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El doctor jorobado

Por Pedro Escamilla

Nota previa

Se reproduce a continuación el folletín El doctor jorobado, de Pedro Escamilla.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos entre las semanas 43 y 52 de 1879 (época II, año III, núms. 43-52).

Su publicación en formato HTML abarca los días 22 de junio al 1 de julio de 2015.

El texto se ha podido actualizar ortográfica y gramaticalmente, de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Pedro Escamilla falleció en 1907). Por otra parte, la edición aquí presentada se distribuye gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto. Esperamos, además, su participación en el comentario del folletín en las redes sociales, empleando el hashtag #drjorobado.

Capítulo I Una cena interrumpida

I

En la noche del 23 de agosto de 1622, a eso de las nueve, cenaban mano a mano, y con excelente apetito, el doctor Juan Benavides y el corregidor Felipe Carvajal, en casa de este último, en la calle de la Villa.

La causa de reunirse a la mesa ambos amigos era el ser aquel día el del santo del corregidor, y no escogieron, como parecía natural, la hora de la comida, por tenerles entretenidos las visitas del doctor y las ocupaciones del alcalde.

Ambos eran gastrónomos, enemigos de comer precipitadamente, lo cual acarrea desarreglos en la digestión, y opuestos a que la presencia de un extraño turbase con alguna mala noticia los placeres de la mesa.

Antes de comenzar el ataque al primer plato, el corregidor había dado las órdenes más severas a su ama de gobierno, por las cuales, no siendo el rey, o su favorito, debía negarle a cualquiera que fuese a llamar a su puerta.

En seguida empezó el festín, porque la mencionada ama de llaves había puesto en tortura sus talentos culinarios, que brillaban en la cena de una manera esplendente.

Al terminar el último servicio, se había retirado a la cocina bajo la satisfactoria influencia de las alabanzas del doctor, que era hombre que lo entendía.

Su amo estaba también satisfecho.

Cuando os los presento en escena ambos se reclinaban muellemente en su sillón de vaqueta, saboreando con delicia el contenido de una botella en cuya etiqueta se leía: «Noyó».

El corregidor estaba encarnado, y el doctor descolorido, manifestándose en ellos, por tan opuestos matices, la expresión de la gula satisfecha y de sus copiosas libaciones.

Entre los dos había un velador de madera que contenía dos botellas, dos copas y un cajón de tabacos, que aún no habían tocado.

Una lámpara pendiente del techo por un cordón de seda, iluminaba el despacho del corregidor que, para más independencia, y en obsequio de su amigo, había transformado en templo de Ceres y Baco.

II

El doctor era excesivamente jorobado, aun cuando esta circunstancia no le hacía perder ningún grado de su tiesura: representaba unos cincuenta y cinco años bastante deteriorados, y si bien conservaba la dentadura y el pelo, la primera estaba negra, y este bastante blanco. Sus vestidos, más que por el lujo, llamaban la atención por el abandono que ostentaban, no obstante que Juan Benavides, por su profesión, se viese introducido en las principales casas de la villa, porque era un doctor hábil a quien no faltaban nunca enfermos de calidad.

Decíase que este querido doctor no siempre había sido jorobado, lo cual muy bien pudo suceder. Esto lo afirmaban un primo suyo, con quien vivía, y del que pronto os daré noticias, y algunas otras personas que le habían conocido en su juventud.

De cualquier modo, el doctor no debía estar muy agradecido a la circunstancia que le había proporcionado aquella doble joroba, pues se ostentaba insolentemente en el pecho y en la espalda.

Don Felipe Carvajal era el reverso de la medalla.

Su edad, año más o menos, se aproximaba a la del doctor, aunque no en la apariencia.

Don Felipe podía pasar por uno de esos viejos verdes que se las apuestan aún con los muchachos, restos de una generación que se bate diariamente con las injurias del tiempo.

Era un hombre pulcro, tildado, afeitado, teñido, perfumado, a quien una mota cualquiera en su ropa atacaba a los nervios, con una peluca rubia hábilmente confeccionada y una gorguera blanquísima, y que, por su traje de rigurosa etiqueta, a cualquier hora del día, y aun algunas de la noche, hubiera podido presentarse al mismo Felipe IV, que era rey a la sazón.

Era, en fin, uno de esos viejos que aún ven las muchachas con placer a su lado, cuya conversación hace olvidar la de muchos jóvenes, y eso que el buen D. Felipe tenía una imperfección en la lengua que le hacía tartamudear.

En su cargo de corregidor, que desempañaba hacía ya algunos años, era mayor su habilidad que su celo. Cedía frecuentemente a una natural indolencia; pero cuando se proponía ser activo y diligente, no le aventajaran ni Cardona, el listo, ni Vargas el averiguador.

Sus talentos de pesquisición no reconocían rival, aun cuando no los empleaba muy a menudo.

Gozaba de algún valimiento en la corte; el famoso conde-duque le distinguía con su amistad, a cuenta de algunos servicios que D. Felipe, fuera de su cargo oficial, le había hecho.

Pero no solía abusar del favor con que le distinguían, merced a cierto fondo de egoísmo que constituía su carácter, lo cual era causa de que fuese doblemente estimado por lo mismo que nada pedía.

La crónica escandalosa de la época señalaba al corregidor como mezclado en algunas intrigas de corte, de las que, para ciertas y determinadas personas, había abusado de la autoridad que le daba su cargo.

Por lo demás, la amistad que mediaba entre él y el doctor era sincera y cordial, hasta cierto punto.

A la sazón, entretenían el tiempo con la siguiente plática:

III

—¡Es un escándalo —decía el corregidor— lo que está sucediendo en la corte!

—¿Por qué no ponéis remedio? A fe, a fe, que el rey no os ha dado la vara de alcalde para que os entreguéis estérilmente a vanas declamaciones.

—¡Pardiez!… ¿Creéis que no velo bastante por el mejor servicio de S. M. y de sus súbditos?

—Yo no digo más sino que, especialmente de noche, no hay seguridad para el que tiene precisión de aventurarse en la vía pública: los ladrones hacen tanto como los asesinos. Sin ir más lejos a buscar datos, os recordaré el lance de hace tres noches.

—¿La muerte de Villamediana? —interrumpió el corregidor con ademán un tanto mortificado por el recuerdo.

—Decid más bien el asesinato.

—¡Buena noche nos dio la ocurrencia! ¿Creeréis que me retiré a mi casa a las seis de la mañana?

—¡Diablo! Es que debistéis andar muchísimo… El crimen se cometió en la calle Mayor y la ronda buscaba al asesino en la de Leganitos.

—¿Pero creéis que el criminal nos esperaría al pie de la víctima?

—¿Por qué no le buscasteis en Alcalá de Henares? —dijo el doctor con un tono zumbón, destinado a aumentar el mal humor de su amigo.

—¡De ahí, a decir que le hicimos capa!…

—¡Bah! ¿Para qué la quería en el mes de agosto?

—¡Doctor!…

—No riñamos por eso; ello es que el conde de Villamediana se había creado muchos enemigos con sus punzantes y mordaces sátiras… que no dejaba en paz a los maridos… y puede que alguno de estos, para restablecer la tranquilidad de su casa, se valiera del incógnito asesino de la calle Mayor.

—Si encontráis la pena excusable por la mordacidad de la víctima, ved de no imitarla.

—No creo que D. Felipe Carvajal se acuerde en este momento de su cargo de corregidor.

—Pero se acuerda del rey…

—¡Ciertamente! Me olvidaba de que el rey también es marido.

—¡Doctor!… ¡Doctor!

—Volviendo al tema primordial de la cuestión, digo, y repito, que en Madrid no hay seguridad individual.

—¡Mientras no demos al traste con los Maitines!…

—Difícil me parece, según lo bien organizado de la banda, a lo que se cuenta.

—Difícil, pero no imposible: todo será que yo me lo proponga.

—Ciertamente que sois muy hábil… cuando queréis.

—Continuamente estoy recibiendo quejas, ya de personas asaltadas en las calles, ya de otras que, dentro de su propia casa, han sido robadas audazmente, quejas que es ya necesario atender, pues alguna de ellas viene por el conducto del favorito.

—Eso ya es grave… para los Maitines.

—Otra circunstancia requiere también que yo tome cartas en el asunto… y lo haré, desde el momento en que se interesa mi amor propio.

—¿Qué decís?

—Ha llegado a mis oídos que esos desalmados de gorguera, tizona y antifaz, han prometido, han adquirido el público compromiso de robarme de dentro de mi misma casa, sin violencia, la prenda que más estimo, una escribanía de marfil y plata, regalo del de Olivares.

—Y vos, prudentemente advertido, la habéis puesto a buen recaudo —dijo el doctor, mirando socarronamente a la mesa de despacho.

—No, a fe mía: la tengo donde siempre, ahí, encima de la mesa, en compañía de una daga de Milán, para cortar la mano del atrevido.

—¡Encima de la mesa!… Solo veo papeles… y el sitio que debía ocupar la escribanía.

—¡Gran Dios! —exclamó el corregidor, levantándose y mirando por todos lados.

—¡Diablo! ¡Si los Maitines habrán cumplido su palabra!

—¡No puede ser!… Y, sin embargo, no la veo…

—Pero, ¿de veras ha desaparecido?

—Esta noche, antes de cenar estaba ahí…

—¡Pardiez! ¿Queréis registrarme?

—¡Eh!… ¡No lo digo por tanto!…

—Sin embargo, aquí no ha entrado más que Teresa, vuestra ama de llaves, y yo.

—¡Teresa!… ¡Teresa!… —gritó el corregidor fuera de sí, agitando un timbre al mismo tiempo y revolviendo cuantos objetos había en su mesa de despacho.

IV

La pobre mujer acudió presurosa con un cacharro en la mano, en el que se disponía a hacer una taza de té, creyendo que alguno de aquellos estómagos no hacía una digestión laboriosa y ordenada.

El corregidor disparó sobre ella a quemarropa varias preguntas referentes al objeto desaparecido.

El ama de llaves quedó altamente sorprendida al saber de lo que se trataba; sorpresa natural, pues, según afirmó, sirviendo la cena, dos o tres veces maquinalmente había fijado sus miradas en la escribanía.

En el sitio que esta debía ocupar, había un papel cuidadosamente doblado, que don Felipe se apresuró a leer en alta voz; solo contenía estas breves palabras:

Saluda al señor corregidor

El rey de los Maitines.

Al llegar a este punto el doctor comenzó a formalizarse, mostrando un gran empeño en ser registrado.

—Ya no se trata de la amistad —decía abandonando su asiento—; la acusación que se desprende de las palabras de Teresa ha de dejarnos malparados a ella o a mí, suponiendo que vos no os hayáis robado a vos mismo: si la escribanía estaba aquí esta tarde y nadie ha entrado más que nosotros, es natural que os asalte el deseo de registrarnos.

—Os digo que calléis, ¡cuerpo de tal!… Antes sospecharía de mí mismo que de ninguno de vosotros… lo que pasa es bien raro… ¡y casi me alegro!… Esto acabará de decidirme a medir mi vara de alcalde con esos señores Maitines.

—¡Jesús, Jesús!… —decía el ama de llaves santiguándose—, ¡por fuerza han formado pacto con el espíritu maligno!

—Debemos creerlo así, pues para tales fechorías no irían a hacerlo con Dios —contestó el doctor examinando de reojo a su amigo, el cual, con ademán meditabundo, se servía una copa de noyó, que apenas tocaron sus labios, murmurando entre dientes:

—¡El rey de los Maitines!… ¡Conque también tienen su rey!…

V

En aquel momento se sintió un fuerte rumor de voces en la habitación contigua al despacho: dos disputaban; uno que quería entrar con otro que le cerraba el paso.

Teresa salió a informarse, volviendo a los pocos segundos acompañada de un hombre que vestía el traje que usaban los ministriles en aquella época. Era un individuo de la ronda, el cual acababa de forzar la consigna, contraviniendo las órdenes de su jefe que, como ya sabemos, quería estar solo después de cenar.

—¿Qué ocurre, Cornejo? —preguntó el corregidor un tanto alarmado al ver a aquel hombre en su casa a hora tan extemporánea.

—El señor conde-duque de Olivares me envía a deciros que os presentéis en su casa inmediatamente: su excelencia está furioso… Los Maitines han apaleado esta noche al conde de San Esteban, que, como sabéis, es sobrino suyo.

—¡Pardiez!… ¡Me alegro!… ¡Me alegro!… —decía el corregidor mientras Teresa le ofrecía el capotillo y el sombrero—, ¡los Maitines!… Ya está declarada la guerra: desde esta misma noche tendrán que habérselas con el corregidor Carvajal.

VI

Y acompañado del doctor y de Cornejo salió a la calle, donde le esperaban algunos individuos de su ronda, mientras Benavides, que vivía junto a la iglesia de San Pedro, casi frente al Pretil de Santisteban, después de despedirse, se alejó en dirección opuesta, murmurando también con cierta fruición:

—No hay duda de que los Maitines son unos guapos muchachos, y que el rey que han elegido es también acreedor a su sumisión y respeto.

(Continuación.)

Capítulo II Aparición inesperada

I

Aquella misma noche dormía el doctor el sueño de los bienaventurados, y acaso soñaba en la suculenta cena que tan espléndidamente habíale dado su buen amigo, cena que hacía honor a la habilidad de Teresa, el ama de llaves, cuando a eso de las dos de la mañana el mismo Cornejo empezó a repicar en la puerta de su casa haciendo levantarse de la cama y asomarse a la ventana a una vieja que le servía hacía muchos años, a quien el ministril dio el aviso para que se lo transmitiera a su amo, a fin de que cuanto antes se personara en casa del corregidor, donde estaba su primo herido de muerte, al parecer.

El doctor despertó sobresaltado, cruzando con la vieja las siguientes palabras mientras se vestía, en tanto que en la habitación contigua bebía Cornejo un vaso de vino, aprestándose para acompañarle.

—¡Damián herido y en casa del corregidor!… ¡Qué significa esto!

—¡Raro es, por vida mía!… Y me temo que han de andar también en el ajo los Maitines.

—¡Bien mirado, no pierdo gran cosa con que el diablo se le lleve!…

Estas palabras de Benavides probaban hasta la evidencia que, aun cuando su primo Damián habitaba en su compañía, no era su cariño hacia él lo que reclamaban los lazos del parentesco.

Vistiose apresuradamente, y no sin alguna inquietud se unió a Cornejo, que le esperaba, bostezando después de haber bebido, saliendo ambos a la calle, y perdiéndose en los pliegues de la densa sombra que reinaba por doquier.

II

Estaba de Dios que aquellos dos amigos que habían cenado tan bien y con tanto gusto viesen turbada, interrumpida su digestión por una causa que establecía cierta relación entre ambos.

Don Felipe había vuelto de su casa a la una de la mañana, dando a entender el fruncimiento de sus cejas y su iracundo ademán que su entrevista con el favorito del rey no había sido todo lo cordial y amistosa que fuera de desear.

Efectivamente, el conde-duque estaba furioso contra el señor corregidor y su ronda, por el hecho de no haber sabido estorbar que los Maitines apaleasen en plena calle Mayor a su sobrino el conde de San Esteban, que había tratado de resistir sus exacciones, en la misma calle y casi a igual hora en que hacía tres noches acababa de cometerse un audaz asesinato.

¿Qué ronda era aquella, y qué corregidor, que no podían tener a raya a unos cuantos forajidos que osaban hasta a los más nobles personajes? ¿No podía suceder que alentados por impunidad, acometiesen alguna noche la litera de S. E.?

Estas y otras reflexiones sobre el mismo tema fueron a parar a los oídos del corregidor, saliendo de los labios del favorito, quien se puso furioso al saber el inaudito robo de que aquel había sido víctima pocas horas antes.

—¿Conque es decir que ni aun la justicia está segura? —había exclamado el conde-duque, lanzando iracundas miradas a su subordinado.

El corregidor, por su parte, estaba sereno, como el hombre que acaba de adoptar una resolución, que le hace quemar su último cartucho.

Después de que el favorito hubo desahogado su justo enojo, y enmudecido, porque nada más tenía que decir, el corregidor avanzó un paso, y con voz solemne, a pesar del entorpecimiento físico que le hacía tartamudear, exclamó:

—Juro a V. E. que dentro de quince días ha de estar destruida la banda de los Maitines, o dejo de ser corregidor y Felipe Carvajal.

Y haciendo una reverencia, salió de la suntuosa estancia, encaminándose a su casa, y dejando satisfecho al conde-duque, porque sabía que saliendo aquel de su habitual indolencia, era muy capaz de conseguir lo que había prometido.

Por esta razón entró Carvajal en su casa con un humor de todos los diablos, merced al cual pasó desapercibida a sus ojos la turbación del ama de llaves, y el temblor de la mano que empuñaba el candelero donde se consumía una vela de cera.

Tal vez fuera aquello un efecto del sueño interrumpido, si es que Teresa dormía, o hijo de alguna otra causa que por ahora no conocemos.

El corregidor se encaminó a su despacho, tirando sobre un sitial la capa y el sombrero, y con un leve e imperioso ademán dio a entender a la doméstica que quería estar solo.

Pero Teresa, en cuyo rostro aumentaba la turbación, tenía un formal y tenaz empeño en que su amo se retirase a descansar, como convenía a un estómago que tan bien había funcionado aquella noche.

Tanta era la preocupación de D. Felipe, que no se había apercibido de los pertinaces consejos de Teresa, hasta que fijando en ella sus miradas, exclamó con iracundo acento:

—¡Aún estáis aquí, dueña de Satanás!

La palabra «dueña», que no convenía enteramente al ama de llaves, la empleaba el corregidor con premeditación y ensañamiento, pues sabía que este era el mayor insulto para los oídos de Teresa.

Sin embargo, en aquella ocasión no le hizo gran efecto; tal vez no se apercibió de que su amo la había proferido.

Comprendiendo que la madera no estaba para cucharas salió del aposento, exclamando entre dientes:

—¡La Virgen de la Almudena nos ampare! ¡Esta noche va a pasar aquí alguna desgracia!

III

El corregidor comenzó a medir la estancia a grandes pasos, en una actitud meditabunda, con la cabeza baja, los ojos fijos en el suelo, y las manos cruzadas a la espalda.

Ya no era aquel hombre indolente que hubiera dejado que se le quemase la casa por no tomarse el trabajo de apagar el fuego. Ahora brillaba su mirada, lanzando vivos destellos, apretándose uno contra otro sus delgados labios, que a veces solía separar una frase ininteligible o plegar una sarcástica sonrisa.

Sin duda alguna, estaba madurando algún plan, que no le parecía despreciable: su aspecto era el de un autor dramático que anda buscando un desenlace de efecto con el que se propone cautivar la atención y estremecer a su auditorio.

Como quiera que se tratase de los Maitines, fijaba de vez en cuando sus miradas sobre el sitio que su escribanía había dejado vacío, quizá para que aquella circunstancia redoblase sus esfuerzos.

De vez en cuando se detenía como para llamar a alguna idea rebelde que trataba de escaparse de su imaginación, o bien colocaba sobre sus labios el dedo índice de la mano derecha, en la actitud de imponer silencio a la turba mulla de sus pensamientos.

En una de estas paradas, exclamó en alta voz, con reconcentrada cólera:

—¡Los Maitines!… ¿Pero quién puede darme detalles de esa endemoniada gente?

—Yo —contestó una voz casi en su oído.

El corregidor retrocedió espantado.

En aquella época, ni aun los corregidores estaban enteramente seguros de que no hubiera duendes, brujas y fantasmas.

¡Digo!… ¡Cuando las tostaba el Santo oficio!

Su atónita mirada vio entreabrir las puertas de un armario-ropero que había empotrado en la pared, y aparecer un hombre que primero le causó terror y luego sorpresa mezclada de curiosidad.

—¡Damián! ¡Vos aquí! —exclamó avanzando un paso.

—¡Bien sabía yo que había de seros útil esta noche! —contestó el interpelado, que no era otro que el primo del doctor Benavides.

—Pero ¿qué significa este modo de presentarse? Vos no tenéis necesidad de apelar a estos medios para entrar en mi casa.

—Lo sé, y os ruego que lo paséis por alto: he echado mano de ellos, porque no era cosa de venir a una hora tan avanzada de la noche, por la puerta principal, enterando a todo el mundo…

—¡Supongo que no habréis entrado por el ojo de la llave! —interrumpió el corregidor con aire un tanto preocupado.

—Haya entrado por donde quiera, es lo cierto que estoy aquí como llovido del cielo.

—¿Qué queréis decir? ¿Hasta qué punto debo creer en la oportunidad de vuestra visita?

—Hablemos, y os iréis convenciendo de ello: hace poco, según he oído, suspirabais por una persona que os pusiera al corriente de lo que son y de lo que se proponen los Maitines…

—No es precisamente; lo que son, yo lo sé: unos bandidos; lo que se proponen, también: el robo y el asesinato.

—Entonces… ¿qué más os falta saber?

—¿Seríais vos esa persona que pudiera ilustrarme? —dijo Carvajal, desentendiéndose de la pregunta.

—Precisamente.

—¡Vos!

—Yo, Damián Benavides: ¿qué os admira?

El corregidor se quedó contemplándole algunos segundos; después, con sonrisa un tanto burlona, dijo:

—¡Y afirma el doctor vuestro primo que sois una nulidad! ¡Bueno sería que fueseis vos el hombre que busco!

—Mi primo el doctor es un vejestorio que ha apostado no morirse nunca, y cree que se saldrá con la suya. Por lo demás, vuestra confianza en mis revelaciones renacerá desde el momento en que os diga que tengo el honor, un tanto equívoco, de pertenecer a la banda de los Maitines.

El corregidor corrió hacia Damián con los brazos abiertos, pero se detuvo.

Sin duda le pareció monstruoso que Temis se confundiese con Caco.

IV

Hubo un momento de pausa: bien la merecía aquella declaración, hecha a quemarropa.

¿Era una baladronada que ocultaba una segunda intención?

El corregidor, como hombre experimentado en esta clase de negocios, no lo creyó así: aquel hombre decía la verdad, por lo mismo que hubiera sido un honor para él el disfrazarlo, si alguno hubiese aventurado una suposición tan injuriosa.

Un bandido puede querer ocultar su profesión; pero al hombre que la confiesa, que echa sobre sí el sambenito del desprecio público, hay que creerle.

La revelación de Damián venía a confirmar una vez más lo que de público se decía a propósito de los Maitines, esto es, que aquella banda reclutaba su gente entre las personas procedentes de buenas familias, y no entre la canalla.

El corregidor estaba poseído de una verdadera sorpresa: ¿qué circunstancias podían haber obligado a aquel hombre a lanzarse a la vida airada, con exposición de morir en la horca, siendo una persona que pasaba por acomodada?

En aquel momento se explicó la extraña desaparición de su escribanía; pero Damián destruyó al punto esta creencia, asegurándole que cuando él había entrado en la habitación la alhaja no estaba ya en su sitio.

—Por lo demás —prosiguió—, no extrañéis lo que ha pasado con vos: los Maitines son capaces de robaros la cabeza, sin que os apercibáis de ello hasta que hayáis perdido.

—¡Magnífico! —exclamó el corregidor, frotándose las manos—. Con gente así quiero yo habérmelas. Ahora, más que nunca, es preciso que cumpla la palabra empeñada esta noche al conde-duque.

—¿Sobre qué? Si no os parece atrevida la pregunta.

—Sobre la desaparición, o por mejor decir, extinción de los Maitines en el término de quince días.

—Empresa inútil, si yo no os ayudo —dijo Damián meneando la cabeza.

—¿Y me ayudaréis?

—Según y conforme.

—¡Vamos, ya comprendo! ¡Queréis poner precio a vuestras revelaciones!

—No sé de nadie, empezando por Judas, que haya hecho de balde el papel de traidor.

—Me parece razonable vuestro deseo: acaso no sucede lo mismo con la cantidad que pretendéis.

—A poco que se reflexione sobre el particular, se ve que yo voy a haceros un servicio importantísimo, que voy a ser el pedestal de vuestra gloria, porque ya os lo he dicho; aunque muy hábil en el oficio, los Maitines se burlan de vos y de vuestra habilidad, como se lo han demostrado esta noche, robándoos en vuestra propia casa sin violencia, y apaleando al sobrino del conde-duque en las narices de vuestra ronda; es evidente que sin mí no conseguiríais nada.

—¡Quién sabe! —exclamó el corregidor con cierto amor propio.

—Haced la prueba; prescindid de mí, y dentro de quince días, en vez de haber destruido el hormiguero, es fácil que se apoderen de vos las hormigas, y os presenten, metido en un cajón como un regalo, a la persona a quien habéis empeñado vuestra palabra.

V

Carvajal permaneció un momento sombrío y meditabundo: las palabras del joven no eran una vana jactancia por amor al uniforme, puesto que ya había roto lanzas con la banda, y podía considerárselo como jubilado.

El vulgo aseguraba que los Maitines habían hecho pacto con el diablo, y era cosa de creerlo así al ver la insolente impunidad con que obraban.

Por estas razones se dio a partido, llamando al joven a parlamento.

Más tarde sabremos el resultado de esta conferencia, que debió ser muy satisfactoria para ambos personajes.

Uno y otro se separaron en extremo satisfechos.

Solo que al poner el pie en la calle, cayó Damián exhalando un fuerte grito al sentir que alguno, a quien no vio, le atravesaba el pecho con un puñal.

(Continuación.)

Capítulo III Quién era el caballero Damián Benavides

I

El corregidor sintió el grito cuando se disponía a acostarse; aunque no conoció la voz, un presentimiento le dijo que la víctima era Damián.

El papel de traidor lleva en sí estas desagradables contingencias.

Inmediatamente, se asomó a la ventana: una parte de la ronda, que no se separaba mucho de la casa de su jefe, acababa de llegar a la sazón.

El corregidor le reconoció a la luz de las linternas que los corchetes le aproximaron al rostro. Dio orden para que al punto le trasladasen a su misma casa, para lo cual Teresa bajó a abrir el portón.

Al ver al joven se santiguó, exclamando:

—¡Yo bien decía que iba a ocurrir aquí alguna desgracia!

Carvajal la miró como un hombre que se pregunta las razones que podía tener su ama de llaves para haber hecho aquel triste pronóstico.

Mientras colocaba al herido en un lecho conveniente, en una habitación próxima a la del corregidor, Cornejo partió, como ya hemos visto, para avisar a Benavides de lo que pasaba.

No tardó este en presentarse, demostrando la mayor estupefacción por lo sucedido, que no era realmente lo cierto.

Y no lo era, porque el corregidor no juzgó prudente enterar a su amigo de la presencia incomprensible de Damián en su casa, ni de lo que había pasado entre los dos. Díjole únicamente la mitad de lo que acontecía, esto es, que al ir a acostarse oyó un grito, se asomó a la ventana, y, reconociendo a Damián, no quiso, como era de su deber, que muriese en la calle.

No sabemos si el doctor tendría algunos motivos para poner en cuarentena aquella relación: reconoció la herida, asegurando después de un detenido examen que no era mortal, gracias a que el cuchillo, desviándose un poco hacia la derecha, no había interesado el pulmón.

Declaró, sin embargo, que el herido no podía moverse de aquella casa en quince días lo menos, sin peligro de su vida.

Carvajal estuvo en aquella ocasión todo lo atento que era de esperar, y gracias a aquella misteriosa ocurrencia, los dos amigos concluyeron juntos la velada que juntos habían empezado.

II

El caballero Damián Benavides, que herido y maltrecho quedaba en casa del corregidor Carvajal, había llegado a los treinta años acechando una ocasión de enriquecerse.

Mientras sus padres, siendo él un niño, el doctor, su primo, le tomó bajo su amparo, esperando hacer de él un hombre de provecho.

Pero Damián, desde sus primeros pasos en la senda de la razón, esto es, desde que salió de la niñez, dio inequívocas pruebas de no servir para nada, y no porque le faltase talento y buena disposición, sino por su amor a la independencia y a la holganza.

Cuando el doctor se convenció de que había sembrado en mala tierra, era ya tarde para tomar una resolución; además, no podía tomar más que una sola, que era arrojarle de su casa; pero le pareció duro proceder así con un individuo de su propia familia; el doctor ganaba bastante dinero, y Damián no era una carga para él.

Decidió hacer lo que se llamaba la vista gorda sobre la conducta de su primo, y tolerarle en su casa como se tolera un mueble de que no se decide uno a desprenderse, aun cuando ya no presta ningún servicio.

III

Constituían el carácter de Damián un fondo de hipocresía y una afición desmedida a las riquezas, por los goces que estas proporcionan.

Desde que tuvo uso de razón se dedicó a hacerse una fortuna que asegurara su independencia y una vida de placeres; pero Damián no quería buscársela por el trabajo: esto le parecía largo.

Había observado que el hombre que no nace rico, no labra su porvenir hasta llegar casi a la vejez; esto cuando la laboriosidad y el estudio se lo conceden. Y Damián quería ser rico a toda costa, antes de que los años le inutilizasen para los placeres.

Un día hizo una confesión general de sus culpas de la mocedad y desarreglo de conducta ante su primo, lamentándose de los años perdidos, doliéndose de haber sido una carga para el hombre a quien todo se lo debía.

Desde aquel mismo instante se dedicó a practicar una fervorosa enmienda, tratando de congraciarse con su primo, y hacerle olvidar los disgustos que anteriormente le había ocasionado.

Aquel arrepentimiento coincidió con la joroba del doctor.

Me explicaré con más claridad.

IV

Juan Benavides, que rayaba ya en los cuarenta años, y que comenzaba ya a cobrar fama en la corte de médico hábil, sufrió un día una caída bastante violenta en la escalera de su casa; esto según él confesó, porque nadie le vio caer.

Pero debió ser verdad, primero, porque esto no tiene nada de extraño, y segundo porque no hay nadie que goce al asegurar que se ha caído.

El golpe fue, sin duda, bastante fuerte, aunque el doctor pudo entrar en su casa por su pie. Inmediatamente se metió en la cama, asegurando que se le había resentido la espina dorsal, y que sentía un dolor muy agudo en el pecho.

No queriendo confiarse a ningún compañero, por parecerle aquello cosa de poca monta, él mismo se propinó fricciones, tisanas y cataplasmas.

Uno de los carácteres de aquella dolencia fue causar en el enfermo cierta melancolía, cierto disgusto de sí mismo y de comunicarse con los demás, hasta el punto de que en los cuarenta días que guardó cama, y en otros tantos que tardó en salir a la calle, no consintió que nadie entrase en su aposento, a excepción de su primo, que no abusaba de este permiso, y de la vieja que le servía.

Benavides se volvió raro, atrabiliario, displicente, y desde aquella época databa el descuido en su traje y abandono en su persona.

La misma metamorfosis moral, la misma metamorfosis física.

Un día, su primo entró a informarse del estado de su salud, y al verle no pudo menos de lanzar un grito.

El doctor, en aquellos dos meses y medio, había envejecido veinte años; su cabeza, aunque sin perder un cabello, estaba casi blanca, la dentadura deteriorada, el rostro lleno de arrugas…

Pero no era esto solo: aquel golpe fatal le había producido dos jorobas bastante abultadas; una en el pecho y otra en la espalda.

El pobre doctor era la caricatura de sí mismo, de aquel don Juan Benavides de tres meses antes.

Damián se quedó mudo de sorpresa ante aquella sombra, que apenas recordaba lo que fue.

—¡No hay hombre para mañana! —pensó en aquel momento.

Esta idea le produjo otra, que le hizo estremecer de alegría.

Damián pensó con fruición en que su primo había ganado mucho dinero y gastado poco, pues nunca se le conoció más vicio que la gula; pensó asimismo en que no tenía más parientes que él, y que debiendo morir en un término breve, no era una locura pensar en heredarle, si ponía los medios hábiles para ello.

Todo se reducía a representar una comedia durante el tiempo que viviese el doctor, que él calculó un año.

Esperar un año para hacerse rico, no es mucho; tanto más cuanto que Damián contaba con que le alentase el ver diariamente cómo la muerte iba ganando terreno y destruyendo aquella naturaleza.

Este era un entretenimiento agradable para un hombre que nada tenía que hacer.

Y Damián se resignó a aceptar aquella espera, como el gato se resigna a esperar la salida del ratón para echarle la zarpa.

Por eso he dicho antes que el arrepentimiento de Damián coincidió con la joroba de su primo. No se separaba de él más que el tiempo que duraban las visitas a los enfermos, y aun a algunas de estas iba en su compañía. Por la noche, como la vista cansada del doctor no le permitiese leer, Damián se tomaba este trabajo; en una palabra, de un joven vicioso y calavera que fue anteriormente, se trocó en un hombre de juicio, al parecer dispuesto a hacer penitencia de sus culpas y pecados.

Benavides, al ver un cambio de conducta tan completo, creyó de buena fe en la sinceridad del arrepentimiento, por más que fuese algo repentino, y celebró la vuelta inesperada de aquel hijo pródigo.

Una vez que Damián, de una manera hábil y nada sospechosa, provocó la conversación de los testamentos, su primo le dio a entender que a la hora de su muerte sería premiada aquella abnegación y aquel dolor que le inspiraba errores y calaveradas de otra época.

Aquella noche Damián no pudo dormir de alegría: en su impaciencia hubiera dado una puñalada a su primo para acabar más pronto.

V

Pero el año se pasó, y luego otro más, y aquel jorobado enclenque y valetudinario no se moría: iba trampeando con la muerte; pero así y todo, no le partía un rayo.

Damián observaba que en la mesa, su pasión dominante, como sabemos, solía hacer excesos que hubieran destruido una naturaleza más fuerte que la suya, sin que al doctor le produjese ni un cólico, ni un dolor de cabeza.

Siempre andaba quejándose, pero resistía el frío como un granadero ruso, y el calor como un salvaje de África.

Damián comenzaba a cansarse, porque veía cada vez más lejano el término en que aquella herencia fuese a parar a su poder y no siendo ya dueño de contener su impaciencia, quiso tentar el vado por otra parte y sentó plaza en los Maitines.

Luego hablaremos de esta asociación.

No por eso varió de conducta con su primo, si bien es cierto que este, desde aquella época, empezó a mirarle de cierto modo, y a no tomar como moneda tan corriente aquella efusión y aquel cariño hacia su persona.

Posteriormente, una circunstancia, que ya daremos a conocer, influyó de una manera directa para que el doctor supiese a qué atenerse con respecto a su primo, inspirándole las palabras con que acogió en el capítulo anterior la noticia de su desgracia.

Capítulo IV Desaparición del aparecido en un capítulo anterior

I

Justo es que expliquemos al lector la repentina aparición de Damián en casa del corregidor, toda vez que, como ya sabemos, no tenía necesidad de meterse en los armarios para visitarle.

Damián, en su insaciable sed de alcanzar una posición, no había reparado nunca en los medios: todos los encontraba excelentes y aceptables, con tal de que le condujeran al fin apetecido.

Uno de los resortes puestos en juego era el amor.

Harto sabía el joven que sus medios no le permitían acercarse a las grandes señoras, y que su figura no era tampoco de aquellas que disculpan un extravío en una dama.

Un día se fijó por casualidad en el ama de llaves del señor corregidor.

Teresa no era una mujer despreciable: había entrado en esa edad en que la mujer se hace jamona, como decimos hoy. Era rubia; tenía los ojos azules, color de cielo, unas manos pequeñas y regordetas, que no hubieran hecho mal papel en el teclado de un clavicordio en un convento; manos de tal naturaleza, que no habían curtido las tareas culinarias, ni el roce con el estropajo y el jabón. Había cierta beatitud en toda su persona, que al mirarla, recordaba involuntariamente un locutorio de monjas: y no era solo su exterior lo que transcendía a claustro; siempre estaba canturreando salmos y antífonas; hacía acericos con una habilidad notable, y en la confección de un plato de natillas no tenía más rival que ella misma.

Parecía una monja, fuera del convento, con licencia del obispo. A pesar de estas circunstancias agravantes, no tengo noticias de que ella en ninguna ocasión hubiere tirado por la iglesia.

Entró, siendo aún joven, al servicio de don Felipe Carvajal, y diose tan buena maña en complacerle, que llegó a ser una persona indispensable en aquella casa.

Frecuentemente solía decir el corregidor, aunque en sitios donde ella no pudiera oírle:

—Si me faltara Teresa, creo que renunciaría a reemplazarla, convencido de que esto es imposible.

II

Todo esto había inclinado el ánimo de Damián hacia aquella mujer, que podía serle útil por más de un concepto en la realización de sus planes.

Teresa, amén de los ahorrillos que debía tener, como ama de gobierno de un señor solo y que pasaba por bien acomodado, contaba con una influencia extraordinaria sobre el corregidor, y esta era una circunstancia no despreciable para un hombre tan ambicioso como Damián.

Por muy bien organizada que estuviese la banda los Maitines, de que él formaba parte, no se le ocultaba que un día u otro la justicia, sobrado alarmada ya por sus desmanes, daría con todos sus individuos en la cárcel, y para entonces no había de sentarle mal, y dejar aprovechar en la influencia que Teresa tenía sobre el corregidor.

Damián, en medio de todo, era un apreciable sujeto que calculaba bien en todo aquello que pudiera relacionarse con su persona.

Desde el principio de sus relaciones amorosas con el ama de llaves, habían comenzado sus entradas furtivas en la casa, por más que él se honrase con la amistad de D. Felipe: en presencia de este no podían ambos amantes entregarse a sus elucubraciones un tanto bucólicas.

Debo decir, en obsequio de Teresa, que esta ignoraba de todo punto que su amante formase parte de la banda de los Maitines.

III

En la noche a que da principio esta verídica historia, mientras que el corregidor y el doctor Benavides saboreaban el noyó en el despacho del primero, Damián y Teresa cenaban tranquilamente en un retirado aposento de la casa, libres de las miradas de Francisco, especie de criado de escalera abajo, que tenía su tugurio en el fondo del patio, y a quien solo las tareas más groseras ponían en comunicación con el ama de gobierno.

Esta y su amante se entregaban, entre chuleta y trago, a los planes más risueños para el porvenir, cuando las interpelaciones del corregidor acerca de la incalificable desaparición de la escribanía llegaron a turbar, si no la armonía, la tranquilidad que reinaba poco antes en la enamorada pareja.

A Damián, que sabía cómo las gastaban los Maitines, y de todo lo que eran capaces, no le chocó tanto la ocurrencia; sin embargo, no dejó de llamarle la atención un robo tan atrevido, que debió hacerse en el momento en que su primo y el corregidor cenaban; pero ¿por quién?

Por el mismo rey de los Maitines. ¿Quién era este personaje? Ninguno de la banda le conocía.

Teresa contaba con que Damián saliera de la casa antes que su primo; pero la súbita llegada de Cornejo, llamando al corregidor de parte del conde-duque, trastornó aquella determinación.

Sin embargo, partiendo su amo y el doctor, la salida de Damián era más fácil; cuando esto sucedía, y era muy a menudo, Francisco se acostaba, quedándose Teresa a esperar a su amo.

Solo que cuando la buena mujer volvió aquella noche al aposento donde debía esperarla Damián, este ya no estaba en él.

Al pronto no le extrañó: su amante conocía perfectamente la casa, y noticioso de la partida del corregidor habría pasado a otro aposento.

Buscole, aunque en vano, por todas partes: la confusión de la buena Teresa crecía por momentos; ¿qué podía haberse hecho de él?

Damián no era una aguja, ni tan siquiera un calcetín, para extraviarse a sus ojos de aquella manera.

La infeliz tuvo hasta la inocente ocurrencia de buscar a su amante debajo de la cama de su amo.

¡Era cosa para volverse loca!

Sin embargo, Damián no parecía. El más minucioso registro en toda la casa solo sirvió para hacer constar la misteriosa desaparición de aquel.

Teresa tenía, respecto a las brujas, sus ideas particulares, que por lo demás eran cosa corriente en aquella época, y agotados todos los medios de pesquisa que estaban a su alcance, llegó a imaginar que Damián pudo haber salido por la cerradura de alguna puerta o por el cañón de la chimenea, con el auxilio de algún espíritu maligno, y por ende non sancto.

—Es necesario que yo ponga en claro todo esto —pensaba su ánimo atribulado—, porque si es cierto que ese infeliz tiene pacto con algún espíritu, no me conviene mantener relaciones con él; esto es sumamente grave, y a no ser por la vergüenza que me causaría, debiera ponerlo mañana en conocimiento de mi confesor; tal vez el padre me explicase los medios que pueda tener una criatura para hacerse invisible.

IV

Ya comprenderá el lector el apuro de la pobre ama de llaves, su turbación en presencia de su amo cuando este volvió a su casa, y la estupefacción que debió pintarse en su semblante, al ver a Damián que salía del despacho del corregidor, y a quien se disponía a franquear la salida de aquella casa con la llave en una mano y una lámpara en la otra.

—Pero ¿qué es esto? ¿De dónde salís? —le preguntó al verse sola con él en la escalera.

—Ya lo ves; del despacho de tu señor —contestó el joven, que en su calidad de caballero no podía hablar de vos a su amada, que era inferior en categoría.

—¡Imposible! Yo os he buscado por toda la casa…

—Pues ya ves que estaba dentro de ella, toda vez que ahora salgo.

Esta contestación no tenía réplica. Teresa, no sabiendo qué objetar, se limitó a abrir la puerta de la calle, murmurando por despedida una oración, porque comenzaba a creer que su amante tenía pacto con el espíritu de las tinieblas, por lo menos con algún diablo familiar.

Todo lo que siguió después no le causó la menor sorpresa; sin embargo, cuando por orden de su amo volvió a bajar para abrir la puerta y vio a su amante bañado en sangre, se persignó apresuradamente, como ya he dicho, exclamando:

—¡Yo bien decía que iba a ocurrir aquí alguna desgracia!

Capítulo V Los Maitines

I

Para que el lector pueda convencerse del terrible compromiso adquirido voluntariamente por el corregidor Carvajal en presencia del poderoso conde-duque, de exterminar en quince días a la banda de los Maitines, vamos a tratar de esta misteriosa asociación, que por entonces tenía trastornada a la justicia y revuelto y amedrentado a todo Madrid.

Las Memorias de aquel tiempo hablan del terror que producía el nombre de «los Maitines», y más que este nombre, sus desvergonzados atropellos.

Todo lo daba de sí la época, que pudo ser y fue muy brillante para las letras y las artes, pero bastante fatal para el bienestar de los españoles y la prosperidad de la nación.

II

La banda de los Maitines nació, no se sabe cómo, ostentando desde su origen un carácter especial que la distingue de las demás asociaciones de la misma o parecida índole.

Era una asociación formada para consumar toda clase de delitos, desde la inocente paliza propinada a un quídam, hasta la más furiosa estocada a traición; desde el escamoteo más insignificante hasta el robo más escandaloso; pero siempre sin fractura ni violencia, como no lo exigiese la seguridad de sus individuos.

Procedamos con orden, y comencemos por la etimología del extraño nombre de la banda.

Un año antes del comienzo de esta verídica historia, los vecinos de la antigua parroquia de Santa María y los del Salvador echaron de ver que aquellos barrios ofrecían por la noche muy poca seguridad, especialmente desde las doce en adelante.

Es cierto que eran pocas las personas que a tal hora transitaban por las calles de la villa; pero eran algunas, tales como algún médico a quien llamaban a deshora, algún amante para quien era aquella hora la del galanteo, algún menestral, y tal cual tronera a quienes sorprendía la noche en la hostería entre los vapores del vino y el ruido de los dados en el cubilete.

Pues bien, doctor, amante, menestral y tronera, podían discurrir por las calles sin peligro alguno antes de las doce; pero después de esta hora eran robados y apaleados indefectiblemente por hombres que ocultaban el rostro bajo un negro antifaz que les llegaba hasta la boca.

Todos los días, al amanecer, en las calles de dicho barrio, aparecía un cadáver o un cuerpo que no lo era con los magullamientos propios del hombre a quien se le ha administrado una paliza soberana.

Y como tales hechos se realizaban siempre después de las doce, el vulgo dio en decir que los ladrones tenían sus «Maitines», y poco a poco, la costumbre dio este nombre a los enmascarados de la banda.

La impunidad en que se dejaban tales atropellos, la miseria, o por mejor decir, los vicios de aquella época galante, ruinosa y desordenada, aumentaron muy luego el número de los ladrones, los cuales ya no esperaron la hora de los Maitines para sus fechorías, sino que las practicaban desde el momento en que la noche envolvía a la villa en un manto de tinieblas.

Creciendo el escándalo y las quejas, fue preciso que la justicia tomase una parte activa en el asunto; pero entonces se dio el caso inaudito de apalear a la misma ronda, matando a un alcalde de corte.

III

Las personas robadas, que no oponían una resistencia formal, entregándose en manos de la fatalidad, referían que los Maitines eran unas personas de una educación excelente, aparte del poco honroso oficio que ejercían; que eran hombres de ingenio y travesura, cuya galantería los hacía dirigir requiebros de muy buen gusto a las damas mientras despojaban a sus galanes.

Esto, y el llevar todos ellos cubierta la faz, indicaba que alguno de ellos era persona conocida en la corte.

Una noche que asaltaron a una pareja de dama y galán, aquella se desmayó: inmediatamente, los Maitines hicieron abrir la tienda de un farmacéutico, donde le prodigaron los más exquisitos cuidados, mientras otros individuos de la banda desvalijaban a su compañero.

Otra noche defendió uno de ellos, con riesgo de su vida, a una joven asaltada en plena calle por tres rufianes vulgares: la acompañó a su casa, y al enterarse de que era pobre y mantenía a fuerza de trabajo a su madre enferma, introdujo en el bolsillo de aquella, al separarse, algunas monedas de oro.

Por lo regular, defendían siempre al débil contra el fuerte, y socorrían más de una necesidad: el blanco de sus rapiñas eran las personas que no necesitaban lo robado para vivir.

Estos hechos, la audacia de la banda, y la especie de caballerosidad de que revestían muchos de sus actos, les había creado entre el vulgo, que ya no temblaba de ellos, cierta cariñosa simpatía, dispuesta a traducirse en ayuda, si alguna vez la necesitaban.

(Continuación.)

IV

Los Maitines eran, lo mismo instrumento de venganzas particulares pagadas a peso de oro, que de justicia: eran al propio tiempo, banda y tribunal; bandidos y jueces; pero siempre verdugos.

El escándalo había llegado al punto de que cualquiera que los necesitase podía entenderse con ellos públicamente.

Veamos cómo.

En el Pretil de Santisteban, casi frente a la iglesia de San Pedro, había un casuco de apariencia ruin y miserable, una casa de las llamadas a la malicia, porque solo tenía planta baja.

Decíase que aquel era el cuartel general de los Maitines, sin embargo de que nadie los veía entrar ni salir. No obstante, en la conciencia pública estaba el que se reunían allí, como lo demostraba lo siguiente.

El que deseaba entenderse con ellos para algún asunto particular, no tenía más que consignar en un papel la índole del negocio y la cantidad que valía, echando el escrito por debajo de la puerta.

Aquella misma noche tenía a los Maitines a su disposición en el punto en que los había citado, si es que a ellos les parecía aceptable el negocio bajo el punto de vista financiero, porque jamás se paraban en el riesgo personal, como si llevasen al diablo en su ayuda, cosa que acabó por creer el vulgo.

Ciertamente que no había de ayudarlos Dios, como decía el doctor Benavides.

Dos veces trató la justicia de utilizar aquella escandalosa circunstancia para tender un lazo a los Maitines; pero estos, que sin duda cazaban muy largo, lo estorbaron las dos veces, siendo lo raro que al día siguiente aparecieran muertos a puñaladas los dos individuos que en ambas ocasiones habían llevado el falso aviso.

En vista de tan fatal resultado, la ronda resolvió jugar a cartas vistas, girando una noche una visita domiciliaria a la casa en cuestión. Como nadie contestara a los repetidos golpes que dieran en la puerta, la echaron abajo y penetraron en el interior.

La casa, que se componía de cinco piezas desmanteladas y un patio, estaba completamente vacía, sin ninguna apariencia de que alguno la habitase.

Los corchetes tantearon las paredes de una puerta secreta que la pusiera en comunicación con otra casa.

¡Trabajo inútil!

Allí no había apariencia de lo que buscaban.

Los vecinos declararon que allí no se veía entrar ni salir a nadie; que la puerta exterior no se abría nunca, y que ningún rumor, aun de los más comunes, indicaba la presencia de un inquilino.

Trataron de informarse del dueño: aquella casa no lo tenía; no era de nadie: era una casa expósita, permítaseme la frase.

Una casa sin dueño está muy próxima a ser visitada por los duendes o por los Maitines, o por ambos a la vez.

La ronda se retiró mohína, viendo que había dado un golpe en vago.

Cuando amaneció el siguiente día, la puerta, derribada por los corchetes, apareció en su sitio, perfectamente encajada sobre las bisagras, siendo lo más extraño, que un vecino, a quien un dolor de muelas tuvo desvelado toda la noche, no sintió ni el más leve golpe de martillo.

Aquel edificio, desmantelado y ruinoso, miserable y hediondo, que indudablemente cobijaba en sus muros un poder fuerte y bien organizado, era conocido entre el vulgo con el nombre de «La casa de los Maitines».

Capítulo VI La casa de los Maitines

I

En el capítulo anterior he dicho todo lo que el vulgo sabía respecto de la terrible asociación; ahora voy a decir lo que ignoraba.

Nadie podía asegurar de un modo cierto y positivo la fecha en que se formó la banda y el modo de constituirse.

Sucedió con los Maitines lo que con los objetos escultados: el artista amontona barro sobre barro y, un día, aquel polvo amasado se convierte en una estatua que asombra o aterra, según lo que representa.

No entraba cualquiera en la asociación: para ello se requerían ciertas circunstancias, como, por ejemplo, haber recibido cierta instrucción, aunque fuese rudimentaria, y ser útil en cualquier arte, ciencia u oficio.

Esto reconocía un principio práctico de sabiduría, hasta cierto punto.

El hombre que sabe algo, raciocina, y el que raciocina es fuerte para resistir sus tentaciones o las sugestiones extrañas. Una asociación, aunque sea de bandidos, debe tener su lazo o punto de apoyo común, que podemos llamar la moral del crimen. Un hombre bien organizado intelectualmente, que tenga costumbre de aplicar a algo las fuerzas de su inteligencia, considera la asociación a que pertenece como un cuerpo, del cual él es un miembro importante. Y como todos los miembros tienen una relación entre sí, y la falta de uno solo perjudicaría a los demás, el asociado procura no perjudicar a la asociación para no perjudicarse a sí mismo.

Esta regla, como todas, tiene sus excepciones, según veremos más adelante.

Ya sabemos que los Maitines tenían un rey, como la variedad tiene la unidad, que es el alma del conjunto.

¿Quién era este rey?

Ninguno de los asociados lo sabía, porque ninguno le había visto el semblante.

Todos se conocían entre sí; pero el antifaz del rey no se levantaba nunca, lo que contribuía quizá a aumentar el prestigio de su autoridad.

El rey era el que decidía si el pretendiente había de entrar o no en la banda, y su fallo era acatado sin murmurar, porque aquel monarca improvisado y aceptado tal como era, tenía en su mano la salvación de todos, y ninguno de sus vasallos podía perjudicarle, puesto que nadie le conocía.

II

El objeto, aparente al menos, de aquella asociación, y creo que no tuviese otro, era aprovechar bien la noche, desvalijando el mayor número posible de personas, a fin de darse de día una vida de príncipes.

Los Maitines se reunían en la citada casa una vez por semana: cada cual llevaba religiosamente el producto de su trabajo, que era repartido de una manera equitativa, sin que el rey, por serlo, tomase la parte del león.

Había en aquella casa una guardia establecida que duraba veinticuatro horas; al dar las doce de la noche, uno de los Maitines relevaba al que había hecho la guardia anteriormente.

El objeto era recibir algún aviso importante para algún negocio de monta, o algo que tuviese relación con la banda.

Si el caso era urgente, el misterioso centinela no tenía más que colocar un pedazo de lienzo rojo en una de las ventanas de la casa: al poco tiempo se presentaba el rey; de noche, bastaba con una luz.

¿Pero este rey era un hombre que dedicaba su existencia a tener la vista fija de día y de noche en aquella ventana?

Todo era un misterio en aquel hombre, empezando por su rostro.

Como se ve, los Maitines no podían ser sorprendidos fácilmente, gracias a su excesiva vigilancia.

En aquellas reuniones periódicas, además del reparto del botín, cada uno podía proponer algún negocio, o exponer sus quejas el que las tuviese: el rey oía y sentenciaba.

III

Algunos meses antes de esto que os estoy refiriendo, y en una de las reuniones de la banda, el caballero Damián Benavides hizo uso de la palabra en los siguientes términos:

—Tengo que proponer un negocio a la asociación —dijo encarándose con el misterioso monarca.

—¿A qué se reduce? —preguntó este.

—Según los estatutos que nos rigen, el que propone una ganancia de alguna consideración, si se consigue, tiene derecho a reservar para sí la mitad de la suma.

—Ciertamente: esta costumbre está basada en un principio de equidad, que debe servir de estímulo.

—Pues bien, el caso es el siguiente: propongo el asesinato del doctor, mi pariente, don Juan de Benavides.

—Para privar a la ciencia de una de sus lumbreras, tendréis un motivo poderoso.

—Que soy su heredero, y el doctor tarda en morir más de lo que yo deseo. Escuchad todos: Don Juan Benavides posee una regular fortuna, de la cual os sacrifico la mitad: es un verdadero negocio.

Algunos de aquellos desalmados saboreaban ya con delicia las doblas del pobre doctor, cuando el rey les impuso silencio con un ademán; enseguida exclamó:

—Oídme bien todos a vuestra vez: ese doctor es algo amigo mío; me ha salvado la vida en cierta ocasión, y prohíbo terminantemente que se le toque el pelo de la ropa. Respecto a vos, señor impaciente, moderad vuestros deseos, y me parece que no tendréis que refrenarlos por mucho tiempo, porque D. Juan Benavides va estando muy atropellado.

Damián hizo un mohín de disgusto, y la reunión se disolvió, quedándose solamente el rey y el individuo a quien durante veinticuatro horas estaba encomendada la guardia.

Pedro —le dijo el rey, luego que todos hubieron desaparecido—, desde mañana vas a encargarte de vigilar a ese hombre.

—¿A quién?

—A Damián Benavides. No pasará mucho tiempo sin que mate a su primo el doctor, o nos venda, y yo no quiero que suceda ni una cosa ni otra.

—Creo que no hay motivo para sospechar de él; como ha sucedido más de una vez con algunos de los compañeros, ha propuesto un negocio que no ha merecido vuestra aprobación, y asunto concluido.

—Te digo que le vigiles desde mañana; ese hombre es un Judas… yo le conozco bien.

Y tras estas palabras, el rey de los Maitines desapareció, como él solo sabía hacerlo, sin que nadie supiese cómo ni por dónde.

IV

Esta escena coincidió con la mudanza de conducta, aunque no aparente, del doctor, respecto a su primo.

Acaso el rey de los Maitines, valiéndose de un medio cualquiera, pudo avisarle para que estuviese en guardia: es lo cierto que desde entonces Benavides supo a qué atenerse sobre los verdaderos sentimientos que su primo abrigaba hacia él.

No es, pues, extraño que, al tener conocimiento de su desgracia, pronunciase, hablando con su ama de gobierno, aquellas palabras que ya conocemos.

V

La nueva de lo acontecido a la misma puerta de la casa del corregidor, en aquella noche, se difundió rápidamente por Madrid; pero como el caso no era nuevo, no produjo más sensación que la que se desprendía del escándalo de haberse cometido un asesinato en un sitio del cual no faltaba la ronda ni de día ni de noche.

En la inmediata reunión de los Maitines, que se verificó dos noches después, Pedro se vio en el caso de explicar un suceso en que había tomado una parte tan activa.

—Estamos amenazados —dijo— de un peligro muy grave: hemos sido vendidos por un compañero traidor. —Y luego, volviéndose hacia el rey, prosiguió—: Razón teníais en encargarme que vigilase a Damián Benavides.

—¡Ha sucedido lo que yo pronostiqué!

—Exactamente: hace dos noches yo seguí a Damián, y le vi entrar antes de las diez en la casa del corregidor Carvajal.

—Esto no podía inspirarte sospechas, puesto que el corregidor le trata como gran amigo que es de su primo.

—Había otra circunstancia para que mis dudas se disipasen: Damián mantiene relaciones amorosas con el ama de llaves del corregidor, y en aquella noche estaba invitado a cenar con ella.

—Adelante.

—A pesar de dichas dos circunstancias, yo permanecía en mi puesto de observación: vi entrar a Cornejo, y salir a poco con Carvajal y el doctor; después entró Carvajal solo y, sin embargo, Damián no salía. Aquello empezaba a ser sospechoso; sin saber cómo ni por qué había sacado el puñal de la vaina, y probaba su punta en el dedo índice de la mano izquierda; mi corazón vaticinaba la proximidad de la caza. De pronto oigo una voz conocida que me llama: yo tengo inteligencia en casa de Carvajal, aquella voz me dijo: «¡Estáis perdidos…!, el corregidor ha prometido esta noche al conde-duque acabar con la banda en quince días, y a mayor abundamiento Damián Benavides está en este instante revelando los secretos de vuestra asociación al corregidor, por una fuerte suma de dinero». Estas palabras acabaron de vencer mis escrúpulos: para algo había yo sacado mi puñal; no tardó en salir mi hombre… ¡ira de Dios…!, el exceso de coraje que me animaba hizo que mi mano equivocase el camino de su corazón. ¡Pardiez! Hace muy mal su primo en curarle la herida, porque poner otra vez el pie en la calle y caer redondo para no levantarse más, ¡va a ser una misma cosa!

Estas palabras produjeron una honda y penosa sensación en los asociados: aquel era el primer caso de que los anales de la banda registrasen una traición.

Todos habían oído decir que el herido era uno de sus compañeros, pero ninguno sospechó que otro compañero también era el brazo justiciero, porque los secretos de la banda acababan de ser revelados.

Reinaba entre aquellos treinta hombres un silencio profundo; ninguno se atrevía a respirar un poco alto porque no le asustase el ruido, porque ya creían que la casa estaba rodeada por la ronda.

Solamente el rey aparentaba un aire reposado y tranquilo, como un hombre que tiene la conciencia de su seguridad.

Dejó que pasase la primera impresión, y luego se dirigió a Pedro.

—Tú debes saber —le dijo—, lo que ese hombre ha revelado, puesto que tienes inteligencia en casa del corregidor.

—Los nombres de todos los individuos de la asociación: menos el vuestro, que ignora.

Al oír tales palabras, el miedo se convirtió en pánico, y hubo algunos que pronunciaron esta terrible frase, precursora de nuevas catástrofes: «¡Sálvese quien pueda!».

—¡Silencio! —exclamó el rey sin perder su inmovilidad de estatua—. ¡Qué más ha dicho! —volvió a preguntar dirigiéndose a Pedro.

—Todos, todos los secretos que nos incumben: nuestra guardia permanente en esta casa, nuestras citas semanales, absolutamente todo. De manera que en este momento es probable que la ronda haya tomado las avenidas de la casa.

Todos volvieron a estremecerse.

El rey se adelantó, y alargando la diestra a Pedro, le dijo:

—Si presumías eso antes de venir, eres un valiente. —Y le estrechó la mano.

—Yo no retrocedo nunca ante el peligro, cuando mis compañeros pueden correr alguno sin saberlo; en todo caso, mi suerte será la vuestra.

—Tranquilízate, tranquilizaos todos: por ahora estamos seguros. El corregidor Carvajal no es hombre que precipite sus determinaciones; por esta razón es mucho más temible. Yo le conozco perfectamente: ha prometido descubrirnos y entregarnos en quince días; pues bien, estoy segurísimo de que, para desorientarnos, de dichos quince días nos deje vivir en paz siete lo menos, porque quiere asegurar el golpe.

—De todos modos estamos perdidos.

—No: es simplemente una partida que jugamos con el corregidor Carvajal; él conoce nuestro juego; tratemos de conocer el suyo, a esto se reduce todo. Antes de ayer le robamos una escribanía dentro de su propia casa: robémosle ahora su vara de alcalde, porque estoy seguro de que si se cumple el plazo y Carvajal no consigue, como espero, apoderarse de nosotros, dejará un cargo para el cual se conceptuará inútil, y siempre inutilizamos a un enemigo poderoso.

VI

Estas palabras, y el tono de seguridad con que fueron pronunciadas, devolvieron la perdida calma a los Maitines.

Ya nadie pensó en huir.

Salieron todos por la puerta que acostumbraban a franquear, y que era la principal de la casa.

Sin embargo, aun cuando Pedro no estaba de guardia aquella noche, permaneció sin moverse, como un hombre que no quiere salir aún.

El rey de los Maitines fijó en él sus miradas.

—¿Qué esperas? —le preguntó con alguna extrañeza.

—Señor, tengo que hablaros, pero a vos solo —contestó señalando al individuo que debía quedarse aquella noche.

El rey y Pedro pasaron a otro aposento.

—¿Qué ocurre?

—Aún no he acabado de hablar de las revelaciones que hizo al corregidor el infame Benavides; hay una, la principal, que, según creo, se relaciona con vos.

—¡Conmigo! A la verdad, no es extraño.

—¿Conocéis a doña Ana Ramírez?

Esta pregunta, tan sencilla al parecer, causó una violenta emoción en el rey de los Maitines. Perdiendo todo su aplomo y serenidad, se avalanzó hacia Pedro, le asió del cuello y, cimbreándole, como hace mover el viento las cañas de los pantanos, dijo:

—¡Desventurado! ¿Qué significan esas palabras?

—Ya veis; como presumía yo bien, el traidor Benavides os conoce.

—¡Oh! ¡Es imposible! Si él me conociera, ya no existiría yo… habla.

Capítulo VII La cosa se enreda

I

A pesar de la impaciencia de su interlocutor, Pedro permaneció en silencio, cruzado de brazos, con la vista fija en el pavimento, como un hombre que está vacilando en adoptar la resolución que se le ha ocurrido.

—¡Habla! —volvió a gritarle el rey, perdiendo ya los estribos—. Habla, Pedro, antes de que te estrangule.

—Señor, si tuvierais confianza en mí, sabríamos si Damián se ha equivocado o no, y si efectivamente os amenaza un peligro serio.

—¡Confianza en ti! Pues bien; confieso que la tengo. Esta noche acabas de dar una prueba de ser un hombre leal.

—No se trata de que mi lealtad exista, sino de que vos creáis en ella.

—¿Qué es preciso hacer para demostrártelo?

—Que contestéis con sinceridad a mis preguntas, y dispensadme que me vea obligado a usar con vos la forma interrogativa.

—No creo que me engañes; prometo contestarte como deseas.

—Benavides, hablando de vos, hizo al corregidor un retrato, que yo voy a repetiros, y vos me diréis si acierto o si me equivoco; en este último caso, Benavides ha mentido o vive engañado.

—Evitaré tus preguntas, contestando a las que pudieras hacerme de esta manera.

Y el rey hizo saltar el muelle de acero que sujetaba su antifaz, quedando descubierto su semblante.

Pedro retrocedió lleno de asombro: el rey de los Maitines era casi un niño.

II

Un bello joven de veinticuatro años, que apenas representaba dieciocho, con esa palidez mate de las monjas y de los prisioneros, peculiar a las personas que no reciben de lleno el aire libre, que es para el individuo lo que el colorido para un cuadro. Un ligero bozo, sedoso y rubio, sombreaba su labio superior; la barba y las mejillas estaban completamente desprovistas de vello: sus ojos, de un azul claro, algo hundidos, despedían un fulgor extraordinario y su cabeza estaba poblada de una cabellera rubia, que descansaba sobre sus hombros. Tenía el labio inferior caído, como un bastardo de la casa de Austria. Su estatura era mediana y su talle esbelto y delicado como el de una mujer. Aquella apariencia femenina disfrazaba perfectamente unos músculos de acero, un puño de hierro y una voluntad más dura que su puño y que sus músculos.

Pedro estuvo contemplándole largo rato, olvidando tal vez ante aquella fresca y lozana aparición el motivo que había hecho caer la careta.

El joven rey tuvo necesidad de sacarle de su asombro.

—Pues bien —dijo Pedro—, Benavides no ha mentido; os conoce, y vuestras señas están ahora en poder del corregidor Carvajal.

—¿Pero qué tiene que ver todo esto con doña Ana Ramírez? —preguntó el joven sin poder reprimir su impaciencia.

—Escuchadme: todo ello es hijo de una casualidad que nos pierde; parece que el diablo ha cesado de favorecernos.

—¡Bah! —dijo el rey, que aparentaba una confianza sin fanfarronería—, nos pasaremos sin él.

—Parece que Benavides acompañaba a su primo el doctor cuando este iba a visitar a sus enfermos: un día le llevó a casa de doña Ana, que padecía no sé qué dolencia; mientras el doctor la examinaba, Damián, paseando sus miradas por la lujosa estancia, se fijó en un precioso reloj de bolsillo, de concha y oro guarnecido de diamantes que él mismo había robado en una casa pocos meses antes, y que vos le comprasteis.

El joven se estremeció y apretó ambos puños, como si hubiera querido tener entre ellos el cuello de Damián; Pedro prosiguió:

—Esto era un dato que despertó las sospechas de Damián, y su deseo de conoceros, porque a su juicio aquella alhaja procedía de vos, toda vez que el rey de los Maitines había formado tan singular empeño de quedarse con ella.

—¡Ah! ¡Quién podría prever las imprudencias de ese doctor que se hacía acompañar por su primo!

—Damián, desde aquel día, espió la casa de doña Ana Ramírez.

—¡Miserable!

—Vio entrar y salir en ella con alguna frecuencia a un joven que es vuestro mismo retrato, según el que él hizo al corregidor…

—¡Es verdad!

—Y dedujo lógicamente que aquel joven podía ser el rey de los Maitines.

—¡Ira de Dios!

—Para afirmar o destruir su juicio, se dedicó a estudiar sus ademanes y vuestro acento, comparándolos con los de aquel joven.

—¡Ese hombre tiene la audacia y la astucia de la serpiente!

—No tardó en quedar convencido en que el rey de los Maitines era el galán de doña Ana Ramírez, y él, el único individuo de la banda que os conocía.

—¿Por qué, si sospechaba de su traición, no le habré mandado matar antes de que nos vendiera? —exclamó el joven en alta voz, aunque como si hablase consigo mismo.

—¡Más nos hubiera valido…! Sobre todo a vos… Pero yo os juro que no disfrutará mucho tiempo el precio de su traición.

—En fin, la partida está empeñada: es preciso ganar la mano al corregidor Carvajal.

—Si los Maitines salen de esta, ya pueden agradecérselo al diablo su patrono.

(Continuación.)

III

Esta plática fue interrumpida por un golpe dado discretamente en la puerta del aposento.

—Adelante —dijo el joven.

La puerta se abrió, apareciendo en el dintel el individuo a quien aquella noche estaba encomendada la guardia, el cual llevaba un pliego cerrado en la mano.

—¿Qué significa esto? —dijo el joven.

—Una mujer envuelta en un manto acaba de deslizar esto por la ventanilla de la puerta, diciendo que era urgente entregárselo «al rey de los Maitines».

El joven rompió el sobrescrito y leyó el billete, que solo contenía esta palabra: VEN.

IV

—¡De ella! —exclamó el mancebo—. Me necesita… se trata sin duda de un negocio urgente… muy urgente, cuando me necesita a tales horas… no debo perder momento.

En seguida, fijándose en Pedro, prosiguió:

—Puesto que tú conoces también parte de mis secretos, debo fiarme de ti… De todos modos pende sobre mi cabeza la terrible espada de Damocles.

—¡Qué queréis decir! —interrumpió Pedro—, ¿pensáis que yo también voy a haceros traición?

—No, no; estoy persuadido de tu lealtad, y me confío a ella; ven, acompáñame.

Y a poco, los dos, envueltos en sendas capas de seda, salían a la calle, que estaba sumida en las más impalpables tinieblas.

V

El Madrid del tiempo de Felipe IV estaba muy lejos de corresponder a las exigencias de una corte que quería pasar por culta, y que al cabo era la residencia de un monarca poderoso aún, por más que la monarquía estuviese ya atacada en el corazón.

La ausencia de toda policía, no bien, sino mal organizada, era completa: las calles estaban convertidas en una cloaca, en basurero inmundo donde iban a parar todas las inmundicias de la villa; la oscuridad reinaba en todas partes, corriendo pareja con la falta de vigilancia, y admiraba que los Maitines, lo mismo que los salteadores vulgares, encontrasen a quién desvalijar.

También se necesitaba un delicado instinto y un perfecto conocimiento del plano de la villa para arriesgarse a oscuras a ir a parar, sin extraviarse, a un punto determinado, en aquel dédalo de calles estrechas y tortuosas.

El joven, seguido de Pedro y guiado por su impaciencia, no tardó arriba de media hora en trasladarse desde el Pretil de Santisteban a la calle de Cantarranas.

Al llegar a un portón, a mano derecha, hacia el comedio de la calle, poco antes del convento de las Trinitarias, entonces de construcción reciente, se detuvo, o iba a hacer una señal convenida; pero como le esperaban sin duda, no le dieron tiempo; apenas llegó se abrió el postigo sin producir ruido ninguno.

—Espérame aquí —dijo el joven a Pedro, y desapareció en aquella oscuridad, como si el muro se lo hubiera tragado, según acontece en las comedias de magia.

Atravesó un jardín, cuyos frondosos árboles robaban la escasa claridad del cielo en aquella deliciosa noche de verano: en el fondo se adivinaba la casa por la luz que se escapaba de una ventana.

El joven subió tres escalones de piedra y penetró en un vestíbulo, a donde salió a recibirlo una preciosa dama de treinta años, envuelta en un peinador blanco de finísima batista, llevando en la mano un candelero de plata con una bujía de cera.

—¡Gracias a Dios! —exclamó al verle llegar.

El mancebo la besó galantemente en la mano, diciéndole.

—Ya ves que no he tardado; apenas he recibido tu aviso…

—Vamos a mis habitaciones; aquí no estamos bien.

—Vamos, Ana mía; estoy impaciente por conocer la causa que te ha obligado a llamarme a una hora tan intempestiva.

Dijo, y enlazando con su brazo derecho el talle de doña Ana, atravesó varias suntuosísimas habitaciones, yendo a parar a un pequeño gabinete, alumbrado por una lámpara de alabastro, el cual tenía una puerta que comunicaba con un invernáculo lleno de macetas que contenían plantas raras de otros apartados climas, que embalsamaban el ambiente con sus penetrantes y agradables aromas.

Capítulo VIII Magia negra

I

Ambos jóvenes tomaron asiento, uno al lado de otro, en un pequeño sofá hecho de juncos de la India, cuyas fibras, recién humedecidas, despedían un aroma parecido al del ciprés.

Doña Ana fue la primera que tomó la palabra.

—Fernando, creo que ocurre algo de nuevo… y algo que encierra un peligro para ti.

—Lo sé: hemos sido vendidos por un infame.

—¡Ah! ¡Bien hice yo en sospechar! —exclamó doña Ana cruzando las manos sobre el pecho con un movimiento adorable.

—¡Sospechar! ¿De quién?

—Escucha, Fernando mío: hoy, como ya sabes, he pasado el día con la marquesa del Soto en la preciosa quinta que acaba de restaurar en el inmediato pueblo de Rivas.

—¡Y bien!

—Parece ser que esta tarde, durante mi ausencia, ha estado aquí un sujeto solicitando hablarme para un asunto «urgente y de mucha importancia para un galán», estas fueron sus palabras. Mi doncella Inés, que providencialmente se había quedado en casa, le enteró de mi ausencia, lo que pareció contrariarle. Vaciló un momento, y después de informarse de la hora probable de mi regreso, pidió permiso para volver, añadiendo que la urgencia del asunto le obligaba a insistir en verme. De vuelta de Rivas, me detuve algo más de lo que pensaba en casa de la marquesa, de modo que cuando llegué a casa, serían las nueve, estaba ya mi hombre esperándome en el vestíbulo. Es un viejecito, menestral por su traje; muy limpio, de fisonomía muy agradable, y modales muy corteses; un exterior, en fin, que previene en su favor. Se informó primero de si podría recibirle; introducido a mi presencia, me suplicó le dispensase el venir a turbar mi reposo, cuando indudablemente más lo necesitaba. Sin saber por qué, aquella exquisita finura me pareció afectada: hícele seña de que tomase asiento, y le dije que estaba dispuesta a escuchar lo que tuviera que comunicarme. Juzga tú de mi sorpresa, cuando de buenas a primeras, y bajando mucho la voz para que solo yo pudiera oírle, me dijo que se trataba de Don Fernando Álvarez. Procuré ser dueña de mi emoción, y le contesté que no tenía el honor de conocer a ese sujeto. Voy a trasladar aquí sobre poco más o menos, el diálogo que medió entre ambos:

»—Señorita —me dijo—, es inútil el disimulo; dad fe a mis palabras, que pueden librar de un gran riesgo al rey de los Maitines.

»Segunda sorpresa de mi parte; sin embargo, me mantuve firme y repliqué:

»—¿Por quién me tomáis, caballero? ¿Suponéis que yo tengo algo que ver con esos desalmados?

»—¡Por Nuestra Señora de la Almudena!… Ved que yo sé todo lo que debo saber, y que no vendría aquí si no lo supiera, a hacerme arrojar a palos por vuestros criados.

»—¿Y qué es lo que sabéis? —pregunté con más curiosidad que enojo.

»—Que vos sois la dama del rey de los Maitines.

»—¡Miserable!… ¡Tal suposición!…

»Pero aquel hombre ni aun pestañeó siquiera ante un enojo que nada tenía de fingido, pues veía que nos habían descubierto.

»Luego repliqué:

»—Suponed que es verdad cuanto acabáis de decir; ¿no teméis que ese D. Fernando pueda venir de un momento a otro y clavaros con su daga en uno de los árboles del jardín, como se hace con los murciélagos y las mariposas?

»—Si viene, tardará en hacerlo: ¿olvidáis que hoy es noche de reunión para los Maitines en su casa del Pretil de Santisteban?

»Tales palabras me desconcertaron por completo: indudablemente aquel viejecillo estaba bien informado.

»Él, aprovechándose de mi emoción, se apresuró a replicar:

»—Vuelvo a deciros que nada temáis; yo no soy espía ni mucho menos: mi agradecimiento me liga al rey de los Maitines, y quiero salvarle la vida, como él salvó la mía en cierta noche memorable para mí: favor por favor.

»¿Por qué no creer a aquel hombre que parecía expresarse con tanta sinceridad? ¿Por qué había de engañarme? Fuera de toda duda estaba que él poseía parte de nuestros secretos; me pareció cuerdo escucharlo, por si de sus palabras podía efectivamente desprenderse tu salvación: ellas, a lo menos, me dirían qué clase de riesgo era el que te amenazaba.

»—Hablad —le dije dándome a partido.

»—Sé —prosiguió—, por uno de los individuos de la ronda del corregidor Carvajal, todo lo que os he dicho y lo que vais a oír: un tal Benavides, que pertenece a la banda, ha cantado de plano; conoce a don Fernando y os conoce a vos, de modo que a esta hora el rey y toda su banda están perdidos, porque de un momento a otro la justicia, que tiene ya la pista, se pondrá sobre sus alcances.

»—Aquí terminó la parte más esencial del diálogo: yo quise remunerar el servicio que aquel hombre acababa de hacernos, pero, sin ofenderse, se negó a tomar ni una miserable moneda: se despidió de mí, y salió a poco, deshaciéndose en lenguas sobre el rey de los Maitines. En aquel instante cruzó una idea por mi imaginación; la de apoderarme de aquel hombre, y encerrarle hasta que tú vinieses; pero no me atreví.

—¡Quién sabe si debiste haberlo hecho!… ¡Quién sabe si es mejor que no lo hicieras! —exclamó Fernando con amargura.

—¿Qué quieres decir?

—Que ese hombre ha venido a tendernos un lazo: en esto reconozco la mano del corregidor Carvajal.

—Pero me parece más lógico que fuera a buscaros al Pretil de Santisteban, puesto que sabe ya qué noche de la semana os reunís allí.

—¡Oh!, él tira siempre a la cabeza: apoderándose de mí, cree que la entrada en aquella casa la tiene cuando se preponga meter la llave en la cerradura: el peligro no está en el Pretil de Santisteban.

—Pues, ¿dónde?

—Aquí.

II

Ana, por un movimiento instintivo, rodeó con sus brazos el cuello de Fernando, y dirigió sus inquietas miradas hacia la puerta, como si se figurase ver a los ministriles de la ronda en el dintel.

Después de un momento, Fernando lanzó una carcajada, exclamando:

—¡Buen chasco se va a llevar!

—¿Quién?

—El corregidor Carvajal.

—¿Por qué lo dices?

—Yo cazo más largo que él, y adivino desde luego lo que ha pasado o va a pasar; por eso te he dicho antes que el verdadero peligro estaba aquí.

—¡Habla, por Dios, Fernando mío!

—Apostaría algo bueno a que ese viejecito tan pulcro y cortés es un individuo de la ronda del corregidor.

—¡Y yo que no me he lanzado sobre él!… ¡que no le he estrangulado!

—Has hecho bien, Ana: dejémoslos venir; el corregidor ha calculado todo lo que ha sucedido; que después de recibir la mentida confidencia, tú me avisarías, que yo mo apresuraría a venir… y quién sabe si en este instante la ronda…

III

Un grito penetrante parecido al que lanza el mochuelo, interrumpió el razonamiento de Fernando, quien se puso en pie inmediatamente.

—¿Qué es eso? —preguntó Ana sobresaltada.

—Que pasa algo grave, y Pedro, que ha venido en mi compañía, me avisa.

—¡Huye… huye, Fernando, si aún es tiempo!

A esta exclamación siguió un segundo grito de Pedro, y un aldabonazo.

—¡Ah! —gritó Ana—, ¡estás perdido!

—¡Silencio! —exclamó Fernando más sereno cuando parecía arreciar más el peligro.

—Llama a Inés: es preciso que yo le dé mis instrucciones, y tú métete en seguida en tu lecho: estás enferma, ¿comprendes?

—¿Qué significa esto? —preguntó Ana haciendo sonar un timbre.

—Que estás enferma, y has hecho avisar al doctor Benavides.

En aquel momento se presentó la doncella, asustada al oír un segundo aldabonazo.

—Inés —le dijo Fernando, mientras Ana, obedeciendo sus instrucciones, se retiraba a su aposento—, esos que llaman son probablemente la ronda del corregidor: abrid en seguida, y recibidles con el mayor acatamiento posible: oíd bien lo que voy a deciros: vuestra ama está enferma; habéis salido a avisar al doctor Benavides, el cual está a la cabecera del lecho de vuestra señora.

Inés se retiró sin saber qué le pasaba; y Fernando, con la mayor tranquilidad, disminuyó la luz de la lámpara, y pasó en seguida a otro aposento.

IV

Realizábase efectivamente el raciocinio de Fernando: el corregidor Carvajal, con la vara en la mano y el estoque al cinto, a la cabeza de toda la ronda, era el que llamaba con impaciencia en casa de doña Ana Ramírez.

Todas las bocacalles y las calles del contorno estaban prudentemente tomadas, calculando que el rey de los Maitines lo intentaría todo por escapar.

—¡Bah —decía el corregidor a otro alcalde que le acompañaba—; es preciso confesar que ese pobre rey es un idiota! Se ha dejado coger en el lazo como un pobre estudiante de teología… Pero ¡qué diablos…! ¿Están sordos…? Repica, Cornejo, repica.

El pobre tartamudo estaba aquella noche de buen humor: la caza le ponía alegre.

No tardó en abrirse la mirilla del postigo, que se iluminó con los rayos de luz que llevaba Inés.

—¿Quién vá? —preguntó esta con el tono brusco de una persona cuyo sueño acaban de interrumpir.

—La ronda del corregidor —contestó Carvajal con ese acento sonoro y campanudo de que se reviste la autoridad en situaciones idénticas.

Inés abrió el postigo, y Carvajal, seguido del alcalde y de varios ministriles, entró en el zaguán.

—Queremos ver a vuestra señora —dijo aquel a la doncella, penetrando en el jardín para ganar la casa.

—Mi señora tendría mucho gusto en recibiros; pero está enferma…

—En ese caso, mi venida no puede ser más oportuna; yo entiendo algo de medicina.

—Es inútil; ya está a la cabecera de su lecho…

Inés se interrumpió; como le constaba que el doctor Benavides no se hallaba en la casa, no quería afirmar una mentira que iba a descubrirse al pronto, comprometiéndolos a todos.

—¿Quién está con la enferma? Vamos, hablad.

—El doctor…

—En Madrid hay muchos doctores de la ciencia de curar… ¿Cómo se llama el vuestro?

—Pues bien, el doctor Benavides —contestó la pobre Inés, batida en sus últimas trincheras—, ahora mismo vengo de avisarle.

—Mentís —interrumpió Cornejo—; de donde venías ahora mismo es del Pretil de Santisteban.

—¿Y qué, no vive el doctor en aquella vecindad?

—Es que vos no habéis pasado de la casa de los Maitines.

—¡Jesús, María y José! —exclamó Inés en el tono de una buena cristiana a quien hubiesen dicho que venía de invocar al diablo.

—Ahora lo veremos —dijo Carvajal cortando aquel diálogo y penetrando en la casa.

V

De una en otra habitación llegó hasta la ante-alcoba de doña Ana, después de dejar bien guardadas todas las entradas y salidas.

Inés detuvo su atrevido paso diciéndole:

—Esperad; no se entra así en el cuarto de una señora.

—¿Qué pasa ahí? —preguntó una voz desde la parte de adentro—. ¿Quién se permite turbar el reposo de mis enfermos?

—¡Doctor! —exclamó Carvajal admirado.

—¡Calle! ¿Sois vos? —dijo el doctor Benavides apareciendo en la puerta, en tanto que Cornejo se santiguaba diciendo:

—¡El doctor aquí! Esto es un sueño.

Y sueño parecía efectivamente, pues luego de registrada la casa de un modo minucioso, no apareció más hombre en ella que el doctor D. Juan Benavides: el rey de los Maitines se había evaporado.

Capítulo IX Al maestro cuchillada

I

El registro se había hecho de la manera más escrupulosa, pues el atrevido corregidor llevó sus miradas hasta el lecho de doña Ana, y, sin embargo, Fernando no parecía.

Carvajal perdió su buen humor, y quedó sumergido en una sombría reflexión, mientras Benavides le decía:

—¿Pero qué significa esto? ¿Qué tenéis que hacer vos y vuestra ronda a tal hora, en esta casa, que yo siempre he tenido por decente?

—En primer lugar, doctor, ¿sois efectivamente amigo mío?

—¡Pardiez! ¿Después de tantos años salimos ahora con que dudáis de mi amistad?

—Pues bien; entonces, contestad con sinceridad a mis preguntas.

—Veo que se trata de un negocio de justicia —dijo Benavides, perdiendo el tono sarcástico que le distinguía—. Ya me hable el corregidor, o ya el amigo, prometo decir verdad en lo que fuere preguntado.

—No, no; nada de corregidor… ¡pardiez! El corregidor ha sido burlado: aquí no hay más que el amigo.

—Hablad, pues.

—Decid, doctor: ¿hace mucho tiempo que visitáis a doña Ana Ramírez?

—Hará… esperad; hará… sí, unos dos años; pero os advierto que yo siempre la he visitado únicamente para casos de mi profesión; quiero decir, que no me honro con su amistad.

—Ahí quería yo venir a parar: ¿creéis que su amistad honre a quien la frecuenta?

—Yo siempre he tenido a doña Ana Ramírez por una persona de estimación y crédito… y no soy yo solo el que opino así; pues vos, en vuestra calidad de corregidor, debéis saber que lo más florido de la corte frecuenta el trato de esta señora; precisamente la indisposición que ahora la aflige reconoce por causa el no haberle probado bien una excursión campestre que ha hecho a Rivas, en compañía de la marquesa del Soto.

—Es cierto… recluta sus amistades entre la flor y nata de la gente de distinción… esto es lo que me aturde… aquí vuelve a aparecer el logogrifo… a callar la esfinge…

—Pero, en fin, ¿a dónde vais a parar con vuestras preguntas?

—Aún no he concluido, doctor: tened un poco de paciencia, y seguid contestándome.

—Pues preguntad.

—¿Hace mucho tiempo que estáis aquí?

Benavides, antes de contestar, consultó su reloj; después dijo:

—Poco más de una hora.

—¿Quién os ha avisado?

—La doncella de doña Ana.

—¿Inés?

—Justamente.

—¡Es imposible!

—¿Es decir que yo os engaño, que miento? ¿No es esto lo que queréis decir, señor de Carvajal? —preguntó el doctor con acritud y severo semblante.

—No, no… perdonad, amigo Benavides… Hay aquí algo incomprensible y misterioso que yo no acierto a explicarme…

—Un medio tenéis de averiguar la verdad; si acaso no dais crédito a mis palabras, enviad ahora mismo a casa a cualquiera de los individuos de vuestra ronda, y que pregunte a mi ama de llaves…

—Repito que es inútil: creo lo que me decís. Además, ¿qué interés habréis de tener en engañarme? Prosigo pues: ¿decís que hace poco más de una hora que os han avisado, y que vinistéis?

—Ciertamente.

—¡Cuando entrastéis aquí, había alguno en compañía de doña Ana?

—Absolutamente nadie.

—Ni sospecháis que hubiera alguien oculto, por el semblante o las palabras de esa señora.

—Nada he notado ni visto: además, de haber alguien aquí y estar escondido, esa señora no tenía por qué azorarse en mi presencia, suponiendo que era imposible que yo estuviese en tales antecedentes.

—Es muy lógico lo que decís…

—Porque es la verdad.

—Cuando llamó la ronda, ¿en qué habitación os hallabais?

—En la alcoba misma de la enferma: después de haberle preparado una poción, le recomendaba que leyese las obras de cierto autor que yo me sé, para conciliar el sueño.

—Y al sentir los golpes dados en la puerta, ¿no se alteró?

—Absolutamente; al contrario, al expresar yo mi sospecha de que llamasen tan recio a tales horas, me tranquilizó, diciendo: «Será algún hidalgo pelón que se retira a su casa entre dos botellas».

—¿De modo que doña Ana no sospechó que pudiera ser la ronda la que llamaba?

—Por lo menos no lo dio a entender… y confiésoos que yo tampoco creía!… No deja de llamar mi atención el encontraros en casa de doña Ana Ramírez, a la cabeza de una nube de corchetes.

II

Hubo un momento de pausa: el corregidor estaba cada vez más sombrío; fijaba sus recelosas miradas en todas partes, como si interrogase a todos los objetos, y esperase que alguno de aquellos, le diera noticia del rey de los Maitines.

Benavides le miraba atentamente y con extrañeza, procurando traducir las arrugas de aquella frente impenetrable.

El primero se levantó, y empezó a medir la estancia a grandes pasos, con las manos cruzadas a la espalda y la vista fija en el suelo.

Aquella era una actitud de esfinge en el corregidor, que hacía temblar a sus enemigos.

De repente se paró, exclamó como si no hubiera nadie que le oyese.

—¿Por qué no ha de tener facultades un corregidor para incendiar una casa…? Porque estoy seguro que él está aquí, y entonces perecía entre las cenizas…

—Vaya, creo que estáis muy mal templado esta noche…

—¡Ah, doctor! ¡Si supieráis de lo que se trata!

—Decídmelo.

—Del rey de los Maitines.

—¿Habéis venido a buscarlo en esta casa?

—Sí tal.

Benavides lanzó una estrepitosa carcajada, que hizo fruncir las cejas al corregidor.

—Amigo Carvajal —dijo—, o estáis de suerte u os han dado falsos informes: os aconsejo que os retiréis, y que busquéis a ese fantástico monarca en algún aquelarre de brujas, y no en la casa de una persona de distinción.

Después, tomando el sombrero, prosiguió.

—Creo que mi enferma duerme, y yo me retiro: ¿os quedáis?

—Sí, por mi vida: si ese hombre está aquí, como creo, le sitiaremos por hambre.

—Lo siento, porque dais un disgusto innecesario a esa señora, que puede agravar su indisposición: señor de Carvajal, buenas noches, y buena suerte.

—Esperad, doctor; ya es muy tarde, y las calles están muy poco seguras… Os acompañarán algunos individuos de mi ronda.

—No, no; no quiero privaros esta noche de un solo hombre; además, ¿quién ha de meterse con un viejo? Yo no tengo miedo a los Maitines, que estarán ahora sobrado entretenidos en defender a su monarca, o en proporcionarle la fuga.

—Como gustéis.

—Lo dicho: os deseo buena suerte.

(Continuación.)

III

El doctor Benavides salió al jardín y a poco se encontró en la calle.

Los ministriles, que ya le conocían, le saludaron profundamente: él pasó su joroba por el último grupo, y desapareció.

Algunos minutos después, una persona que hubiera estado en la calle del León hubiera oído clara y distintamente el grito del mochuelo, contestado por un eco lejano; después hubiera visto que una sombra que salía de la calle de Cantarranas se unía a otra que esperaba en la del León.

IV

El corregidor, después de un largo interrogatorio que hizo sufrir a doña Ana Ramírez, a pesar de su indisposición, decidió no pasar allí la noche, pero tampoco creyó oportuno abandonar el campo. Dejó la casa encomendada a su gente, y él, con el resto de la ronda, se retiró hacia la suya.

En todo el camino despegó sus labios: los corchetes no osaron tampoco dirigirle la palabra.

Únicamente, cuando llegaron a la calle de la Villa, donde, como ya sabemos, tenía su morada, se encerró con Cornejo, preguntándole.

—¿Qué te parece lo que acaba de sucedernos?

—Que yo mismo vi a la doncella detenerse en la casa de los Maitines, que a poco salieron dos hombres, que los seguí, y uno de ellos entró en casa de doña Ana.

—¿No pudiste equivocarte y haber confundido al doctor con uno de ellos?

—No, señor, porque por su modo de andar y su ademán, los dos eran jóvenes, y ninguno de ellos jorobado como el doctor Benavides.

—Entonces…

—Entonces hay que creer lo que dice el vulgo: los Maitines cuentan con la protección directa de Satanás.

V

El corregidor entró en su casa de muy mal talante, como un perro a quien hubiera cazado una liebre: no reparó en que Teresa estaba delante de él con el ademán de una persona que tiene que decir algo.

La pobre mujer no se atrevía, al ver los destellos sombríos que lanzaban los ojos de su amo.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no os acostáis? —preguntó este al cabo de algunos segundos que tardó en apercibirse de su presencia.

—Esto ha dejado para vos un hombre que, aporreando la puerta, me ha hecho levantar más que deprisa, creyendo que eráis vos el que llamaba.

Y Teresa alargó a su amo un objeto pequeño, envuelto en un pañuelo blanco de riquísima batista.

El corregidor lo desenvolvió prontamente, apareciendo a sus ojos una riquísima caja de rapé, dentro de la cual había un papel que decía:

El rey de los Maitines os devuelve la caja de rapé que os habéis dejado olvidada en casa de doña Ana Ramírez, y al mismo tiempo tiene el sentimiento de deciros que podéis retirar la ronda, porque por esta noche habéis perdido la partida.

Carvajal lanzó una imprecación que hizo santiguarse a la devota Teresa, y huir velozmente del aposento, como si hubiese visto al diablo haciéndole cucamonas.

Decididamente, el rey de los Maitines jugaba con mejores cartas que el corregidor.

Capítulo X Una araña que puede convertirse en mosca

I

La ronda fue retirada en efecto al día siguiente; para Carvajal era indudable que el rey de los Maitines se había escapado de casa de doña Ana, puesto que le devolvía un objeto que había dejado olvidado.

La nueva cundió por Madrid, causando escándalo o indignación, puesto que había sido atropellada la casa de una persona decente.

Nada había exagerado el doctor Benavides en su conversación con el corregidor: doña Ana Ramírez mantenía relaciones de amistad con casi todas las principales casas de la corte.

Es verdad que si hubieran sido interrogadoras sus amigas individualmente, hubieran tenido no poco apuro para decir quién era aquella señora.

Hacía dos años que doña Ana se había presentado al mundo oficial en aquella suntuosa morada de la calle de Cantarranas, pasando como viuda de un empleado de alta categoría que había servido muchos años en las Indias.

Nadie pensó desmentirla, acaso porque no decía ninguna cosa sobrenatural; las mujeres de los altos empleados suelen enviudar también quedando dueñas de una regular fortuna.

La de doña Ana debió ser considerable, a juzgar por el lujo con que estaba montada su casa, por su riquísimo guardarropas, sus elegantísimas literas, numerosa servidumbre, y fiestas que daba en sus salones, a las que asistía lo más escogido de la corte.

Aparte de esto, en aquella viuda joven no se había visto nada que autorizase un mal pensamiento sobre su conducta. Frecuentaba los templos, tenía un confesor, y la moralidad de reuniones no pasaba de los epigramas del ya difunto conde de Villamediana.

Sin embargo, el corregidor Carvajal tenía un presentimiento que le prohibía transigir con la conducta aparente de doña Ana.

Era indudable que los informes recibidos por Damián Benavides eran ciertos; pero también podía suceder que aquel endemoniado rey de los Maitines entrase furtivamente en casa de doña Ana, por alguna doncella de su servidumbre.

El plazo que el corregidor se había concedido para destruir la banda de los Maitines iba mediado ya, no le quedaban más que seis días para presentar al conde-duque las cabezas de aquellos veintinueve salteadores, exceptuando la de Damián, o la dimisión de su cargo.

Como el primo del doctor había revelado algunos nombres y señas de los acusados, se hizo una minuciosa pesquisa, resultando que los nombres eran falsos, pues cada uno, al entrar en la banda, se cambiaba el suyo, menos Damián que quiso pasar por más cínico o más bobalicón.

El corregidor pensaba, y pensaba bien, que para destruir la banda había que atacar a la cabeza; pero cómo atrapar a aquel maldito joven que se le había escurrido entre los dedos como una anguila.

¡Cómo!, ¿un muchacho de veinte años no más, había de tener más sagacidad que él?

Confesarlo, era confesar su derrota; pero hasta entonces el zorro viejo llevaba la peor parte.

II

Carvajal era uno de esos caracteres que, conociendo toda la extensión de sus propias fuerzas, no desconfían nunca de sí mismos, y en cuyo corazón se estrellan los reveses de la suerte sin hacer mella en él, lo mismo que se estrellan las olas en un pedazo de granito.

Tenía la seguridad completa de que cuando obraba no se engañaba nunca, porque nunca se le antojó obrar a tontas ni a locas.

Otro, en su lugar, hubiera hecho una visita a doña Ana Ramírez para pedirle perdón del atropello de que su casa había sido objeto; él, por el contrario, se presentó al día siguiente solicitando una audiencia de la dama, pero una audiencia como podía mediar entre un juez y un acusado.

—Ya veis que no os guardo rencor por el lance de anoche —díjole doña Ana al recibirle.

—Haríais mal; vos cumplís con vuestro deber, y yo con el mío.

—No tanto por mi parte; mi deber me aconsejaba presentar al conde-duque una queja contra vos.

—¡Y no lo hicisteis!… ¿Queréis que os diga por qué? Por miedo.

—¡Miedo!… ¿A quién? —exclamó doña Ana lanzando una carcajada.

—Al corregidor Carvajal.

—¿Estáis en vos? ¿Cómo podéis amedrentarme?

—Aún no habéis oído lo que tenía que deciros.

—Tenéis razón, hablad: vuestro lenguaje comienza a excitar mi curiosidad.

—Lo mismo que la mía los objetos que se ven en vuestra casa.

—¿Qué queréis decir, señor Carvajal?

—Que poseéis relojes robados por los Maitines, y esto es un dato para suponer que anoche no venía equivocado.

Doña Ana se levantó de su asiento como impulsada por un resorte, y demostrando una indignación, que si era fingida lo estaba admirablemente, extendió su hermoso y torneado brazo hacia la puerta del aposento, exclamando:

—¡Salid!

III

Pero el corregidor, después de mirarla con sangre fría, se encogió de hombros, sin hacer otro movimiento.

—¡Salid! —repitió la dama.

—¡Eh!, basta de farsa, y entendámonos, señora mía, que os tendrá más cuenta. Dejad de aparentar esos ademanes de tapada de Calderón, y daos a partido. Comprended, en fin, que yo no soy como esos condes y marqueses imbéciles o egoístas, a quienes atiborráis de dulce y música en vuestros salones, y que acaso por lo mismo no osan interrogaros del origen de vuestras riquezas.

—¡Señor Carvajal! —interrumpió doña Ana, pálida de despecho y de soberbia.

—Lo dicho: yo soy más sabio, más fuerte que ellos, y leo en todo lo que os rodea el dorado disfraz del vicio… acaso del crimen… ya veis que os habéis estremecido…

—¡De indignación! —contestó doña Ana, perdiendo terreno.

—No, de miedo… De ese miedo que os ha impedido ir a quejaros de mí ante el conde-duque.

—Estáis en un error; yo no os temo… os desprecio.

—Porque aún no me habéis conocido, porque me creéis un viejo imbécil y falto de seso, escuchad: ya os he dicho antes que soy sabio y fuerte, yo represento la autoridad, la ley, y la ley dispone siempre de medios que no pueden eludir los bandidos a quienes persigue, por muy audaces que sean, por muy sabiamente organizados que estén; sí, la ley: de esta palabra se desprende no sé qué cosa, no sé qué fluido extraño y misterioso que ilumina al que la representa, que le presta el acierto en sus juicios, la firmeza en sus determinaciones, el valor en todos sus actos; la ley está por encima del juez y del acusado; es un fanal que ilumina al primero, un relámpago que ciega al último; anoche me habéis derrotado, pero mañana, tal vez hoy, caeréis en mi poder; sí, sí, pero tarde o temprano seréis míos todos, es decir, del verdugo; un individuo que hace traición a sus compañeros es un agujero en el casco de un buque; el buque está perdido y se va a pique: lo mismo os sucede a vosotros desde que Damián Benavides ha hablado. Me decís que os causo desprecio… Pues bien, vos a mí me dais lástima, y antes de que mi mano os despoje de todo ese lujo que os rodea, para caer en la miseria de la cárcel, quiero que os fiéis de mí, quiero salvaros.

El corregidor pronunció estas palabras de un tirón, sin tomar aliento apenas, y, lo más extraño de todo, sin tartamudear, como tenía por costumbre.

Doña Ana estaba aturdida, y conociendo tal vez que iba a perder la cabeza ante la ruda elocuencia de aquel viejo, exclamó por tercera vez con inusitado acento:

—¡Salid…! ¡Salid, señor corregidor!

—Ya que os empeñáis en ello, me quedo.

—¡Ah! ¡Intentáis burlaros de mí porque estoy sola!

—No; voy a hablar con formalidad, voy a contaros una historia.

—¡Pero este hombre ha perdido la cabeza!

—Una historia cuyo recuerdo ha hecho renacer en mi memoria la vista de ese abanico que tenéis ahí, sobre esa mesa…

Ana, más pálida que un muerto, y obedeciendo maquinalmente a su instinto, se lanzó sobre la prenda denunciada; pero al tratar de esconderla, comprendió que se había vendido, y se detuvo avergonzada.

—Por eso os decía antes —prosiguió el corregidor impasible— que algunos objetos que veía en vuestra casa excitaban mi curiosidad. ¿Queréis oír la historia?

La joven, vencida completamente, dejó caer la cabeza sobre el pecho, sin que le llamase la atención el acto que ejecutó Carvajal, haciendo sonar un timbre.

Inés apareció en el dintel de la puerta.

—Vuestra señora —le dijo— no está visible para nadie absolutamente, a excepción del caballero a quien avisasteis anoche; si viene, introducidlo enseguida, aunque sin decirle que estoy yo aquí.

Y como la doncella permaneciese admirada de oír al corregidor dictar órdenes en aquella casa, dijo Ana con breve y seco acento:

—Obedeced.

Inés desapareció velozmente.

—Ahora, la historia —dijo Carvajal, tomando postura más cómoda en un sillón, y sorbiendo con delicia un polvo de rapé.

Capítulo XI Historia de un abanico

I

Carvajal volvió a hacer uso de la palabra en los siguientes términos:

—Yo entré a empuñar la vara de la justicia como corregidor de Madrid, en circunstancias bien singulares: pocos años antes se había descubierto una intriga que enalteció los conocimientos de mi antecesor, y posteriormente un crimen que fue causa de su caída. Es verdad que yo, después, no fui más feliz que él en mis descubrimientos.

»La intriga es la siguiente, y tengo precisión de referírosla, para la mejor inteligencia de los hechos que vendrán después.

»Parece ser que una persona de encumbrado linaje, que mañana en la historia se llamará Felipe IV, había tenido relaciones amorosas con una comedianta del corral de la Pacheca, relaciones fugaces que solo duraron algunos meses.

»O el rey no fue tan dadivoso como debiera, o ella se dio mucha prisa a gastar; es lo cierto, que a la postre de muy pocos años, la comedianta estaba arruinada, y lo peor fue que una enfermedad, o más bien sus excesos, destruyeron sus facultades, imposibilitándola para el trabajo.

»Viéndose en la miseria, se acordó de la ingratitud de su real amante, cuyo corazón se propuso nuevamente conmover.

»Pero ya era difícil; sus encantos habían huido, dejando marchito aquel semblante.

»Entonces la comedianta recurrió a un expediente que le pareció seguro: quiso proporcionarse una niña que por su edad pudiera pasar como el fruto de sus relaciones con el rey.

»A fuerza de inquirir, encontró un padre desalmado, uno de esos padres para quienes los hijos no son más que artículos de comercio, el cual, enterado de todo, ofreció su hija a la comedianta, a condición de que había de partir con él los beneficios.

»El trato quedó hecho, la niña fue a parar a manos de la madre postiza, la cual se dio tan buena maña, y puso en juego tales relaciones, que hubo de llegar hasta el mismo Felipe IV, quien acogió desde luego, aunque secretamente, lo que él creía el fruto de su cariño.

»Tan hermosísima era aquella niña de cinco años, que cualquiera se hubiera llenado de orgullo al tenerla por hija.

»Comenzó una época próspera y feliz para la embaucadora y su cómplice, época de abundancia, que ellos aprovechaban muy deprisa, como si hubieran tenido la conciencia de que iba a ser muy fugaz.

»Efectivamente, no tardaron en descompadrar aquel par de tunantes. Dispensadme que use las palabras más apropiadas a las ideas que quiero emitir, por más que alguna de ellas hiera vuestra susceptibilidad.

II

Este aparte lo hizo el corregidor con un aire sarcástico, que no hubiera sentado mal en el doctor Benavides.

Doña Ana le escuchaba aterrada: la palidez de su semblante iba en aumento a medida que avanzaba la relación de su interlocutor; se conocía que aquellas palabras, no solo herían su amor propio, harto humillado, sino que le causaban un daño extraordinario. De vez en cuando fijaba sus angustiosas miradas en el semblante de Carvajal, como pidiéndole gracia; pero este, como si nada advirtiese, prosiguió.

III

—Parece ser que las exigencias del verdadero padre de la niña iban aumentando de una manera escandalosa, hasta el punto de que ya era imposible satisfacerlas. Esto producía frecuentes riñas entre los dos, que concluían por concesiones, aunque arrancadas a la fuerza.

»Por último, un día, después de una escena violentísima en que aquel hombre brutal llegó a poner la mano sobre su cómplice, que ya no pudo satisfacer sus tiránicas exigencias, se presentó en palacio, solicitando ver al rey, para el asunto de la comedianta.

»Estas palabras le abrieron la puerta de una cámara secreta, donde no tardó en presentarse Felipe IV. Aquel miserable, para quien el porvenir de su hija nada suponía, hizo una revelación de todo lo que había sucedido, demostrando que la niña en cuestión no tenía sangre real en sus venas.

»Aquella superchería infame no irritó al rey tanto como era de esperar; en medio de su enojo no fue dueño de reprimir una carcajada.

»Por todo castigo, extrañó del reino a la comedianta después de hacer que devolviera la niña a su verdadero padre, a quien mandó dar una cantidad crecida por haber destruido el engaño a tiempo.

»Nuestro buen rey creyó ser justiciero y fue parcial, porque el mal padre era tan digno de castigo como la comedianta.

»Esta es la versión más autorizada que corrió por entonces: otros dicen que aquel hombre a quien hizo la revelación para que la trasmitiera al rey, el corregidor, a quien yo sucedí luego.

»Esto me parece más verosímil, porque dicho corregidor se alababa en público de haber descubierto aquella intriga; lo cierto es que le valió una merced por parte del rey.

»La intriga, como veis, no pudo ser más vulgar y grosera: probablemente la comedianta recordaría haber visto algún caso parecido en alguna comedia de la época: os la he referido porque dos de los personajes que figuraron en ella, vendrán después a tener su parte en el misterioso crimen.

»Prosigo pues…

—Caballero… no sé lo que os proponéis con semejantes relaciones —interrumpió doña Ana con un acento tan inseguro que daba lástima oírla.

Pero como si aquellas palabras no se dirigieran a Carvajal, este volvió a tomar el hilo de su historia.

IV

—Había por entonces en la corte una dama, que aunque de humilde nacimiento, llamaba la atención por su hermosura.

»Hablo de la humildad de su cuna refiriéndome a las riquezas; respecto a lo demás, dícese que doña Ana Guevara era tan noble como el mismo rey.

»Vivía con su padre don Fernando, hidalgo enérgico y austero en materias de honor, el cual, apartándose de la poca sensata costumbre de encarcelar a las muchachas, ni más ni menos que si fueran salteadores cogidos in fraganti, tenía a gala en pasear a su hija por todas partes siempre que había ocasión de que se luciese una cabeza rubia mal envuelta en un rebocillo de terciopelo.

»Es verdad que la joven nunca iba acompañada más que por su padre, y que este a ninguna otra persona encomendaba su tesoro.

»Siendo tan notable su hermosura, no hay para qué decir si encontraría adoradores que paseasen su calle de día y rondasen de noche sus ventanas. Dícese que la ronda del señor corregidor tenía que hacer no poco en el barrio que habitaba don Fernando y su hija, pues todas las noches había serenatas que terminaban a estocadas, con gran enojo de las gentes de la vecindad, las cuales, según confesión de uno de los testigos que declararon más tarde en el proceso, tenían que dormir de día, por no poder hacerlo de noche, y aun hubo alguno que ofreció muy cortésmente a don Fernando pagarle la posada con tal de que cambiase de barrio.

»Diz que el padre y la hija se reían de lo que pasaba, el primero dando gracias a Dios, que tantos atractivos había derramado en el rostro de su querida Ana, y esta porque todos aquellos jóvenes calaveras que se acuchillaban en la sombra no sabían ganar su corazón.

»He observado que los padres de las muchachas demasiado hermosas suelen tener una vejez eminentemente dramática. Esto puede consistir en el mayor o menor número de serenatas nocturnas. De cualquier modo es una observación que hasta ahora no he comunicado a nadie.

»Y se me ocurre en este momento por lo que os diré… en el caso de que vos tengáis empeño de que prosiga.

—Sí, lo deseo —contestó Ana haciendo un supremo esfuerzo para vencer el terror con que escuchaba—: Después de todo puede que…

—¿Que yo no sepa más que los otros?… ¿No es así como ibais a completar vuestro pensamiento?

—Caballero, estáis abusando terriblemente de vuestra posición.

—Veréis más adelante, que es todo lo contrario; entre tanto escuchad.

(Continuación.)

V

—Un día el padre de Ana se presentó al corregidor, que entonces no era yo, suplicándole pusiera en juego cuantos medios y recursos dispusiera, para averiguar el paradero de su hija, que había desaparecido de su casa hacía ya una semana. El afligido padre ocupó todo aquel tiempo en buscarla, pero en vista de la inutilidad de sus pesquisas, resolvió dar parte a la autoridad.

»En situaciones idénticas, un padre está obligado a decirlo todo, para que el magistrado sepa a qué atenerse, y por dónde debe dirigir sus indagaciones.

»Ana había huido de su casa en el momento de descubrir su padre que estaba en cinta. Pero aquí paraban todas sus noticias; ignoraba los pormenores del hecho; la única criada que asistía en la casa sabía tanto como él, nadie sospechaba la existencia de un amante.

»Con tal pobreza de datos, se comenzó a buscarla por todas partes; Ana había huido de su casa sin llevarse un alfiler tan solo. Únicamente su padre había echado de menos un abanico que le regalaron pocos días antes, que sin duda la joven en su aflicción se llevó para tener un recuerdo del autor de sus días.

»Esto destruía la sospecha de que Ana hubiese atentado contra su vida, porque en tal caso el abanico estaba de más. Lo que se supuso bastante lógicamente y con algún fundamento fue, que viéndose descubierta por su padre, que tan rígidas ideas abrigaba respecto al honor, el miedo y la vergüenza la habrían hecho refugiarse en casa de su amante.

»Lo del abanico era ya un dato, y como tal don Fernando hizo al corregidor una descripción exacta, que yo he leído en el proceso, que comenzó a instruirse. Sobre un varillaje de hueso, precisamente calado, se extendía un pedazo de cabritilla, que por un lado representaba una zagala durmiendo al pie de un árbol, mientras un lobo se llevaba una de las ovejas del aprisco, y por el otro lado un ramo de flores atado con una cinta azul, sobre la que se leía: Recuerdo, en caracteres dorados. La señal más sobresaliente es esta: sobre una de las guías del varillaje había una linda miniatura en figura oval que representaba el rostro de la encantadora Ana… era en fin un abanico tan semejante al que acabáis de esconder, que pudiera pasar por ser el mismo.

Ana enrojeció súbitamente, como si toda su sangre hubiera afluido a la cabeza; la sangre fría del corregidor la exasperaba sin duda, poniéndola fuera de sí.

Capítulo XII La hostería del Gato escaldado. (Continuación del anterior.)

I

—En vano —dijo Carvajal, siguiendo su relacion— se puso en movimiento la ronda del corregidor, que se componía entonces de sabuesos, mucho más finos que los de la mía: aquellas buenas gentes, haciendo toda clase de deducciones, minaron, así puede decirse, minaron Madrid, desde sus más asquerosos tugurios hasta los salones más encopetados: en vano se derramó el dinero para que no quedase medio ninguno por explotar. La corte estaba interesada en que las pesquisas de la ronda obtuviesen un completo éxito: todo el mundo conocía a la desaparecida, y todo el mundo tomaba una parte en su desgracia. Nunca los agentes de la autoridad fueron secundados tan de buena fe en sus pesquisas.

»Sin embargo, no adelantaron gran cosa.

»El corregidor fue separado de su cargo, y entré yo a reemplazarle.

»Por eso dije al comenzar que me había hecho cargo de la vara en circunstancias bien singulares.

II

»La fortuna pareció ayudarme al principio.

»Un día me encontré casualmente al doctor Benavides… el mismo que estaba anoche a la cabecera de vuestro lecho. De muy antiguo me unían con él relaciones de amistad.

»Chocome su aire preocupado y sombrío, él que era siempre alegre y decididor.

»—Venid —me dijo al verme—, tengo que hablar con vos de un asunto que a los dos nos interesa.

»Y arrastrándome consigo, después de rogarme que me cubriera el rostro con el embozo de mi capa, me llevó a una hostería famosa, abierta algunos meses antes en la calle de Segovia, de que vos no os acordaréis porque no creo que hayáis visitado nunca tales sitios.

El tono del corregidor volvió a ser otra vez epigramático, como el de su amigo el doctor Benavides, de quien estaba hablando: Ana se mordía los labios hasta hacer que saltaran algunas gotas de sangre.

—Aquella hostería, parece que la estoy viendo, tenía varios caracteres rojos sobre fondo blanco, que decían: El gato escaldado. ¡Singular nombre para un figón donde daban de comer conejo!

»¿Os acordáis de la intriga de la comedianta? Pues bien: la hostería era propiedad de aquel padre desalmado que quiso burlarse de Felipe IV, y que con el producto de la munificencia real había abierto aquel establecimiento.

»¿Pero qué idea era la del doctor en llevarme a aquel sitio?

»Pronto me lo expliqué todo.

»Atravesamos la sala común, llena de bebedores, seguimos un pasillo adelante, y torciendo a mano derecha, penetramos en un cuartito de unos doce pies en cuadro, cuyo único mobiliario lo componían una mesa y dos sillas. Al vernos se presentó un mozo, sucio y desaseado, preguntándonos lo que íbamos a tomar.

»—Un conejo y dos botellas de lo mejor —dijo Benavides. El conejo era la especialidad de la casa.

»Hasta tanto que nos sirvieron, el doctor permaneció mudo: yo no quería interrumpir sus reflexiones.

»Así que salió el mozo, después de servirnos lo pedido, que ni el doctor ni yo hacíamos ánimo de tocar, Benavides cerró la puerta, y nos separamos cuanto pudimos, y aproximándose a mí y bajando mucho la voz por temor de que le oyesen, si acaso había alguno escuchando, me dijo:

»—Venimos sobre la pista de un crimen probable.

»—¡De un crimen! —exclamé con extrañeza.

»—Sí, que tanto vos como yo tenemos interés en descubrir.

»—¡No os comprendo!

»—Para ello es preciso que antes os dé algunos antecedentes.

»—Hablad; ved con qué impaciencia espero.

»—Se trata de la desgracia de doña Ana Guevara.

»Como a aquel asunto debía yo mi entrada en el corregimiento, y como hacía ya dos años que venía llamando la atención de la corte, procuré no perder ni una de las palabras de mi amigo.

»El doctor prosiguió:

»—Amigo mío, vais a leer una página oculta de mi historia, que hasta hoy nadie conoce; yo era el afortunado amante de doña Ana Guevara.

»—¡Qué decís! —exclamé sin poder contener mi asombro, porque el doctor, además de tener algunos años más que ella, no era ningún Apolo.

»—Entre todos aquellos rondadores nocturnos que daban música y repartían cuchilladas, entre aquella turba multa de almibarados mozalbetes sin ciencia y sin corazón, yo fui el solo preferido, cuando apenas me atrevía a esperar tan inmensa felicidad. Una dolencia de doña Ana me condujo a su casa: aquí comenzaron nuestras relaciones amorosas, solamente que yo abusé de su credulidad o inocencia. Ya sabéis que siendo muy joven aún me casé con una mujer muy inferior a mi clase, y que por esta misma razón, teniéndola relegada en mi casa, yo pasaba por soltero.

»Doña Ana, como todos, lo creyó así. Para no matar nuestras relaciones no me atreví a destruir esta creencia, y solo cuando la vi en cinta y ya era un crimen el disimulo, confesé la verdad. Con mil trabajos por su parte y por la mía, conseguimos que el padre no sospechase nada. Cuando llegó la época del alumbramiento, saqué a don Fernando de su casa con el pretexto de la caza, a que era muy aficionado: una mujer de nuestra confianza borró los vestigios de aquella falta, recogió el niño, y le llevó a sitio seguro.

»—Según eso —interrumpí yo—, cuando desapareció doña Ana era la segunda vez que estaba ya en cinta.

»—Sí; ni ella ni yo pudimos romper nuestras relaciones. ¡Tanto era lo que nos amábamos! Pero dejad que prosiga. Mi estado no me permitía entrar en aquella casa como amante. Por otra parte, estábamos engañando vilmente al mejor de los padres para ella, y al más leal de los amigos para mí: nuestra situación era bien digna de lástima…

»D. Fernando, que sin duda le había buscado un marido adecuado a sus circunstancias y aspiraciones, comenzaba a hablar de matrimonio… era preciso confesar la verdad, cuando la Providencia o el acaso se encargaron de descubrírselo. Y en esto me refiero al rumor público, porque yo no supe nada más. Nos reíamos de noche después que don Fernando se retiraba a dormir: ella me esperaba en un portillo excusado que daba paso a un pequeño huerto de la casa que habitaba. Llegó la noche fatal a la hora convenida; pero esperé en vano más de dos horas: el portillo no se abría.

»Si Ana estuviera enferma —pensaba yo—, me hubiera avisado, toda vez que, como médico, podía entrar en la casa. ¿Qué significaba entonces aquella ausencia? Pasé una noche infernal, y aunque me retiré a mi casa, no pude dormir.

»Al día siguiente resolví hacer una visita a don Fernando, a quien hacía tiempo no veía. Pero el infortunado padre no recibía a nadie, según me dijo la anciana dueña que le servía; estrechada por mis preguntas, me confesó que después de una escena muy violenta entre el padre y la hija, esta había desaparecido de su casa el día antes.

»Corrí inmediatamente hacia el sitio donde vivía oculto nuestro hijo, con la esperanza de encontrar allí a la madre, que sin duda me aguardaría… ¡Ay! ¡Inútilmente! Ana no había parecido.

»Desde entonces dediqué todos mis esfuerzos, todos mis afanes a descubrir el paradero de la infortunada joven; supe que no era yo solo el que se dedicaba a esa tarea, puesto que el padre había dado a la justicia conocimiento de la ocurrencia.

»Pasó algún tiempo, y cuando vi que el corregidor, a pesar de los medios de que disponía, renunció a todo, perdí completamente la esperanza de volver a ver a aquella que por algún tiempo había sido el manantial de mis goces más puros, aunque no tranquilos.

III

»Creí, como todos los que tuvieron conocimiento del hecho, que doña Ana había sido víctima de un crimen misterioso, no de un suicidio, porque aun cuando no hubiera respetado al pobre ser que llevaba en sus entrañas, antes de alentar contra sus días se hubiera despedido de mí, y de nuestro pobre Fernando.

»¿Pero qué crimen era ese que no había dejado ninguna huella por donde la justicia pudiera rastrear a los criminales?

»Así pasaron dos años, espacio de tiempo durante el cual yo no podía hacer más que llorar estérilmente la desdichada suerte de la infeliz doña Ana.

»Pero en el mundo no hay nada oculto y la casualidad se encarga siempre de ir más allá de la previsión humana.

»Ayer tuve que pasar casi todo el día al lado de uno de mis enfermos, cuya gravedad hacía necesaria mi presencia.

»Cerca del anochecer, sentí necesidad de tomar algún alimento: no quise aprovecharme del cordial ofrecimiento de los dueños de la casa en donde estaba, porque de sobra tenían que hacer cuidando a su enfermo; por otra parte no era conveniente que me alejase mucho de aquel sitio, donde tenía que volver de un momento a otro por la gravedad del paciente.

»Me acordé de esta hostería por su proximidad a la casa, y aquí me vine para tomar lo que llamamos un tente en pie.

»Mi buena suerte me condujo a este mismo aposento: estaba completamente solo.

»Pedí… no sé qué cosa; me la sirvieron, comí… y luego quedé por unos instantes entregado a tristes reflexiones.

IV

»Ignoro cuánto tiempo permanecí en aquel estado: era ya completamente de noche cuando me decidí a marchar, y lo advertí no tanto por la oscuridad que me rodeaba, cuanto por un rayo de luz que salía por la rendija de esa puerta.

»El doctor Benavides me hizo reparar entonces en una puerta que había a nuestra derecha, cubierta con los chafarrinones de pintura que embadurnaban las paredes del aposento, lo que hacía creer que aquella salida estaba condenada.

»En seguida prosiguió:

»—Ved lo que son las cosas; yo, siempre enemigo de tales establecimientos, me hallaba en uno de ellos; yo, que nunca he sido curioso, sentí un vehemente deseo de ver por aquella rendija lo que pasaba en el aposento contiguo.

»Decidido a marchar a casa de mi enfermo, me levanté sacando de mi bolsillo para satisfacer la cuenta; pero no sin aproximarme a aquella puerta denunciadora.

»La rendija es bastante ancha, y permite abarcar casi todo el aposento.

»Solo vi en él varias sillas, una mesa y un espejo, junto al cual había un puchero con flores, y una vela de sebo en un candelabro de barro.

»Satisfecha mi curiosidad, iba a retirarme, cuando hirió mis ojos un reflejo que los rayos de la luz sacaban de un objeto que había encima de la mesa.

»Miré… y no pude menos de estremecerme al ver el abanico que llevaba doña Ana Guevara el día de su desaparición y que, como sabéis, fue un regalo de su padre.

»—¡El abanico de doña Ana! —exclamé yo dando un bote sobre mi silla.

»—Esperad, no llamemos la atención… acaso esté ahí todavía.

»Entonces el doctor y yo nos aproximamos hacia la puerta aplicando nuestros ojos a la rendija: el abanico aún estaba allí, y junto a la mesa, acicalándose delante del espejo… una muchacha sucia y mal trajeada, que a pesar de todo cuidaba de su tocado poniéndose con coquetería entre sus cabellos rubios un hermosísimo clavel blanco. Era una chica de unos catorce años, pero sumamente desarrollada, mujer ya por la amplitud de sus formas, y… que se parecía a vos como dos gotas de agua.

Doña Ana volvió a enrojecer, y bajó la cabeza.

(Continuación.)

V

—Pero ¿estáis seguro de que es ese el mismo abanico? —dije encarándome con el doctor.

»—No me cabe la menor duda: mirad el medallón en uno de sus varillajes… en cuanto la distancia lo permite, adivino en esa miniatura el retrato de mi doña Ana.

»—Es preciso entonces que interroguemos al hostelero.

»Inmediatamente salimos de aquel zaquizamí, y una vez en el pasillo hicimos que el mozo que nos había servido avisase a su amo.

»—¿Me conocéis? —le dije desembozándome.

»El hombre palideció ligeramente, llevose la mano a la gorra, y me contestó diciéndome:

»—Sois, si no me engaño, el señor corregidor.

»—Tengo que hablaros, pero no aquí: llevadme a otra habitación.

»El hostelero, precediéndonos para mostrarnos el camino, nos condujo a otro aposento, que no era el que habíamos visto por la rendija.

»Yo se lo hice observar, diciéndole:

»—Quiero que hablemos en la estancia donde hace poco estaba acicalándose vuestra hija.

»Aquel hombre me miró de una manera particular, como si quisiera leer en mi rostro el por qué de aquel empeño.

»Pero en seguida dijo:

»—Pasen usarcedes adelante.

»Y abrió la puerta que conducía al aposento indicado, donde no estaban ya ni la niña ni el abanico.

»Inútil fue nuestro empeño, cuando le preguntamos por aquel objeto, el hombre abrió desmesuradamente los ojos como si le hablásemos en un idioma desconocido; nos juró por lo más sagrado que el tal abanico no existía, porque su fortuna no le permitía hacer a su querida hija regalos tan costosos, impropios de gente de tan humilde condición. Todo esto lo hablaba en voz muy alta: sin duda el tunante quería prevenir a su hija, que estaría escuchando por allí cerca. Después la hizo comparecer a mi presencia; pero la cándida joven, como si tuviera la lección aprendida, no hizo más que repetir lo que su padre había dicho.

»Yo consideré que perdíamos el tiempo, y nos retiramos. Mi falta fue no haberme apoderado de aquel tuno, y haberle hecho pasar la noche en la cárcel. Sin embargo, mis propósitos eran no perderle de vista.

»Pero el taimado me ganó por la mano; al día siguiente el establecimiento amaneció cerrado; no fue posible dar ni con el padre ni con la hija: según rezaba el rótulo de la casa, el gato escaldado había huido del agua fría.

»Y he aquí terminada, hasta cierto punto, la historia que me propongo referiros: ahora, ¿queréis que prosigamos la conversación como dos buenos amigos, o preferís sujetaros al interrogatorio que va a dirigiros el corregidor?

Capítulo XIII Fin de la historia del abanico

I

Ana guardaba silencio, sin atreverse tal vez a contestar a la pregunta que tan directamente le había hecho Carvajal.

Su semblante, aunque impasible, estaba extraordinariamente pálido; su respiración era interrumpida por frecuentes suspiros; en suma, si bien no lo demostraba, se le conocía que en aquel momento se estaba operando en su interior una lucha violenta y terrible.

—Vamos, contestad —volvió a decir el corregidor.

—¿Queréis saber el fin de la historia del abanico? ¿No es eso?

—Justamente: me parece que no es ninguna exigencia.

—¿Pero vos contáis con que yo la sepa?

—¡Por fuerza!… Nadie tiene en su poder un objeto ignorando cómo ha llegado a sus manos.

—Pero, señor Carvajal, ¿no veis que vuestra proposición es insensata? Es lo mismo que obligar a una paloma a que se ponga al alcance del gavilán.

—¿No habéis oído antes que mi deseo es que quedemos como buenos amigos?

—¡Vos y yo! Me parecería chistoso, si no lo encontrara absurdo.

—Me explicaré con más claridad: vais a referirme el fin de esa malhadada historia que tengo curiosidad en saber, por lo mismo que a ella debo en cierto modo la vara de alcalde: después vais a entregarme al rey de los Maitines: con esta condición, yo os doy mi palabra de honor de que seguiréis siendo para todos, menos para mí, doña Ana Ramírez, la opulenta viuda.

—¿Y si me niego a satisfacer vuestros deseos?

—Entonces… solo seréis Margarita, la impúdica hija del infame hostelero de El gato escaldado, la que comerciaba no ha muchos años con sus encantos en la hostería de su padre.

—Todo eso es una suposición que os pondría en un aprieto si se tratara de probarlo.

—Me costaría menos trabajo que a vos probar vuestra viudez y vuestro nombre.

—¿Sabéis, señor Carvajal, que lo que me proponéis es una infamia?

—Estáis colocada en un terreno en el que solo una infamia puede libraros de otra mayor.

—En suma; yo puedo haber sido ligera como tantas otras, pero no infame.

—He visto en el país de vuestro abanico algunas manchas de sangre… y… en resumen, decidíos, que yo no he venido aquí a perder el tiempo.

—¿Se puede saber qué haréis si me niego?

—Bajo mi responsabilidad, meteros en la cárcel, y renovar el proceso que comenzó a instruirse cuando la desaparición de doña Ana Guevara.

—¡La cárcel! —exclamó Ana con terror.

—Sí, que para vos puede representar el patíbulo.

—¿Qué garantía me dais?

—Mi palabra de honor: creo que vale algo para las gentes honradas, y mucho para las que no lo son.

—¿Y si el rey de los Maitines, viéndose vendido por mí, me delata?

—Nunca sabrá que vos le habéis entregado.

—¿Pero y si lo sabe y habla?

—¿Tiene medios para probar vuestra complicidad?

—Algunos objetos robados que yo poseo.

—Vendedlos: además, ¿sabe que no sois doña Ana Ramírez?

—No.

—Entonces nada temáis: tengo al rey de los Maitines por hombre de talento; os daría una puñalada, pero no os delataría sin pruebas.

—Pues… escuchad: vais a saber muchas cosas.

—Procedamos con orden.

—Tenéis razón: comenzaremos por el abanico.

II

Ana Ramírez, o más bien Margarita, que así seguiremos nombrándola, prosiguió:

—Ya sabéis que mi padre, con el dinero que sacó al rey puso la célebre hostería en la calle de Segovia.

»Una circunstancia imprevista hizo que se retratase el día en que debió abrirla al público.

»La víspera de aquel día, mi padre y yo ocupábamos ya la nueva casa; pasamos la jornada poniéndolo todo en orden, limpiando el mostrador, las lámparas y las botellas, rellenando las pipas con el vino de los pellejos, y desollando la caza que debía asarse al día siguiente.

»Al anochecer salió mi padre, creo que a refrescar, como él decía, en otro establecimiento; yo me quedé sola en casa esperándole.

»Cansada de andar de un lado para otro, y aburriéndome la soledad dentro de mi casa, salí, para distraerme, a la puerta, aun cuando la calle estaba solitaria, por ser ya completamente de noche.

»Apenas habían trascurrido diez minutos cuando vi avanzar un bulto que venía de hacia la calle de Toledo: era una mujer que caminaba trabajosamente. Debía ir muy cansada, porque de trecho en trecho se paraba para tomar alimento.

»Al llegar junto a mí se detuvo, y con una voz dulcísima me dijo:

»—Perdonad que moleste vuestra atención; me he extraviado esta tarde, en barrios que apenas conozco: decidme, ¿no habita por aquí el doctor Benavides?

—¡Ah! ¡Era, sin duda, la pobre doña Ana que iba en su busca! —interrunpió Carvajal.

—Eso creo, aunque yo no la conocía. Dile las señas de la casa del doctor; y después de agradecérmelo con frases corteses se alejó, aunque no mucho. Yo la vi detenerse y hacer esfuerzos violentísimos para proseguir.

»La pobre joven debió cambiar de resolución… e hizo mal, por lo que ahora os diré.

»Volvió a desandar lo andado, y otra vez se detuvo delante de mi puerta.

»—¡No puedo más! —dijo, lanzando profundos ayes.

»—¿Estáis enferma? —le pregunté, con verdadera intención de socorrerla.

»—Sí, sí… muy enferma… ¡Dios mío!… ¿Si quisieráis hacerme un señalado servicio?

»—¿Qué queréis?

—»Permitirme que entre en vuestra casa, y avisar enseguida al doctor Benavides.

»—No tengo inconveniente —le contesté—, apoyaos en mi brazo, y entremos.

»Hízolo como lo había indicado; entramos en la tienda; le hice beber un poco de agua con unas gotas de vino, y dejándola instalada en una silla junto al mostrador, salí para desempeñar mi comisión, prometiéndole volver enseguida.

»Apenas había entornado la puerta de la calle, y dado un paso, sentí un fuerte golpe hacia el interior de la tienda.

»Volví a entrar apresuradamente; cerré la puerta, encendí luz y vi a la dama en el suelo sin sentido. Sobre la sien derecha tenía una herida por la que se escapaba sangre en abundancia.

»Tal vez al salir yo trató de levantarse y andar, pero falta de aliento, resbaló hiriéndose con el mostrador.

»¿Qué hacer en aquella situación tan crítica? Yo no podía levantarla: era entonces una muchacha de catorce años, y mis fuerzas no daban tanto de sí.

»Lavé la herida, puse en ella un pañuelo y le di a oler vinagre, sin que consiguiera que recobrase el conocimiento.

»Yo hubiera podido llamar en mi ayuda a las gentes de la vecindad; pero no lo hice… no sé por qué… sin duda porque así lo quería el sino de aquella desgraciada.

»Pasó media hora en tal estado, cuando sentí que mi padre llamaba a la puerta.

»Más hubiera valido que aquella noche, según lo hacía otras veces, la hubiera pasado fuera de casa.

III

»Mi padre entró con su razón algo alterada; esto era una costumbre en él siempre que bebía.

»En un momento le enteré de lo que pasaba. Entre los dos cogimos a la dama, y la colocamos en mi propio lecho. La pobre señora no daba más señales de vida que una respiración muy trabajosa.

»Yo le instaba a mi padre para que fuera a avisar al doctor Benavides; pero él se rascaba una oreja sin moverse de su sitio.

»—El caso es —decía—, que esta dama está más bien para cenar con Dios, que para bailar una zarabanda; nosotros no gozamos una reputación intachable, y esa herida puede comprometernos… Quién sabe si pensarían que yo… veamos si lleva a algún dinero.

»El pensamiento de mi padre estaba iniciado a medias: quería robarle antes que socorrerla. Por otra parte, lo que decía respecto a nuestra reputación era bien cierto por desgracia. Indudablemente se hubiera sospechado de nosotros.

»Entre mi padre y yo la desvalijamos de lo poco que llevaba: dos o tres monedas de oro, una sortija, los zarcillos y ese abanico que tan fatal me ha sido hoy, con el que se hacía aire cuando llegó a mi puerta.

»—Y bien, ¿qué hacemos? —le dije a mi padre.

»—Si se ha de morir más vale que sea pronto —me contestó—: sujétala de las manos bien fuerte. Un sentimiento, aunque muy leve, de piedad, me hizo interrumpirle.

»—¿No sería mejor —le dije—, que esperásemos a que fuese más tarde, y la sacásemos entre los dos en medio de la calle?

»—¡Para que ella cobre el conocimiento, y reconozca mañana la casa y nos acuse de haberla robado… ¡y aun herido! No seas tonta; y sujeta bien sus manos.

»Hícelo así; mi padre la cogió por el cuello con las suyas, y apretó. Aquel delicado cuerpo comenzó a moverse, agitado por las convulsiones de la asfixia.

»De pronto hizo un violentísimo esfuerzo: mi padre y yo sentimos un débil vagido.

»Aquella infeliz, en el momento de perder la vida, acababa de dar a luz una criatura.

»Mi padre lanzó una horrible imprecación.

»—¡Al diablo con el muñeco! —exclamó cogiéndole por sus rosados piececitos y estrellándole contra la pared.

—¡Qué horror! —interrumpió Carvajal, cubriéndose el rostro con las manos—. ¿Qué se ha hecho de esa infame criatura?

—Hace algunos años que ha muerto.

—¡Más vale así!… Aun cuando es una lástima que haya muerto en su cama. Abreviad la relación de tan espantosos hechos. ¿Qué pasó después?

—Aquellos dos cuerpos muertos fueron trasladados por mi padre y yo a la bodega: mientras él abría una profunda fosa que cobijase a la madre y al hijo, yo me ocupé toda la noche en borrar las huellas del crimen, lavando la sangre del sitio en que se había derramado.

—Menos del país de ese abanico.

—No pude calcular entonces que algún día iba a ser mi acusador; si no, lo hubiera destruido.

»A los dos días corrió la nueva de que doña Ana Guevara había desaparecido de su casa, y por las señas supimos mi padre y yo a qué atenernos respecto de la dama que fatalmente para ella me había pedido hospitalidad.

IV

Aquella relación tan espantosa de dos crímenes innecesarios había sido hecha por Margarita con un tono de voz natural, tranquilo y reposado como si hubiera estado refiriendo la cosa más inocente.

Las palabras de asesinato y sangre en los sonrosados labios de una mujer tan soberanamente hermosa, adquirían un carácter particular, mucho más sombrío y terrible que en la grosera boca de un asesino de profesión.

Carvajal estaba horrorizado.

Se levantó de repente, y fijando en Margarita una profunda mirada de repulsión y desprecio, exclamó como si hablara consigo mismo.

—¡A fe mía que siento haber dado a esta mujer mi palabra de honor de no tocarla!

—¿Intentariáis faltar a ella? —preguntó Margarita aterrada.

—No haré tal, aunque me pese, si me cumplís la segunda parte de lo que me habéis prometido.

—¡Entregaros al rey de los Maitines!

—Sí.

—Esperad.

Margarita sacó del bolsillo un elegante libro de memorias, rasgó una hoja, sobre la que escribió algunas palabras y agitó el timbre.

—Toma —dijo a Inés, que se presentó en el aposento—, lleva esto enseguida a la casa de los Maitines.

La doncella desapareció velozmente con el escrito.

—¿Qué es eso? —preguntó Carvajal.

—Un aviso que doy al doctor Benavides para que esté en mi casa esta noche a las nueve; mandad vos la ronda a las ocho.

—¿Pero qué tiene que ver el doctor Benavides en este asunto?

—Más de lo que se os figura, porque el tal doctor es…

—¿Quién?

—El rey de los Maitines.

Capítulo XIV El doble doctor Benavides

I

El corregidor quedó aturdido, como un hombre a cuyos pies estallase un rayo dejándole ileso.

Aquella noticia era tan absurda e inesperada, que bien podía dispensársele tanto estupor.

¡Su amigo el doctor Benavides, un hombre sexagenario, y un hombre de tanto crédito en la corte, capitaneando una banda de salteadores nocturnos!

Entonces se presentaron a su memoria algunos detalles que habían pasado desapercibidos: entonces se explicó el robo de la escribanía en su propio despacho, y la devolución de la caja de rapé la noche anterior.

Pero siendo el doctor el rey de aquella taifa de desalmados, por más que ocultase el rostro bajo un antifaz en sus reuniones nocturnas, le hubiera reconocido su primo Damián en los ademanes, en la voz, en la joroba… en algún descuido que indudablemente debía haber tenido alguna noche.

Y si esto era cierto, si el doctor Benavides era efectivamente el rey de los Maitines, ¿quién era aquel joven a quien Damián llamaba Fernando Álvarez, que en la noche anterior había acudido desde la casa de los conciliábulos a una cita de Margarita?

Todas estas ideas pasaron por la mente del corregidor con la celeridad del relámpago, empujándose unas a otras como esas nubes que levanta el viento en el océano en un día de tempestad.

A pesar de todo, Carvajal, que confiaba en la amistad, no podía admitir un hecho tan monstruoso: el mismo efecto le hubiera producido ver a un apóstol capitaneando una legión de demonios.

II

Margarita le contemplaba en silencio: parecía dar tiempo a que la sorpresa del corregidor hiciese sitio a la credulidad.

Experimenta en aquel momento la satisfacción de un autor dramático que desenlaza una situación culminante de un modo que el público no espera.

Carvajal seguía moviendo la cabeza y haciéndose cruces a toda prisa, cuando fue interrumpido por la voz de la joven.

—¿Tanta sorpresa os causa lo que habéis oído?

—¡Pardiez!

—Pues aún habéis de sorprenderos más cuando sepáis que el doctor Benavides no existe…

—¡Margarita!

—Hace tres años que se ha muerto.

—¿Os habéis propuesto burlaros de mí? ¡Ira de Dios!

—Me he propuesto revelaros la verdad, toda la verdad; ya os dije antes que ibais a saber muchas cosas.

—Pero… ¡el diablo que os entienda!… ¡Decís que el doctor Benavides no existe!…

—No.

—¿Y que es el rey de los Maitines?

—Sí.

—¿Cómo puede ser esto?

—De una manera muy sencilla; la explicación demostrará la verdad del milagro, porque esto es un verdadero milagro.

—Por lo menos una escena digna de una comedia de magia.

—¡Dios quiera que la escena no traspase los límites de la comedia, y que no se haga dramática!

—Vamos, vamos; explicadme pronto ese endiablado logogrifo.

—Oíd, pues. ¿No os confesó el mismo doctor Benavides que había tenido anteriormente un hijo, de doña Ana de Guevara?

—Ciertamente.

—Pues ese hijo es el que ha reemplazado al padre.

—Haced más amplia esa explicación, porque con lo dicho no basta para que yo comprenda…

—Escuchad: vuestro interrogatorio a mi padre acerca de este maldito abanico, nos hizo abandonar precipitadamente la hostería: mi padre la traspasó aquella misma noche a uno de sus parroquianos, temiendo, con razón, que puesto ya vos sobre la pista, no tardariáis en descubrir a los criminales.

»Mi padre no quería salir de Madrid, porque en la corte contaba con medios más seguros para burlar vuestra vigilancia.

—Vuestro padre era un tuno muy redomado.

—Debo confesarlo así, y hasta cierto punto, envaneciéndome por ello, porque sin su sagacidad hubiéramos caído en vuestras manos.

»Alquilamos una pequeña habitación en el Pretil de Santisteban, precisamente la casa que hoy es de los Maitines.

—¿Cómo no elegistéis otro barrio más apartado del sitio del crimen?

—Por nuestra misma seguridad: mi padre compredió que la justicia nos buscaría en todas partes, menos en el sitio que, a mi juicio, habíamos abandonado.

—¡Y así sucedió en efecto! ¡Vuestro padre había empleado muy bien sus años!

—Como os digo, alquilamos un cuarto en la casa de los Maitines; solo que entonces estaba dividido: tenía una habitación principal y otra en el patio; esta fue la que ocupamos.

»En la exterior vivía una mujer de unos cuarenta años, en compañía de un mozalbete de doce, que pasaba por hijo suyo.

»Hacían una vida muy retirada; casi nunca salían a la calle, y cuando esto sucedía escogían la hora de la sombra, esto es, el crepúsculo.

»El muchacho estaba estudiando siempre en unos libros muy grandes y feos que le llevaba un señor jorobado, la única persona que entraba en la casa, pasando en ella muchas horas del día y algunas de la noche.

»Yo desde luego comprendí que aquella familia guardaba un misterio: Fernando, que así se llamaba el joven, era un retrato vivo del señor jorobado, hasta el punto de que, a pesar de la diferencia de edad y de la joroba, muchas veces se los confundía.

»Otra cosa llamaba mucho mi atención, haciéndome presumir que aquella casa tenía con otra comunicación secreta. Muchas veces oía yo la voz del tenor jorobado, sin haberle visto entrar, y también acontecía verle entrar y no verle salir.

»Comuniqué a mi padre mis observaciones, y me contestó frotándose las manos:

»—Aquí vamos a estar perfectamente: esa gente, como nosotros, tiene interés en no llamar la atención; ¿quién sabe si huirían también del señor corregidor? No nos metamos en sus operaciones, que de fijo ellos no se meterán en las nuestras.

III

—Al cabo de algún tiempo advertí que Fernando me dirigía miradas muy elocuentes y apasionadas. Puesto que vos me vistéis en aquella época, recordaréis que no era fea…

—No, no; al contrario: a haber vivido en otros tiempos, hubierais podido servir de modelo para la Venus de Milo.

—Fernando era también de la misma opinión. Poco a poco fueron prolongándose nuestros saludos, y siendo más tiernas nuestras sonrisas, hasta que un día…

»Yo era maestra en seducciones, él un niño sin pizca de mundo… trastornando la frase, diré con mucha verdad que, en vez de ser yo suya, Fernando fue mío.

»Desde aquel día comencé a ejercer un gran influjo sobre su corazón.

»Mi amante no tuvo ya secretos para mí.

»Juzgad de mi sorpresa cuando me refirió que era hijo natural del doctor Benavides y doña Ana Guevara; que su madre había desaparecido, siendo él un niño, de un modo misterioso…

»Cuán lejos estaba él de sospechar que vivía con sus asesinos, que su amada, la que él tenía en sus brazos con frecuencia, había ayudado a dar muerte a su madre, y no se había estremecido siquiera con la espantosa muerte de su hermano…

Margarita iba a proseguir, pero el corregidor la interrumpió, diciendo:

—Permitidme: ¿cómo, conociendo el doctor Benavides a vos y a vuestro padre, por haber estado presente a mi interrogatorio en la hostería, no cayó en la cuenta de que los vecinos de su hijo eran los mismos a quienes buscaba su amigo el corregidor?

—Porque mi padre, práctico en todas las artes que debe poseer un hombre de su especie, adoptó un disfraz, con el cual, vos mismo, hablando con él, no le hubierais reconocido; en cuanto a mí, evité desde el primer día las ocasiones de que el doctor me echase la vista encima; solo una vez nos encontramos cara a cara, y el doctor no manifestó reconocerme.

—Bien, proseguid; por lo general, los hombres de ciencia, absortos en sus estudios, suelen ser muy malos fisonomistas.

IV

Margarita volvió a tomar el hilo de su narración.

—El doctor Benavides instruyó, como veis, a su hijo en todo lo que se relacionaba con su nacimiento, sin callarle que él era casado, por cuya circunstancia no podía instalarse en su casa. Desde la cueva de la que ocupaba el doctor, al lado de San Pedro, había un pasadizo subterráneo que comunicaba con el patio de nuestra casa: he ahí el motivo de las repentinas apariciones y desapariciones del doctor.

—¡Ah, pardiez! Ahora me explico el que la noche que registré la casa de los Maitines, sabiendo que estaba dentro, no encontré a ninguno. Pero, vengamos al doctor; aún no comprendo bien…

—El doctor Benavides, desde que su hijo tuvo uso de razón, comenzó a instruirle en los más profundos secretos de su ciencia; de modo que Fernando a los veinte años era ya un doctor consumado.

»Aquel padre, como si adivinase lo que iba a suceder después y el papel que su hijo iba a representar en el mundo, no tenía secretos para Fernando: por pasatiempo le instruía de todas sus relaciones sociales, explicándole el carácter de sus enfermos y amigos, de vos sobre todo, a quien el doctor profesaba una amistad entrañable.

»Esto mismo hizo nacer una idea en la mente de Fernando, idea que me comunicó, y que yo aplaudí por lo original y rara.

»—Mi padre —me decía— quiere dejarme todos sus conocimientos en medicina, a falta de una gran fortuna, porque no es rico; está bastante atropellado; el mejor día cierra los ojos, y es probable que su númera y lucida clientela mude de médico, no queriendo fiar su salud a mi inexperiencia, pues se cree, y no es solo el vulgo el que lo afirma, que el saber en todos los ramos de la ciencia está revinculado en los viejos: además, el misterio que rodea mi nacimiento puede perjudicarme mucho en esta época de preocupaciones, de modo que yo, a la muerte de mi padre, con toda mi ciencia, voy a tener que envidiar la suerte de un artesano… oye lo que he resuelto: puesto que el parecido con mi padre es tan extraordinario, el día que muera pienso sustituirle…

—¡Diablo! —exclamó el corregidor comenzando a comprender.

—«Por mejor decir —prosiguió—, ocultaré su muerte, ocultaré su cadáver; yo para todos seré el doctor Benavides, y solo para ti Fernando».

—¡Pardiez! ¡El mozo no es lerdo!

—Era necesario que un ensayo audaz le convenciese de que podía sin temor realizar su plan.

»Se aprovechó de pelucas y vestidos como los del doctor; pero quedaba una parte esencial que copiar: la joroba; una joroba que no estuviese sujeta a la contingencia de caerse en medio de la calle por mal prendida, y que pudiese desaparecer repentinamente cuando fuese necesario.

—¡Diablo…! ¡Diablo!

—Fernando se confeccionó con tripas de vaca, convenientemente unidas unas a otras, una especie de doble chupa o jubón, cerrado herméticamente, comunicándose con un conducto estrecho, largo y hueco, que viniendo por debajo del brazo izquierdo, terminaba en una boquilla que podía aproximar a sus labios, permitiéndole henchir de aire el jubón, con el que remedaba perfectamente la joroba de su padre: cuando debía desaparecer la joroba, no tenía más que dejar que el aire saliese: todo esto se lograba perfectamente con tal de que sus vestidos estuviesen algo holgados.

—¡Voto al sol! ¡Ese muchacho es el diablo en persona! —Y el corregidor al hacer esta observación se frotaba las manos, no disgustándole que el hijo de su amigo tuviese tanto ingenio como el padre.

—Tratábase de hacer la experiencia y ver hasta qué punto podía ser confundido con el doctor. Para esto él mismo eligió la prueba más difícil, escogiendo uno de los amigos que con más frecuencia veían a su padre.

»Cierto día que este pasó a un pueblo inmediato a la corte a visitar a uno de sus enfermos, se presentó en casa del corregidor Carvajal.

—¡Pardiez! ¡Me acuerdo del caso! —interrumpió este.

»Aquel día yo creí comer con el doctor Benavides; estuvimos después de sobremesa… y ahora me lo explico todo, ni en la voz, ni en los ademanes, ni en el género de la conversación, sospeché yo la superchería. Salió muy entrada la tarde; hizo la casualidad que aquella noche en una casa me encontrase yo con el doctor.

»—¿Qué tal se ha hecho la digestión? —le pregunté, pues él tenía mucho miedo de los cólicos.

»—¿La digestión de qué? —dijo.

»—¡Pardiez! ¡De nuestra comida!

»—La vuestra, queréis decir: yo he comido hoy infamemente en Carabanchel.

»—¡Cómo en Carabanchel! ¿Habéis ido allá después de salir de mi casa?

»—¡Yo no he tenido hoy el gusto de veros hasta ahora!

»—¡Doctor!

»—¡Don Felipe!…

»Y no hubo más medio de entendernos: los dos jurábamos y los dos, casi, teníamos razón: él debió creer que yo estaba loco, y yo comencé a sospechar de la firmeza de su juicio, porque llegó el caso de formalizarnos.

—¡Bien celebramos luego el caso! Aquel día se convenció de que aun cuando muriese su padre, su porvenir quedaba asegurado, pues podía contar con la clientela del doctor.

»Poco tardó en quedar completamente solo en el mundo: el doctor enviudó, y a los dos meses él mismo pagó su tributo a la naturaleza. Estuvo en cama algunos días no más, negándose a ser visitado por alguno de sus compañeros, puesto que conoció que se moría.

»Según lo habían convenido padre e hijo para cuando llegase ese caso, Fernando aquella noche penetró en casa del doctor por el pasadizo subterráneo que conducía desde la cueva hasta su alcoba.

»Benavides tuvo el consuelo de morir en brazos de su hijo.

»Fernando lo tenía ya dispuesto todo para que la realización de sus planes no sufriese ningún contratiempo: retiró de allí el cadáver de su padre, dándole sepultura en la cueva de la casa: después ocupó el lecho que acababa de dejar el difunto, y fingiendo luego una mejoría donde no existió la falta de salud, logró engañar, primero a su primo Damián; después a todos los amigos del doctor.

»La mujer que lo crió desde niño, y que había vivido en la casa del Pretil de Santisteban, entró a reemplazar a la criada del doctor.

»Únicamente yo (ni aun mi padre) conocía su secreto. Por las noches me deslizaba por aquel pasadizo, y subía al aposento del falso doctor Benavides.

(Continuación.)

V

—Así trascurrió un año.

»Mi padre también había muerto.

»Yo comencé a cansarme de aquella vida tan retraída y solitaria: era mujer, y amaba el lujo y los placeres.

»La escasa fortuna de mi amante no podía darme todo lo que yo necesitaba: el pobre Fernando tuvo un desencanto, al ver que yo quería otra cosa más que su amor.

»Su doble personalidad y la circunstancia de la casa del Pretil de Santisteban me sugirieron la idea de hacerle criminal.

»Pensé en la creación de una banda de malhechores que pudieran atesorar pingües ganancias, de la cual Fernando sería el jefe.

»Poco trabajo me costó convencerle; su corazón, lo mismo que su voluntad, me pertenecían, y mi cariño hizo de aquel joven sencillo y puro, un criminal.

»Entonces apareció en esta casa doña Ana Ramírez, viuda de un opulento y alto empleado en Indias.

»Vos no debiáis reconocer en la lujosa dama de reputación intachable, aquella sucia y descocada niña que vistéis por primera y única vez en la hostería de El gato escaldado: únicamente ese infame abanico…

—Ha sido al mismo tiempo nuestra salvación y vuestra ruina —dijo el corregidor levantándose, puesto que ya estaba terminada aquella entrevista.

Capítulo XV Ajuste de cuentas

I

Aunque el resultado de su visita había sido doblemente satisfactorio, el corregidor estaba preocupado y sombrío.

La verdadera autora de tantos crímenes, Margarita, la sola criminal, contaba con la impunidad que le daba la palabra de honor del alcalde; en cambio, tenía este que proceder contra el hijo de una persona a quien le había unido una amistad muy estrecha y antigua, contra Fernando que, casi de una manera inconsciente, se había visto arrastrado por el amor de aquella infame criatura.

Esta consideración era lo que causaba el mal humor de Carvajal; pero no podía ser débil en aquel asunto, donde además de la seguridad del vecindario, estaba interesado su amor propio.

El plazo que él mismo se había otorgado para destruir la banda de los Maitines iba a espirar.

Y sabiéndolo todo, no era cosa de presentarse al conde-duque, dándole a entender su ineptitud.

¡Y era mucho que dejase impunes los crímenes de Margarita!

Como un testimonio rendido a la memoria del buen doctor Benavides, pensaba pedir al conde-duque el indulto de Fernando, haciendo un buen escarmiento en los demás individuos de la banda.

—¡Conque quedamos en que esta noche a las nueve me entregaréis al falso doctor Benavides! —dijo Carvajal, tomando su sombrero.

—Os respondo de ello con mi cabeza.

—¡Oh!, no sabéis hasta qué punto es verdad lo que decís, porque yo haré que en todo el día de hoy no se os deje ni a sol ni a sombra.

—Ya podéis presumir que tengo un gran interés en cumpliros mi palabra, pues de ese modo me cumpliréis vos la vuestra.

—Perfectamente, os lo juro. Solo que… después de la aprehensión de los Maitines, os concedo un plazo de cuatro días para salir de la corte, y de ocho para alejaros de España.

—¡Me desterráis!

—Vuestra presencia sería un insulto continuo a mi autoridad.

—Nada temáis; yo os prometo que mañana… no dormiré en Madrid.

El corregidor partió enseguida de aquella casa, llevando en su corazón un pesar por la suerte que esperaba a Fernando, y una alegría al ver que desde aquel momento la banda de los Maitines podía considerarse como destruida.

II

Margarita le vio partir lanzando un suspiro que denotaba su satisfacción inmensa; después prorrumpió en una alegre, insultante y cínica carcajada, exclamando:

—¡Pardiez…!, tengo suerte… he escapado de una buena… ahora solo falta que Fernando venga esta noche.

—Ya está aquí —le contestó una voz que le hizo estremecerse.

Margarita volvió la cabeza como si hubiera sentido el silbido de una serpiente.

En el dintel de la puerta del aposento, que había abierto el corregidor creyendo percibir algún ruido, apareció Fernando Benavides, pálido como un muerto, con los brazos cruzados sobre el pecho, la frente altanera, y la mirada irritada y sombría.

Margarita, a pesar de su sorpresa, no exhaló un ¡ay! Permaneció inmóvil en medio de la estancia, muda de terror, porque en el aspacto de Fernando comprendió que todo lo había oído.

Veamos cómo y por qué.

III

Al principio de la entrevista de Margarita y el corregidor, cuando este llamó a Inés para hacerle algunas prescripciones en nombre de su ama, y en el suyo propio, la doncella halló muy raro y sospechoso que después de la escena de la noche anterior, el corregidor dictase órdenes en una casa extraña, y mucho más sospechoso aún, que expresando un deseo de su ama, admitiese Fernando a su presencia, ocultándole quién era la persona que estaba allí. Esto, aun cuando Inés no estuviese en antecedentes, podía pasar por un lazo traidor que la amante tendía a su amado.

Inés lo comprendió así; durante su estancia en la casa al servicio de Margarita, había tenido ocasión de conocer que de aquellas dos almas, la de Fernando era la extraviada, y la de Margarita la criminal.

Esto hizo que cobrase a Fernando un afecto en el que había tanto cariño como pasión.

En aquella ocasión, en vez de obedecer las órdenes recibidas, creyó más oportuno enterar a Fernando de lo que pasaba, para que este supiera a qué atenerse.

En todo caso, su conducta no podía ser tachada más que de exceso de celo.

Púsose inmediatamente en camino hacia la casa del doctor Benavides, sabiendo era mucho más bueno buscarle allí que no esperar en la de los Maitines a que le pasasen el aviso.

La casualidad favoreció sus buenos deseos: el falso doctor Benavides estaba en su casa; al ver allí a la doncella de Margarita adivinó que acontecía algo grave.

Cuando Inés le enteró de lo que pasaba, quedó aterrado; no por llegar a caer en manos del corregidor, sino por tener casi la evidencia de que aquella mujer, en quien había depositado su confianza, le vendía.

—Es preciso que yo asista a la entrevista de Carvajal y Margarita —exclamó.

Y sin detenerse a más salió de su casa seguido por la doncella, que se felicitaba de haber dado aquel paso.

Tan luego como llegó a la calle de Cantarranas, se introdujo en un aposento contiguo al que ocupaban su amada y Carvajal, estando a punto de ser descubierto cuando este abrió la puerta, creyendo oír algún rumor.

Fernando llegó allí poco antes de que Margarita diese comienzo a sus historias, de manera que pudo enterarse de todo, y ver cómo aquella infame criatura, después de haber asesinado a la madre, entregaba el hijo por comprar la impunidad de sus crímenes.

IV

Margarita lo comprendió todo, y quedó aterrada, sin atreverse a respirar ni a levantar sus miradas, que las tenía fijas en el pavimento.

Cuando se alababa de su buena suerte, la casualidad le prevenía aquella terrible sorpresa.

Entonces recordó, estremeciéndose, las palabras del corregidor: «Tengo al rey de los Maitines por hombre de talento: os daría una puñalada, pero no os delataría sin pruebas».

Y el rey de los Maitines estaba allí, conocía sus crímenes, su traición, su alevosía… En un día, en un momento, ¡lo perdía todo por la mujer a quien todo se lo había sacrificado!…

Margarita no abrigaba más que una esperanza, el encanto, la influencia que sus hechizos habían ejercido siempre sobre el corazón y la voluntad de su amante.

Pero Fernando, hasta entonces, la tenía por una mujer perdida, sí, mas no por un alma depravada y criminal.

Era un insulto a la suerte esperar gracia: Margarita debía considerarse ya como en el fondo de un sepulcro.

V

Fernando dio un paso hacia adelante enjugándose una lágrima que asomó en sus hermosos ojos.

La joven quiso aprovecharse de aquel principio de virtud, y cayó a sus pies exclamando:

—¡Fernando mío, perdón!

Pero Fernando, pálido y grave, la levantó con calma, sin violencia, y le dijo con una voz que a cuatro pasos no se hubiera percibido:

—Lo he oído todo… Así pues, tengo que mataros.

Estas palabras, pronunciadas con una espantosa calma, penetraron a la vez en el oído y el corazón de Margarita: ella esperaba una escena violenta, a la cual hubiera opuesto su debilidad, y se encontraba con un verdugo caballero, que le hacía reverencias antes de matarla.

Fernando prosiguió:

—De todas cuantas penas podían hoy afligirme, nunca hubiera contado con esta… Tanto era lo que confiaba en nuestro amor.

—Fernando… si lo has oído todo, habrás visto que Carvajal me tenía cogida entre sus garras.

—Yo, en una situación idéntica, hubiera lanzado el aliento entre los tormentos más crueles, sin pensar siquiera en delataros… hubiera muerto contento al ver que al morir os hacía un gran servicio…

—Era preciso engañar al corregidor.

—¡Cómo engañarle!

—Sí… ¿no conoces que quería solo ganar tiempo… avisarte, y huir contigo?

—¿Y para eso le has revelado mi historia; sin olvidarte del subterráneo, por donde podían huir los Maitines viéndose sorprendidos?

—¡Fernando! —exclamó aquella mujer, viéndose batida con sus propias armas.

—Aparte de esto, yo no puedo en adelante tener nada de común con la infame criatura que asesinó a mi madre por robarle algunas miserables monedas y un abanico… Con el alma depravada que contempló sin estremecerse la muerte atroz, espantosa, inverosímil que un cobarde asesino dio a un niño recién nacido…

—¿Sabía yo acaso que aquella mujer, que aquel niño tenían algo que ver contigo?

—¿Y no tenían que ver con la humanidad? ¿Te habían hecho algún daño?

—Recuerda que mis circunstancias en aquella ocasión eran especiales.

—¡Silencio! Toda discusión entre tú y yo es ociosa… completamente inútil: harto tiempo has jugado con mi voluntad; harto tiempo me has envilecido… Ya basta de una dependencia tan vergonzosa: lo dicho, vas a morir… Cuando esta noche venga el señor corregidor a cumplir con su deber, se encontrará con que antes otro ha cumplido también con el suyo.

—¡Fernando…! —interrumpió Margarita con voz débil y quejumbrosa.

—¡Silencio! No quiero oír tu voz, porque me recuerda las épocas en que he vivido engañado; esa voz que me hizo tan feliz en otro tiempo, y que sin embargo fue la misma que dictó la sentencia de mi madre… ¡Ah!, esa voz debía perder también al hijo… debía conducirle al crimen… debía hacer de él un miserable, sobre cuya memoria escupirá la sociedad su indignación. ¡Cómo no adivinaba yo en tu voz algo que venía del asesinato…! He sido un necio… un iluso… he estado ciego… he arrojado a tus plantas mi juventud, es decir una juventud pura y honrada… Todo lo que yo podía darte de más valía, y en cambio tú me has hecho traición, me has delatado esta mañana… has comprado tu seguridad al precio de mi vida… ¡Cuándo hubiera yo sido tan infame para contigo, para que hubiera yo querido una vida que me privaba de tu amor…! ¡Cómo había de haber arrastrado una existencia infamada con una traición infame…!

VI

Fernando, antes de proseguir, se enjugó con un pañuelo el copioso sudor que inundaba su frente.

—Mucho te he amado… gran fe he tenido en tu cariño, cuando yo, que he nacido para el bien, me he hecho merecedor de lo que me espera… Sí, ¡mucho te he amado…! Yo veía en ti una mujer ambiciosa, amante del lujo y de los placeres… pero nada más: un alma extraviada en los tortuosos senderos del vicio, que había puesto anteriormente sus encantos como medio de realizar sus deseos… pero nada más; una mujer capaz de prostitución, pero no del crimen… Todo esto había yo creído ver en ti… todo esto te lo dispensaba mi cariño, que era, ¿comprendes?, que era ardiente, profundo, inmenso… un cariño que llegaba a confundirse con la adoración; hace una hora ese cariño existía aún: hace una hora, si me hubieras pedido que asesinara al rey, le habría asesinado; si te hubiera complacido que incendiase Madrid, lo hubiera incendiado… Hace una hora yo era tu esclavo más humilde… ahora soy tu amo… más que tu amo, tu juez… más que tu juez, soy tu verdugo.

VII

Después de tan terribles palabras, que pasaron por los oídos de Margarita como una furiosa ráfaga resonando en ellos como las cien mil trompetas del Apocalipsis, el joven pareció ceder a un sentimiento de desesperada amargura.

Fijó sus ojos en el pálido rostro de su amada, y murmuró:

—¡Qué hermosa es! ¡Por qué me habrá vendido!

Margarita se asió a esta tabla de salvación en el naufragio de sus esperanzas, acercose cuanto pudo a su amante; y con voz dulce e insinuante que quería expresar su arrepentimiento exclamó:

—Pues bien, perdóname, Fernando… ¡soy una miserable…!, he cedido a un sentimiento egoísta de terror… yo no tengo tu energía… Perdóname: aún es tiempo… huyamos donde te plazca… donde yo sea tu esclava efectivamente, y tú mi señor…

—¿Y mi madre…?, ¿y mi hermano? —preguntó Fernando con expresión más sombría cada vez; luego prosiguió—: Si yo no hubiera sabido más que tu traición, tu alevosía, puede que me decidiera a perdonarte, u olvidarlo todo, a huir contigo… Tanto es lo que te amaba… Pero no: he sorprendido un secreto terrible, espantoso… un secreto que cubre mis ojos con una sangrienta venda; aún resuenan en mis oídos estas atroces palabras: «mi padre la sujetó con sus manos por el cuello, y apretó… ¡al diablo con el muñeco!, exclamó cogiéndole por sus rosados piececitos, y estrellándole contra la pared»… Me parece estar viendo aquella escena espantosa e incalificable… me parece que asisto a aquella tremenda y doble agonía… Margarita, aunque viviera mil años no podría olvidar… Margarita, aquel asesinato pide sangre a su vez… Yo verteré la tuya… Aun cuando el corregidor Carvajal te ha dado su palabra de honor, la justicia se cumplirá en la tierra: el criminal no quedará impune…

—¡Eso es digno de ti! —exclamó Margarita variando de táctica, y haciéndose la víctima—, ¡es digno de un hombre como tú poner sus manos en una débil mujer!

—Sobre una mujer que ha puesto infamemente las suyas en una infeliz criatura, que doliente y menesterosa le pedía hospitalidad, todo el mundo tiene derecho a poner algo, con tal de que ese algo salga del lodo. Intentas en vano herir mis sentimientos honrados… con tu amor desaparecieron todos ellos; tu amor excluye toda honradez, todo honor… todo en fin, todo aquello que el hombre acata por bueno, justo y equitativo; yo no soy Fernando Benavides, sábelo de una vez: soy tu verdugo. Prepárate a morir: te concedo algunos minutos para que encomiendes tu alma a Dios… Es lo único que mi odio puede concederte.

—¿Es decir —replicó Margarita, que experimentaba la fría sensación del sepulcro—, es decir que un momento de extravío puede en ti más que muchos años de fe amorosa? ¿Por qué tú no me castigas mis crímenes anteriores?…

—¡Cómo! ¿Que no quiero yo vengar la muerte de mi madre y de mi hermano?

—No: es un cargo que te figuras hacerme, pero que no me haces en realidad, porque yo entonces, y esto lo sabes, ignoraba los lazos que unían aquellos seres al hombre que más tarde debía ser mi amante. Lo repito, no es ese el móvil principal de tu venganza.

—¡Margarita! —rugió Fernando indignado ante aquello, que era una acusación.

—Sí; el principal delito que pretendes castigar en mí es el haberte vendido esta mañana al corregidor Carvajal.

—No…

—Sí, Fernando…

—No… ¡Mil veces no!

—Entonces debes absolverme…

—¡Esta miserable me insulta aún!

—Debes absolverme, lo repito, o no me has amado nunca.

—¡Absolverte y vivir a tu lado!

—¿Por qué no?

—¿Me crees tan envilecido?

—Tú eres también criminal.

—Pero no asesino: en mis manos no hay sangre… Antes por el contrario, yo he evitado más de una vez algún asesinato; mientras que tú… ¡oh!, calla, calla… solo el pensarlo me horroriza. Cada vez que te estrechara en mis brazos, no sentiría el calor de tus besos malditos, sino el frío del sudario de la muerte; cada vez que mis labios se abrieran para dirigirte una frase de amor, oiría la voz de mi madre, que desde el fondo de su sepulcro, estrechando a su otro hijo en sus brazos, me gritaría: ¡maldito!, ¡maldito!, ¡maldito por una eternidad de eternidades! No: el asesinato es algunas veces una justicia… y la venganza una reparación. Aun en los hechos más monstruosos hay la lógica natural; esta mañana lo he sabido en tu declaración: ahora lo hay en mi represalia.

—¿Pero desventurado, no ves que la muerte es tanto más temida cuanto mayor es el lastre de culpa que lleva la conciencia?

—En eso precisamente estriba mi venganza.

—¿No ves que al matar el cuerpo haces que el alma se condene?

—¿Qué quieres decir?

—Concédeme… siquiera un día para arrepentirme…

—Es bastante un minuto si el arrepentimiento es sincero.

—¡Es decir que tú, después de mi muerte, escaparás y vivirás feliz! —exclamó Margarita cediendo a la idea de un feroz egoísmo.

—¿Se puede ser feliz después de lo que he sabido, miserable…? Tú tal vez lo serías; afortunadamente mi alma no se parece a la tuya… y basta, que estamos perdiendo el tiempo en una palabrería inútil: la tarde avanza; Carvajal se dispone a venir al frente de sus sabuesos, y quiero que cuando lleguen vea la justicia hecha; lo repito: solo puedo concederte algunos minutos para que encomiendes tu alma a Dios.

VIII

Estas palabras, como casi todas las de Fernando, fueron pronunciadas con una calma espantosa, que demostraba lo inquebrantable de su resolución.

Margarita, alma cobarde y ruin, que solo servía para alardear del crimen, tuvo miedo, ese miedo que produce calentura y vértigo.

Sus ojos se saltaban de las órbitas, inyectados en sangre: su boca, extraordinariamente abierta, quería pronunciar palabras que la lengua y los labios se negaban a articular: una convulsión nerviosa estremecía su cuerpo lo mismo que si lo hubiesen puesto en contacto con la pila de Volta.

En aquel momento, aquella mujer, de una hermosura tan incomparable, estaba horrorosa: era la imagen del terror abyecto.

Sin conciencia tal vez de lo que hacía, comenzó a medir la estancia a grandes pasos, como una fiera dentro de su jaula.

Por último, haciendo un penoso y terrible esfuerzo, gritó:

—¡Socorro!

Este grito pareció enardecer el furor de Fernando: lanzose sobre ella, que al verle trató de huir por una de las puertas del aposento.

El joven la alcanzó en el umbral, cogiéndola por su hermosa trenza de cabellos rubios, que se había desprendido con la agitación de la carrera.

Entonces se trabó una horrible lucha, que duró breves momentos.

Margarita se defendía como una leona, pero sus fuerzas cedieron ante las de su amante.

Oyose un grito espantoso, y una voz siniestra dijo:

—¡Por mi madre!

Luego se vio sangre…

Margarita cayó al suelo para no levantarse más.

Capítulo XVI Postrimerías del caballero don Damián Benavides

I

Durante la terrible escena relatada en el capítulo anterior, un hombre se paseaba por la calle de Cantarranas, fijando sus inquietas miradas en la casa de Margarita, cuya apariencia, tranquila como siempre, no anunciaba que sus lujosas habitaciones fuesen teatro de una escena de sangre y de horror.

Este hombre era el fiel Pedro, el compañero, más bien que subordinado, del rey de los Maitines.

Había sabido por el hombre que hacía la guardia en el Pretil de Santisteban, que aquella mañana había estado una mujer en busca del jefe, y aunque no en antecedentes de lo que pasaba, calculó que Fernando Benavides estaría en casa de Margarita, pues esta tendría que comunicarle alguna noticia de la escena de la noche anterior.

Pedro se dirigió a la calle de Cantarranas, llegando allí en el momento en que salía el corregidor Carvajal.

Llamole desde luego la atención el rostro preocupado de aquel, de lo cual dedujo que no estaba todo perdido, pues a su juicio si el corregidor se hubiera apoderado del rey de los Maitines, debía expresar en su semblante la satisfacción que aquella presa le causara.

Sin embargo, ¿por qué estando dentro de la casa Carvajal habían avisado a Fernando?

¿Se había equivocado en sus deducciones?

Para cerciorarse, se aproximó a la puerta de la casa, que examinó con cuidado.

Junto al aldabón de hierro había una M trazada ligeramente como con la punta de un alfiler.

Esta era una señal convenida entre el jefe y los individuos de su confianza, para darles a entender en una ocasión determinada si podían o no buscarle en tal sitio.

La M quería decir Maitines.

Fernando al salir debía cruzarla con dos líneas horizontales, en señal de que había estado allí, pero que ya no se encontraba en aquel sitio.

Por lo tanto, y viendo que faltaba la señal de salida, Pedro esperó, y se puso a pasear.

(Conclusión.)

II

Así trascurrieron tres horas: Fernando no salía.

Esta tardanza empezó a inquietar a su fiel servidor: además, su espera de tanto tiempo podía inspirar sospechas en un barrio tan solitario, como lo era entonces aquel.

Pedro no estaba en el caso de llamar sobre su persona la atención pública; ni le convenía, ni mucho menos, lo pretendía.

En su calidad de bandolero, odiaba la publicidad.

Luchando estaba consigo mismo sin saber qué determinación tomar, cuando vio que el postigo se abría, dando paso a Inés y a otras dos mujeres jóvenes que indudablemente pertenecían a la servidumbre de Margarita.

Aquellas mujeres salían precipitadamente, llevando cada una un lío envuelto en un pañuelo; en sus descoloridos semblantes se pintaba la más profunda ansiedad, y su ademán más bien era el de personas que huyen que no el de gentes que ejecutan uno de los actos ordinarios de la vida.

Pedro, al verlas, se estremeció, sin saber por qué, sintió que el corazón se le oprimía, y en aquel instante le angustió un penoso presentimiento.

Sin tener entonces la conciencia de sus actos, e ignorante de si aquella casa encerraba un peligro para él, atravesó la calle, y se introdujo por el postigo que las mujeres en su fuga habían dejado entreabierto.

Una vez en el jardín, tomó la calle de árboles que conducían a la casa.

Pero al llegar hacia el comedio, se detuvo sintiendo que el cabello se le erizaba debajo de su sombrero.

De uno de los árboles del parque pendía el cadáver de un hombre ahorcado con una cuerda, que aún oscilaba, agitada acaso por las últimas convulsiones de la agonía, que debía haber terminado minutos antes.

Aquel cadáver era el de D. Fernando Benavides.

Pedro retrocedió espantado: aquel movimiento le derribó el sombrero sobre la nuca, dejando descubierta una sombría frente, por la que corrían gruesas gotas de sudor.

Sus ojos, espantosamente abiertos, devoraban aquel fúnebre despojo de la muerte, que seguía oscilando en su cuerda con el movimiento acompasado de la péndola de un reloj que va perdiendo la cuerda.

Dos lágrimas surcaron sus tostadas mejillas; en aquel momento se revelaba el profundo cariño que Fernando le inspiraba.

III

—Pero, señor, ¿qué ha pasado aquí? —exclamó limpiándose la frente con su pañuelo—. ¿Qué significa esto? ¡Ahorcado en casa de su querida!… ¿Y ella…?

Una terrible sospecha cruzó por su mente: recordó que Fernando había sido llamado por una de las doncellas de Margarita; que el corregidor había salido de allí algunas horas antes, y sin saber por qué, sin ningún antecedente, sospechaba una traición.

Impulsado por esta idea, echó a correr hacia la casa, sin acordarse de que la entrada exterior estaba franca, y de que podía ser sorprendido y acusado.

Atravesó el vestíbulo, recorrió dos o tres habitaciones, hasta llegar al gabinete donde Margarita yacía en tierra, bañada en un mar de sangre.

—¡Un asesinato…! ¡Y un suicidio…! ¡Oh! Creo comprenderlo todo… este puñal pertenece al jefe… él la ha matado siendo su querida… esta mujer es la que nos ha vendido… pero no; no es ella… a lo más ha secundado la obra del caballero D. Damián de Benavides… ¡Estamos perdidos!… ¡Pardiez!… Necesito tener algunos minutos de conversación con el mozo.

Y como allí ya nada tenía que hacer, se apresuró a salir de aquella casa alegre y coquetona, que encerraba dos cadáveres dentro de sus muros.

IV

Creo haber dicho en el curso de la novela que los Maitines tenían inteligencias secretas en muchas casas, por medio de gentes que, si bien no pertenecían a la asociación, simpatizaban con los asociados.

Francisco, el criado del corregidor, era una de esas personas: por él supo Pedro la traición de Damián, y esta fue la causa de que aquella noche fuese herido de una puñalada al salir de la casa de Carvajal.

En la tarde a que vengo refiriéndome, tomaba Francisco el fresco a la puerta de la calle, cuando vio ir hacia él a su conocido Pedro.

Este se detuvo.

—¿Se puede entrar? —preguntó con voz breve y entrecortada.

—Sí; pero ¿qué quieres?

—Ante todo, ¿y el corregidor?

—Ha salido hace un momento, y tardará en venir.

Entonces, condúceme hasta la estancia del herido.

—¿Para qué?

—Quiero hablar con él.

—Pedro…

—No puedo prescindir de lo que te pido.

—No olvides que me comprometerías si intentases…

—Descuida: hablaré breves momentos con el herido; si ocurriese algo, me avisas… De todos modos, saldré en seguida.

—Pues anda, ya conoces su habitación; yo aquí me quedo vigilando a Teresa.

Pedro no hizo repetir la invitación; se internó por un pasillo y abrió una puerta que había a la derecha, que correspondía a la habitación del herido.

V

Damián, gracias a los cuidados de su primo el doctor, que ya no debía prodigárselos más, estaba ya fuera de peligro, aunque sin abandonar el lecho.

A su instancia, debía ser trasladado al día siguiente a casa de Benavides, donde habitaba, pues no quería ser molesto por más tiempo al corregidor.

En esta determinación entraba por mucho la conducta de Carvajal; pues, si bien no desatendía al herido, despreciaba al hombre que por un miserable puñado de oro había vendido a sus compañeros.

Al apercibirse de que era Pedro el que estaba en su presencia, quedó un momento suspenso y algo mortificado.

Él suponía que, a consecuencia de la delación, todos los individuos de la banda debían estar ya en la cárcel, y el verse mano a mano con uno de ellos no le servía de plato de gusto, como vulgarmente se dice.

Pedro arrastró una silla hasta el lecho, y se sentó sin ceremonia.

Después, dirigiéndose al herido, le dijo:

—Y bien, ¿cómo os encontráis, querido amigo?

Damián se estremeció, recordando haber oído una voz idéntica en el momento de caer herido delante de la casa del corregidor.

Sin embargo, era forzoso disimular hasta saber el objeto que aquel hombre llevaba al visitarle.

—¡Pardiez!, ya lo veis —contestó—. Aún no puedo abandonar el lecho.

—¡Es una desgracia!… ¡Una verdadera desgracia!…

—Pero vos, ¿cómo estáis aquí? ¡Si el corregidor os descubre!…

—¡Bah!, no tengáis miedo por mí… el corregidor en este momento está muy ocupado… Decía que es una verdadera desgracia que no podáis salir de casa, porque yo venía a proponeros un paseo.

—¿Un paseo?

—Sí: he venido solo con ese objeto.

—Pero…

—Pero ya que no podéis acompañarme, hablemos.

—¿Qué tenéis que decirme? —preguntó Damián, empezando a concebir serios temores al notar que el acento y la sonrisa con que Pedro acompañaba sus palabras eran completamente sarcásticas.

—¿No sabéis lo que pasa?… ¡Pero qué necio soy! ¿Quién ha de haber podido comunicároslo, cuando aún es un secreto que acaso yo solo conozco?

—En fin, hablad… estoy impaciente.

—Vengo de la calle de Cantarranas.

—¿De la calle de Cantarranas?

—Sí; de casa de doña Ana Ramírez… ¡qué diablo! Vos que frecuentáis ciertos círculos debíais conocerla.

—Efectivamente, he oído hablar de esa señora…

—Ya sabréis que esa dama era casi casi nuestra soberana.

—¡Nuestra soberana! ¿En qué concepto?

—¡Pardiez! ¡Siendo la querida del rey de los Maitines!…

—¡Ah! ¡Era su querida! —dijo Damián con una candidez magistralmente fingida.

—Eso se dice; pero escuchad: en uno de los aposentos de su casa he visto su cadáver anegado en sangre, y colgado en uno de los árboles de su jardín, el del rey de los Maitines.

—¿Qué dices? ¿Le han ahorcado?

—No: se ha ahorcado.

—¡Él! ¿Por qué motivo?

—Oíd lo que creo haber adivinado en todo ello: ha habido un miserable que ha descubierto al corregidor el secreto de nuestra asociación…

Pedro, que miraba atentamente a Damián, le vio ponerse lívido; pero, como si no lo notara, prosiguió:

—Después, por no sé qué combinación del diablo, ella ha debido secundar la obra de ese infame; yo he visto a Carvajal salir esta tarde de su casa: su amante ha penetrado el secreto; la ha cosido a puñaladas, y después…

—¡Pardiez! ¡Es una escena trágica…!

—Era necesario haberlo visto todo como yo…

—¿Habéis estado dentro de la casa?

Pedro, sin contestar directamente a lo preguntado, prosiguió:

—Al pasar por delante del árbol del que pendía el cadáver de nuestro jefe, me detuve; fijé mis ojos en aquellos labios amoratados, cubiertos con una espuma sanguinolenta… y aquellos labios se abrieron para decirme: «Pedro, véngame: yo he hecho lo que he podido… El traidor es…».

—¡El muerto os ha revelado el nombre del traidor! —exclamó Damián palideciendo más aún.

—No lo toméis a broma.

—¿Y ese nombre?

—Es… el vuestro.

VI

Esta revelación, que seguramente no esperaba el herido, le causó una impresión profunda; fue para él como el prólogo de lo que debía seguir.

Así es que su palidez se hizo espantosa; un temblor convulsivo agitaba su labio inferior; sus ojos se le saltaban de las órbitas, y por un movimiento maquinal e instintivo se apartó cuanto pudo de Pedro.

Este lo contempló, primero como el gato al ratón que juguetea con él antes de devorarle; después, como la pantera al caminante que tiene entre sus garras; con el mismo ademán de furor reconcentrado.

Pedro en aquel momento se acordó del drama de la calle de Cantarranas; vio ante sus ojos el cadáver de Fernando pendiente de un árbol, que aún agitaba las últimas convulsiones de la agonía.

Así es que se dirigió a Damián, diciéndole con una terrible expresión de odio:

—Ya lo oís; ese nombre es el vuestro.

—¡Pero yo…! —balbuceó el herido.

—Sois un traidor… un infame, y merecéis la muerte que os espera.

—¡Pedro!…

—¡Silencio!

—No os guiéis de las apariencias… de lo que una lengua envidiosa haya tratado de propalar…

—¡Silencio os digo! Sois un traidor, a quien mi puñal no hizo la justicia que debía, porque os advierto que hace quince días, cuando caistéis a la puerta de esta casa, fui yo quien…

—¡Ah, desventurado!

—Yo sabía que aquella misma noche acababáis de vendernos al corregidor Carvajal por no sé qué miserable suma… probablemente los treinta dineros de Judas. Quiso Dios que quedaseis con vida; acaso no me hubiera vuelto a ocupar de vos, sin lo que acaba de pasar. Pero hoy tengo un deber terrible que cumplir, y lo cumpliré.

—¡Pedro, perdón!

—Si se tratara solo de mí… no sé, pero tal vez os perdonaría; vuestra vida es bien miserable para satisfacer una venganza. No obstante, los pálidos labios de aquel sangriento cadáver se movían, y yo he oído que el muerto murmuraba junto a mí: «Véngame, Pedro, que el traidor no sobreviva a la traición».

—Pues bien, es verdad, os he vendido a todos… tenía necesidad de dinero y aproveché el medio más rápido que se me presentaba para conseguirlo: la suma está aquí en mi poder, intacta, debajo de la almohada… Si queréis, la partiré con vos, pero dejadme vivir.

Pedro lanzó una carcajada, exclamando:

—¡Pues no me juzga tan miserable como él!

—Si se os figura poco, yo tengo medios para conseguir del corregidor vuestro perdón…

—¡Qué me importa la vida después de lo que ha pasado!

—¡Pero yo quiero conservar la mía! —dijo Damián con ese feroz egoísmo del miedo.

Estas palabras hicieron que Pedro, que se había desviado un tanto de la cuestión, se ciñera a ella, considerando que de un momento a otro podía llegar Carvajal para estorbar su venganza.

Sacó de su pecho un puñal, que lanzó un siniestro reflejo al ser herido por los últimos rayos de la luz, que empezaba a escasear en el aposento.

Damián dio un grito cuando aquel levantaba el brazo, grito que cortó la hoja de acero al hundirse en su corazón.

VII

Pedro salió precipitadamente para no ser descubierto, exclamando al perderse entre las primeras sombras de la noche que empezaban a invadir en la calle:

—Creo que los Maitines terminan su misión de una manera gloriosa.

Capítulo XVII Crímenes que son justicias

I

El corregidor Carvajal llegó a su casa en un estado febril: si bien conseguía destruir a los Maitines en el plazo fijado, no le agradaba el giro que había tomado el asunto.

Hubiera preferido que Margarita no le refiriese la historia del falso doctor Benavides, con lo cual hubiera obrado con más libertad.

No le argüía la conciencia, porque al cabo iba a cumplir con su deber; pero maldecía la fatalidad por haber hecho al pobre doctor Benavides padre de Fernando y ser este el temido y misterioso rey de los Maitines.

¡Y en medio de todo Margarita quedaba libre para reírse de la justicia, representada por el corregidor!

Carvajal se preguntaba:

—¿Obliga la palabra de honor empeñada a una criatura infame?

—No —le respondía su deseo.

—Sí —le contestaba la conciencia.

No había que pensar ya más en ello: el asunto de Margarita podía desde luego pasar a la categoría de los hechos consumados.

Sin embargo, el corregidor no lograba desechar aquel asunto de su memoria.

II

En vano la pobre Teresa aquel día, viéndole tan cariacontecido, se propuso destilar la quintaesencia de sus talentos culinarios, única cosa que sacaba a su amo de sus casillas y le ponía de buen humor.

Cuando el ama de llaves le anunció que la sopa estaba servida, se excusó de sentarse a la mesa, exclamando:

—¡Se me volvería veneno!

—¿Estáis enfermo, señor? —le preguntó Teresa con solicitud.

—No.

—Tenéis el rostro encendido… Bueno sería avisar al doctor Benavides.

Carvajal le fulminó con una mirada terrible, diciéndole con bronco acento:

—En el momento en que volváis a nombrar a esa persona en mi presencia, os despido de mi casa.

El corregidor no se atrevía ya a hablar del doctor, llamándole por su nombre.

En cuanto al ama de llaves, desapareció velozmente, murmurando:

—¡Ese aire tan espantado!… ¡Y esas palabras!… ¡Pobre señor!… ¿Irá a perder el juicio?

III

Según las órdenes comunicadas al efecto, la ronda debía reunirse al anochecer en la plazuela de Antón Martín, donde iría a buscarla el corregidor.

Antes había cuidado de que Cornejo y otro individuo se situasen en la calle de Cantarranas, y no perdiesen de vista la casa de Margarita.

El corregidor se presentó en la plazuela de Antón Martín a las ocho menos cuarto; dio orden de que parte de los individuos de la ronda, de dos en dos, para no llamar la atención, se introdujesen en la calle de Cantarranas.

Él rompió la marcha, presentándose el primero: cuando llegó al sitio donde Cornejo estaba apostado le preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Mucho, y nada, señor.

—¿Cómo es eso?

—Un hombre ha entrado en la casa; en cambio han salido…

—¿Quién?

—Inés y otras dos mujeres que sin duda componían la servidumbre de esa dama.

Ya recordará el lector que Fernando había entrado en casa de Margarita antes de que saliese Carvajal, y por consecuencia antes de que este diese la orden de vigilar la casa.

Así pues, Cornejo no podía haberle visto entrar.

—Debíais haber detenido a esas mujeres —le dijo su jefe.

—Ya se me ocurrió, pero no tenía órdenes para ello.

—¿Y el hombre?

—No le conozco; ha permanecido dentro breves minutos; luego ha salido, llevando impresa en su rostro una emoción vivísima parecida al miedo.

—Entremos, pues.

IV

El corregidor empujó el postigo del portón, que estaba entornado, y entró seguido de su ronda en el jardín.

La noche estaba oscura, amenazando tempestad, por lo que hubo que recurrir a las linternas.

No bien habían dado algunos pasos en la calle de árboles que conducía a la casa, Cornejo tropezó con una cosa que le hizo retroceder espantado, al mismo tiempo que exclamó:

—¿Qué diablo de fruto es el que da este árbol?

Sus compañeros aproximaron las linternas, y Carvajal se acercó.

—¡Dios de Dios! —exclamó dando un paso hacia atrás.

De uno de los árboles pendía un cuerpo humano caliente aún.

Era el de D. Fernando de Benavides, el rey de los Maitines, como le había visto Pedro momentos antes.

El corregidor no pudo contener un movimiento de dolor, aunque mezclado de cierta alegría.

—Vamos —dijo—, él mismo me ha ahorrado el disgusto de entregarle al verdugo.

Después, volviéndose hacia la ronda, preguntó:

—Muchachos, ¿sabéis quién era este desgraciado?

—¿Quién? —dijeron algunos.

—El rey de los Maitines; pasemos adelante, porque comienzo a sospechar que aquí ha ocurrido algo muy grave… No creo que esto sea obra de esa infame mujer.

V

Cuando peretraron en las habitaciones de la casa, vieron en el suelo algunas huellas de sangre, impresas sin duda por Fernando, cuyos pies debieron empaparse en la que brotaba de las heridas de su amada.

—¡Ese hombre, antes de morir, ha cometido un nuevo crimen! —dijo Cornejo señalando el blanco cadáver de Margarita.

—No —rectificó el corregidor—, ha sido una justicia: esa mujer había matado a su madre… Ahora me explico de qué naturaleza era el rumor que llegó a mi oído esta mañana: el rey de los Maitines, sin que ella lo supiera, oyó nuestra conversación, y se ha vengado: el tal Fernando era un mozo de provecho, no se ha dejado nada por hacer.

El cadáver de Margarita, iluminado por el reflejo de las linternas, tenía un aspecto siniestro; en aquel cuello hermosísimo había una profunda herida, cuya sangre, coagulada, brillaba de un modo fatal, como un collar de diamantes: su boda estaba contraída por la última convulsión de la agonía.

VI

El corregidor pasó allí gran parte de la noche levantando acta de aquella doble catástrofe.

Pero su trabajo no había concluido.

Al retirarse a su casa, vio mucha gente arremolinada en la calle, delante de la puerta, y a varios vecinos asomados en balcones y ventanas con lámparas y candiles.

Por encima del rumor producido por tantas voces, sobresalían los gritos del ama de llaves, que decía entre sollozos:

—¡Oh, qué desgracia!… ¡Qué desgracia!… ¡Y en la misma casa del corregidor!… ¡Pícaros Maitines!

Carvajal avanzó: al reconocerle, todo el mundo le abrió paso, y las bocas enmudecieron.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó con voz de trueno.

—Señor, un asesinato cometido en vuestra casa —le contestó un corchete.

Efectivamente; en una de las habitaciones interiores estaba el cuerpo de Damián Benavides, con el corazón atravesado por un puñal; junto a este había un papel, que decía en caracteres groseros.

A la memoria del rey de los Maitines.

CONCLUSIÓN

Aquella misma noche fue allanada la casa del Pretil de Santisteban, después de cortar a los bandidos la retirada por la del doctor Benavides.

Pero solo cayó en poder de la ronda el que hacía la guardia, el cual pagó por todos; pues fue ahorcado al poco tiempo.

No fue posible dar con ningún otro individuo de la banda, que desde aquella noche memorable no volvió a dar señales de su anterior existencia.

Su rey era indudablemente el alma de tan terrible asociación.

Dos cosas llamaron la atención de la corte: el asesinato de la bella Margarita, a quien todos conocían por doña Ana Ramírez, y la desaparición del doctor Juan Benavides.

Pero el corregidor, al presentarse al día siguiente en casa del conde-duque a darle cuenta de la destrucción de la banda en el plazo fijado, le explicó detalladamente las dos cosas que excitaban la curiosidad pública.

Carvajal fue felicitado por su sagacidad en el descubrimiento del paradero de la infeliz doña Ana de Guevara, y por su acierto y buenos resultados en el negocio de los Maitines, y aun se dice que el mismo Felipe IV, para premiar sus servicios, le concedió una señalada merced.

El mismo día en que se cumplió el primer aniversario de la muerte del rey de los Maitines, se presentó un desconocido al vicario de las monjas Trinitarias, al cual le entregó como limosna para el convento una cantidad de alguna consideración, suplicándole de paso que dijese un oficio fúnebre por el alma de aquel a quien la intención del donante recomendaba; por más, según afirmó, que no le fuera lícito pronunciar su nombre.

El sacerdote no tuvo inconveniente en acceder a aquel deseo piadoso, que se rodeaba de circunstancias asaz misteriosas, y el oficio fúnebre tuvo lugar en la iglesia, con asistencia del desconocido, que durante la ceremonia manifestó la aflicción más profunda.

Coincidió con esta circunstancia la de haber aparecido profanada aquel mismo día la lujosa sepultura que encerraba los restos del caballero don Damián Benavides. Sobre sus huesos, esparcidos por el suelo, se halló un pergamino que decía en caracteres groseros:

A los traidores se les persigue hasta en la tumba.

Aquello encerraba un secreto en el que podría muy bien estar el corregidor Carvajal, quien no dudó ni por un momento que se trataba del asunto de los Maitines.

Pasó así la cosa; pero al año siguiente se repitió con las mismas circunstancias.

Era indudable que alguno de la banda dedicaba aquella memoria piadosa y sacrílega a la par a Fernando Benavides.

En este supuesto, el corregidor se propuso averiguar lo que había de cierto en sus sospechas, y esperó pacientemente un año sin hablar con nadie una palabra sobre el asunto.

Llegó el tercer aniversario.

Aquella tarde, el corregidor, disfrazado de mendigo, se colocó en un sitio conveniente dentro del cementerio donde estaba enterrado don Damián. El guarda de aquel fúnebre lugar, si bien prevenido por el corregidor, se retiró a su vivienda a la hora de costumbre.

Eran las nueve de la noche, cuando un hombre saltó las tapias del cementerio, acercándose a paso de lobo a la sepultura junto a la que espiaba Carvajal.

Sacó de entre sus vestidos una alcotana pequeña de acero, que brillaba de un modo siniestro a los rayos de la luna, y con ella comenzó a levantar la lápida de mármol que cubría la fosa. En aquel momento sonó un silbido estridente; el profanador de tumbas levantó la cabeza, y cuando quiso recordar, se encontró sujeto por dos hombres: el corregidor y el guarda.

Inmediatamente fue conducido a la casa de este último, donde, después de haberle desarmado, el corregidor empezó a interrogarle detenidamente.

Pero el preso se encerró en un silencio absoluto, sin querer declarar su nombre ni los móviles que le impulsaban a tan sacrílega profanación.

En el bolsillo se le encontró un pergamino igual al que ponían todos los años sobre la tumba del muerto.

Aquel hombre, el mismo que cuidaba del oficio fúnebre de las Trinitarias, fue juzgado y sentenciado a muerte como profanador de tumbas; pero se ahorcó en la prisión, después de ordenar que se distribuyera su regular fortuna entre los pobres, y no era otro que el fiel compañero de Fernando Benavides, el mismo que había asesinado a D. Damián.

Algún tiempo después murió el corregidor Carvajal.

Teresa, su ama de llaves, tomó el velo en el convento de las Trinitarias, donde, según refieren las Memorias de aquel tiempo, sobresalió en la confección de natillas y platos de confitura.