Ganso y Pulpo

José María Matheu

Nació en Zaragoza en 1847 y allí estudió Derecho para convertirse en abogado, oficio que alternó desde muy pronto con sus labores literarias, afines a las estéticas del realismo y naturalismo. Confundido habitualmente con el editor madrileño homónimo, se sabe que escribió también con el seudónimo de Roberto de Alvar, aunque toda la producción que de él conocemos va firmada con su nombre de pila.

Su bautismo de fuego literario se remonta al 15 de octubre de 1872, cuando resultó premiado en el certamen de poesía organizado en Zaragoza en honor de la Virgen del Pilar. Residente ya en Madrid, se conoce como su primera publicación el poemario Los primeros acordes (1874), al que continuó Al hombre por la palabra; aunque ambas obras pasaron bastante desapercibidas en su momento.

En el año de 1883 es colaborador habitual de la Revista ibérica, donde publicó tres cuentos, un artículo y varios sonetos. Un año más tarde publicó La casa y la calle, libro de observación y análisis con el que consiguió posicionarse como escritor realista. Durante esta década continuó su producción con la novela La ilustre figuranta (1886), el cuadro de costumbres aragonesas Un rincón del Paraíso (1886), la novela Un santo varón (recuerdos de un pobre diablo) (con la cual se inició la Colección contemporánea de novelas cortas en 1888) y el estudio de costumbres Jaque a la reina (1889).

En 1891 publica El santo patrono, después de haber estado callado durante un tiempo debido a ciertas circunstancias particulares y dolorosas, y en 1893 ve la luz La gran nodriza. En 1895 publica un volumen de cuentos, ¡Rataplán!, que es el tomo XXII de la Colección Diamante. En 1897 publica una nueva novela, titulada Marrodán primero y que es continuación de El santo patrono. Su última obra antes de acabar el siglo fue Carmela rediviva.

Así, con 11 títulos de narrativa publicados, José María Matheu consiguió postularse como una de las nuevas voces a tener en cuenta dentro del panorama literario español; sin embargo, a diferencia de la mayoría de escritores de la época, Matheu nunca optó por apoyarse en las colaboraciones periodísticas para apuntalar su nombre, si bien dejó algunos textos esporádicos en cabeceras como Revista Nueva, El Álbum ibero americano, Los Lunes de El Imparcial, La Ilustración Artística, La Ilustración Ibérica o Por esos mundos, entre otras. Así lo hacían notar en Gedeón en abril de 1899:

El amigo Matheu no es de los escritores que «se hacen el artículo», sino de los que se hacen una novela todos los años, renunciando a los derechos pasivos de la gacetilla y del reclamo.

Quizás por ello, las críticas a sus obras durante los primeros años del siglo XX fueron cada vez más prolijas en extensión y aplausos, pues como ya hemos dicho los críticos siempre lo tuvieron en alta estima.

En el año 1900 publicó Gentil caballero, libro de costumbres modernas que Mariano de Cavia alabó en El Imparcial en los siguientes términos:

El pacífico, suave y delicado pintor a la holandesa de nuestros «interiores» burgueses se ha renovado y modernizado, muy gentilmente y muy cavalierement. Corta y pincha a ratos como un Marcel Prevost o un Paul Hervieu…

Poco más de un año después, sin que mediara nueva publicación del autor para justificar la atención recibida, era Alejandro Sawa el que lo presentaba como uno de los primeros escritores contemporáneos, si bien le achacaba que, sin ser modesto, tampoco era ambicioso. Recogemos a continuación un fragmento de sus palabras, publicadas en la sección «De mis notas» de El Globo en septiembre de 1901.

Concibe como un poeta, mesura como un matemático y escribe como un académico, y ese es su mal, que ignora la bilis y la sangre como elementos sine qua non de la expresión artística.

De 1904 es su novela Aprendizaje. Sobre ella dice Pedro González-Blanco en Nuestro tiempo:

La incomparable cualidad de los libros de este novelista, aun de los que en su obra total son inferiores, es la sinceridad, es la verdad. Se nota perfectamente que todo lo que allí se relata ha sido visto antes y puede verse aún, y que la imaginación solo sirvió para transportar a los personajes del dominio de la realidad a la atmósfera más viva, más clara y más vibrante del arte.

Por otra parte, desde El Imparcial se le echaba en cara esa falta de bilis a la que aludía Sawa años atrás:

El Sr. Matheu «construye», sin duda, sus personajes con datos de la realidad. Pero no acaba de infundirles el movimiento, las imperfecciones y las contradicciones mismas de la vida.

Pero ante todo, siempre se ensalza su figura de escritor independiente, de hombre que no se vende a los gustos de críticos o público. Como muestra de ello sirven algunas de las críticas que se escribieron a propósito de El pedroso y el templao, publicada en Revista de Aragón, que él mismo fundó.

Pedro González-Blanco, dice sobre él en La Lectura:

Matheu es ante todo un antiprofesional. Si alguien desease hacer la apología del escritor independiente y fijarse en un tipo representativo para trazar una semblanza universalizante, a la manera inglesa, lo encontraría de fijo en estos dos grandes novelistas de la última mitad del siglo pasado que se llaman Armando Palacio Valdés y José María Matheu.

[…]

Matheu me da la impresión de un hombre que, por natural destreza, escribiera bien; es más, que no pudiera escribir mal; pero que no escribiera con miras literarias ni perspectivas de posteridad, como miserablemente escriben todos o gran parte de los que andan atascados en estas juncosas lagunas de lo que con nuestro énfasis característico llamamos literatura, y que es algo tan vano, fútil y hueco como el aullido de los canes a la blanca luna.

[…]

Vuelvo a Matheu, y digo que en él se advierten la jugosidad primitiva y las ingenuidades frescas del que no está a merced de críticos y de revistas.

En definitiva, José María Matheu era, todavía en 1906, un Gran novelista apenas conocido, como puede leerse en la Revista contemporánea. No obstante, continuó publicando sus trabajos narrativos, aunque bien es cierto que estos fueron disminuyendo paulatinamente. Es de 1908 La hermanita Comino, colección de cuentos que forma parte de la Biblioteca Argensola. En 1909 se publicó Entre el oro y la sangre en la colección de El cuento semanal, donde también se imprimió Después de la caída (1911).

En 1913 publicó bajo el título de Lo inexplicable, en la Biblioteca Patria, dos novelas cortas: Lo inexplicable y Piénsalo bien. Un año más tarde se incluyó uno de sus cuentos en el cuarto tomo de los Cuentos baturros de Gascón, titulado Miá lo que es la vergüenza…

Puede apuntarse que en estos años (1908-1913) su actividad social fue mayor, contándose entre los asistentes de varios banquetes de homenaje a compañeros como Andrés González Blanco, Ortiz de Pinedo o Martínez Olmedilla.

Desde entonces, José María Matheu quedó sumido en el olvido… hasta 1923, año en que Azorín lo descubrió en su serie «Escritores del siglo XIX» en el diario ABC. Así lo recibieron en La Esfera:

En estos momentos anda Azorín a vueltas con un novelista ignorado. Acaba de «descubrirlo». Se llama José María Matheu, y ha escrito un montón de volúmenes inmejorables. Y a todos los amigos que encuentra al paso les pregunta Azorín: «¿Ha leído usted las novelas de Matheu?…» Y resulta que nadie, nadie las ha leído, ni los escritores jóvenes ni los que tienen más de cuarenta años. Pues bien: el novelista Matheu vive, pasea por Madrid, no es una entelequia; el novelista Matheu escribió sus obras hace treinta años… y nadie lo conoce. Azorín nos lo arranca ahora de la región del olvido, como quien trae un fantasma del fondo de las sombras.

El empuje de Azorín permitió que Matheu, a los 76 años, gozase de un reconocimiento que de otro modo nunca habría tenido, quedándose como otros tantos escritores sin ni siquiera unas breves líneas de despedida en la prensa. Así, considerado por el joven escritor como un maestro de la generación del 98, recibió un banquete en su honor en Zaragoza, donde se le hizo entrega de la medalla de oro de la ciudad.

Del mismo modo, se escucharon sus recuerdos, que lo sitúan en banquetes del PEN Club, como miembro del Bilis Club y veraneando puntualmente en Castilla durante 27 años.

Por otra parte, su redescubrimiento le valió a Matheu para reunir sus trabajos líricos en una antología poética titulada Orientaciones (1928) que, sin embargo, se consideró tremendamente anacrónica por su campoamorismo radical. Gómez de la Serna lo llamó el Tutankamon de las letras.

Matheu, soltero y sin parientes, con su carácter humilde que lo tuvo frecuentemente aparatado del medio literario, pasó sus últimos años, víctima de una ceguera casi total, dando paseos diarios hasta la Puerta del Sol y merendando en La Mallorquina. Finalmente, murió en su domicilio de calle de la Puebla a las 17.00 horas del 6 de marzo de 1929, víctima de una enfermedad biliar y sin nada que testar a su ama de llaves, Juana Viñas, que llevaba 16 años con él y que era la encargada de leerle libros y redactar sus últimos trabajos al dictado.