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El peregrino

Por Pedro Escamilla

Nota previa

Se reproduce a continuación el folletín El peregrino, de Pedro Escamilla.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos entre las semanas 1 y 10 de 1875 (época I, año IV, núms. 1-10).

Su publicación en formato HTML abarca los días 10 al 19 de abril de 2017.

El texto se ha podido actualizar ortográfica y gramaticalmente, de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Pedro Escamilla falleció en 1907). Por otra parte, la edición aquí presentada se distribuye gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto. Esperamos, además, su participación en el comentario del folletín en las redes sociales, empleando el hashtag #elperegrino.

Capítulo I La oración

El último rayo del sol de una hermosa tarde de julio se ocultaba detrás de las montañas que rodean a Torrebarrio, pequeña aldea situada en el límite de las provincias de León y Asturias.

Hace ya mucho tiempo que pasó lo que voy a referir, aunque no es menos cierto por esta circunstancia.

La luz del crepúsculo dura muy poco en los países del Norte; así, en la tarde a que me refiero, las sombras de la noche empezaban a subir del fondo de los valles, tiñendo los objetos con una tinta general que iba siendo cada vez más oscura. A lo lejos se oía la campana de la iglesia, cuyo tañido solemne y majestuoso señalaba el momento de la oración. Los zagales y labradores que volvían del campo con sus yuntas y aperos de labranza descubrían devotamente su cabeza, haciendo la señal de la cruz; por la parte del pueblo se veía el humo que despedían las chimeneas de los hogares formando penachos azulados que la brisa de la montaña se encargaba de deshacer; los picos de las rocas cerraban el estrecho horizonte, destacándose sus pelados contornos sobre el fondo azul oscuro del firmamento, donde empezaban a brillar ya millares de estrellas, puntos luminosos, mundos desconocidos que admiramos, no tanto por su hermosura, cuanto porque publican desde el principio del mundo la grandeza de Dios.

No era tan escasa la luz crepuscular que no permitiese ver a una niña como de unos doce años, que saliendo de una de las últimas casas del pueblo, empezó a caminar por un sendero que serpenteaba como un arroyuelo por un prado de corta extensión, cubierto de fino y menudo césped, y de esas flores amarillentas y encarnadas que en todas partes y en casi todas las estaciones esmaltan las praderas, en cuyos cálices brillan las gotas de rocío como una lluvia de diamantes.

Aquella niña caminaba con paso firme y seguro, como quien conoce perfectamente el punto adonde se dirige, y sin manifestar en lo más mínimo ese ridículo temor a la noche, propiedad exclusiva de los niños de las ciudades. Llevaba un farol en su mano derecha y un ramillete de margaritas y claveles en la izquierda: de vez en cuando sus labios se entreabrían para dar paso a una canción del país, cuyas últimas notas devolvía el eco de la pradera.

Esta estaba limitada hacia el Oriente por una doble fila de elevados chopos, cuyas hojas se movían a compás como si murmurasen el acompañamiento de la canción de la niña.

La senda penetraba en una dehesa poblada de enebros, setos y matorral: atravesábala un arroyo, que aunque en el estío llevaba bastante caudal de agua, varios troncos secos unidos con brezo y tierra ponían en comunicación ambas orillas.

La niña atravesó el puentecillo y torció a la derecha; apenas había andado unas diez varas, cuando se detuvo, sus labios enmudecieron y se le vio adoptar un ademán serio y respetuoso.

Estaba delante de un tosco pilar de piedra que remataba en una cruz. En el centro, y rematando en una pequeña hornacina, había labrada en la misma piedra una imagen de la Virgen del Carmen, a quien tenían especial devoción en el país, contándose varios milagros obrados por dicha soberana señora en favor de tal o cual familia de los pueblos del contorno. Ante la imagen pendía de una cuerda de cáñamo, ennegrecida por el tiempo y la humedad, un farol de cuatro cristales con una mecha para aceite.

Su mano desató la cuerda sujeta a un clavo entre los intersticios de la piedra, y el farol bajó a una distancia conveniente; con ayuda del suyo encendió el de la Virgen, volviendo a practicar la operación a la inversa para que el farol subiera de modo que la luz que despedía reflejase en el rostro de la imagen; luego, empinándose sobre las puntas de los pies, colocó en la hornacina o altar el ramo de claveles y margaritas; hincose de rodillas, murmuró una breve oración, y después de persignarse, volvió a tomar el camino del puentecillo, saltando como una juguetona golondrina entre las espigas de mayo.

No se había separado aún del círculo de luz que proyectaba el farol, cuando de entre un seto vecino se vio salir a un hombre que, oculto, había presenciado aquella operación.

Contempló cómo corría la niña, a pique de romper el frágil farol contra el tronco de un árbol, y murmuró entre dientes:

—¡Pobre hija mía!

Después sus ojos se fijaron en la Virgen, exhaló un profundo suspiro, y avanzando hasta el pie de la cruz, cayó de hinojos con las manos cruzadas delante del pecho e inclinada la cabeza.

En medio de la armonía que forman en el campo durante las noches del estío el canto de la cigarra y del grillo, el castañeteo de la culebra de agua, el murmullo del arroyo, la brisa que se filtra por entre las copas de los árboles, y el petirrojo que canta en su nido peinando su pintada pluma, se oían entrecortados sollozos; aquel hombre lloraba; sus lágrimas eran el rocío de su oración.

Y, acaso por efecto del movimiento que prestaba la luz del farol a la sombra, parecía que el rostro de la Virgen adquiría vida, que sus ojos se fijaban en aquel hombre, que sus labios se entreabrían para consolarle.

No sé lo que hubo en aquella oración; solo os diré que trascurridos unos diez minutos el hombre se levantó, recibiendo de lleno en el rostro la luz que ardía ante la imagen; su semblante presentaba más tranquila resignación, fruncía sus labios una dulce sonrisa, y todo su ser aparentaba esa tranquilidad que da la plegaria, aun en medio de las mayores tribulaciones de la vida.

La oración es el mejor consuelo de los espíritus afligidos; el hombre que se prosterna ante una imagen y ora con fe y arrepentimiento, por mucho que sufra, por agudos que sean los dolores que le desgarren el alma, encuentra un lenitivo tan grande, que solo puede explicarlo el que cree en Dios y tiene verdadera fe.

Por eso os digo que aquel hombre ya no lloraba, sentía en su corazón después de orar, algo parecido a la esperanza, esa hermosa hada que con sus dedos de rosa vierte en nuestra alma un bálsamo consolador.

Hizo una reverencia ante la Virgen, se santiguó, y siguiendo el mismo camino que había llevado la niña, atravesó la pradera con dirección al pueblo.

Capítulo II El peregrino

Una de las primeras calles estaba formada por tapias de piedra sin labrar que correspondían a otros tantos huertecillos.

Dichas tapias en su mayor parte estaban medio derruidas. La luna iluminaba a la sazón la calle entera, dibujando en los guijarros que formaban el piso los contornos de las casas y las copas de los árboles.

Hacia el comedio había una tapia más elevada que las otras; en uno de sus extremos se abría un portón, al cual servía de adorno un emparrado, cuyos vástagos se entrelazaban formando caprichosos dibujos; los racimos de agraz aun colgaban por doquier, protegidos por las anchas y puntiagudas hojas. Todo esto daba sombra a un poyo de piedra ocupado por un hombre y una mujer: ella hilaba un poco de lana; él permanecía con la cabeza apoyada entre las manos en actitud meditabunda.

Una niña, a los pies de la mujer, dormía tranquilamente con ese sueño dulce, aunque profundo, peculiar a los niños de corta edad; la luna iluminaba de lleno su semblante de ángel, rodeado de espesos y rubios cabellos; a sus pies un perro mastín se entretenía en jugar con las cintas de sus zapatos.

En el interior se veían varios árboles y cuadros de flores y verduras, y en el fondo la casa de bastante capacidad, aunque denotando algo de abandono.

Era aquella una escena tranquila que dejaba adivinar, por la expresión de los semblantes y por el silencio que reinaba, un fondo de tristeza, como si aquellos seres estuviesen sujetos a alguna desgracia.

La mujer, de vez en cuando, interrumpía su trabajo; miraba tristemente al hombre y a la niña, y después lanzaba un suspiro; luego volvía a ponerse en movimiento la rueca y el huso.

La noche avanzaba.

En aquel momento la campana de la torre empezó a doblar el toque de ánimas.

Eran las nueve.

El silencio que sucedió al ruido de la campana fue interrumpido por un leve rumor de pasos que denotaba la aproximación de alguna persona.

La mujer volvió la cabeza hacia su derecha, y el hombre no hizo ni el más leve movimiento, tan absorto estaba en sus mudas reflexiones.

La niña seguía durmiendo; el perro enderezó las orejas y se incorporó apoyándose en sus patas traseras; después alargó la cabeza, y tomó viento, sin duda para indagar quién era el que se aproximaba.

No tardó en volver la esquina un bulto, cuya forma no era posible descubrir aún a causa de la distancia; su paso era desigual y lento; indicaba una persona anciana que había hecho una larga jornada.

La luna permitió verle distintamente: era un peregrino, con su sombrero de anchas alas, su bordón y su esclavina llena de conchas.

Las mujeres que había sentadas a las puertas de las casas tomando el fresco le miraban con esa curiosidad que excita toda persona que viene de un largo viaje, por más que nadie supiera de dónde venía aquel hombre.

Al llegar delante de la casa del emparrado, se detuvo, apoyándose en su largo bastón. La mujer dejó la rueca, y el perro se acercó a él en ademán hostil, que después de olerle se trocó en benévolo, porque empezó a mover la cola y a lamerle la mano.

—La paz de Dios sea en esta casa —dijo con voz agitada tal vez por el cansancio.

—Buenas noches, hermano —le contestó la mujer levantándose.

La niña se despertó, y el hombre que meditaba levantó la cabeza, fijando una curiosa mirada en el recién llegado.

—¿Qué queréis? —le preguntó con breve acento después de una pausa.

—Un pedazo de pan y un rincón en el pajar por caridad de Dios —contestó aquel—. La jornada ha sido larga, soy ya viejo para dormir al sereno, y tengo necesidad de algún alimento.

—¿Y creéis que mi casa es la posada del pueblo?

—Ya veis que no, puesto que empiezo por deciros que no puedo pagar el gasto que haga… Si no queréis recibirme en vuestra casa, entonces… buscaré la caridad en otra.

—¡Anselmo! —dijo la mujer mirando al interpelado con ademán suplicante.

—Este buen peregrino tendrá muchas cosas que contarnos —añadió la niña—. Padre, ¿quieres que en tu nombre le convide a cenar con nosotros? Luego ya puede dormir en el cuartito que hay junto al granero.

El peregrino volvió la cabeza hacia la niña y la miró sonriéndose; después, sacando una estampa de una especie de cartera de hule que atada a una correa pendía de su cuello, se la entregó.

Durante esta operación, la mujer había hablado algunas palabras en secreto con Anselmo, este concluyó por levantarse, y señalando la puerta al peregrino, le dijo:

—Pasad, hermano; ya habéis oído que mi hija os brinda cena y albergue; quiero enseñarle a que cuando me muera no llame nadie en balde a su puerta. —Después, dirigiéndose a su mujer, añadió—: Vamos, Catalina, ya has oído que este hombre tiene hambre y está cansado.

A todo esto la niña había asido ya la mano del peregrino y atravesaba con él el pequeño huerto; Catalina y Anselmo los seguían a distancia.

—Sí, no lo dudes, la Virgen nos lo recompensará —decía aquella a este al cruzar el umbral de la puerta.

Atravesaron la cocina, donde había dos criados, y torciendo a la derecha, entraron en una pieza que servía de sala y comedor: su mueblaje era antiguo y pobre, advirtiéndose en todas partes una exquisita limpieza.

Anselmo, el peregrino y la niña se sentaron a un lado, mientras Catalina iba de acá para allá, dando las órdenes oportunas para que prepararan la mesa y aun ayudando ella misma.

En tanto el peregrino, aunque sin ser preguntado, manifestaba el objeto de su viaje; venía de visitar el sepulcro del Santo apóstol Santiago, y se disponía para ir a Roma.

En aquella época este viaje equivalía a lo que es hoy el dar la vuelta al mundo; así es que Anselmo miraba con asombro a aquel hombre que, anciano ya, proyectaba tan larga y fatigosa expedición.

La niña jugaba con las cuentas de un rosario sin prestar atención a aquello que no entendía.

Bien pronto fue servida la cena: el peregrino rezó el benedicite, y en seguida cada uno ocupó su asiento.

Tras de una cazuela de sopas con aceite fue servido un guisado y una ensalada; en honor al huésped, se subió de la cueva una botella de vino.

—¿Es de vuestra cosecha? —preguntó el anciano.

Anselmo suspiró fuertemente, mirando a Catalina, que enjugó una lágrima con el ribete de la saya.

—Este vino tiene diez años —contestó por fin el interpelado—. Le tengo cariño porque me recuerda mis buenos tiempos.

—¿Según eso, los presentes no son tan buenos como antes?

—¡Ah, señor! Si hace diez años hubierais venido a llamar como hoy a mi puerta, y fuerais, como hoy, huésped en mi casa, no os hubiera servido una cena en la que la cosa más notable que ha habido es solamente mi buena voluntad.

—Os aseguro que en el banquete de un emperador no hubiera recuperado mis fuerzas tan bien ni con tanto gusto. No obstante, ha habido una circunstancia que ha puesto freno a mi apetito, y no atribuyáis esto a indiscreción.

—¿Cuál?

—El sello de tristeza que he advertido en vuestro semblante y en el de vuestra esposa. Eso, y vuestras palabras me indican que sufrís: esta misma noche pediré al cielo que dulcifique vuestros dolores.

—Gracias por vuestro buen deseo, señor —contestó Catalina besando enternecida la rugosa mano del peregrino que, trató, aunque inútilmente, de impedirlo.

—Quiero que juzguéis de mi desesperación —añadió Anselmo—, y que veáis si tengo motivo para entristecerme. Mi padre me dejó al morir en tierras y dinero una fortuna muy regular para lo que es esta aldea: tenía viñedos, tierras de pan llevar y un molino, al pie de la montaña; además guardaba diez mil ducados en un arca de madera colocada a la cabecera de mi cama. Al principio todo iba bien; yo me casé con Catalina, y a los diez meses nos concedió el Señor esta pobre niña, mi querida Andrea. Pobre he dicho, y es la verdad; desde la época de su nacimiento data el principio de mi desventura. No sé qué maligna estrella presidió su venida al mundo; es lo cierto, que desde entonces mis cosechas comenzaron a empeorarse, aparte de la mayor o menor esterilidad de la tierra y de las influencias de la atmósfera, pues cuando mis vecinos llenaban sus trojes y sus bodegas, yo apenas recogía lo suficiente para mantener mis atenciones; os digo, señor, que esto es una desgracia inmensa, una increíble fatalidad que me alcanzaba hasta en mis propios criados, que en otras labranzas eran activos y diligentes, y en mi casa se volvían holgazanes, mis ganados adquirían, sin saber cómo, mil enfermedades que los inutilizaban para el trabajo. Esto, repetido uno y otro año, agotó completamente mis recursos metálicos; fue preciso recurrir al crédito; pero el crédito casi siempre se acompaña con la usura, y para pagar había que vender; he perdido mi hermoso molino, y en el día tengo hipotecadas muchas tierras, que se perderán también.

Anselmo hizo una pausa para enjugarse el sudor que inundaba su rostro; Catalina lloraba; la niña Andrea había concluido por dormirse.

—Es una desgracia notable —dijo el peregrino—. Parece que os persigue un mal genio.

—Yo no sé a qué achacarlo, señor; no recuerdo haber ofendido a Dios tanto para que me castigue a tal extremo; al contrario, yo siempre he procurado ser un buen cristiano: mirad, no sé si habréis visto a la entrada de la selva, antes de llegar a la montaña, una cruz de piedra con un nicho, donde hay una imagen de la Virgen del Carmen.

—Sí, por allí he pasado esta noche; la he visto piadosamente alumbrada.

(Continuación.)

—Pues bien, desde el tiempo de mi abuelo, viene practicándose en mi casa la costumbre de encender todas las noches un farol ante esa imagen; mi abuelo lo llevaba cuando niño, luego mi padre; luego yo, y ahora es mi hija Andrea; todas las noches, durante el trascurso de mi vida, así en invierno como en verano, he ido a rezar una salve a los pies de esa divina señora, pidiéndole que remediase mis desdichas… ¡pero sin conseguirlo! Una noche ya decidí no ir.

—¿Qué decís? —interrumpió el anciano.

—Creí que la virgen no aceptaba mi oración.

—La madre de Dios no rechaza nunca a ninguno de sus hijos, por muy criminal que sea, siempre que la invoque con fe.

—Eso me dijo Catalina al enterarse de mi resolución; Catalina es mi ángel bueno; la que dulcifica muchas veces la rudeza de mi carácter; aquella noche me convenció y partí como las demás.

—Hicisteis perfectamente; veo que vuestra esposa tiene verdadera fe.

—Confío mucho en la virgen —dijo Catalina besando un escapulario.

—Pues bien, señor; a pesar de todo, hoy por hoy nos rodea la pobreza… y creo que no tardaremos en caer en manos de la miseria, si Dios…

—Puede que Dios quiera remediarlo.

—No es egoísta mi deseo; quisiera salir de tan aflictivo estado por mi mujer, que es un ángel de bondad, y por mi pobre niña; tiemblo ante la idea de morir, dejándola en la miseria.

—Es natural ese temor… ¿pero estáis completamente arruinado?

—Aunque en mal estado, conservo algunas tierras, y no cuento las que tengo hipotecadas.

—Pues orad, orad y trabajad; aún no sois viejo, y puede que vuestra constancia, hábilmente dirigida, logre un próspero resultado; desde hoy habrá una oración más por vos ante al trono del Altísimo.

—Dios os lo pague, buen anciano —dijo Catalina con reconocido acento—. Pero contándoos nuestras miserias, nos olvidamos de que habéis manifestado cansancio.

—¡Oh!, no os cuidéis de mí… estoy acostumbrado a las fatigas.

—Venid —dijo Anselmo levantándose y cogiendo un farol en la cocina—: os conduciré hasta la habitación que os hemos destinado.

El peregrino dio un beso a la niña, que dormía reclinando su cabeza en el hombro de su madre, y siguió un momento al afligido labrador, después de despedirse de Catalina.

Capítulo III La partida

Las mudas reflexiones del peregrino sobre lo que había oído retrasaron algo su sueño. No podía comprender qué desgracia tan tenaz era aquella que perseguía de muerte a un hombre que, según su relato y lo que dejaba adivinar, no era ningún malvado, y sí un hombre temeroso de Dios, por más que su fe vacilase alguna vez con los vaivenes de la suerte.

Por último, le venció la fatiga, y el sueño entornó sus párpados.

Aunque en pobre lecho, durmió bien, y cuando la primera luz del alba empezó a filtrarse por las rendijas de la ventana, se puso en pie, disponiéndose a bajar, pues sabía que en casa de un labrador todo el mundo madruga, y no quería pasar por perezoso.

Después de rezar sus oraciones, se aproximó a la ventana, abriendo sus dos hojas de madera, donde encajaban algunos vidrios verdosos y azulados, lo cual era un lujo en tan pobre aldea, no habiéndolos tal vez más que allí y en casa del señor cura.

La ventana daba sobre un extenso corral cercado de una tapia alta de piedra, pues aun en el día, en los pueblos de la montaña se desconoce el uso del ladrillo para tales construcciones. Unas veinte gallinas picoteaban con ansia el estiércol esparcido por el suelo, donde al parecer había muy poco grano. En el extremo de la derecha se veía un pozo con su abrevadero de piedra, y una puerta algo más lejos que sin duda correspondía a la cuadra: en el de la izquierda una carreta con las ruedas de madera, completamente cegadas; es decir, que no tenían rayos; lanzaba hacia el espacio su lanza o mástil, como si buscase la caballería destinada a ponerla en movimiento. Dos perros mastines y hasta una docena de conejos alternaban en amigable consorcio con las gallinas. Junto a la puerta que daba al campo, frente a la ventana que servía de observatorio al peregrino, había una especie de cobertizo, todo él de madera ennegrecida por la intemperie, destinado a preservar de la lluvia a unas cuantas gavillas de leña y haces de retama, para las fogaratas del invierno, y en el centro de dicho corral se elevaba a poca altura un montón de estiércol, quien por su escasa cantidad hacía presumir que la cuadra no contaba con muchas caballerías.

Reinaba allí, lo mismo que en el interior de la casa, cierto aspecto desolador y triste que estaba muy en armonía con las palabras de Anselmo, respecto a su desvalida situación, dando a entender que en aquella casa más abundaban las penas que los placeres.

Todo esto lo estuvo contemplando el peregrino durante un largo rato, llamándole la atención, que siendo ya muy entrado el día, y sintiéndose movimiento en las calles del pueblo, allí todo permanecía en el mayor silencio, muy extraño a la verdad en casa de un labrador.

Esta observación hizo que el anciano moviese levemente la cabeza con bien triste ademán, como si para sus adentros hiciese alguna reflexión sobre lo que veía.

Por último, a cosa de las seis, hora bien avanzada en el estío, vio salir de la puerta de la cocina dos criados, cuyo aspecto, a causa de la suciedad de su traje, no era el más agradable: se restregaban los ojos con el dorso de la mano, y bostezaban como si hubieran dormido poco y mal; uno de ellos iba comiendo un trozo de pan de centeno.

Sacaron de la cuadra dos bueyes muy extenuados, y después de uncirlos a la carreta, se dirigieron hacia la puerta exterior, seguidos de los dos mastines, que miraban tristemente hacia la cocina, como si esperasen alguna cosa, cuya costumbre se interrumpía tal vez aquel día.

De pronto se oyó una voz infantil que gritaba:

—¡Capitán! ¡Canelo!

Los dos perros volvieron prontamente la cabeza, y meneando la cola, se dirigieron al sitio de donde partió la voz.

La niña Andrea los esperaba en la puerta de la cocina, para partir con ellos su frugal desayuno, que consistía en un pedazo de pan, negro también como el que comían los mozos, y una taza de leche.

Canelo y Capitán, sentados sobre sus patas traseras, empezaron a alargar sus abultados hocicos hacia la mano de la niña, quien les partía el pan en pedazos pequeños, acariciando sus abultados y cerdosos cuellos.

Entre aquellos tres seres, se notaba esa franca e inteligente amistad que siempre ha reinado y reinará entre los perros y los niños.

El peregrino contemplaba aquella escena desde la ventana, enternecido y gozoso, decidiéndose a bajar, por haber visto en la cocina a Anselmo y Catalina.

La niña, al verle, saltó de gozo, asiéndose a su mano como a la de un antiguo conocido: los labradores le saludaron cortésmente, invitándole a desayunarse con leche y pan, después de informarse de si había pasado bien la noche.

Le hicieron vivas instancias para que no partiese hasta el siguiente día, pero el buen romero no quiso aceptar por más tiempo aquella hospitalidad, por más que fuese ofrecida de todo corazón.

—Ved que el sol calienta mucho en este tiempo —le decían para convencerle.

—Ya me conocen sus rayos abrasadores, que me han saludado muchas veces en Palestina —contestó el anciano mostrándoles su atezada y curtida faz, donde se veían evidentes señales de que no exageraba.

—Sí, quedaos, buen peregrino —le dijo la niña—. Vos me contaréis vuestros viajes, y yo os enseñaré mis juguetes… aquellos lindos juguetes que en otro tiempo me traía mi padre cuando iba a la feria de la ciudad.

—No puede ser, hija mía; tengo absoluta precisión de partir hoy mismo… aunque confío en que Dios no me negará la dicha de que volvamos a vernos.

—Yo se lo pediré desde esta misma noche a la virgen del Carmen.

—Gracias, querida niña; ten confianza en esa augusta Señora, que siempre distingue con su protección a los niños que le rezan con fe.

—¿Con que pensáis volver por aquí, señor? —le preguntó Catalina, concibiendo una esperanza sin saber por qué.

—Dentro de un año, si Dios lo consiente.

—Ea, puesto que queréis partir, yo os acompañaré hasta la salida del pueblo —le dijo Anselmo, asiendo una cayada de espino y calándose su sombrero de anchas alas.

El peregrino se despidió con efusión de Catalina y Andrea, prometiendo a ambas dos rosarios benditos por el Papa a su vuelta de Roma, y en compañía de Anselmo salió de la casa y bien pronto de la aldea de Torrebarrio.

Capítulo IV La caja de cedro

Aun en medio de los días de más calor, siempre corre una ligera brisa por el campo, sobre todo en los países montañosos, que hace más llevadera la fatiga de la jornada.

Anselmo y el peregrino, después de hablar de cosas indiferentes, cayeron en un inopinado silencio: acaso se entregaban a la contemplación del panorama que se desarrollaba ante sus ojos.

A su espalda quedaba la aldea con sus casas de piedra ocultas entre los árboles de su huerto, como nidos de golondrinas entre la espesura de la selva. A la derecha, como a unos trescientos metros al Este de la población, la iglesia completamente aislada, con su torre de piedra y su cruz de hierro, como un centinela avanzado que velaba por la tranquilidad del pueblo.

Frente por frente del camino que seguían, después de dejar a un lado la selva con la imagen de Nuestra Señora del Carmen, veían desarrollarse una línea de cordilleras de respetable elevación, baluarte interpuesto por la naturaleza, entre los antiguos reinos de León y Asturias.

Los rayos del sol envolvían a aquellas montañas en una luz general, de las que sobresalían masas rojizas y masas oscuras completamente, según los accidentes del terreno, pero sin desentonar el cuadro.

En medio de ellas, como un gigante en una asamblea de enanos, el célebre pico conocido por Peña Ubiña, con sus matorrales y arbustos, guarida peligrosa de lobos durante las nieves del invierno. La fatigosa ascensión remata en una extensa explanada cubierta de árboles y ramaje, sitio que llaman los naturales del país El Huerto del Diablo. Por sus flancos brotaban mil caudalosos arroyos, cuyas frescas y cristalinas aguas, uniéndose al pie de la montaña, iban a aumentar la corriente del Luna, que se desliza a pocos pasos de la aldea.

Después de una marcha de una hora, Anselmo y el peregrino llegaron a un sitio donde terminaba la llanura y empezaba el granito. En la estación del invierno son sumamente peligrosas aquellas extraviadas sendas, a causa de los ventisqueros y de los aludes que arrancan y precipitan los vendavales de febrero.

—¿Queréis que nos detengamos un momento? —preguntó el peregrino señalando a una piedra cubierta con la protectora sombra de un castaño.

—Como gustéis —le contestó Anselmo, cediendo a su indicación.

Uno y otro se sentaron.

El anciano volvió a tomar la palabra.

—Según vuestras escasas fuerzas, me habéis dado esta noche una hospitalidad que agradezco con toda el alma.

—No hablemos de eso, señor; he cumplido con mi deber, y nada más.

—En un principio os dije que no podía pagaros; hoy me arrepiento de aquellas palabras.

—¿Qué decís? ¡Vais a hacernos tal ofensa! Aunque pobre no tengo necesidad de vuestro dinero… y advertid que esto no es orgullo.

(Continuación.)

—No es que a mí me pese la deuda del reconocimiento, ni que quiera pagaros en metálico, que no tengo; es que he visto vuestra desgracia, el estado aflictivo en que hoy se encuentran vuestros asuntos, y por si acaso he adivinado la causa, voy a prescribiros una línea de conducta por si queréis seguirla; no es mi ánimo imponeros mi parecer; pero creo que haciendo lo que yo os diga, dentro de dos años, cuando yo vuelva, si Dios lo permite, os he de ver de otro modo y habéis de darme las gracias.

—¡Ah, señor!, ese interés que os tomáis por mí y por mi familia hace más estrecho el lazo con que la simpatía me ha unido a vos.

—Sois un hombre honrado, y a los hombres honrados no se les debe abandonar en la pendiente del precipicio que puede llevarlos a su completa ruina.

—Hablad, señor, ya os escucho.

—Ante todo es necesario que me prometáis hacer cuanto voy a deciros; si una sola vez faltáis a ello, será inútil todo lo demás.

—Creo que la experiencia, la fe, y no sé qué cosa que viene de Dios, me hablan por vuestra voz; en este concepto, os prometo una obediencia ciega… como se la prometería al señor cura al pie de su confesionario.

Hubo un momento de pausa.

El peregrino entreabrió su ropón de paño burdo, sacando un objeto de un bolsillo interior.

Era una cajita de cedro de poco más de dos pulgadas de diámetro, como una de aquellas en las que en la misma época se llevaba el tabaco rapé, por más que por su limpieza y su aroma no pareciese destinada a aquel uso.

Encima de la tapa había una incrustación de ébano en forma de cruz; circuíale en derredor un arillo de cobre sujeto con pequeños clavos del mismo metal que impedía fuese abierta, a no emplearse para ello la violencia.

—Tomad —le dijo al labrador, que seguía sus movimientos con cierta curiosidad mezclada de respeto—. Tomad esa cajita que puede ser para vos un talismán, aunque en esto no hay nada de empirismo opuesto al dogma de la santa y verdadera religión que profesamos.

—¿Qué debo hacer con ella? —preguntó Anselmo sin atreverse apenas a oprimirla entre sus callosos dedos.

—Vais a colocarla entre el forro y el paño de vuestro tabardo, en el lado del corazón, de modo que no os abandone nunca.

—Así lo haré.

—No habléis de esto ni una palabra a nadie… ni aun a vuestra mujer; y solo en caso de muerte se la entregaréis.

—Os lo prometo.

—Además exijo de vos que por una vana curiosidad no la abráis para enteraros de su contenido, hasta el día en que se cumplan dos años justos de haberla recibido… y ved que esto es muy esencial.

—Os doy mi palabra de hombre honrado.

—Pues guardadla hasta que lleguéis a vuestra casa y podáis colocarla convenientemente según os he indicado.

Anselmo se apresuró a obedecer, y la caja desapareció bien pronto en las profundidades de su bolsillo.

Después interrogó con la vista al peregrino.

Este continuó:

—Tenéis la piadosa costumbre de orar ante la hornacina de la Virgen del Carmen que hay en la selva: desde mañana trasladaréis vuestra oración para la hora en que las flores abren sus cálices al rocío. Os levantaréis antes de que despunte en el Oriente el primer rayo del día; lo primero que debéis hacer es persignaros, refrescar vuestra frente con agua que dejaréis al sereno de la noche; luego iréis a orar, pero de modo que nadie os vea; la oración debe ser completamente solitaria; la soledad une mejor el espíritu de Dios con el del hombre. Una vez cumplido este piadoso deber, partiréis a aquella de vuestras tierras que estéis labrando, donde ya deben estar esperándoos vuestros criados con yunta y aperos. Os desayunaréis y comeréis siempre con ellos en el campo, y únicamente de noche haréis la cena en vuestra casa con vuestra familia. Después de cada comida cogeréis una piedra pequeña, que depositaréis todas las noches en un rincón de vuestra alcoba, y que contaréis para cercioraros de que no habéis faltado a esta obligación que os impongo; si estando de noche en vuestra casa vierais que os faltaba alguna piedra, partiréis inmediatamente en su busca, aun cuando la noche sea de las más terribles del invierno; advirtiéndoos que las piedras han de ser cogidas en la heredad en que trabajéis de día. Si os parece cruel esta condición, entonces devolvedme la cajita y separémonos, como si no hubiera nada de lo dicho.

—¡Oh! No, no… Juro obedeceros hasta en lo más mínimo —exclamó Anselmo en medio de una extraña emoción.

—Entonces prosigo; vos mismo cuidaréis del pienso de vuestras bestias; lo inspeccionaréis minuciosamente, y si entre la paja y la cebada o en el agua veis alguna piedra azul, la apartaréis a un lado, uniéndola con las demás. Asimismo veréis si el pan que comen vuestros perros tiene también alguna piedra azulada para quitársela. Encargaréis a vuestra esposa que practique igual operación en el alimento que destina a vuestros criados. Hasta aquí llega cuanto tengo que deciros; si obedecéis fielmente esto, que es consejo y no mandato, indudablemente mejorará vuestra posición. De todos modos, en igual día, dentro de dos años, esperad mi vuelta para abrir la cajita. Si al sonar el toque de ánimas no llego al umbral de vuestra casa, podéis abrirla sin mi presencia; ya habré muerto.

A estas palabras siguió una pausa de algunos segundos.

El peregrino se puso en pie para marchar; pero se sintió detenido por Anselmo, que cayendo de hinojos, exclamó con enternecido acento:

—Señor, dadme vuestra bendición antes de partir.

Capítulo V Una situación comprometida

Anselmo permaneció un buen espacio de tiempo viendo cómo se perdía la silueta del peregrino entre las ásperas fragosidades de la montaña.

Procuraba grabar en su memoria hasta los menores detalles de su conversación con aquel, y por más que revolvía ideas en su imaginación, no podía adivinar aquellas extrañas prescripciones que habían de conducirle al rápido mejoramiento de su casa.

Hubiera dado cualquier cosa porque su vista pudiese penetrar en el interior de la cajita misteriosa entregada por el romero, y se estremecería de impaciencia al considerar que aún tenían que transcurrir dos años para que su curiosidad quedase satisfecha.

Debo decir en su honor, que ni por un momento llegó a sospechar de la veracidad del peregrino, estando dispuesto a obedecerle en un todo.

En tal estado, se dirigió a la aldea: dobló la esquina de la calle en que se hallaba situada su casa, y al atravesar el umbral quedó un momento parado al ver que Catalina se enjugaba los ojos con un pañuelo.

—¿Qué pasa? —preguntó con inquietud.

—¡Ah, Dios mío! ¡El huerto y la casa de los enebros… Aquella casa en que he nacido yo… y ha nacido mi hija… —decía Catalina, presa del más amargo dolor.

—Pero ¿qué sucede? —volvió a preguntar Anselmo.

—Ahí ha estado el tío Emeterio… Ya sabes, el que nos prestó hace un año los dos mil reales, quedándose en hipoteca con el prado de los enebros…

—Pero aún no se ha cumplido el plazo —objetó Anselmo.

—No; pero ha venido a avisarnos que si en los ocho días que faltan no le entregamos dicha cantidad, se quedará con la finca con arreglo a escritura.

—Es verdad… Eso fue lo pactado —dijo el pobre labrador bajando tristemente la cabeza, como si le abrumase un gran peso. Luego continuó—: ¡Dios mío! ¡Ocho días para encontrar dos mil reales!… ¡A quién voy a pedirlos!… Será preciso vender una de las dos tierras que nos quedan para salvar ese compromiso… Es decir, que nos iremos quedando sin lo poco que teníamos… y mañana, cuando lleguemos a viejos y no podamos trabajar, veremos a nuestra pobre Andrea pedir limosna de puerta en puerta.

Este monólogo era interrumpido por los sollozos de Catalina, quien lo único que veía en medio de estas consideraciones era la desgracia próxima, casi inevitable, de perder una finca en donde se encerraban todos los sagrados recuerdos de su infancia y de la de su hija.

Anselmo, en tanto, se acordaba de las prescripciones del peregrino, considerando en su interior que de nada le iba a servir su exacto cumplimiento, si empezaba quedándose sin lo que quería conservar.

En aquel momento, y para hacer más grande su aflicción, acertó a llegar la pequeña Andrea, que alegre y saltarina como una cabra venía de la maestra.

La pobre niña se quedó parada un momento ante la expresión aflictiva y desesperada de sus padres.

Anselmo, al verla, se dio una palmada en la frente, exclamando:

—¡Oh! Es preciso evitar todo esto por esa pobre criatura, o intentar el último esfuerzo.

Y sin despedirse, ni aun volver la cabeza, tal vez para que no flaquease su resolución, salió de su casa con ademán decidido.

Atravesó dos o tres calles, y penetrando en una, algo más ancha y mejor que las otras, que desembocaba en la pequeña plaza de la aldea, se detuvo ante una casa de regular apariencia, en cuya puerta llamó, dejando caer una aldaba, diciendo al mismo tiempo:

—¡Ave María!

—Adelante —le contestó desde adentro una voz de mujer.

Anselmo penetró en un patio flanqueado por una galería con columnas de piedra; junto a una de ellas y a la sombra de un toldo de lona, había una mujer cosiendo.

—¡Ah! ¿Sois vos? —dijo con cierto ademán desdeñoso al ver a Anselmo.

—Buenos días, Úrsula. ¿Está Santos en casa?

—Sí; creo que está arreglando algunas cuentas… ¿qué le queréis?

—Tengo precisión de hablarle en seguida.

—Pues pasad adelante.

Y con la cabeza indicó la dirección que debía seguir Anselmo.

Este penetró en una gran sala hacia su derecha, cuyos muebles antiguos y bien ordenados indicaban que aquella casa era tal vez la mejor de la aldea.

Próximo a la ventana, y sentado junto a una mesa de pino, donde había un tintero de barro y varios papeles, estaba un hombre, cuya edad no bajaría de cincuenta años, de fisonomía agradable y risueña, y facciones regulares, si bien examinándole con detención se adivinaba cierta falsedad en su sonrisa, y un no sé qué de duro y solapado en su mirada: su traje, muy limpio, era el de los labradores acomodados de la época.

En el momento de penetrar Anselmo en la estancia, aunque ya estaba advertido de su visita por haber oído el diálogo anterior en el patio, levantó la cabeza exclamando:

—¡Ah! ¿Eres tú, Anselmo? Y bien, ¿qué quieres? Vamos, hombre, no estés en pie y arrima ese sillón.

Anselmo se sentó sin pronunciar una palabra; acaso no sabía cómo empezar, porque daba vueltas al sombrero entre sus manos, como una persona a quien preocupa una idea penosa.

Pero como allí había ido a algo, le fue preciso hablar.

—Venía… a pedirte dinero prestado —le dijo con esa franqueza de circunstancias que emplea todo aquel que no quiere gastar tiempo.

Santos se sonrió imperceptiblemente sin manifestar sorpresa.

—Qué, ¿siguen mal tus negocios? —le preguntó.

—Ya ves, ¡cuando tengo precisión de recurrir al préstamo! No es esta la primera vez que te molesto —añadió después de una pausa.

(Continuación.)

—Sí, recuerdo que el año pasado por noviembre me pediste una cantidad para la siembra, cantidad que yo no pude facilitarte.

Santos pronunció de cierto modo la palabra subrayada, como indicando que el no pude debía sustituirse con no quise.

—¿Y hoy?… —dijo Anselmo aventurando tímidamente la pregunta.

—¿Qué cantidad necesitas?

—Con dos mil reales tendría suficiente.

—¡Dos mil reales!… Bien los vale el prado de la fuente.

—Te advierto que no puedo hipotecar ya ninguna tierra; solo me quedan dos, y quiero conservarlas.

—Entonces, ¿con qué respondes de esa cantidad?

—Con el producto de mi cosecha de este año.

—¡Bah! Ha pasado esta mañana por las aras, y a bien que en tu parva apenas hay trigo para dar pan a una compañía de lanceros.

—Es decir, que sin otra garantía…

—Oye, Anselmo, no quiero que pierdas el tiempo; yo no te presto ni un solo maravedí… y no ciertamente porque me falte el dinero y a ti la buena fe… pero… en fin, tus negocios van muy mal, y con buena fe y todo, llegado el plazo no me pagarías.

—¡Santos, yo te juro!… —exclamó Anselmo con acento angustioso y desesperado al ver que había quien desconfiase de él.

—¡Bah! Yo conozco esos lances, y sé que el que está en un apuro es capaz de jurar todo lo que se le exija, sin que esto indique que cumplirá mejor sus compromisos. La prueba es que tu apuro de hoy reconoce por origen una causa análoga; vas a perder el indicado prado de los Enebros por no poder devolver a Emeterio el dinero que te prestó, y estoy seguro de que a Emeterio le dirías entonces casi lo mismo que ahora me dices a mí: desengáñate, no es solo la buena fe lo que hace los negocios; se necesita suerte, y tú no la tienes.

—¡Es verdad!… Cuando llega el caso de oír semejantes palabras, la mía debe ser bien baladí… En fin, Santos, considera que tengo mujer… que tengo una hija…

—Es muy justo que las atiendas, así como lo es también que no desatienda yo la mía por trabajar en tu provecho.

—En fin, ¿qué resuelves, Santos?

—Que no debo prestarte ni dos cuartos… Lo siento mucho; pero…

Estas últimas palabras ya no las oyó Anselmo, pues en vista de tan tenaz negativa, salió del aposento, atravesó el patio, donde no estaba ya Úrsula, y puso el pie en la calle, exclamando tristemente:

—Y bien… ¿qué hago yo ahora?

En aquel momento no se acordaba ya ni de las prescripciones del peregrino, ni del talismán que llevaba en el bolsillo interior de su tabardo.

Capítulo VI Un ratón entre dos gatos

—¡Úrsula! —exclamó Santos al ver desde su ventana cómo desaparecía en la penumbra el desgraciado Anselmo.

—¿Qué quieres? —dijo su mujer presentándose en el aposento con el paño que estaba cosiendo en la mano.

—Es necesario que la muchacha, o tú… en fin, cualquiera avise en seguida a Pepe Pajuela para que venga aquí inmediatamente.

—¿Y qué, te ha pedido dinero ese pelagatos? —le preguntó Úrsula.

—Sí; pero no te detengas… se trata de hacer un buen negocio.

—¿Con Anselmo?

—Precisamente… anda, no te detengas.

Úrsula desapareció para cumplir las órdenes de su marido; este, que había interrumpido su trabajo a la llegada de Anselmo, se frotaba las manos y guiñaba sus ojillos azules ante la perspectiva del negocio que se le presentaba.

Unos diez minutos habrían trascurrido apenas, cuando entró en la estancia el personaje cuya presencia era tan urgentemente solicitada.

Era un hombre alto y seco, como el palo mayor de un buque; su edad equívoca podía estar entre los veinticinco y setenta años, pues según la luz a que se le miraba parecía joven o viejo. Desde luego su aspecto era sórdido y repugnante; vestía de negro como los cuervos y los túmulos de las iglesias; su figura empezaba en unos zapatos de cordobán y concluía en una asquerosa y sucia calva.

Se llamaba José Gómez; pero nadie lo conocía en la aldea más que por Pepe Pajuela. Era hijo de un labrador que le había mandado a estudiar a la corte para hacer de él un escribano; pero la muerte de aquel interrumpió sus estudios. Pepe volvió a Torrebarrio hecho una fórmula jurídica. En su cualidad de hombre de ciencia, era consultado por todas las personas del pueblo en sus asuntos particulares. Había sido indicado en más de una vez para secretario del Ayuntamiento, cargo que no quiso aceptar, ignoro si por insuficiencia o por desdén.

Su vida era un misterio, pues habiendo muerto arruinado su padre, se dedicaba a prestar dinero, cuya procedencia todo el mundo ignoraba. Santos únicamente hubiera podido decir algo sobre el particular. Sus préstamos se conocían por la usura con que los verificaba, y la dureza conque, escudado por la ley, arruinaba al infeliz que no podía cumplir el compromiso aceptado.

En este concepto disfrutaba en el pueblo de una fama poco envidiable; mirábasele con temor y repugnancia, y su aparición en una fiesta era muy semejante a la del gato en una asamblea de ratones. No se le conocía en la aldea ningún afecto personal; vivía con una especie de ama de gobierno excesivamente sorda, con quien se entendía por señas. Esta costumbre le había hecho hombre de pocas palabras: hablaba con un laconismo enteramente espartano; su conversación era concisa y breve como un parte telegráfico.

Tal era el personaje que entró en el aposento de Santos.

—¡Gracias a Dios! —exclamó este al verle entrar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Pepe sentándose sin ceremonia.

—Se nos presenta un buen negocio.

Pepe guardaba silencio, esperando a que su comensal fuese más explícito.

—Acaba de salir de aquí Anselmo; está en el mayor apuro: dentro de ocho días se quedará sin el prado de los Enebros, si no paga al tío Emeterio los dos mil reales que le prestó.

—¡Ya! ¿Y tú quieres que se los pague?

—Sí, porque también quiero quedarme con la finca: sería una lástima que Emeterio nos la birlase.

—La cuestión está reducida…

—A que hoy por hoy le saquemos de ese apuro, sin que él comprenda que se le pone en otro mañana.

—¿Tienes ahí la cantidad prefijada?

—Sí; tú mismo se la llevarás.

—¿Con qué condiciones?

—Firmará una obligación de cuatro mil reales, a pagar dentro de un año; durante este tiempo tú, o por mejor decir, yo en tu nombre, disfrutaré de las utilidades del prado de los Enebros, que seguirá hipotecado, con jornaleros que él cuidará de pagar; si cumplido el plazo no extingue la deuda, esa finca será tuya, es decir, mía; y entonces Anselmo aún nos deberá la mitad de la cantidad prestada, que hará efectiva con el producto de su cosecha intervenida por mí, o con la cesión de uno de los prados que le restan. ¿Qué te parece?

—Bien —dijo Pepe con su laconismo habitual.

—¿No te dije que se trataba de un buen negocio?

—Para ti indudablemente.

—Es que tú, como siempre, llevarás tu parte en él.

—¿Y cuál es mi parte?

—Cincuenta duros de los cuatro mil reales que firme Anselmo; veinticinco hoy mismo y los restantes al finalizar el plazo. Si, como es de esperar, no paga, tendrás otros cincuenta, que te entregaré en el acto, consignándolo así en la escritura que celebremos.

—Pero mis ganancias nunca están en desproporción de las tuyas, y esto, que no me llamaba la atención cuando empezamos nuestro tráfico, me hace reflexionar ahora que voy siendo viejo; hay que pensar seriamente en el porvenir, amigo Santos.

—Y qué, ¿no arriesgo yo más que tú en todos los negocios? ¿Quién pone el dinero? —preguntó Santos algo mortificado de la actitud de su socio.

—Estás en un error, Santos; aquí quien lo pone todo soy yo; tú no arriesgas ni un ochavo, porque las condiciones con que yo celebro tus contratos, aseguran tus miserables monedas como si no salieran del fondo de tu cofre. Tú, que eres el principal usurero, pasas en la aldea por un pobre hombre, casi por un bendito; en cambio yo, que no soy más que tu instrumento, cargo con todos los odios de las personas despojadas y de las que tienen conocimiento del despojo; y el odio, amigo mío, es un fardo que abruma mucho más que el de la gratitud. Sí, el odio es mal consejero, y en prueba de ello, mientras tú entras y sales de noche sin temor a una venganza, yo no me atrevo a presentarme en la calle después de la oración, y aun de día creo muy oportuno caminar con una pistola en el bolsillo. Ya ves de parte de quién está el riesgo en todos los negocios que celebramos.

—Y bien, ¿qué es lo que quieres? —preguntó Santos, viendo que era preciso transigir con aquel hombre, que por la primera vez parecía subírsele a las barbas.

—Dinero que hagamos, el negocio a medias.

—¿A medias? —dijo el labrador estremeciéndose, al ver cómo de un golpe bajaba la mitad de su exagerada ganancia.

—Ni más ni menos.

—¿Poniendo tú también la mitad del dinero?

—No, eso es cosa tuya; yo no pongo más que mi talento y el riesgo personal; creo que es bastante.

Pepe hizo una pausa que Santos empleó en reflexionar.

Nadie busque la buena fe entre dos bribones que se unen para empresas reprobadas; la desconfianza y el engaño es la base de sus operaciones. Cada cual cree que es el que más arriesga, y por consecuencia el más acreedor a toda ventaja en los beneficios, y como el lazo del crimen los une, casi siempre es el crimen el que rompe este lazo.

Esta ventaja llevará siempre el hombre honrado al que no lo es.

En medio de su angustiosa situación por falta de dinero, Anselmo era más feliz que Santos y su socio, puesto que su conciencia no le argüía ninguna culpa; así es que no le era necesario salir de día ni de noche con una pistola en el bolsillo.

Generalmente, el hombre que obra bien no tiene nada que temer, y el que nada teme no se arma nunca.

He dicho antes que Santos reflexionaba, y el hilo de sus reflexiones le llevó a acceder a lo que Pepe le proponía, puesto que sin él no podía llevar a cabo negocios de aquella índole, a los que se dedicaba más que a la labranza, porque siempre prestaba sobre seguro.

Sin embargo, no dejó al mismo tiempo de cruzar por su mente la idea de deshacerse de un socio exigente y peligroso.

—¿Qué dices? —le preguntó Pepe por último al ver que pasaba el tiempo y nada decidía.

—No encuentro muy exagerada tu exigencia, puesto que hace ya muchos años que tú desempeñas mis asuntos con acierto.

—¿Es decir que hacemos el negocio a medias?

—Sí; aquí tienes los dos mil reales que llevarás a Anselmo.

Y Santos, abriendo un cajón de la mesa, puso sobre ella cien duros, que Pepe miró y remiró por si acaso había alguna moneda falsa.

Terminado aquel mudo examen, exclamó dándose una palmada en la frente:

—Me ocurre una idea que puede facilitar mucho el negocio, porque en suma no estamos ciertos de que Anselmo acceda a nuestras condiciones, y en tal caso no podíamos obligarle.

—Habla: ¿qué es ello?

—Como el tío Emeterio tendrá pocas esperanzas de cobrar, no tendría inconveniente en cedernos, dándole una prima de quinientos o seiscientos reales, la obligación firmada por Anselmo: es un dinero que él se encuentra sin esperarlo.

—¡Diablo! ¡Tienes razón!… Esto facilita más el asunto.

Y Santos volvió a frotarse las manos ante aquella idea que efectivamente allanaba todas las dificultades.

Es decir, no todas, porque de repente saltó a sus ojos una muy de bulto.

—No haremos nada por ese medio —exclamó desesperado.

—¿Por qué?

—El tío Emeterio no es tonto, y se alegrará de no cobrar, porque de ese modo se queda con la finca.

—Por eso, precisamente, le ofrecemos la demasía de los seiscientos reales.

—Pero es que él, por tomar treinta duros más, no arriesgará mucha mayor cantidad.

—Pero es que yo entonces le amenazo con entregar los dos mil reales a Anselmo, a quien no tendrá más remedio que devolver la escritura de préstamo.

—Dices bien; tu pensamiento es de primer orden: corre, no te detengas… Vuela a casa del tío Emeterio, y luego a la de Anselmo… Conviene que hoy mismo quede cerrado el trato.

—Así lo espero; en cuanto a nosotros…

—Esta tarde firmaremos el documento para nuestra mutua seguridad.

Pepe Pajuela, después de guardarse los ciento treinta duros que constituían el capital y la prima para el tío Emeterio, salió presuroso, dejando a Santos entregado a mil risueñas consideraciones.

Capítulo VII Negocio concluido

Hoy, como entonces por desgracia, abundan en los pueblos y aldeas hombres de tan ruin condición, como los dos que os acabo de presentar; hombres que son para el labrador honrado mucho más perjudiciales que la langosta y el pedrisco.

El ejemplo es bien patente en el caso que acabáis de leer.

Anselmo, a causa de sus vicisitudes, había hipotecado en dos mil reales una finca tasada en doce mil, y eso en un pueblo donde la propiedad vale muy poco.

Había recurrido a la usura creyendo que salvaba un compromiso, sin advertir que adquiría otro mayor. Para lo cual, la usura volvía a presentársele perfectamente disfrazada de favor, como esas figuras de porcelana que vemos en los escaparates, que por un lado aparenta una bellísima joven ricamente ataviada, y por el otro un innoble y sucio esqueleto cuya vista repugna.

La usura, pues, le ofrecía una cantidad con un ciento por ciento de pérdida; recordad que por dos mil reales tenía que pagar cuatro mil.

Además, Santos se aprovechaba de los rendimientos de la finca durante el año del préstamo; estos, entre cosecha de granos, legumbres, fruta y leña, ascendían a unos seis mil reales, que, unidos a los dos mil de premio del dinero, hacen ocho mil; tenía, asimismo, que pagar los jornales de la gente que la cultivase; pongamos dos hombres a cuatro reales diarios, dan al año un total de 2.296 rs., descontando los domingos y festividades, que con los 8.000 ya contados, arrojan un total de 10.296 rs. que tenía que pagar por cien duros que había tomado anteriormente. Y de no hacerlo así, perdía la finca, sus productos de un año, los jornales y dos mil reales que tenía que abonar al usurero en metálico o en especie.

Vea, pues, el labrador, por este caso práctico y nada exagerado, las desventajas que toca cuando recurre a la usura, y si no es esto mil veces peor que un pedrisco sobre sus campos.

Los perjuicios que ocasiona una mala cosecha pueden subsanarse con un poco de paciencia y trabajo; pero la usura deja siempre una huella terrible, una brecha inseparable en la casa más fuerte y acreditada.

Esto puede evitarlo siendo todo lo económico y previsor que aconsejan las circunstancias, ordenando su trabajo de modo que siempre sea moderadamente productivo; si no en un año, en dos o en tres.

Así evita dos males; el suyo propio y el de poner a uno de sus semejantes, de sus hermanos, en el caso de que cometa muchas malas acciones, sacando a su dinero un premio prohibido por la ley, y arriesgando, quizá para siempre, la salvación de una o muchas almas que Dios puso en este mundo para su servicio y glorificación.

(Continuación.)

Anselmo vio con una sorpresa mezclada de angustia la aparición de Pepe Pajuela en su casa; porque dadas sus circunstancias de apuro, la presencia de aquel hombre era como la de los cuervos en los campos de batalla donde ha habido gran mortandad.

No le costó gran trabajo convencer al tío Emeterio, quien no teniendo tan desarrollado como él el órgano de la usura, se contentó bien pronto con la prima de los treinta duros sobre el capital desembolsado, cediendo ante las amenazas del ex escribano.

La sorpresa de Anselmo fue extraordinaria cuando vio su pagaré en manos de Pepe, y cedió su lugar a la indignación al ver las condiciones tan onerosas que este le imponía para salvarle de su apuro.

—¡Oh!, a lo menos es más noble el proceder de Santos —pensaba en su interior—. Me niega su dinero por desconfianza, pero no me propone mi ruina con tanta sangre fría.

Y no obstante, como ya sabe el lector, aquel era un negocio preparado por el infame Santos.

Anselmo empezó resistiéndose cuanto pudo; pero Pepe le expuso ante sus ojos un cuadro tan sombrío y tan verdadero que empezó a hacerle vacilar.

Todo el asunto se reducía a dos plazos para perder o salvar el prado de los Enebros; el primero era de ocho días, el segundo de un año.

Donde hay poco que escoger la decisión no se hace esperar mucho tiempo; cuando Anselmo iba a formular un «no» rotundo y categórico, vio a su mujer en el dintel de la puerta de la cocina limpiándose las lágrimas con el ribete de la saya, y a su hija Andrea en el patio al pie de un tilo, triste y distraída, sin hacer caso de una muñeca de cartón que tenia entre sus brazos.

Delante de él, sobre la mesa, vio la obligación que el prudente y previsor Pepe Pajuela había redactado ya: aquellos elocuentes y tiránicos renglones eran su ruina.

Sin embargo, cogió la pluma y firmó resueltamente.

Media hora después, Santos y Pepe Pajuela merendaban juntos celebrando el buen éxito de aquel negocio; porque casi se podía asegurar que el prado de los Enebros pasaría a su poder.

Capítulo VIII El prado de los Enebros

Ya os he dicho que aquella finca era un tesoro inagotable de recuerdos santos y piadosos para el corazón de Catalina.

Su infancia y la de su hija se habían deslizado tranquilas y risueñas entre aquellas paredes de tierra blanqueadas con cal, a la sombra de aquellas alamedas de enebros y castaños, plantados por su abuelo, y siempre en el corazón de las personas honradas, y aun en el de aquellas que no lo son, hay un rincón apartado para las emociones de nuestra primera edad.

Unas diez fanegas cercadas de tapia y una casa muy capaz en el centro, componían la posesión que situada al pie de la montaña estaba al resguardo de los vientos del Norte.

Delante de la puerta de la casa había un frondoso emparrado y una plazoleta circuida de enebros, con una fuente natural en el centro.

Allí había toda clase de dependencias necesarias para un labrador acomodado, y en los tiempos de prosperidad de Anselmo se encerraba en su establo y cobertizos mucho ganado.

Pero de esto hacía ya mucho tiempo… lo menos veinte años… ¡Ah!, ¡cuánto habían variado las cosas en ese espacio de tiempo! No es extraño que Anselmo y Catalina tuviesen tanto cariño a aquellos terrones de tierra.

Por entonces vivía el labrador en su casa del prado de los Enebros.

Era una hermosa puesta de sol del mes de enero: el horizonte iba adquiriendo ya ese tono cárdeno y morado que hace presagiar una gran escarcha; el cielo tenía esa limpidez casi diáfana que tanto hace resaltar las primeras estrellas de la noche.

La puerta del cercado estaba abierta: acababan de entrar las ovejas y las vacas que venían del campo, y cuyas campanillas se dejaban oír hacia el establo.

Anselmo estaba en el dintel preparándose ya para abandonarlo, porque el frío era intenso y su cocina le brindaba un buen fuego, cuando apareció ante sus ojos, viniendo de la parte de la montaña, un muchacho como de unos siete años, en mangas de camisa, con el calzón sucio y destrozado y sin zapatos ni albarcas.

Aquella criatura venía abrumada con el peso superior a sus fuerzas de dos haces de urces y matorral.

Al llegar frente al sitio ocupado por Anselmo, y como si el cansancio le rindiera, echó su carga en el suelo, exclamando:

—¡No puedo más!

Después, frotándose las manos y tiritando bajo los jirones de su camisa, dijo con voz temblorosa:

—¡Qué frío!

Anselmo vio que aquel muchacho no era de la aldea, ni aun del país, y su aspecto le movió a compasión.

Las espirales de humo que arrojaba la chimenea de su cocina contrastaban cruelmente con las palabras del niño. Por otra parte, la noche iba cerrando más fría a cada momento.

Acercose a él y le dijo:

—¿Adónde vas, muchacho?

—A la aldea inmediata… creo que dista poco… Voy a ver si alguien quiere comprarme esos dos haces para calentarse esta noche.

—¿Cuánto valen?

—¡Ah, señor!… lo que quieran darme por ellos… yo los daría por un pedazo de pan y un rincón en cualquier establo… ¡Si vierais qué frío se pasa cuando uno lleva rota la camisa!

Y la verdad de estas palabras la atestiguaba el continuo castañeteo de sus dientes.

—Vamos, coge tus haces y entra en mi casa; te daré todo lo que necesitas, esto es, cena, lumbre y una buena cama en el pajar.

—Yo os lo pagaré mañana, señor, trabajando de balde en vuestro campo.

Y con esa franqueza peculiar a las criaturas, mucho más si están necesitadas, arrastró su carga hasta entrar con ella en la cocina, ocupada a la sazón por Catalina, que disponía la cena, y por los mozos de la labranza que se calentaban al fuego, después de haber dado el pienso a las caballerías.

Anselmo refirió en pocas palabras lo que había pasado antes de la presentación de su huésped.

El muchacho miraba con ademán de sorpresa el cuadro que le rodeaba, como si le causara extrañeza que él hubiese pasado tanto frío habiendo allí tan buena lumbrarada.

Todos le hicieron sitio, invitándole a que pasara junto al hogar; pero él sin salir de su estupor, rompió a llorar, exclamando:

—¡Pobre abuelo mío!

—¿Qué te pasa, muchacho? —le preguntaron.

—¡Ah!… ¡mis buenos señores!… mi abuelo era muy pobre… estaba ciego… veníamos de León pidiendo limosna por esos caminos… Yo me ganaba un pedazo de pan, que partía con él, limpiando los corrales de las granjas… ya se ve, mis fuerzas no alcanzan a más… Pues bien, ayer nos sorprendió la noche en la montaña… hacía un frío horrible… no habíamos comido nada… nos guarecimos en una cueva, desde donde oíamos aullar a los lobos… yo me quedé dormido, como cosa de dos horas… me desperté sobresaltado sin saber por qué… no se veía nada… yo no oía a mi abuelo… sin duda dormía… me acerqué a su lado y le cogí una mano; estaba tan fría como las piedras que nos servían de almohada; le llamé en alta voz… no me contestaba; yo empecé a rezar; tenía frío y miedo; sin saber por qué rompí a llorar «¡abuelo!… ¡abuelito!» decía… y mi abuelo sin contestarme… ¡qué noche tan espantosa! Amaneció por fin: mi abuelo estaba yerto… y tan tieso como las ramas de los jarales después de helada; en vano le llamé repetidas veces: no hacía caso de mis voces ni de mis lágrimas.

—¡Estaba muerto!… ¡helado! —interrumpió Catalina con horror.

—¡Sí, señora! —contestó el muchacho volviendo a sollozar.

—¡Pobre muchacho! —dijeron los mozos a coro.

Aquella noche Bartolomé, que así se llamaba, durmió en la cocina al lado del fuego, después de una cena abundante y nutritiva.

Mientras él se entregaba al sueño, Catalina y Anselmo hablaban sobre su suerte en lo más retirado de su aposento.

—Oye, Anselmo —decía Catalina—, puesto que el cielo hasta ahora no ha querido concedernos un fruto de bendición, ¿no te parece que haríamos bien en cuidar de la suerte de ese chico?

—Iba a hacerte igual proposición —contestó Anselmo—. ¿Quién sabe si de ese modo haremos que no se pierda ese muchacho?

—Yo creo que ha de traernos algún bien a nuestra casa.

Y desde aquella noche fue cosa acordada que Bartolomé se quedase en el prado de los Enebros, formando parte de la familia.

El muchacho desde un principio no manifestaba grandes disposiciones para los trabajos agrícolas: en cambio, su excesiva afición a los animales le hizo ponerse al corriente en muy poco tiempo del modo de herrar a un caballo y a un buey, y de los remedios aplicables a las diversas enfermedades de las bestias.

Esta circunstancia determinó a Anselmo a dedicarle al estudio. Bartolomé pasaba los inviernos en León, donde queriendo recompensar algún día los sacrificios que por él hacía su protector, se dedicaba a aprender con afán todo aquello que pudiera conducirle a su objeto. Después de las Humanidades se dedicó a la Veterinaria.

Pasaba los inviernos en la ciudad y la época de vacaciones al lado de sus padres adoptivos, quienes en vista de su aplicación y juiciosa conducta, le amaban más cada día.

En una primavera, cuando llegó a la casita del prado de los Enebros, vio que se había aumentado la familia.

Catalina acababa de dar a luz una hermosísima niña, a quien pusieron por nombre Andrea.

Bartolomé le profesaba un cariño igual al de una hermana.

Aquella casita era un nido de amor y de felicidad.

Pero habiendo llegado ya Bartolomé a edad en que la patria exige para su custodia y defensa la sangre de sus hijos, tuvo que separarse de sus protectores para ir a servir al rey.

Con su partida, que fue bien dolorosa, empezó la ruina de aquella casa, como ya ha visto el lector, ruina casual, cuya causa explicaré más tarde.

Capítulo IX La tentación

¡Ay! ¡Cuánto habían variado los tiempos en aquellos diez años, durante los cuales faltara Bartolomé del prado de los Enebros sin que se volviese a saber de él.

El pobre Anselmo, lejos de encontrarse en estado de acoger huérfanos y dispensarles beneficios, se veía casi arruinado, estando próximo a perder aquella finca que tan gratos recuerdos despertaba en su corazón.

Él, que tanto bien había hecho en este mundo, tendía por todas partes sus angustiosas miradas sin encontrar en ninguna una mano caritativa, ni una voz amiga que se asociase a su infortunio.

Solo un pobre peregrino a quien hospedara una noche en su casa, se había condolido de él, dándole consejos, de los cuales empezaba a sacar un provechoso fruto.

Anselmo no se olvidó de cumplir ninguna de las prescripciones del peregrino: se levantaba antes del alba y se iba a orar sin que nadie le viera ante la hornacina de la Virgen del Carmen; después salía al campo que le tocaba labrar aquel día, donde ya le esperaban sus criados; comía y almorzaba con ellos, cuidando de recoger siempre las tres piedras simbólicas, que llevaba a su casa; inspeccionaba asimismo el pienso de sus caballerías, sin haber encontrado aún aquellas misteriosas piedrecitas azules cuya significación ignoraba.

Anselmo no sabía darse cuenta de todo aquello: veía sin comprender; pero veía al fin que sus prados iban mejorándose; el trabajo, como mejor distribuido, era menos, y la cosecha se presentaba más abundante y mejor que en épocas anteriores; sus yuntas comían el pienso con más apetito y las lucía más; las caballerías estaban gordas y tenían un pelo fino y brillante.

(Continuación.)

Aquello parecía cosa de magia; pero de una magia que alegraba, porque en casa de Anselmo se reflejaba el buen estado de sus campos y de toda su hacienda.

La misma Catalina, dado caso que él no lo hubiese advertido, se lo hacía notar.

Y es una satisfacción grande para la mujer de un labrador salir a las eras del pueblo y ver desde allí cómo han crecido las espigas de sus campos, y qué apiñado se presenta el fruto, y cómo cuaja la flor en sus árboles frutales, y cómo se desarrolla el grano de la uva entre los verdes y puntiagudos pámpanos de sus viñedos.

Anselmo había llegado a creer que todo era obra del peregrino, y que en aquella caja, que no se separaba nunca del lado del corazón, había encerrado un precioso talismán, un amuleto que preservaba sus campos de la ortiga y de la cizaña, y sus caballerías de las enfermedades que antes las habían afligido.

La curiosidad iba posesionándose más cada vez de su corazón.

Tenía verdadera fiebre por saber lo que se encerraba en aquella caja.

Este pensamiento le tuvo desvelado toda una noche; no pudiendo ya vencerlo, se levantó sigilosamente de su lecho después de cerciorarse de que la mujer dormía; encendió un farol, cogió su tabardo y bajó a la cocina.

Una vez allí, se sentó en el poyo de mampostería, junto al hogar; sacó de su bolsillo la caja y empezó a contemplarla en silencio antes de decidirse a abrirla.

Los rayos de la luz se quebraban en los contornos de la cruz de ébano que había sobre la tapa, arrancándole extraños reflejos; masas de un amarillo brillante, como si la caja fuese de cristal y estuviese llena de oro.

Pero esto no podía ser: el oro es pesado, y la caja casi se le deslizaba de entre los dedos.

Por otra parte, allí la magia no debía jugar un gran papel, pues la existencia de la cruz excluía esta idea; además, así se lo había asegurado el peregrino.

Anselmo no era víctima de una ilusión; veía los rayos dorados desprenderse de la caja y llegar hasta él inundándole de luz; en cada rayo había montado un genio con alas de mariposa que arrojaba un resplandor opaco y fosforescente.

Su emoción le llevó hasta hablar en alta voz:

—¡Si yo me atreviese! —decía—. ¡Oh! Es preciso que me atreva… Quiero ver lo que hay dentro de esta caja misteriosa… Aún falta un año, y yo no tengo paciencia para esperar tanto tiempo… Tal vez cometa una mala acción; se me ha prohibido terminantemente abrirla antes de un plazo fijado… Pero no importa, después de satisfacer mi curiosidad, volveré a cerrarla como está ahora, y nadie podrá conocerlo.

Y tras estas palabras, Anselmo aplicó la punta de un cuchillo al aro de metal que la rodeaba, cuando de repente oyó una voz que le decía:

—¿Qué vas a hacer, Anselmo?

La caja rodó al suelo desde sus manos; Anselmo se levantó asustado, volviendo la cabeza hacia el sitio de donde había partido la voz, y vio a Catalina, que al sentir que se levantaba a deshora y creyéndole enfermo, le había seguido.

—¡Ah! —exclamó luego que se repuso—. Iba a cometer una infamia, y como siempre, ha venido a salvarme mi ángel bueno.

Catalina le asió de la mano con cariñosa expresión, diciéndole:

—Ignoro de lo que se trata: no sabía que existiese en tu poder esa cajita, cuyo contenido desconozco: este es un secreto que has creído prudente ocultarme, y yo no te reconvengo por eso.

—Me lo han prohibido, Catalina…

—Bien, yo respeto tus decisiones; pero he oído que habías hecho la promesa de no abrir esa caja hasta un plazo prefijado; ibas a faltar a ella olvidándote de la palabra empeñada, que es lo último que el hombre debe olvidar.

—Sí, sí; tienes razón, Catalina.

—Si tú faltas de ese modo a una promesa, ¿cómo has de tener fe mañana en las que te haga tu mejor amigo, tu mujer misma? El hombre que, sabiéndolo, se olvida de lo que promete, mide a los demás por lo que él hace, resultando que para él no puede haber buena fe en nadie, y que lo mismo que él ha violado un secreto, los demás procederán de igual modo: si no, dime, ¿quién desconfía de un ladrón más que los ladrones mismos?

—Dices bien, soy un miserable que no merezco…

—No, Anselmo, eres un aturdido; y a tu edad es imperdonable ese defecto. Toma —prosiguió Catalina levantando del suelo la cajita—; guarda esto donde antes lo ocultabas, y espera con paciencia a que se cumpla el plazo que te han propuesto y tú has aceptado… Y perdóname que vuelva a recordarte que el hombre que no cumple una palabra empeñada es indigno del aprecio de todo aquel que tenga conocimiento de su falta de fe, y que no puede reclamar para sí aquello que empieza por negar a los otros.

Anselmo guardó la cajita, y después salió de la cocina con su mujer, cuya mano estrechaba cariñosamente, diciéndole:

—¡Oh, sí, Catalina! Tú desempeñas a mi lado el papel de mi ángel bueno.

Capítulo X El aparecido

Se acercaba el plazo fijado por Pepe Pajuela en la escritura de préstamo, y Anselmo se encontraba en una situación apuradísima para salvar la finca.

Aunque su cosecha aquel año había sido mucho mejor que los anteriores, tenía que venderla toda entera para solventar la cuenta de los 10.296 rs., y sabido es que cuando un labrador vende fuera de tiempo, sus productos valen menos en cualquier mercado, no dejándole ninguna utilidad, por lo mismo que el comprador sabe que las circunstancias le obligan a vender.

Anselmo tenía medios para pagar aquella tirana deuda; pero después iba a quedarse sin grano para la sementera inmediata, y sin un cuarto para comprarle y pagar los jornales de laboreo de tierras.

O lo que es lo mismo, se veía, como he dicho en mi capítulo anterior, fuera de un apuro, pero abocado a otro que le hundía más cada vez.

Vuelta a recurrir a la usura, a la hipoteca, y si el año siguiente era malo, como podía suceder, vuelta a ver sentada a la miseria al umbral de la puerta de su casa, para no levantarse jamás, para ahogar entre sus brazos a él, a Catalina y a su hija.

Solo le quedaban dos días, es decir, el tiempo necesario para vender su cosecha en la ciudad y adquirir los diez mil y tantos reales; dos días, pasados los cuales se presentaría Pepe Pajuela en su casa, frío e inexorable como la estatua del comendador.

El día antes había dado orden para que al amanecer estuviesen sus dos carros preparados en las eras del pueblo, porque era preciso decidirse y obrar.

Era enteramente de noche: una noche de julio oscura y tempestuosa. Desde la puesta del sol, el cielo había empezado a cubrirse de nubes cenicientas que recortaban unas sobre otras sus aplomados contornos; el calor había sido sofocante; así es que la atmósfera estaba muy cargada de electricidad, lo cual era causa de que los relámpagos durasen tres y cuatro segundos.

Anselmo no pudo dormir en toda la noche; sentía una desazón sin estar enfermo, un malestar inexplicable que le hizo lanzarse del lecho a cosa de las dos de la mañana.

Quería orar, pedir a la Virgen del Carmen que le protegiese en aquella cuita.

Inmediatamente salió de su casa, y a poco de la aldea; atravesó el prado y entró en la selva.

No se oía ni el más leve rumor, a excepción del trueno, cuya poderosa voz era repercutida de roca en roca por los ecos de la montaña.

No llovía aún: la yerba estaba mustia y seca la tierra, que rechinaba bajo los pasos de Anselmo lo mismo que cuando está helada en el invierno.

El relámpago iluminaba su camino: a su amarillenta y blanquecina luz, la selva parecía un antro poblado de fantasmas, pues no semejaban otra cosa los altos y copudos árboles.

Anselmo atravesó el puentecillo y torció, como siempre, a la derecha; a lo lejos se veía entre la espesura una luz: era el farol que su hija había colocado al anochecer delante de la Virgen. Parecía una estrella desprendida del alto firmamento para alumbrar a la Reina de los Ángeles.

Como no corría ni el más ligero soplo de brisa, la luz estaba fija sin ninguna oscilación.

Anselmo avanzaba con paso torpe y desigual, como el que imprime la embriaguez a los borrachos. Solo que, a medida que iba aproximándose, se le antojaba ver un bulto a los pies del nicho de la Virgen en ademán de orar.

La luz que despedía el farol era muy tenue, y más a propósito para favorecer una ilusión que para desecharla; pero los relámpagos, por su duración, le servían mejor, y a la intensa claridad de uno de ellos, ya no le quedó duda de que había un hombre en aquel sitio.

¿Quién podía ser a una hora tan desusada? Algún otro desgraciado como él acaso; porque la condición humana es tan egoísta y el hombre tan olvidadizo, que por lo general a los pies de las imágenes solo se ven seres desgraciados que buscan amparo y consuelo en la oración. Cuanto más felices somos, menos nos acordamos de que la dicha que nos embarga se la debemos a Dios, y solo cuando su justicia nos hace sufrir, pensamos en implorarle para aplacar lo que creemos su rigor con nuestras oraciones.

Anselmo creyó oír algo parecido al rumor de los sollozos; tal vez aquel penitente lloraba alguna culpa.

Tenía mucho de fantástico aquella escena de un hombre arrodillado a los pies de una imagen en medio de la soledad de la selva, en aquella oscuridad interrumpida por la luz de los relámpagos, siendo la voz del trueno el eco majestuoso de aquella muda plegaria.

Anselmo se sintió conmovido.

Experimentaba en su alma una fuerza de atracción que le llevaba hacia aquel hombre y un poderoso deseo de verle el rostro.

Al mismo tiempo no quería turbar su oración; le parecía un sacrilegio, un robo de devoción que hacía a la Virgen.

Para lograr ambos objetos, fue aproximándose poco a poco sin hacer ruido, guareciéndose detrás de un seto para que la luz del relámpago no denunciase su presencia.

Ya estaba a muy pocos pasos de la cruz, frente por frente al que oraba, pero no podía verle el rostro; aquel hombre tenía las manos cruzadas delante del pecho y la barba apoyada en ellas.

Su actitud era la de un religioso respeto que le impedía fijar sus ojos en la imagen.

Así transcurrieron algunos segundos, durante los cuales Anselmo sintió crecer en su corazón aquel conocimiento de fuerza desconocida que tenía inquieta su curiosidad.

Su impaciencia le llevó a hacer un movimiento que produjo un leve rumor: había tropezado, y para no caer, puso su mano sobre el pedestal de la cruz por la parte de atrás; una piedra desprendida rodó al suelo, y aquel ruido hizo levantar la cabeza al hombre que oraba.

La luz del farol cayó a plomo sobre su rostro: Anselmo pudo verle perfectamente.

Lanzó un grito de asombro y avanzó un paso sin cuidarse ya de ocultar su presencia en aquel sitio.

El hombre que oraba se levantó prontamente sobre sus rodillas lo mismo que si hubieran sido dos muelles de acero y retrocedió un paso, echando mano al interior de su tabardo como si buscase un arma oculta.

Pero cuando quiso recordar, se vio fuertemente estrechado entre los brazos de Anselmo, que exclamaba:

—¡Bartolomé!… ¡Hijo mío!… ¿No me reconoces?

—¡Qué veo! Señor Anselmo…

—Sí, yo soy… ven, ven a mis brazos, y vuelve a recibir en ellos la efusión de mi cariño.

Aquellos dos hombres se confundieron en un fuerte abrazo; sus lágrimas rodaron juntas por sus mejillas, y como impulsadas por un mismo pensamiento, cayeron de hinojos a los pies de la Virgen, permaneciendo así tres o cuatro minutos.

(Continuación.)

Ya habrá adivinado el lector que el desconocido era el niño mendigo que en otros tiempos había recogido en su casa Anselmo; aquel niño, trasformado ya el hombre por el curso de los años, que tan inopinadamente se presentaba ante los ojos de Anselmo.

Pasado el primer momento de efusión de aquel mutuo cariño, uno y otro se retiraron un trecho de aquel sitio, y recostados en la barandilla del puente, comenzaron a explicarse.

Capítulo XI Dios aprieta, pero no ahoga

—¿Qué ha sido de tu vida en tanto tiempo que hemos estado sin saber de ti? —le preguntó Anselmo.

—¡Ah, padre mío! Me he batido mucho y he pasado muchos trabajos; pero en medio de todo, Dios no se ha olvidado de mí.

—¿Es decir que siempre has tenido presentes las máximas que yo inculqué en tu imaginación en los primeros años de tu vida?

—Siempre, señor; y gracias a ellas, en medio de mis cuitas no he sido tan desgraciado como otros. Vuestras doctrinas y vuestros sacrificios han hecho un hombre útil de aquel mendigo que os mereció tan noble y desinteresada hospitalidad.

—¡Bah! No hablemos de eso.

—Yo lo recordaré eternamente. Partí de vuestro lado para ingresar en los ejércitos del rey. He hecho toda la campaña bajo las banderas de nuestro monarca Felipe V, y ahora vengo de Villaviciosa, de esa reñida batalla que ha asegurado para siempre sobre sus sienes la corona de España. Mi empeño cumplía justamente dos días antes de la acción; hubiera podido retirarme con mi licencia; pero quise esperar, porque el haberme alejado del ejército me parecía una deserción delante del enemigo.

—¡Bravo, hijo mío!

—Y me he batido bien por la última vez. Durante estos siete años no he tenido proporción de escribiros; ya sabéis lo difíciles y escasos que son en España los medios de comunicación; además, mi regimiento no ha tenido un punto fijo de residencia; hemos andado siempre de aquí para allí… Pero creo que mi silencio no lo habréis atribuido nunca a ingratitud.

—No, hijo mío; más bien recelaba una desgracia.

—Dios ha querido librar mi vida para que pueda seros útil.

—¿Luego es decir que el término de tu jornada era mi casa? Porque creo que volverías a ella.

—No, señor; y este encuentro es debido puramente a la casualidad.

—¿Qué dices?

Durante mi permanencia en el ejército, he aprovechado el tiempo que otros dedicaban a holgar, y he continuado mis estudios en el arte de curar a los animales…

—Estudios que tenías ya muy adelantados al partir —interrumpió Anselmo con orgullo.

—Anteayer mismo he sabido por casualidad que en León hay un tribunal de examen, cuyos ejercicios concluyen mañana mismo.

—¿Y vas a presentarte? ¡Oh, muy bien hecho!

—Quiero tener un título y establecerme; ya veis, señor, que no me queda tiempo de detenerme en ninguna parte, y que al cruzar la aldea por mi premura y lo avanzado de la hora, no hubiera tocado en vuestra casa, donde me prometo volver una vez terminados mis asuntos en León.

—¡Oh, sí!… Catalina y Andrea conservan indeleble tu cariño.

—Solo que al pasar por este sitio, que he frecuentado tanto con vuestra hija, no he podido menos de caer de hinojos ante esa imagen, dándole gracias por haber sacado mi vida incólume de tantos peligros.

—Los recuerdos de la infancia nunca se pierden; son buena semilla que germina en el alma al calor de los sentimientos, cuando estos son honrados como los tuyos.

Y Anselmo volvió a abrazar a aquel hijo de su corazón, que volvía a su lado para no separarse nunca.

Durante este corto diálogo, el alba había empezado a asomar por el Oriente; su presencia se anunciaba con un tenue y blanquecino resplandor, y una brisa fresca y consoladora que iba empujando y deshaciendo poco a poco las nubes que manchaban el cielo durante la noche, presentándolo ya limpio y despejado: únicamente a lo lejos, como un fúnebre redoble, se oía la voz del trueno, que protestaba antes de extinguirse.

Las ramas de los árboles y las yerbas del camino adquirían su anterior flexibilidad, habiendo desaparecido el ambiente caliginoso de la noche; la montaña les enviaba una brisa regeneradora.

La selva entera despertaba; los pájaros en su nido piaban, peinando su plumaje antes de abandonarlo para ir a beber en los arroyos, y las florecillas del campo saturaban la atmósfera con el más delicado de sus aromas.

La claridad permitía ver menos confusamente cada vez.

Aquellas tintas nacaradas que anunciaban el nuevo día recordaron a Anselmo que sus carros le esperaban en las eras cargados ya con su cosecha para venderla en León, y aquel inopinado recuerdo, que le volvía a la triste realidad de la vida, enturbiaba en su alma la satisfacción que le había producido la presencia de Bartolomé.

No fue dueño de reprimir un fuerte suspiro.

El joven lo notó, y fijándose en el rostro de Anselmo, dijo con curiosidad o interés:

—¿Os aflige alguna pena, padre mío? Vuestro semblante pinta una profunda tristeza… y aun creo advertir en él las huellas del sufrimiento. Hablad; nada ocultéis a vuestro hijo.

Entonces Anselmo, haciendo un violento esfuerzo, le relató sucintamente la historia de sus infortunios, sin olvidarse del compromiso en que se hallaba.

Durante aquel sencillo y triste relato, Bartolomé sintió más de una vez humedecidos sus ojos al ver a aquel anciano a quien todo se lo debía próximo a caer en la miseria.

—¿Cómo? —exclamó—. ¿Habéis estado a punto de perder el prado de los Enebros?… ¿Ese sitio, testigo de vuestros beneficios y de mis alegrías de niño?

—¡Quién sabe si lo perderé!… porque aunque lo salve hoy a costa de mi cosecha, mañana acaso…

—No, no, esa cosecha no saldrá de vuestros graneros hasta que podáis utilizaros de ella con ventajas…

—¿Qué dices?

—Ni perderéis tampoco el prado de los Enebros.

—Bartolomé… tú sueñas… habla…

—La Virgen del Carmen os ha conducido aquí esta noche… porque si el plazo cumple dentro de dos días, y no hubiera podido venir hasta pasados tres o cuatro, y entonces ya era tarde para evitar vuestra ruina… ¡Oh, gracias, Santísima Virgen, que habéis guiado esta noche mis pasos y los de mi anciano protector!…

Y Bartolomé cruzó sus manos y volvió la cabeza en dirección de la cruz de piedra donde estaba el nicho de la Virgen, cuya luz, debilitada ya por la del día, presentaba una claridad reducida a un punto sumamente débil, como la de la última estrella que se apagaba en Occidente.

Anselmo le miraba absorto, sin comprender el sentido de sus palabras: hubo un momento en que creyó que su juicio no estaba sano.

—¿Pero quieres explicarte de una vez? —le dijo expresando su acento la más profunda emoción.

—Escuchad, padre mío: ya os he dicho antes que yo no he abandonado el estudio al mismo tiempo que guerreaba: las victorias que otros compañeros míos celebraban en las tabernas, yo las santificaba con un libro puesto al alcance de mis ojos: los conocimientos que iba adquiriendo en mi carrera, los utilizaba en los pueblos, ciudades y aldeas por donde pasábamos: no sé si la ciencia o la casualidad daban acierto a mi mano y previsión a mi juicio; ello es que hice muchas curas difíciles con acierto; que daba buenos consejos a los labradores para preservar de enfermedades a sus bestias y ganados; todo esto me procuró alguna fama, tras de la fama venía el dinero, y como vos me habéis enseñado a ser sobrio, juicioso y a contener mis apetitos, resultó, que no teniendo precisión de emplear inmediatamente aquel dinero, y no queriendo tampoco malgastarlo en bromas ajenas a mi carácter, fui guardándolo para mejor ocasión: mejor que esta no puede presentárseme nunca, y hoy tengo reunidos mil ducados que voy a entregaros inmediatamente. Llevad a vuestro infame acreedor lo que le debéis y emplead el resto en lo que os haga falta.

(Continuación.)

Ante aquella acción tan generosa como inesperada, Anselmo se sintió de tal modo enternecido, que tuvo que dar libre curso a sus lágrimas para que no le ahogasen.

En su cariñoso frenesí estrechaba a Bartolomé contra su corazón, besaba sus manos, su frente, le prodigaba los nombres más tiernos que mejor expresaban su emoción… en fin, el pobre hombre estaba trastornado de alegría.

—¿A qué vienen esos extremos? —le decía Bartolomé verdaderamente admirado.

—¿Cómo? ¿Quieres que vea impasible tu generosa conducta?

—¿Y qué? ¿No es obra vuestra todo lo que sucede? ¿Por qué admirarse? ¿No me habéis enseñado vos a cumplir con mi deber? Además, ese dinero os pertenece de derecho; vos me habéis dado los medios para ganarlo; son las primicias de mis estudios, que yo os devuelvo gustoso.

—No; yo no puedo aceptarlas.

—¿Qué decís, señor?

—Ese dinero lo necesitas tú más que nunca ahora que vas a establecerte.

—¿Qué importa? El que ha ganado esa cantidad, ya sabe cómo se ganan sumas mayores: Dios me protegerá como hasta aquí.

—Repito que no puedo…

—No tenéis más remedio que aceptarlo; soy responsable ante Dios del porvenir de vuestra hija, y si rechazáis los medios de hacerlo risueño y tranquilo, Dios os exigirá algún día una cuenta muy estrecha.

—Es que yo en ese dinero veo el pago de los beneficios que haya podido hacerte en mi juventud.

—¡Ah, señor! Esos beneficios nunca se pagan, porque no hay en el mundo oro bastante para redimirlos.

Esta lucha de generosidad y abnegación duró aún algunos minutos. Los razonamientos de Bartolomé acabaron por decidir a Anselmo, quien tomó el dinero que aquel le ofrecía, prometiéndose en su interior resarcirle más adelante de aquella cantidad.

Como el día avanzaba, y Bartolomé tenía prisa por hallarse en León, se despidieron en seguida, quedando en que el joven regresaría a la aldea terminados sus asuntos en el plazo más breve posible.

Capítulo XII El tiro por la culata

Pepe Pajuela y el tío Santos habían ido siguiendo paso a paso las operaciones de Anselmo; estaban al corriente de sus negocios como él mismo, y sabían que el labrador iba a malvender su cosecha para eludir el compromiso que le amenazaba.

El día anterior había pasado entre ellos la siguiente conversación:

—¿Sabes —le decía Santos— que el negocio de Anselmo se nos tuerce?

—¿Cómo, pues, cuando va a pagarnos dentro de tres días?

—Precisamente por eso; yo había consentido ya en que nos quedáramos con la finca hipotecada.

—Y nos quedaremos con ella.

—¡Pero si redime el préstamo!… ¿No sabes que va a vender mañana su cosecha?

—Sí, y también sé que se queda sin grano y sin un cuarto, que antes de un mes tendrá necesidad de recurrir a nuestro dinero, y que entonces variando las condiciones, haré yo de modo que no pueda pagarnos y logremos lo que ambos deseamos ardientemente.

—¡Qué sé yo!

—¿Desconfías del éxito del negocio?

—Sí, no lo niego: de un año a esta parte ha mejorado mucho la situación de Anselmo; sus tierras están en un estado floreciente, porque él se dedica a labrarlas mejor que antes; sus ganados y sus yuntas han cambiado también de aspecto; raro era el año que no se le moría alguna de sus bestias; hoy, ya lo ves, no caben en el pellejo… y aun cuando Anselmo recurra a nosotros, ¿quién te dice que el año próximo no pueda pagarnos más desahogadamente?

—Todo eso son detalles y suposiciones que no amenguan ni destruyen mi esperanza; te digo que el prado de los Enebros será nuestro.

Santos tenía formada una idea muy ventajosa de su socio, y al ver la seguridad con que este se explicaba, sentía renacer la confianza en su corazón, no dudando que Pepe llegaría a conseguir lo que se había propuesto.

La misma mañana en cuyos primeros albores pasó la escena de que os he hablado en el capítulo anterior entre Anselmo y Bartolomé, Pepe Pajuela dejó su lecho más temprano de lo que tenía de costumbre, y se trasladó a las eras del pueblo.

Junto a la parva de Anselmo había dos carros, que sus criados cargaban con la cosecha de aquel.

Debajo de uno de ellos dormitaban Capitán y Canelo, que ya habían tomado su desayuno de mano de su pequeña ama Andrea.

Aun cuando Pepe sabía lo suficiente, quiso cerciorarse más y ver que no se engañaba, y aproximándose a uno de los criados, le preguntó:

—¿Qué es eso, Felipe? ¿Vais a encerrar la cosecha?

—No, señor —contestó el labriego lacónicamente.

—Como veo que la cargáis en los carros…

—Es que vamos a León; el amo tiene necesidad de venderla.

Pepe se sonrió lleno de satisfacción.

—¡Diablo! ¡Venderla sin esperar a que suban los precios en el mercado! ¡Mal negocio!

Pero aquel negocio que él encontraba tan malo para Anselmo, y que hubiera podido evitar, daba a su mente las más halagüeñas esperanzas para el año venidero.

—Decididamente —decía en su interior—, esa hermosa finca del prado de los Enebros está llamada a que yo la disfrute.

Tales eran las reflexiones que ocupaban su imaginación, cuando vio llegar por su derecha a Anselmo.

En vez del rostro preocupado y triste que Pepe le suponía, el labrador aparentaba una satisfacción extraordinaria, que subió de punto al apercibirse de la presencia de Pepe.

—¡Es extraño! —murmuraba este—. ¡Parece que su desgracia le alegra!

Luego, aproximándose a Anselmo, que hablaba con los criados, le dijo:

—¿Habéis encontrado algún buen comprador para vuestra cosecha?

—¡Comprador! ¿Pues que acaso me he propuesto yo venderla? Ea, muchachos —prosiguió dirigiéndose a los criados—, a ver cómo descargáis pronto en casa, cuidando de que los géneros estén perfectamente limpios.

Y con efecto, el ex escribano vio que ambos carros, guiados por los zagales, tomaron la dirección de la aldea y no el camino que conducía a la ciudad.

Tan inesperada conducta llamó su atención en alto grado, inspirándole un extraño recelo sobre el éxito de aquel asunto.

Pero su admiración subió de punto, tocando en los límites de lo inverosímil, cuando oyó que Anselmo le decía:

—¿Tenéis por casualidad en el bolsillo la escritura de préstamos?

—Sí, por cierto; ¿queréis que la renovemos a plazo más largo?

—No; ese negocio podía conveniros mucho, pero a mí me atrasaría: aun cuando faltan cuarenta y ocho horas para que se cumpla, quiero pagaros ahora mismo: acompañadme a mi casa y os entregaré el dinero.

Pepe no encontró nada que replicar: en aquel momento no sabía lo que le pasaba: todos sus cálculos venían a tierra cuando él creía que aseguraba más su negocio.

Triste y cabizbajo, cual pudiera quedar una zorra cazada por una gallina, o un lobo por una oveja, siguió paso a paso a Anselmo hasta llegar a su casa, sin acertar a explicarse aquel extraordinario misterio.

Tampoco era menos la estupefacción de Catalina cuando vio llegar los carros, que suponía en el camino de León, y supo por uno de los criados que el labrador mandaba encerrar su cosecha.

En el primer momento pensó lo que se le hubiera ocurrido a cualquiera; esto es, que Pepe Pajuela a instancias de Anselmo había consentido en prorrogar la fecha del préstamo, y aunque poco entendía en tales asuntos, comprendía que era una operación ruinosa.

No tardó en llegar su marido acompañado del usurero. Catalina los vio entrar en la sala; Anselmo sacó un puñado de oro, que entregó a Pepe a cambio de la escritura: esta fue hecha pedazos en seguida, y Pepe salió guardándose su dinero para repartirlo con su socio.

—¿Pero qué es lo que pasa? —exclamó Catalina luego que se quedaron solos.

—Que Dios aprieta, pero no ahoga; y que la cajita que llevo en el bolsillo debe contener un poderoso talismán que asegura nuestra dicha. ¡Bendito sea el que me la ha entregado!

Y Anselmo tras estas palabras le refirió minuciosamente su encuentro providencial con Bartolomé, a quien creían muerto, y las ventajas que le había reportado la generosa conducta del mancebo.

En cuanto a Pepe Pajuela, en aquel momento estaba refiriendo a Santos lo sucedido, convenciéndose a su pesar de que en aquel negocio le había salido, como vulgarmente se dice, el tiro por la culata.

Capítulo XIII A vísperas

Venid conmigo a la tranquila y escondida aldea de Torrebarrio, que la tarde está serena y nos convida.

Venid, no os detengáis.

No sé qué extraño rumor de música y de campanas que voltean se percibe a lo lejos, que halaga al oído, alegra el corazón y aviva la curiosidad.

Parece que todo respira fiesta y alegría.

Vamos, venid.

Ya estamos en la aldea.

Pero, ¿qué es esto?

Sus calles están desiertas, sus casas mudas.

Apenas en tres o cuatro puertas hay sentada alguna honrada comadre hilando su copo de lana; apenas se ve algún perro husmeando con inquieto hocico en los montones de estiércol de los corrales.

Y el ruido sigue a lo lejos; las campanas voltean alegremente y el aire devuelve los ecos de las gaitas que tañen unos labios expertos.

Salgamos de la aldea y entremos en la pradera; acerquémonos al sitio de donde viene aquel rumor tan agradable.

¡Tampoco hay nadie en la pradera!

Sigamos.

Allí, en el confín del llano, donde empieza la selva, está la iglesia con su ancha puerta abierta.

Allí hay gente.

Entran y salen en el templo: las mujeres llevan sus brinquiños graciosamente colocados. Parecen aldeanas del golfo de Nápoles, pescadoras de la isla de Procida. Los hombres visten sus tabardos de día de fiesta.

¡Ah!, se me olvidaba decir que era el día 15 de julio.

El señor cura estaba en la iglesia cantando vísperas a la Virgen del Carmen, cuya festividad se celebraba al día siguiente.

Por eso no había gente ni en el pueblo ni en la pradera.

Todos se habían dado cita en la selva, delante de la cruz de piedra que encerraba el nicho o la hornacina de la Virgen.

Allí bailaban las mozas y los zagales formando un intenso corro, cuyo punto céntrico estaba ocupado por el gaitero.

—¡Oh, qué tarde tan hermosa!

El sol acababa de ocultarse detrás de Peña Ubiña igualando los tonos de la montaña en una inmensa sombra, cuyos contornos, rojizos primero y luego violados, se recortaban en un cielo sin nubes; el arroyo deslizaba su corriente por debajo del puentecillo, amontonando blanca espuma al chocar sus aguas con los guijarros de la orilla, de vez en cuando se veía saltar alguna rata enorme cuyo puntiagudo hocico chupaba las hojas de los cañaverales; las golondrinas y los petirrojos cruzaban el aire en todas direcciones, dejando el reposo de sus nidos para contemplar la fiesta.

(Continuación.)

Al pie de la montaña los retamares ostentaban sus flores amarillas, y su suave aroma parecía desafiar en delicadeza al del romero, cantueso y otras plantas más humildes que tapizaban la selva, y crecían adhiriéndose a los troncos de los árboles en busca de protección contra los vendavales de otoño.

En verdad os digo que el Norte había robado al Mediodía la más risueña y encantadora de sus tardes, con una puesta de sol como únicamente se disfruta en Nápoles bajo los emparrados de Pórtico y los huertos del Posillipo; con un crepúsculo igual a los que ofrece el Orienté en el sitio donde se elevan las ruinas de Corinto y Ecbatana con profusión de columnas de mármol y escalinatas de pórfido y jaspes.

El nicho de la Virgen estaba completamente lleno de ramilletes de flores; todos los huertos de la aldea habían dado su contingente, y por los brazos de la cruz y las piedras que le servían de base, colgaban infinidad de vistosas guirnaldas que oscilaban a impulso de una brisa templada y suave, en la que depositaban sus aromas.

Por todas partes había luces; la hornacina parecía una ascua de oro; mil velas de blanca cera confundían sus rayos en una masa brillante, que arrojaba un disco de claridad con más de doce varas de radio.

Aquel mar de luces iba arrojando la sombra como el viento de diciembre impulsa con su soplo las masas de niebla, que se adhieren a los picos de la montaña, semejando blancos penachos de cascos invisibles, banderas y gallardetes de un ejército que avanza sin ser visto.

En medio de tan vivo resplandor se destacaban la tenue luz de un farolillo pendiente de una cuerda.

Era el que Andrea acababa de colocar siguiendo su piadosa costumbre. Su luz tranquila contrastaba con las demás; parecía la continuación de una plegaria interrumpida por el coro de los salmistas.

La plazoleta estaba literalmente llena de gente: unos bailaban, otros conversaban en alta voz: los viejos recordaban sus buenos tiempos con motivo de aquella solemnidad; los mozos solo pensaban en divertirse en honor de la madre de Dios.

Aquella alegría general, aquel inmenso zumbido de tantas conversaciones, era dominado por la nota grave y uniforme de la gaita, que era el alma de aquella reunión.

El gaitero hacía prodigios; era un verdadero artista en el rústico instrumento. Así es que los bailarines no daban descanso a sus piernas ni un momento. Los había que, como Josué, hubieran querido detener el curso del sol para que aquella noche se prolongase indefinidamente.

Pero esto era algo difícil para que lo intentase ningún habitante de Torrebarrio.

Era preciso resignarse y bailar hasta las doce de la noche, para dar descanso al cuerpo y no faltar a la tradicional costumbre de tantos años, que fijaba dicha hora para término de la diversión.

Mirando detenidamente de grupo en grupo, se echaba de ver la ausencia de varias personas conocidas.

En aquel sitio de bullicio y animación no estaba ni Anselmo con su familia, ni Santos, ni Pepe Pajuela.

Dejemos a los segundos y trasladémonos a casa del primero.

Capítulo XIV La vuelta del peregrino

Anselmo celebraba también aquella noche una gran solemnidad.

Dos años antes, en igual fecha, esto es, el 15 de julio, día de la víspera de la Virgen del Carmen, cuando estaba próximo a verse en la miseria por aquella fatal desgracia que le perseguía en todas sus operaciones agrícolas, había llegado a su puerta un peregrino a quien casi estuvo a punto de no recibir, porque en aquel momento le cegaba la desesperación.

Catalina fue la mediadora, y el peregrino se sentó a la mesa y durmió bajo su mismo techo.

Al partir al día siguiente le dio una caja de cedro y le hizo varias indicaciones, prometiéndole volver al toque de ánimas, dentro de dos años, para abrir en su presencia la misteriosa caja.

Y Anselmo le esperaba.

Obedeciendo punto por punto cuanto el buen romero le había encargado, Anselmo vio que la prosperidad sucedía a la miseria; ya os he dicho que sus campos daban doble y mejor cosecha; que sus bestias no enfermaron; que él mismo halló en su casa y en su familia un bienestar muy parecido al que había disfrutado anteriormente.

Anselmo había trabajado en aquellos dos años bien y con provecho, y a la sazón, su casa era, como antes, una de las mejores, si no lo primera de la aldea.

En vista de tal resultado, Anselmo se afirmaba más y más en la creencia de que aquella cajita encerraba un talismán, al cual debía su prosperidad, por más que el peregrino le hubiese asegurado que en aquel asunto no intervenía la magia para nada.

A la sazón había en la casa un nuevo personaje; Bartolomé, a quien Anselmo había enterado del caso hasta el punto en que le estaba prohibido ser más explícito, y tanto este como Catalina aguardaban con impaciencia la vuelta del romero.

Andrea también palmeteaba en la cocina viendo los preparativos que se hacían y esperando el rosario de Roma, bendito por el Papa, que el peregrino le había prometido.

Todo estaba dispuesto.

Anselmo había preparado una fiesta de familia, en la que se aguardaba con ansia la llegada del protagonista.

La pieza que le servía de despacho estaba completamente iluminada, casi tanto como el altar de la Virgen, cuya imagen se destacaba en el testero de la pared.

En medio había una mesa, cubierta con un mantel más blanco que la nieve que tapizaba los últimos picos de Peña Urbiña.

Las viandas esperaban al fuego en la cocina.

Canelo y Capitán , los dos perros amigos de Andrea, les daban guardia de honor, esperando los huesos de un cordero y las sobras del festín.

Anselmo oprimía contra su corazón aquella caja misteriosa, cuyo contenido avivaba su curiosidad.

En medio de la ansiedad general había un temor: que el romero no asistiera a la cita que él mismo había dado dos años antes.

Pero de todos modos Anselmo quedaba para abrir aquella caja y enterarse de su contenido.

Los criados también, sin comprender de lo que se trataba, pero adivinando algo notable, ocupaban su puesto en la cocina, no mal vestidos y peor humorados como en el año anterior, sino con su ropa de fiesta, alegres y participando también del bienestar de sus amos.

La campana de la iglesia empezó a doblar el toque de ánimas; la ansiedad crecía, porque aquella era la hora convenida.

Se oyó un leve rumor de pasos en la calle, se abrió el portón y apareció el romero con su báculo, su bordón y su esclavina.

Una exclamación de gozo partió de todas las gargantas.

—¡Gracias a Dios que os trae con vida! —dijeron Anselmo y Catalina besándole la mano; Bartolomé lo saludó, y Andrea empezó a jugar con la gran cruz de su rosario.

El peregrino tendió una curiosa mirada en torno suyo, y por el orden y la limpieza del ajuar adivinó lo que ya presentía.

—Veo que habéis cumplido todas mis prescripciones —dijo el peregrino con orgullosa satisfacción.

—Sí, padre mío; y no os ocultaré la impaciencia que me devora por conocer un secreto cuyos buenos resultados a mis cosechas, a mis tierras y a toda mi familia han sido tan buenos.

Después, sacándosela del bolsillo interior, se la presentó al peregrino, añadiendo:

—Tomad: hace dos años que me la entregasteis; os la devuelvo intacta, y no quiero ocultaros la verdad; una noche, vencido ya por mi impaciencia, iba a faltar a lo prometido, iba a abrir esta caja y a enterarme de su contenido, cuando una voz amiga, la voz de mi ángel bueno —dijo señalando a Catalina—, me enseñó el camino de mi deber; la caja volvió a mi bolsillo, y hoy os la entrego según la recibí.

—Pues bien, os permito abrirla: en ella encontraréis el verdadero tesoro que ha remediado vuestras miserias.

(Conclusión.)

Reinó en la estancia un silencio de muerte.

Anselmo asió un cuchillo, y con su aguzada punta hizo saltar la anilla de metal que unía las dos tapas.

El momento era solemne.

Hasta los criados, desde la puerta, alargaban sus cabezas, pintándose la curiosidad en todos los semblantes.

Anselmo levantó la tapa.

En el fondo había un papel, cuyos amarillentos dobleces daban cierta antigüedad.

—Leed su contenido —dijo el peregrino.

Anselmo, lleno de estupor, leyó lo siguiente:

Al que madruga Dios le ayuda.

El ojo del amo engorda al caballo.

A Dios rogando y con el mazo dando.

A la lectura de estos refranes siguió un momento de silencio que interrumpió el peregrino diciendo:

—Hace dos años pasé aquí una noche disfrutando de vuestra hospitalidad: me hicisteis una pintura exacta de vuestras miserias: a la mañana siguiente adiviné la causa. Vi que madrugabais poco, que teníais descuidada vuestra hacienda, que no velabais lo suficiente la conducta de vuestros criados: en fin, que los males que os afligían dimanaban más bien de vos que de vuestro infausto destino, y como desde luego me parecisteis un hombre honrado, me propuse poneros en estado de que vos mismo remediaseis vuestros males.

»Vamos a los consejos que os di.

»Hice que os levantarais antes del alba, como todo buen labrador; que os lavaseis inmediatamente con el agua pura de los manantiales, porque esta ablución matutina refresca las ideas y le predispone al hombre al trabajo.

»El refrán os lo demuestra: Al que madruga Dios le ayuda.

»Después os mandé dirigir vuestras plegarias a la Virgen en la soledad del campo, que es desde donde se eleva mejor la oración, sin que nadie os viese para que no fuerais interrumpido y para que no creyeran que hacíais alarde de rezar, y al mismo tiempo os encargué que desde allí fuerais a vuestros campos, porque no basta rezar solamente: bien es que el hombre pida su ayuda al cielo, pero ayudándose él mismo al propio tiempo.

»Ya sabéis: A Dios rogando y con el mazo dando.

»Vuestros criados, al ver que vos os levantabais tan temprano, no tenían más remedio que levantarse también, y trabajar bajo vuestra inspección: antes los teníais descuidados; hoy los veis trabajadores; antes hacían las tareas del campo de cualquier modo; vuestra presencia les hace poner cuidado en sus operaciones, y de este modo el trabajo regularizado es más productivo; y de aquí El ojo del amo engorda al caballo.

»Recordad que tres veces al día debíais recoger una piedra y depositarla en vuestra casa.

»Con esto solo traté de imponeros una obligación que debía acostumbraros a llenar otras más sagradas que adquirieseis en el curso de vuestra vida. El hombre que cumple consigo mismo un deber insignificante, venciendo para ello su pereza, cumplirá mucho mejor otro más formal, sin violentarse para ello, sin encontrarlo penoso.

»Supongo que en el pienso de vuestras caballerías no habréis encontrado aquellas piedras azules que yo os mandé buscar; pero, en cambio, al examinar la paja y la cebada con este objeto, apartaríais esas yerbas malas, esos chinarros que en el estómago de una res cualquiera o de un caballo, producen enfermedades que tarde o temprano les acarrean la muerte, y esta es una pérdida muy grande para un labrador. El resultado ya lo habéis visto; lejos de morirse vuestras caballerías, están sanas y limpias, y harán en el campo doble trabajo que antes.

»En resumen, he querido que vos mismo remediaseis vuestras miserias por medio de una línea de conducta que debían adoptar todos los labradores.

Las palabras del peregrino causaron una profunda sensación en el auditorio.

Anselmo lloraba enternecido al ver y convencerse de que muchas veces acusamos a la suerte de faltas que reconocen su origen en nosotros mismos.

Su ejemplo lo patentizaba.

Y veía también que al realizar los consejos del peregrino había labrado su suerte; porque aun aquella noche en que tuvo su encuentro con Bartolomé y le entregó el dinero, no podía haber salido de su compromiso a no haber madrugado tanto, puesto que el joven no pensaba haberse detenido en la aldea.

Pasada la emoción del momento, y después que Anselmo y Catalina regaron con lágrimas de agradecimiento las manos de su generoso y providencial protector, se colocaron todos en la mesa y empezaron a servir la cena.

No bien había pronunciado el peregrino las palabras del benedicite, cuando se sintió un golpe dado por una mano tímida en la puerta de la estancia.

—Adelante —dijo Anselmo.

Apareció un hombre con el traje destrozado y sucio, sin zapatos y sin sombrero; un hombre de rostro pálido y demacrado, echándose de ver en él la horrible huella del hambre: aquel infeliz tenía que apoyarse en el dintel de la puerta para no caer.

Con voz débil y apenas perceptible, dijo:

—Anselmo, una limosna por amor de Dios, para un hombre de quien has recibido mucho daño.

Aquel hombre era el tío Santos, el usurero, el socio de Pepe Pajuela.

Entregado por completo a la usura, había descuidado su casa de labranza; más tarde, y por consejo de su socio, vendió todas sus tierras.

Cuando recogió el dinero de aquella operación y lo tuvo en su casa para dedicarlo a su infame tráfico, Pepe Pajuela, en quien Santos había depositado su confianza, huyó del pueblo, robándole todos sus intereses.

Santos se vio de repente sumido en la más espantosa miseria; era ya viejo para trabajar y hacerse otra fortuna.

Su mujer murió al poco tiempo herida por tan rudo golpe, y Santos no tuvo más recurso que la mendicidad.

Y es que el hombre que no procede bien en este mundo tarde o temprano encuentra su castigo.

Santos había robado por medio de la usura, y fue robado a su vez.

Todos se levantaron al verle, y Anselmo le hizo sentar en el lado principal de la mesa, al lado del peregrino.

La cena siguió alegremente, porque el mejor condimento de todo manjar es la satisfacción que experimenta el hombre cuando cumple sus deberes.

Ahora bien; si pasáis alguna vez por Torrebarrio, os contarán esta historia y os enseñarán la casa habitada por Anselmo y el prado de los Enebros.

¡Dichosos seríamos si cada vez que por incuria o pereza nos separamos de la verdadera senda de la virtud, viniese un peregrino a entregarnos una cajita de cedro, verdadero talismán que debe acompañar siempre al hombre honrado y trabajador.