de Autores, Compositores y Propietarios de obras dramáticas en julio de 1900.

Retirado a su casa de Valdemoro, único patrimonio que le quedaba tras una sucesión de negocios inmobiliarios fallidos, Luis Mariano de Larra falleció el 20 de febrero de 1901, a las 18:30 horas, en Madrid, repentinamente, víctima de una angina de pecho. De hecho, siempre fueron los pulmones su principal punto débil: desde 1878, cuando estuvo enfermo de pulmonía, hasta la grave bronco-neumonía que hizo temer por su vida en julio de 1895.

El cortejo fúnebre que lo condujo al cementerio de Santa María soportó nieve y granizo, pasando por los teatros de la Zarzuela, la Comedia, el Español y la Sociedad de autores. Entre los acompañantes del féretro se encontraban, entre otros, Ramos Carrión y Alejandro Larrubiera.