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El hijo del verdugo

Novela original
por
Pedro Escamilla

Nota previa

Se reproduce a continuación el folletín El hijo del verdugo, de Pedro Escamilla.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos entre las semanas 18 y 26 de 1876 (época I, año V, núms. 18-26).

Su publicación en formato HTML abarca los días 7 al 15 de marzo de 2014.

El texto se ha podido actualizar ortográfica y gramaticalmente, de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Pedro Escamilla falleció en 1907). Por otra parte, la edición aquí presentada se distribuye gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto. Esperamos, además, su participación en el comentario del folletín en las redes sociales, empleando el hashtag #hijoverdugo.

Introducción

En una de las primeras tardes del mes de mayo de 1812, creo que la correspondiente al día 4, poco antes de la hora del crepúsculo, llegaban al cementerio general de la puerta de Toledo cuatro niñas de corta edad conduciendo, según la costumbre que rige hoy, un pequeño ataúd, cuya tapa levantada permitía ver el cadáver de un niño de dos años, engalanado con un vestidito blanco y cubierto de flores desde los pies a la cabeza.

Detrás caminaban tres hombres a pie, quienes por sus trajes parecían menestrales acomodados.

Los que paseaban a la sazón por aquel sitio se detenían para dejar paso al fúnebre cortejo, descubriendo sus cabezas con religioso respeto.

Uno de ellos, hombre de unos cuarenta años, de fisonomía simpática y bonachona, fijó sobre el cadáver del niño una mirada dolorosa y resignada, exclamando a media voz:

—¡Terrible debe ser tener hijos para perderlos!… pero a lo menos el padre de esa criatura habrá gozado con ella algunas horas de placer.

Terminó este monólogo volviendo la espalda al ataúd, y dirigiéndose hacia la villa.

Pero de repente, y como si hubiera cambiado de pensamiento, volvió sobre sus pasos, siguiendo a corta distancia el fúnebre cortejo.

Así llegaron todos al cementerio.

El capellán del mismo se hizo cargo del cuerpo, en presencia del cual rezó algunas oraciones que los circunstantes oyeron con religioso silencio, mientras el enterrador acababa de abrir la fosa qua había de ocupar el ataúd.

La ceremonia terminó en seguida, cerrando la caja, de cuya llave se hizo cargo uno de los que formaban la escasa comitiva, colocando aquella en la sepultura, que fue prontamente cubierta con una capa de tierra.

En seguida abandonaron todos el cementerio: las chicas iban cantando alegremente, y los hombres conversaban; el capellán volvió hacia su habitación, y el enterrador se disponía a alejarse también de aquel sitio, cuando echó de ver que alguno se le aproximaba.

Era el caballero que había ido siguiendo el féretro desde el puente de Toledo.

Al verle, echó mano a la gorra que cubría su cabeza.

—¡Buenas tardes, don Antonio! —le dijo—. ¿Viene usted como siempre acompañando a los niños que mueren?

—Sí… y mi deseo se renueva a cada momento… ¡el cielo no ha querido concedérmelos!… ¡Hubiera sido tan feliz con uno!

—¿Para qué, si luego se mueren a lo mejor?

—No todos los padres experimentan tan tristes pérdidas…

A todo esto los últimos resplandores del crepúsculo se apagan ya en el horizonte, y la noche se venía a más andar, acompañada de cierto vientecillo fresco, que era una de las protestas contra la reputación usurpada del mes de mayo, tan paladinamente concedida y ensalzada por los poetas de todos los tiempos.

Don Antonio levantó el cuello de su capa, pues era hombre que profesaba gran veneración a los refranes antiguos, y sabía que hasta el cuarenta de mayo no debe uno quitarse el sayo.

Se disponía ya a separarse del enterrador, cuando uno y otro se miraron sorprendidos al oír un débil quejido que provenía sin duda de la fosa que el segundo acababa de cubrir con tierra.

Sin decirse una palabra, prestaron atención aproximándose a la sepultura.

No era posible dudar; otro gemido más fuerte que el primero llegó claro y perceptible a sus oídos: era un gemido de angustia.

—¡Ese niño no está muerto! —exclamó don Antonio con voz trémula y conmovida.

—Lo mismo me parece.

—¿No oyes?… ¡se está ahogando el infeliz!…

—Voy a avisar al señor cura…

—¡Desventurado! ¡Eso es condenarle a una muerte espantosa!… El niño no podrá resistir ahí dentro el espacio de tiempo que necesitas para ir y volver.

—¿Y qué quiere usted que haga? Abrir una fosa es negocio muy delicado.

—Bien, que lo sea; yo tomo sobre mí esa responsabilidad.

Entonces don Antonio, con un esfuerzo generoso, asió la pala que el enterrador llevaba aún en la mano, y empezó a levantar la tierra que cubría la sepultura, mientras que el niño seguía lanzando desgarradores y sofocados gritos.

El enterrador presenciaba aquella operación cruzado de brazos, indicando de tal modo que rechazaba toda la responsabilidad que pudiera haberle cabido en aquel caso.

Los gemidos del niño centuplicaban las fuerzas de don Antonio. Por fortuna la capa de tierra tenía muy poco espesor, y como estaba recién movida, hacía más fácil la operación.

Bien pronto quedó descubierto el ataúd, cuya tapa era movida por los débiles esfuerzos del mismo paciente.

Don Antonio hizo saltar la cerradura con la misma pala.

Ya era tiempo.

A la escasa luz del día apareció el semblante del niño, amoratado por la falta de aire, mientras que la sofocación hacía crispar sus deditos rosados.

Su pecho se levantó prontamente al aspirar con fuerza el aire vivificador.

—¡De buena ha escapado el rapaz! —decía el enterrador mientras que don Antonio le sacó del ataúd y le estrechaba entre sus brazos, abrigándole con el embozo de la capa.

El niño, sensible al beneficio que acababa de recibir, ya no lloraba; dirigía sus espantadizas miradas al rostro de don Antonio, y en sus labios se pintó una dulce sonrisa como en señal de agradecimiento.

—¿Supongo que ahora no se opondrá usted a que dé parte al señor cura de lo que acaba de suceder? —preguntó el enterrador marchando al lado de don Antonio hacia la parte habitada del cementerio.

—Es necesario practicar esa diligencia.

—¡Suerte ha tenido ese rapazuelo en que usted asistiera a su entierro!… Sin esa circunstancia yo no me hubiera detenido a charlar junto a su sepultura, ni hubiera oído por consecuencia sus lamentos.

—Tienes razón… a mí me debe la vida… porque tú te negabas a hacer lo que yo he practicado.

—¡Milagrito será que no tenga usted que sentir por ello!

Don Antonio no contestó y siguió caminando hacia el ángulo de la izquierda: solo que su paso iba siendo más lento, lo cual hacía que el enterrador le llevase algunos pasos de ventaja.

De repente se detuvo, haciendo seña a este para que se aproximara.

—Blas —le dijo—, ¿quieres hacerme un favor inmenso?

—Usted dirá, señor don Antonio.

—Vamos a tu casa.

—¿Pero no subimos antes a…?

—Vamos a tu casa y allí hablaremos.

Blas se encogió de hombros y cambió de dirección, tomando hacia la derecha.

Junto a la puerta de entrada estaban sus habitaciones.

En una de ellas le esperaba su mujer preparándole la cena.

Al verle entrar acompañado, se retiró por cortesía, aunque permaneciendo en la estancia contigua para enterarse de todo.

Don Antonio cerró la puerta, y aproximándose cuanto pudo a su asombrado interlocutor, para no tener necesidad de levantar la voz, le habló de esta manera:

—Blas, ya sabes que yo soy una persona honrada, incapaz de comprometer a nadie en este mundo. Sabes también que el deseo constante y permanente desde que me casé, ha sido el de tener un hijo, que el cielo no ha querido concederme por más ardientes que han sido las súplicas que le hemos dirigido mi mujer y yo; el lance que ha ocurrido hace poco es providencial: yo he salvado la vida a este niño cuya muerte es un hecho en el mundo para su padre; hecho confirmado por el doble testimonio de un médico y de un sacerdote: este niño no existe civilmente; pero yo le he resucitado, le he devuelto la vida, ha nacido por mí y para mí; en el día no hay quien tenga derecho a él más que yo. Por consecuencia, debo aprovecharme de esta circunstancia, quedándome con este niño, que sin mi oportuno auxilio estaría ya muerto: debo considerarle como mío; nadie más que tú será depositario de mi secreto, y tú te callarás; ya sabes que tengo una posición desahogada para hacerme cargo de esta nueva obligación y pagar tu silencio.

—¡Pero, señor!… —exclamó Blas trémulo al oír el plan de don Antonio.

—Tú, ¿qué arriesgas en ello? No hay más que volver a rellenar una sepultura: ¿quién vendrá mañana a descubrir nuestro secreto? No me hagas objeción alguna: si accedes a lo que te propongo, puedes contar desde hoy con una renta de dos pesetas diarias…

Blas quiso resistir aún, pero por mera fórmula; este argumento y otro más tangible que empleó don Antonio, consistente en algunas monedas de oro que pasaron de su bolsillo al de aquel, acabaron de decidirle, y el negocio quedó concluido a satisfacción de ambas partes.

Don Antonio, que no había soltado al niño, le envolvió cuidadosamente en un pañuelo de abrigo proporcionado por Blas, y se dirigió presuroso hacia la puerta del cementerio, pensando en la alegre nueva que llevaba a su esposa, cuando fue detenido por el enterrador.

—¿Qué pasa? —le preguntó con extrañeza creyendo que aquel se arrepentía de haber accedido a sus deseos.

—Ocurre, señor, que yo también soy honrado, y que… me queda el escozor de que usted cuando se entere de quién es ese niño puede que cambie de idea y no quiera ya encargarse de él…

—¿Qué es lo que dices?

—Ese niño es… es el hijo del verdugo.

Don Antonio se estremeció sin querer, sintiendo que se aflojaban sus brazos, con los que sustentaba a la pobre criatura.

Esta, como si adivinase que su suerte iba a cambiar de un modo desventajoso, lanzó un débil gemido, y se estrechó más y más contra el pecho de don Antonio.

—¡Bah! —exclamó el caritativo caballero venciendo su preocupación—; el verdugo no tiene nada que ver con él… este niño es hijo mío.

Y salió apresuradamente del cementerio, perdiéndose entre las sombras del camino.

Capítulo I Quien espera desespera

I

Estamos en 1832.

Las campanas de todas las iglesias de la capital sonaban lenta y solemnemente el Ángelus en una tarde del mes de junio.

Algunos de los que transitaban por las calles y paseos se detenían, descubrían sus cabezas y rezaban entre dientes una oración.

Entonces quedaba aún algo de fe entre los españoles, y no chocaban a nadie tales demostraciones; hoy, que estamos algo más ilustrados, nos reímos de tales niñerías, aun cuando van siendo muy raras.

II

A aquella misma hora bajaba una linda muchacha por la calle Imperial con dirección a la de Toledo.

Aparentaba unos dieciocho años: su tez fresca y trigueña estaba algo descolorida, lo mismo que sus labios, y en sus ojos negros y rasgados había un fuego sombrío que se filtraba por entre sus largas pestañas lo mismo que los rayos del sol a través de las copas de los árboles. Su boca estaba contraída por una amarga sonrisa. En suma, cualquiera al verla adivinaba que no era feliz aquella muchacha.

Su vestido de percal y su pañuelo de seda por la cabeza le daban por una muchacha del pueblo, advirtiéndose en su traje, además de la limpieza, cierta holgura y coquetería, indicio seguro de que no estaba en la indigencia ni mucho menos.

Una de las cosas que más resaltaba en aquella muchacha, además de su agraciado semblante y de su talle, era un diminuto pie, encerrado en uno de aquellos zapatitos de tabinete con galgas, que hubiera causado la desesperación de una ciudadana de Pekín.

La bota francesa ha venido a privarnos de uno de los encantos que hoy cubren las mujeres cuando creen exhibirlo. Los zapatos con galgas, prenda enteramente española, han pasado a la tradición: hoy no se ven ni aun durante el Carnaval, época en que tantas cosas antiguas salen a la calle.

La joven en cuestión llegó a la iglesia de San Isidro cuando empezaba el rosario, que rezaba un sacerdote en una de las capillas del templo.

Hincose de rodillas y se recostó en uno de los confesionarios más próximos a la puerta de entrada.

La oración no debía llevarle al templo, porque su ademán no indicaba un gran recogimiento.

Cada vez que la puerta se abría o cerraba, indicando la entrada de alguna persona, volvía la cabeza con afán, lanzando un profundo suspiro al advertir después que le engañaba su deseo.

De pronto se le veía incorporarse, fijar su vista en alguno de los altares, y mover sus labios. Pero la oración no es permanente cuando está preocupado el espíritu. Un ruido insignificante le distraía, anulando por completo su plegaria.

III

Ya había concluido el rosario, y la gente abandonaba el templo, quedando en él muy pocas personas.

Las luces de las imágenes se habían apagado, y solo brillaban de una manera opaca las de las lámparas destinadas a lucir toda la noche, por más que algunas no cumplieran bien su cometido.

Por la nave principal bajaba un monacillo agitando en la mano un manojo de llaves y pronunciando en alta voz esta frase sacramental:

—¡Que se va a cerrar!

Al oír estas palabras la joven, se levantó suspirando fuertemente y enjugando una lágrima que resbalaba ardiente por su morena mejilla.

(Continuación.)

Detúvose en uno de los escalones del pórtico y, mirando en todas direcciones, exclamó en voz baja:

—¡Hoy lo mismo que ayer!… ¡Como hace ya ocho días!… ¡como mañana!… y sin embargo, no está enfermo: he preguntado en su casa… ¡es que ya no me ama!… ¡que me ha olvidado el ingrato después de hacerme desgraciada!… ¡decía que me amaba tanto!… ¡quisiera tener fuerza bastante para maldecirle!… pero no, no… le amo, y no me arrepiento de ello… ¿habrá sabido tal vez quién soy yo?… ¡qué importa!… si él me quisiera de veras, esto le sería indiferente… yo le idolatraría siempre, aun sabiendo que era un criminal… ¡qué hacer, Dios mío!… mi padre me interroga y yo le engaño… es preciso acabar de una vez…

Este monólogo se interrumpió de una manera brusca.

La joven no pudo terminar por completo la última frase.

A la sazón pasaba por delante de ella un apuesto mancebo acompañando a una señora, cuyo fuste indicaba que pertenecía a la clase elevada; detrás iba un criado con una sombrilla y un envoltorio de papel.

Cuando esta pareja pasó por delante de la joven, el mancebo decía:

—¿Pero es posible que dude usted de mi cariño?

La muchacha que esperaba en el pórtico de la iglesia lanzó un gemido, en el cual iba envuelto este nombre:

—¡Federico!

Los dos enamorados desaparecieron a lo lejos.

IV

En cuanto a la muchacha, quiso seguirlos no sé con qué idea.

Al efecto descendió los escalones que la separaban de la calle; pero al poner el pie sobre las losas de piedra, cayó al suelo como herida de un rayo; en su boca aparecieron algunas gotas de sangre negra.

La gente empezó a reunirse en torno de ella, y como sucede en tales casos, todo era exclamaciones y conjeturas, sin que nadie le prestase los socorros que necesitaba; antes por el contrario, apiñándose con afán para verla más de cerca, impedían la libre circulación del aire que tanto necesitaba.

Se oían exclamaciones y voces en todos los tonos que encierra el diapasón de la voz humana: todos creían conocer la enfermedad, pero ninguno propinaba el remedio.

Esto es muy frecuente en los sitios de alguna concurrencia, y los corazones más generosos y caritativos dejan morir a un cristiano en medio de la calle por sostener una polémica sobre la dolencia que le aqueja, parodiando una fábula harto conocida.

De pronto, un hombre casi anciano, haciendo uso de sus vigorosos puños, se abrió paso hasta la muchacha, cuyo cuerpo inerte descansaba sobre el duro suelo.

—¡Apartaos con mil diablos, que vais a asfixiarla! —exclamó lanzando antes una vigorosa interjección—. A ver quién me ayuda a trasladarla a mi casa… yo vivo ahí enfrente… esto, al parecer, es un ataque de… de no sé qué; pero es un ataque, y no puede permanecer aquí… Vamos, ¿no hay nadie que me ayude a conducirla?

Prestáronse gustosos dos individuos de los que componían parte del grupo, y la joven, que no daba señales de vida, fue trasladada a una de las casas de enfrente de San Isidro, donde habitaba el anciano, mientras que la criada salía en busca de un médico, que no tardó en acudir, el cual, primero en latín, y luego en castellano, explicó la gravedad del accidente, añadiendo que la joven estaba muy expuesta a una desgracia, si la trasladaban de aquel sitio.

—¡Cuerpo de tal! ¿Quién habla de trasladarla?, no hay tal cosa… de aquí no se mueve hasta que no recobre su salud.

Y el anciano y su esposa iban de un lado para otro, haciendo lo posible por apartar de la enferma todo aquello que pudiera agravar su estado, mientras el médico prometía volver al día siguiente.

V

Por si el lector no lo ha adivinado, le diré que el anciano en cuestión era el mismo a quien en la introducción de esta obra vimos salvar a un niño en el cementerio de la puerta de Toledo, veinte años antes.

Capítulo II Aventuras de una noche

I

Don Antonio Solís, y su esposa doña María del Pilar, se habían dedicado con ahínco a la educación de aquel niño, que de una manera tan providencial entrara en su casa a formar parte de la familia.

Acaso por la misma razón de que no era suyo, de que podían considerar a aquel muchacho como un hijo fraudulento, le querían más.

A medida que iba creciendo el cariño de ambos esposos hacia el pequeño Federico, crecían también sus sinsabores.

Don Antonio y su esposa recelaban que el guarda del cementerio se cansara por cualquier motivo de ser fiel a su promesa y revelase el secreto al verdadero padre de Federico, en cuyo caso este reclamaría a su hijo, con tanto más motivo cuanto que le había llorado muerto.

¿Y cómo aquel honrado matrimonio iba a separarse de lo que ya constituía una prenda de su corazón?

Así es que don Antonio tuvo una verdadera alegría (Dios se lo perdone) un día en que fue a pagar la renta convenida al enterrador, y se lo vio de cuerpo presente.

La muerte de aquel hombre aseguraba su dicha, porque los muertos no hablan, y a su juicio la mujer de Blas, aunque vivía, estaba ignorante de todo.

Rodeado de tanto cariño y de tan paternales atenciones, Federico fue creciendo y desarollándose en brazos de una tolerancia punible cuando se trataba de un hombre que viene al mundo para ser algo de provecho.

Don Antonio creía que era harto severo con aquel adolescente, cuando para castigar alguna falta le privaba de cualquiera de sus caprichos; pero allí estaba Marta la piadosa, o lo que es lo mismo, María del Pilar, para templar los rigores de su esposo, respecto al muchacho.

En una palabra, el amor exagerado de aquel matrimonio fue causa de que el joven Federico recibiese una educación fatal.

A los dieciocho años sólo sabía galantear a las muchachas; a los veinte era ya un seductor completo. No había cursado ninguna universidad, ninguna academia; en cambio era un jugador de billar de primera fuerza, y hacía concurso a los ingleses en el consumo del tabaco y del ron.

Le vestía el sastre más afamado, y su dinero era el primero que salía en cualquier reunión, pues tenía instintos de hijo pródigo, y gastaba como un Nabbab de la India.

Don Antonio solía tener a veces momentos lúcidos, en los que no le cegaba su excesivo cariño, y quería poner coto a tales demasías.

—¿Para qué? —le argüía su buena esposa—; ¿qué hemos de hacer con nuestra fortuna cuando salgamos de este mundo? ¿No es mejor que él viva alegremente?

II

Don Antonio le vio un día en la calle acompañando a una muchacha.

Aquel encuentro despertó en su mente una idea que comenzó a molestarle desde aquel día, y que no volvió a apartarse de su imaginación.

Pensó en que Federico acabaría por casarse el día menos pensado y que él se vería en la imprescindible necesidad de confesar, tanto a él como a su nueva familia, el secreto de su nacimiento.

Y dadas las preocupaciones de la época, ¿qué mujer ni qué padre querría casar a su hija con el hijo del verdugo?

El mismo Federico convertiría en odio el amor que profesaba al que creía su padre.

¿No era harto cruel haberle educado casi como un heredero de la corona, para decirle luego: «Estás usurpando un puesto que no te corresponde; a pesar de tu exagerado orgullo, tienes que avergonzarte de tu nacimiento»?

Porque dada la probidad de don Antonio, no podía obrar más que de este modo cuando llegase la ocasión, ni debía consentir que se introdujese en una familia aquel ser falsificado.

Esta idea era su eterna pesadilla.

Y lo peor del caso era que no había más que un camino que seguir; confesar la verdad, lo cual le hacía arrepentirse en cierto modo de haber ido al cementerio general de la puerta de Toledo en la tarde del 4 de mayo de 1812.

III

En la noche a que me refiero en el capítulo anterior, Federico, que solía retirarse a su casa ya bien entrado el día, lo hizo a primera hora.

Acaso necesitaba descansar de las fatigas de orgías tan prolongadas.

En un momento, don Antonio y su esposa le impusieron de lo que pasaba, recomendándole que hiciese el menor ruido posible, pues que la pobre enferma reposaba en una habitación cercana a la del joven.

—El accidente pasó ya —decía don Antonio—, pero se ha declarado una violenta calentura, y esto es muy mal síntoma, según ha afirmado el médico. Por cierto que en medio del delirio que enajena su razón, pronuncia con frecuencia el nombre de Federico, al que dirige a la vez dicterios y frases amorosas. Esas pobres muchachas entregan su cariño a cualquier belitre que lo que menos piensa es en ellas… y a todo esto, como que no es posible interrogarla, ignoro dónde vive su familia, a quién convendría avisar, porque la ausencia de esa chica les tendrá con cuidado.

Federico no escuchaba ya estas últimas palabras.

Las que había pronunciado su padre anteriormente despertaron su curiosidad.

En aquel momento se acordó de que una muchacha a quien ya había olvidado le esperaba todas las noches en la iglesia de San Isidro, y como el lance había tenido lugar en el mismo pórtico de la iglesia, no dudaba que la víctima fuese aquella misma joven de cuyo candor había abusado.

Federico necesitaba verla, satisfaciendo su curiosidad.

Cuando todos se entregaron al reposo en su casa, salió de su aposento, dirigiéndose al que ocupaba la enferma, que como ya sabéis estaba próximo.

Federico empujó la puerta suavemente.

Sabía que en aquella estancia sólo había quedado la doméstica, por si a la joven le ocurría alguna cosa de repente; pero esto no era ningún obstáculo, toda vez que Federico tenía algo en el bolsillo con que comprar su silencio.

La puerta cedió a su leve impulso; Federico entró en el aposento, débilmente iluminado por un quinqué, cuya luz amortiguaba una pantalla verde.

En el fondo, a la izquierda, en un lecho de cedro con colgaduras, descansaba la joven, más tranquila a la sazón.

Esta tranquilidad autorizaba el sueño de la criada, que dormía profundamente echada de bruces sobre una mesa.

El sueño ha sido siempre un mal enfermero.

Federico fue avanzando de puntillas hasta colocarse a una distancia conveniente desde donde pudiera satisfacer su curiosidad.

Corría el riesgo de ser descubierto si la enferma no dormía; pero en este caso su presencia tenía una fácil explicación: como individuo de la casa iba a enterarse del estado de la paciente.

Fijó, pues, sus miradas sobre la pálida cabeza que se destacaba sobre la almohada, y no fue dueño de contener un movimiento de sorpresa.

Su duda estaba disipada.

—¡Es ella! —exclamó—, ¡es Dolores!… ¡oh!, ¡qué extraña casualidad…!

La emoción le dejó inmóvil, y a juzgar por la expresión de su semblante, podía afirmarse que había ya olvidado a la joven, mas no que había dejado de amarla.

Esto suele suceder con frecuencia y no es ningún fenómeno.

El corazón guarda sus afectos lo mismo que un estuche la joya que se le confía.

Cuando llega la ocasión los afectos se despiertan, y las joyas vuelven a relucir.

IV

Dolores, a quien la ardiente calentura sujetaba en el lecho, dando alguna tregua a su abatido espíritu, estaba en ese momento crítico en el que la mano del sueño que nos persigue ha logrado posarse sobre nuestros párpados, sin entornarlos del todo; momento especial en que ni se duerme ni se vela, en el que la última idea que ocupaba nuestra mente empieza a confundir sus formas, y en el que ningún esfuerzo haría uno para afirmar que cuatro y dos son diecinueve.

Su negro cabello, suelto en derredor, hacía resaltar la palidez de su ovalado rostro; sus labios se entreabrían a impulso de una sonrisa que empezaba a aparecer en ellos, como los primeros rayos del sol en una alborada de junio; sus pestañas, entornadas sobre la parte superior de la mejilla, parecían una red de seda tendida sobre un campo de doradas espigas; un sentimiento de pudor le obliga a subir las ropas del lecho con su mano izquierda, pero el desasosiego natural de su estado contrarrestaba los efectos de esta precaución, pues que su desnudo cuello y el principio de su seno estaban totalmente descubiertos.

¡Nunca la había visto Federico tan hermosa!

¡Y pensar —decía interiormente—, que yo me he olvidado de esta muchacha, a quien hace ocho días atormento sin duda con mi ausencia…!, ¿y todo por qué?… por una rubia que no vale ni aun la tercera parte… el hombre es más estúpido que el último de los animales.

V

Esta consideración semifilosófica y algo tardía fue interrumpida de repente por un fuerte campanillazo dado en la puerta de la escalera.

Los efectos fueron inmediatos.

Dolores lanzó un grito de asombro al ver tan cerca de sí a su ex amante; la criada, despertándose sorprendida, hizo al levantarse una evolución tan repentina y violenta que derribó el quinqué, y Federico empezó a buscar a tientas la puerta del aposento, mientras que a lo lejos se oían las voces de don Antonio y de su esposa, que llamaban a la muchacha para que viese quién interrumpía su sueño y su tranquilidad a tales horas.

Porque el reloj acababa de marcar la medianoche.

(Continuación.)

Capítulo III Continuación del anterior. — De cómo don Antonio comenzó a arrepentirse de una buena acción

I

El que llegaba a una hora tan avanzada y poco a propósito para visitas era un hombre de unos cuarenta y cinco a cincuenta años, con un traje completamente negro, de rostro enjuto y rasurado, cuyo vigoroso cuello, sin corbata, salía del de una camisa blanca y bien planchada.

En aquel hombre de aspecto irreprochablemente fúnebre había algo del enterrador que eleva su oficio por encima de todas las jerarquías sociales; la misma cortedad de sus movimientos, que no eran torpes ni pesados, realzaba en él aquel aire extraño o indefinible, acompañado de una mirada hosca.

Si los asesinos tuvieran a su servicio un sepulturero especial, hubieran buscado a aquel hombre.

Podía decirse que él era el enterrador del crimen, representando su papel con la dignidad de Bruto, que cumple el triste deber de asesinar a César para salvar la república.

Se echaba de ver en su actitud que en cualquier parte donde estuviese se consideraba fuera de su puesto, y que deseaba ausentarse de allí donde acababa de entrar, más por temor de que le despidieran, que por cualquier otra cosa.

II

Cuando fue interrogado por la criada desde el ventanillo de la puerta, manifestó que era el padre de la muchacha enferma, y que solicitaba hablar a don Antonio.

Su pretensión era justa, y no se le podía tachar de importuno.

El anciano, que estaba en calzoncillos a la puerta de la alcoba, se apresuró a vestirse, sintiendo en su interior la satisfacción de anunciar al recién llegado que, gracias a él, su hija no estaba aún luchando con un accidente repentino en medio de la calle.

No tardó ni cinco minutos en presentarse en el gabinete, donde el hombre negro le esperaba.

Debo consignar, porque es lo cierto, que su presencia le causó una impresión desagradable.

No obstante, nada había reprochable en la conducta de su interlocutor. Antiguo hombre del pueblo, le saludó con finura y hasta con cierto desembarazo.

Don Antonio le obligó a tomar asiento.

—Dispense usted, caballero —dijo aquel—, que a una hora tan intempestiva haya venido a turbar su sueño; pero mi propia tranquilidad… ya sabe usted que los padres somos algo egoístas.

—Ha hecho usted perfectamente, y encuentro muy natural su conducta —contestó don Antonio.

—Hasta hace un momento no he sabido que mi pobre Dolores se encontraba en esta casa. Salió esta tarde de la mía, como acostumbra a hacerlo; la esperé en vano desde la hora en que debía haber regresado: el tiempo pasaba y mi hija no volvía… su pobre madre estaba hecha un mar de lágrimas; yo recorrí entonces los sitios en que calculaba que pudiera estar, recelando una desgracia… ¡oh!… tengo mis motivos… por último, pasando hace poco por esta calle, oí hablar casualmente a dos mujeres del accidente de que mi hija ha sido víctima; pedí señas, me informé, y por los datos que me dieron adiviné la verdad: esta es la causa de mi venida… no he tenido valor para esperar hasta mañana.

—Hubiera usted hecho muy mal, y yo hubiera tenido un sentimiento por ello. Sepa usted que a su hija se le ha atendido cuanto ha sido posible, y aunque ahora creo que está más tranquila, no debo ocultarle a usted su estado; el médico dice que es algo grave.

—¡Oh!… ya me lo figuro…

—Pase usted por aquí y la verá.

Esto diciendo, don Antonio condujo a aquel hombre al aposento ocupado por su hija, donde le esperaba levantada también María del Pilar, prodigando sus cuidados a la enferma.

Dolores había vuelto a ser acometida por la fiebre.

La aparición de su amante entre los últimos destellos de la luz del quinqué, apagándose al caer al suelo, había exaltado su imaginación, poblándola otra vez de los nebulosos fantasmas de la calentura expresados por el delirio.

Así es que, aunque se fijó en su padre, no le reconoció.

Este se acercó al lecho y la estrechó cariñosamente entre sus brazos. Dolores correspondía a aquellos halagos tomándole por Federico, cuyo nombre no desaparecía de sus labios.

Todos los personajes que ocupaban la estancia la miraban con un compasivo afán: ninguno intentaba torcer o dar otra dirección a las desordenadas ideas de Dolores.

Sus frases entrecortadas e incoherentes revelaban una dolorosa historia de amor: el delirio pintaba con mano maestra los extravíos de la pasión; las angustias del alma que confiada en una solemne promesa, se ve escarnecida, primero por la indiferencia, luego por el olvido.

Aquellas frases, sin hilación aparente, dejaban una huella en el oído; eran los fulgurantes relámpagos de una tempestad que estallaba en el corazón de la enferma; los desbordamientos de un alma que se abisma en el infinito.

III

Su padre cesó de abrazarla; se apartó algunos pasos del lecho, y cruzándose de brazos, la contemplaba con tristeza, mientras que una lágrima ardiente rodaba por su mejilla.

En aquel momento la parte repulsiva de su presencia se borraba hasta el extremo de hacerle simpático.

Don Antonio y María del Pilar estaban enternecidos, y no se atrevían a interrumpir con vanos consuelos el inmenso dolor de aquel triste padre.

Así transcurrieron algunos minutos, al cabo de los cuales este sacudió la cabeza como para desechar alguna idea importuna, y dijo en alta voz, aunque sin mirar a nadie, como un hombre que habla consigo mismo:

—Mi hija no puede permanecer aquí ni un instante más.

—¿Qué dice usted? —objetó don Antonio sorprendido.

—Es de absoluta necesidad que cuando recobre el juicio no se dé cuenta de lo que aquí pueda haber visto.

—¡Qué dice usted, hombre! —exclamó María del Pilar, y mientras que su marido preguntaba:

—¿Cree usted que en mi casa está mal?

—¡Dios me libre! —contestó aquel hombre como arrepentido de lo que había dicho.

Después, dirigiéndose a don Antonio, repuso:

—Para explicar mis palabras necesito hablar con usted breves momentos.

IV

Don Antonio le invitó a pasar nuevamente al gabinete.

—Caballero —dijo su interlocutor—, es extraordinario lo que ha sucedido aquí esta noche… Usted salva a mi hija, y su hijo de usted la pierde.

—¡Qué dice usted! —exclamó don Antonio interpretando en aquel momento la circunstancia del nombre de Federico.

El padre prosiguió:

—Hace algunos días, que notando la palidez y la tristeza de mi hija, me dediqué a observarla; he sorprendido dos citas con un joven de quien, tomando informes, supe que era hijo de Antonio Solís.

—¡Federico!

—Justamente: no creo que la haya seducido, porque mi hija es lo suficientemente honrada para saber conducirse bien con un amante; pero se ha burlado de ella… la ha olvidado… y mi pobre Dolores, a quien acaso había prometido otra cosa, le amaba con locura… hasta el extremo… ya lo ve usted… hasta el doloroso extremo de morir por él… porque ella sucumbirá.

Los sollozos cortaron las palabras de aquel padre infeliz.

Don Antonio aproximó su silla a la que aquel ocupaba, diciéndole:

—Vamos, serénese usted.

Al mismo tiempo hizo un ademán para estrecharle la mano; pero aquel la retiró vivamente, como lo hubiera hecho en presencia de una culebra de cascabel.

Don Antonio quedó admirado de aquella extraña acción.

Su interlocutor no le dio tiempo para formular un reproche, porque con voz tranquila, aunque bajando avergonzado un poco la cabeza, le dijo:

—No me toque usted, caballero; soy el verdugo.

V

Un rayo que estallase sobre la cabeza de don Antonio no le hubiera trastornado hasta el extremo que lo hicieron aquellas palabras.

Levantose aterrado, y retrocedió hasta el ángulo opuesto de la habitación, quedándose allí fijo, y horrorosamente pálido.

El ejecutor de la ley equivocó aquel ademán y aquel espanto, creyéndolo causado por el horror que su profesión inspiraba.

—Ya ve usted —dijo— como hice bien en prevenirle…

—¡No es eso!… ¡no es eso!… —interrumpió don Antonio, presa de la más violenta emoción.

Efectivamente, en aquel momento no le aterraba la idea de estar departiendo mano a mano con un hombre de condición tan abyecta y despreciada.

¡No a fe mía!

Es… que aquel hombre era el padre de Federico; es… que Federico estaba enamorado de su propia hermana.

Y todo ello por obra y gracia de su inmoderado deseo de tener un hijo; por su conducta poco cuerda en la tarde del 4 de mayo de 1812.

Don Antonio había obrado mal, y entonces empezaba su castigo.

VI

Pasado el primer momento de estupor, se dirigió hacia el verdugo a quien dijo con extraordinaria volubilidad:

—Tiene usted razón; esa joven no puede permanecer más tiempo en mi casa…

El verdugo bajó la cabeza, diciendo con sombrío acento:

—Un hombre de mi condición no debía casarse ni engendrar hijos!…

—Sería harto cruel que estando enferma la hiciese salir de aquí… nada de eso… pero es preciso evitar… sí… sí… ¡Federico!… ¡Federico!…

Capítulo IV La madeja se enreda

I

Estas palabras las pronunciaba don Antonio cerca de la puerta de entrada.

Cuando iba a dirigir la mano al picaporte, la puerta se abrió apareciendo su hijo en el umbral.

Sus ojos se fijaron en el padre de Dolores, quien le contempló con ira reconcentrada, recordando que era el autor de la enfermedad de su hija.

—¿Qué me quiere usted, padre mío? —preguntó Federico.

—Celebro que estés vestido y pronto para salir; ahora mismo vas a partir de casa… yo iré en tu compañía… pasaremos el resto de la noche en una fonda… en la calle… en cualquier parte; mañana por la mañana saldrás de Madrid, y dentro de breves días de España…

Y como si esta resolución le hubiera costado un poderoso esfuerzo, don Antonio se dejó caer sobre un sitial, llevándose ambas manos a la frente.

Federico se le acercó con cariñoso respeto, diciéndole:

—No se me oculta el motivo de una determinación tan repentina.

—¡Ha escuchado usted! —preguntó el ejecutor, sintiéndose enrojecer de vergüenza ante la idea de que aquel joven pudiese rechazar a Dolores por ser la hija del verdugo.

—No tengo la costumbre de espiar detrás de las puertas —dijo Federico con cierto sentimiento de dignidad ofendida—. Me basta saber que está aquí Dolores para sospechar que mi padre sabe lo que pasa, y quiere alejarme de ella por el solo motivo de que una joven del pueblo no conviene a un hombre como yo.

—¡Infeliz! —exclamó don Antonio al ver lo erróneos que eran los cálculos de su hijo.

Este prosiguió:

—La casualidad me acerca a Dolores cuando más creía separarme de ella, y esto lo digo con vergüenza. Mi conducta con esa pobre joven es indigna.

—¡Caballero! —interrumpió el verdugo dando un paso hacia Federico.

Pero este se apresuró a decir para deshacer sus sospechas:

—Tranquilícese usted, mi padre me ha enseñado a respetar el honor de las mujeres.

Don Antonio respiró con fuerza y le tendió su mano, que Federico se apresuró a besar con respeto.

—Decía, que mi conducta con esa joven ha sido indigna; mientras ella sufría por mí, yo la olvidaba: la olvidaba, entendedlo bien; esto quiere decir que no he dejado de amarla.

—¡Desventurado! —exclamó don Antonio levantando las manos y cubriéndose el rostro.

—Hace un momento que guiado por la curiosidad y queriendo cerciorarme de si era Dolores la joven que pronunciaba mi nombre en su delirio, he entrado en su estancia y la he visto… la he visto, más bella que nunca, sufriendo por mí…

—¡Oh!, ¡calla, calla!… ¡tú no debes pronunciar esas palabras!…

—¿Por qué no, padre mío?

—¡Calla, Federico!…

—¿Qué tendría de particular que quisiera casarme con ella?

II

Estas palabras, a juicio de don Antonio, ahondaban más y más el abismo a cuyo borde había colocado a aquel joven, haciéndole pasar por su hijo.

Quiso pronunciar la última frase, abrigando la esperanza de que haría efecto.

Así es que, aproximándose cuanto pudo a Federico, le gritó con voz de trueno:

—¿No sabes que esa muchacha es hija del verdugo?

Y señalaba al ejecutor de la ley, que cruzado de brazos asistía trémulo y conmovido a aquella lucha en que se jugaba el porvenir de su hija.

Federico retrocedió como si fuese a abrirse la tierra bajo sus pies; fijó en el padre de Dolores una mirada, en la que se traslucía una ira violenta por no haber escogido otro modo de vivir que librase de la infamia a su familia.

Don Antonio aprovechó aquel momento favorable, y para que prevaleciera una resolución iniciada, le gritó:

—Ese hombre es el verdugo… es su padre…

En aquel momento oyose un gemido en la habitación que ocupaba la enferma; sin duda su estado se agravaba.

El verdugo corrió hacia su hija; aquel grito destruyó el efecto que don Antonio se prometía de sus palabras, porque Federico exclamó:

—¿Qué me importa su procedencia, si yo idolatro a esa mujer?

—¿Y si yo te lo prohibiera? —preguntó su padre asiéndole de la mano de una manera violenta y enérgica.

—Le desobedecería a usted.

—¡Federico!…

—No quiero disfrazar mis sentimientos ni hacer traición a su confianza; mi resolución es irrevocable y… le desobedecería a usted.

—¿Y si se tratase de mi maldición eterna?

Y al pronunciar estas palabras don Antonio no era ya aquel anciano lleno de ternura que había criado a aquel joven en un punible y cariñoso abandono, sino el hombre que está dispuesto a sacrificar sus sentimientos al deber.

—¡Padre!… Yo la adoro… haga usted lo que quiera de mí.

(Continuación.)

III

Don Antonio le contempló en silencio; a juzgar por sus miradas, cualquiera hubiera dicho que iba a despedazarle.

Después cayó sobre la silla, murmurando:

—¡Oh, si yo pudiera hablar!…

Federico aprovechó aquella pausa para acercársele y asirle una mano.

—Usted ha inculcado en mí estas doctrinas, de que ahora me envanezco; usted me ha dicho mil veces que no hay profesión que envilezca a un hombre cuando cumple su deber… Ese verdugo puede ser y será, sin duda, tan honrado como nosotros: ¿por qué le hemos de rechazar?, ¿por qué hemos de considerarle inferior al juez, cuyas sentencias ejecuta? ¿Ha de desmerecer en nuestro concepto siendo él la consecuencia de un hecho que otro plantea? Y sobre todo, admitiendo que ese hombre se hiciese despreciable por su profesión, ¿puede alcanzar su infamia a su hija? Esto sería injusto… sería absurdo… estoy seguro de que en este momento, y por más que usted no lo confiese, se rinde usted a la evidencia de mis palabras.

—Pues bien, tienes razón, no quiero negarlo. Si existiese el derecho de la animadversión que el verdugo inspira, sus hijos y los que de ellos descienden estarían en su derecho al odiarle, y esto no lo manda Dios… Dios quiere que los hijos amen a los padres, por muy despreciables que estos sean; ese hombre, verdugo y todo, no vale ni más ni menos que tú y que yo; me complazco en reconocerlo así, y al mismo tiempo me felicito al ver que no has olvidado las doctrinas que he procurado inculcarte en tu juventud. Pero ahora no se trata de que ese hombre lleve el sambenito que la sociedad arroja sobre los de su profesión; no se trata de eso, Federico…

—Pues bien, explíquese usted, padre mío…

—Ese amor que Dolores te inspira es un imposible.

—¿Por qué causa?

—No puedo revelártela… aunque debiera hacerlo.

—Explíquese usted, padre, o de lo contrario voy a creer que esos son subterfugios con los que pretende usted disfrazar una necia preocupación.

—¡Calla, Federico!… tus palabras van a ponerme en el triste caso de hablar… de romper el misterio que nos envuelve.

—Eso es lo que yo deseo… que usted se explique…

—¿Y si me negara a hacerlo?

—De todos modos me casaré con Dolores.

IV

Entonces tuvo lugar una escena terrible, una lucha espantosa que hacía de don Antonio Solís el más infeliz de los hombres.

Toda la sangre le afluyó al rostro; los ojos se le inyectaron, y sus escasos cabellos blancos se erizaron sobre su cabeza.

Quería hablar y no podía; quería callar, y tampoco se decidía a hacerlo.

Su situación era desesperada, crítica y cruel.

Su confesión iba a desgarrar el pecho del infeliz Federico; su silencio autorizaba un crimen.

¡Terrible situación que él mismo había provocado, queriendo hacer una buena obra la tarde en que salvó la vida a Federico!

¿No hubiera sido mucho mejor abandonarle a su destino en aquel mismo ataúd en que la falta de aire hubiera concluido por asfixiarlo?

Cuando un hombre no cumple con su deber, tiene que experimentar funestas consecuencias, y su deber en aquella tarde consistía en devolver aquel hijo a su padre.

En su inmenso egoísmo se le ocurrió una idea: hablar a Dolores, confesar la verdad, y hacer que ella, guardando el secreto, rechazase el amor de su hermano.

De este modo evitaba a Federico una gran vergüenza… pero en cambio iba a destrozar el corazón de la pobre muchacha.

V

Don Antonio pidió a su hijo un breve plazo para resolver lo conveniente.

Comprendió que aquel no era el momento oportuno para hablar a Dolores, y suplicándole que saliese de su casa por aquella noche, prometió que al día siguiente pondría término a una situación tan aflictiva.

Federico, aunque presa de la emoción natural producida por los sucesos de aquella noche, accedió a los deseos de su padre, con la esperanza de que al día siguiente vencería aquella obstinación extraña, quedando disipado a sus ojos un misterio que no comprendía.

Don Antonio quedó solo en el gabinete, aferrándose más y más en la resolución que había adoptado; esto es, revelar su secreto a Dolores para que esta evitase los males consiguientes que podían surgir de aquella situación embarazosa.

Confiaba en que a la edad de su hijo no hay pasión tan verdadera que resista al olvido; el tiempo, sin duda, le curaría, por más que su infeliz hermana sucumbiese al dolor.

En tanto que él luchaba con tan encontrados afectos, María del Pilar asistía a la pobre enferma, cuyo delirio, desapareciendo por completo, le permitía saborear la dicha de estrechar a su padre entre sus brazos.

Esta dicha inefable no ha sido negada por Dios a los hijos del verdugo.

VI

La luz del nuevo día, penetrando por las ventanas del aposento, advirtió al padre de Dolores que hacía siete horas que había salido de su casa en busca de su hija, sin haber vuelto a consolar a su pobre mujer, a quien su ausencia debía tener con cuidado, puesto que al mismo tiempo ignoraba la suerte que pudiera haber cabido a aquella infeliz.

A pesar de sus deseos y de los expresados por don Antonio, comprendía harto bien que la enferma estaba imposibilitada de abandonar el lecho para salir de aquella casa, por lo cual antes de partir, dijo a don Antonio:

—Ya ve usted, caballero, que mi hija no puede moverse; a causa de la repugnancia que a usted inspiro, me abstendré de volver; pero deseo que usted no se oponga a que yo mande a otra persona que nada tenga que ver con el verdugo, para que me dé noticias de ella y calme la ansiedad de su madre y la mía.

—¿Qué está usted diciendo? Usted volverá a mi casa en seguida y no saldrá de ella hasta que su hija se restablezca, que espero sucederá pronto. Los términos en que me he expresado antes delante de mi hijo, si bien han podido herirle a usted en apariencia, estaban dictados por un sentimiento enteramente distinto del que usted supone. Y en prueba de ello, deseo, y aun exijo, que vuelva usted en seguida.

El ejecutor partió algo más consolado, por más que no comprendiese la conducta equívoca de aquel anciano singular.

Dolores estaba sola, y el momento era oportuno para destrozar su corazón con el golpe fatal que había de robarle para siempre su reposo.

Sin embargo, el anciano se detuvo aún.

Sentía alguna cosa parecida al remordimiento.

Capítulo V Llegar a tiempo

I

Retrocedamos un poco a una época algo lejana; esto es, dos años antes del comienzo de esta historia.

Era una mañana nublada y fría del mes de diciembre, acababa de amanecer.

A los vigorosos hielos de la estación había sucedido una repentina blandura que ponía todo el campo hecho un barrizal.

Una mujer, envuelta en un pañuelo negro de muletón y con la cabeza descubierta a pesar del frío, caminaba por el puente de Segovia, siendo su dirección probable el camino de Carabanchel.

Su paso era tardo y pesado, no tanto por lo difícil que se hacía andar deprisa con el barro, que le llegaba hasta cerca de los tobillos, cuanto por la profunda preocupación que ostensiblemente la embargaba, preocupación producida por algún dolor interno que se desahogaba en amargas lágrimas.

Era una mujer joven y bonita, si bien su palidez amarillenta indicaba que padecía alguna enfermedad de esas que minan silenciosamente las naturalezas más robustas.

En pos de ella, aunque a cierta distancia, caminaba un hombre; siendo a la sazón las dos únicas personas que atravesaban el puente, a causa tal vez de lo intempestivo de la hora y del frío de la madrugada.

Llevaba una gorra de hule y una capa de paño burdo, de las llamadas de Santa María de Nieva.

Al contrario de su compañera andaba todo lo más deprisa que podía.

La una iba embozada por una preocupación; el otro sin duda llevaba un encargo urgente que cumplir.

II

A la sazón llegaban a la plazoleta que forma el extremo del puente, y los dos se dirigían por el mismo camino.

Poco tardó el hombre en adelantarla.

Cuando llegó a unirse con ella, volvió la cabeza para saludarla como sucede con dos personas que se encuentran en el campo, por más que no se conozcan.

—Buenos días —le dijo.

—Buenos días —contestó ella entre sollozos.

El hombre se detuvo con la visible intención de dirigirle nuevamente la palabra, pero debió cambiar de idea, porque echó a andar otra vez, si bien acortando algo el paso, de manera que no fuese grande la distancia que los separaba.

Su compañera pareció no apercibirse de esta circunstancia.

El otro de cuando en cuando volvía la cabeza para mirarla.

De este modo marcharon durante un cuarto de hora.

El camino empezaba a estar más frecuentado por las gentes que cotidianamente acudían a tales horas a la capital con leche y hortaliza de los vecinos pueblos.

Pero nadie se fijaba en aquellos dos caminantes que habían escogido una mañana tan poco a propósito para pasear.

Cuando algún labriego u hortelano se acercaba, la mujer del mantón hacía por reprimir el llanto.

La tristeza tiene cierto pudor de que carece la alegría: hay más egoísmo en el placer que en el dolor; el que ríe lo hace alto, como si tratara de imponer su dicha a los que le ven; por el contrario, el que padece busca la soledad, y cuando no le es posible enjuga sus lágrimas.

Es extraño que habiendo venido el hombre a este mundo para sufrir, trate de ocultar su llanto, como se oculta una falta vergonzosa.

III

Al cabo de algún tiempo, y en una de las veces que el hombre de la capa volvía la cabeza, vio que su compañera había dejado el camino, tomando una senda que se desarrollaba a su izquierda.

Un ribazo interpuesto entre ambos se la ocultó bien pronto.

Entonces volvió sobre sus pasos, y torció también hacia la derecha, que correspondía a la izquierda de la mujer; pues ya caminaban en dirección opuesta.

Al llegar a la loma del ribazo, la descubrió de nuevo a muy corta distancia.

La mujer, en la inteligencia sin duda de que nadie la espiaba, seguía descuidadamente su camino.

Aquella estrecha senda terminaba en un tejar, cuya casa estaba cerrada a la sazón, bien por abandonada, bien porque siendo día festivo, y no trabajando nadie, sus dueños no querían darse aquel madrugón.

Más allá de la casa, junto a una noria, había un grupo de árboles, entonces sin hojas, cuyo destino parecía ser el de proteger a la caballería que sacaba el agua de los ardientes rayos del sol en el verano.

A pocos pasos se veía una charca natural de agua infecta y verdinegra, a causa tal vez de su escasa corriente; su forma era irregular, y su extensión por el lado más largo, de unos dieciséis a veinte metros: sus orillas no ostentaban vegetación de ninguna clase, por la calidad gredosa de la tierra que las formaba.

La superficie presentaba un sombrío espejo, donde se reflejaban los duros contornos de las plomizas nubes que ocupaban el espacio superior.

Parecía un enorme trozo de cristal sucio y polvoriento, olvidado en aquella soledad por algún misterioso vidriero; tan unida, tersa y compacta estaba el agua.

A la vista de aquella inmunda laguna, la mujer apretó el paso; cruzó por delante de la casa del tejar, y bien pronto llegó a sus orillas.

Entonces arrojó al suelo el mantón que la cubría; el vientecillo de la mañana hizo flotar un instante sus cabellos negros, como las alas de un cuervo que se hubiera posado sobre su cabeza; hizo la señal de la cruz, y se precipitó hacia el abismo, exclamando con voz doliente:

—¡Dios me perdone!

IV

Pero cuando sus pies iban ya a resbalar sobre la tierra perdiendo el equilibrio, se sintió sostenida por una mano vigorosa, mientras que una voz acercaba a su oído estas palabras:

—¡Qué va usted a hacer, infeliz!

La pobre mujer, interrumpida cuando menos lo esperaba, lanzó un grito y se desmayó.

Podía decir que salía del dintel de la eternidad.

El hombre le roció el rostro con agua, con aquella misma agua de la charca, a quien un segundo antes había pedido la muerte, y que sirvió para darle vida.

Cuando recobró el conocimiento, dirigió en torno de sí sus atónitas miradas; después las fijó en su salvador, que era el hombre de la capa, y rompió a llorar amargamente.

—Vamos, tranquilícese usted —le dijo—, y no se arrepienta de lo que ha pasado: he llegado a tiempo para evitar un crimen… no sé por qué, cuando la vi antes en el camino, sospeché que iba usted a cometer alguna acción reprochable.

Y esto diciendo, la envolvió en el pañuelo que aquella había arrojado.

Poco a poco la mujer fue recobrando su serenidad y comprendiendo la enormidad del crimen frustrado.

En aquel momento se oyó un débil gemido.

La mujer volvió prontamente la cabeza con una expresión de doloroso asombro.

En una especie de cuévano pequeño, como el que llevan las montañesas, había un hermoso niño de unos diez meses.

El hombre que lo llevaba debajo de la capa lo había dejado en el suelo antes de precipitarse sobre la joven suicida.

—¡El rapaz tiene hambre! —murmuró dirigiéndose hacia el niño.

Al oír tales palabras la joven, que estaba más cerca, lo sacó del cuévano y lo estrechó en sus brazos, cubriéndole de besos; luego se sentó en la orilla de la charca, entreabrió su vestido y se puso a amamantarle, cubriéndole con su pañuelo.

—¡Ah!, ¡está usted criando! —exclamó el hombre como si le encantase aquel descubrimiento.

—¡Estaba! —contestó la joven con tristeza—. Un niño era la causa del crimen que iba a cometer.

—¡Un niño!

—Sí, un hijo mío… ¡pobrecillo!… ¡ya no existe!… le soy a usted deudora de la explicación de mi conducta; ya que me ha salvado usted la vida, justo es que conozca los motivos que me impulsaban a querer destruirla.

(Continuación.)

V

El hombre de la capa ocupó un asiento a su lado.

En aquel momento el sol logró romper la tupida red de nubes que ocultaba su disco, y acarició a aquel grupo con uno de los rubios haces de sus polvorientos rayos.

Capítulo VI De cómo un desconocido puede hacer un favor a una mujer a quien no conoce

I

Mientras la joven oprimía su seno para que el niño bebiese la vida con más facilidad, le contemplaba con esa envidiosa expresión con que una madre que ha perdido a su hijo mira a los de las demás.

—¡La misma edad tenía mi pobre Federico anoche! —murmuró con despecho.

—¿Su muerte es tan reciente? —dijo su interlocutor.

—¡Crea usted que esta idea acabará por quitarme la vida! —exclamó la joven sin contestar directamente a la pregunta.

Luego continuó:

—Yo me llamo Magdalena, y hace un año que estoy casada con Ceferino… ¿Usted no sabe quién es Ceferino García?

—No por cierto.

—Es el ejecutor de la justicia de la Audiencia de Madrid.

—¡El verdugo! —exclamó aquel hombre sin poder reprimir su sorpresa.

—No sé cómo ha escogido una profesión que a todo el mundo estremece… en fin, es igual… yo le amo, porque para mí siempre ha sido bueno: él me ha sacado de la miseria casándose conmigo, y evitando tal vez mi perdición. Como decía, hace un año que nos unimos, y unos diez meses que di a luz un hermoso niño blanco y rubio como este. ¡Ah!… mi pobre Federico era nuestra delicia… los dos deseábamos tener un fruto de bendición, porque parece que no es un matrimonio enteramente feliz el que carece de esta circunstancia… solo que yo hubiera deseado más bien una niña y porque el hijo del verdugo tiene que seguir la profesión de su padre, y por nada en el mundo consentiría yo que despreciasen a mi Federico… Dios lo dispuso de otro modo, y yo no pude menos de agradecerle el rico presente que nos enviaba. El día que nació mi niño mandó llevar una vela de dos libras al altar de la Virgen de la Paloma: un soplo misterioso la apagó antes de llegar la luz a la mitad, y esta circunstancia de mal agüero que supe después, me entristeció. Cuando esto sucede, el niño en cuyo nombre arde la vela, muere al poco tiempo.

Magdalena se interrumpió para enjugarse el llanto que inundaba sus ojos al evocar el recuerdo de la pobre criatura.

Su interlocutor la escuchaba con la mayor atención, como si tratara de no perder un detalle de aquel relato.

II

—Ceferino y yo nos mirábamos en aquel ángel del cielo; como el color de este eran sus ojos, y sus rubios cabellos parecían ricitos hechos con rayos de sol. ¿Lo creerá usted? Yo estaba enferma desde que entré en los dieciséis años; una calentura lenta me consumía, y una vez oí asegurar a un médico, que hablaba creyendo que no le oía, que aquella fiebre tenaz acabaría con mi vida. Pues bueno, desde el mismo día del parto empecé a sentirme más aliviada; aquella tos seca que me destrozaba, desapareció… ¡oh!, ¡indudablemente mi pobre hijo había traído la ventura a mi casa!… el día en que le bautizamos hubo una verdadera fiesta… los convidados estaban alegres… y el niño nos miraba a todos sonriendo… como si le regocijara la idea de haber entrado en el seno de la Iglesia.

—¿Por qué no suprime usted todos esos detalles, cuyo recuerdo tanto la hace sufrir? —interrumpió el hombre de la capa, viendo que Magdalena reía y lloraba como si estuviese loca.

—¡Tiene usted razón!… es preciso volver a la realidad… volviendo a mi dolencia, le diré a usted que si bien desapareció la calentura, comencé a sentirme molestada por un mal interior… así, como si me pesara la sangre dentro de las venas… ¡es una cosa particular!… a veces parece que toda soy de plomo; este accidente, que no es continuo, degenera a menudo en un profundo sueño que me acomete repentinamente, y que suele prolongarse seis y ocho horas… y un día entero en algunas ocasiones; han probado a sangrarme cuando esto sucede, y yo no he sentido la lanceta; por lo demás, mi sueño es instantáneo, y si me acometiera bebiendo un vaso de agua, no me daría tiempo para apartar el vaso de mis labios. Me detengo en este detalle para que no extrañe usted lo que va a seguir. Muchas veces Ceferino me decía: «Es preciso que busques una criada, una mujer cualquiera que te haga compañía para evitar cualquier accidente». Yo convenía con él, pero lo iba aplazando, aplazando… ¡y Dios sabe si Ceferino tenía razón!

»Hace tres días tuvo que salir de Madrid para un pueblo de la provincia, donde iba a cumplir el más penoso de sus deberes en un reo acusado de no sé qué espantoso delito. Antes de abandonarme estuvo más de un cuarto de hora despidiéndose de Federico, a quien estrechaba contra su corazón y sobre cuyos labios estampaba los más ardientes besos. ¡No acertaba a separarse de él! ¿Por qué era esto? ¿Acaso tenía el presentimiento de que ya no le volvería a ver? Lo ignoro; solo sé que partió triste y preocupado, como suele sucederle cuando se ve en la triste precisión de quitar la vida a un hombre. «¡Cuida mucho a nuestro pequeño!», me dijo abrazándome también… ¡Oh!, sí… mucho… bien cuidado… ¡ya no existe!… la madre ha cumplido su cometido… Vamos, verdugo, ven a ejercer tu terrible ministerio con esta madre infame que ha comprometido la vida de tu hijo…

—Magdalena… ¡por Dios!… serénese usted…

—Sí, sí… dispense usted… he dicho que me volvería loca… Anoche… anoche… ¡Dios mío!… anoche estaba yo cerca de la lumbre de mi hogar… tenía al niño sobre mis rodillas y le mecía con amoroso anhelo… de repente sentí que mi pesado sueño me cogía entre sus despiadadas garras… en un instante todo desapareció de mi imaginación… estaba profundamente aletargada. Ignoro cuánto tiempo permanecí en aquel estado: cuando recobré el conocimiento sentí un pesado olor a carne quemada…

—¡Qué horror!…

—Abrí los ojos… y busqué, busqué a mi Federico… a mi querido niño… ¡ah!… sobre la brasa medio apagada y fúnebre había algo carbonizado… algo que ya no existía… aquel fuego infame y maldito había consumido en poco tiempo mis deseos, mis esperanzas… mi encanto… mi dicha… ¡al pobre hijo mío de mi corazón!… Quise gritar, y no pude… permanecí muda… ¡yo bien hubiera querido gritar!… y hablar para desahogar mi pecho… tenía un peso enorme sobre mi corazón y un nudo en mi garganta… yo me acordaba de que hacía un momento tenía un hijo adorado… y le buscaba… y ya no le tenía.

Los sollozos le cortaron la voz.

Es verdad que ya no tenía más palabras que añadir a aquella fúnebre desventura.

El hombre que la oía estaba horrorizado: no se le ocurrió deslizar una palabra de consuelo en sus oídos.

En ningún idioma hay palabras que mitiguen tan crueles dolores.

III

Trascurrieron algunos minutos en los que sólo se oían los entrecortados sollozos de la pobre madre y la respiración tranquila del niño que dormitaba en aquellos brazos huérfanos, sobre los que aún se percibiría probablemente el calor que había dejado su verdadero hijo.

Una idea repentina llegó a hacer más intenso el dolor de la pobre Magdalena.

—Ceferino va a llegar —murmuró levantándose—, va a llegar hoy mismo… le traerá el deseo de abrazar a su pequeño… ¡ah!, ¡qué le voy a decir!… esta idea me hizo salir de mi casa hoy antes de romper el alba, y encaminarme a este sitio solitario con el proyecto que usted acaba de estorbar… ¡Cómo voy a presentarme a los ojos de mi marido, que desde hoy no verá en mí a la compañera que escogió para subir la pendiente de la vida, sino a la madre infame que…

—Basta, Magdalena; su marido de usted no verá nada de esto —le dijo aquel hombre que había estado reflexionando algunos instantes.

Magdalena le miró con fijeza sin atreverse a interrogarle.

—Su marido de usted —prosiguió aquel— encontrará a su hijo donde le ha dejado; esto es, en los brazos de su madre.

—¿Qué quiere usted decir?, ¿acaso usted puede resucitar a los muertos?

—Vamos a ver, Magdalena, seamos razonobles: usted está en un terrible compromiso…

—¡Oh!, verdaderamente espantoso: mi marido será capaz de matarme, si es que el dolor no le quita antes la vida.

—Oiga usted, yo tengo una comisión que cumplir, pero ha querido Dios que encontrase a usted en mi camino. La madre de ese niño no puede hacer ostentación en público de lo que a todas las madres regocija, de la prenda de su corazón, yo soy un criado de su casa, y por salvar su honor me hice cargo del pequeño Daniel; el ama que le criaba ha caído enferma, y yo me dirigía hoy con él a un pueblo inmediato, para tratar de su nutrición y seguridad, porque la existencia de este niño peligra si el que tiene interés en que desaparezca lo descubre.

—¡Qué quiere usted decir! —exclamó Magdalena con alegría empezando a comprender lo que iba a proponerle aquel desconocido.

—¿No decía usted hace poco que este niño era blanco y rubio como su pobre Federico?

—¡Oh!, sí… exactamente.

—En tan tierna edad todos los niños se parecen.

—¡Es la verdad!

—¿Usted cree que si yo le encomendase este niño, su marido sospecharía el cambio?

—¡Oh, déjeme usted que le dé un testimonio de mi reconocimiento! —dijo Magdalena cayendo a sus pies y tratando de besar una de sus manos, al mismo tiempo que estrechaba al niño, coma si de aquel modo tomara posesión de él.

El desconocido trataba de impedírselo en vano.

—Dos veces me ha salvado usted —le decía—, procurando el medio de que mi marido no se aperciba de lo que pasa.

—¡Esto quiere decir que usted acepta mi proposición y que se queda con el niño!

—¡Ah!, ¡no he de aceptarla cuando es mi única salvación!

Ahora fijemos bien los términos de este trato: la madre de este niño, por mi mano, le señala a usted una pensión mensual.

—¿Para qué? ¿Pues no quedamos en que este niño desde hoy será mi hijo?

—Repare usted, Magdalena, en que algún día será preciso que yo se lo reclame.

—Ese día… ¿está cercano?

—Creo que no —murmuró aquel hombre tristemente.

—Pues entonces basta con que usted pueda verle cuando quiera, sin que nadie se aperciba de ello, a cuyo efecto convendremos en un sitio.

—Todos los últimos días de cada mes la espero a usted al anochecer en el atrio de San Sebastián, correspondiente a la calle de Atocha.

—No faltaré… esté usted seguro de ello.

—Creo que nadie más que usted está interesada en guardar este secreto.

—Seré muda.

—Pues despidámonos: aquí termina nuestra entrevista. Cuidará usted al llegar a su casa de que desaparezcan estas ropas que viste el niño, y que pudieran infundir sospechas en su marido.

—Así lo haré.

—Si antes del plazo en que debemos vernos todos los meses, necesitase usted de mí, no tiene más que preguntar por Pedro al sacristán de la iglesia indicada, el cual hará que llegue prontamente a mí el aviso. Ahora, por lo que pudiera ocurrir, deme usted las señas de su morada.

—Vivimos en la calle de la Lechuga, frente a la cárcel; el nombre de mi esposo es tristemente célebre para que cualquiera le indique a usted nuestra morada.

—Está bien; adiós, Magdalena… y cuide usted el depósito que le confio.

IV

El llamado Pedro imprimió un beso en los labios del niño, tomando después el camino del puente de Segovia.

Magdalena le seguía a lo lejos, dando gracias a Dios por haberle encontrado aquel día en su camino.

Capítulo VII Un padre sin hijo

I

Los desventurados, por más que no lo confiesen, tienen una providencia particular, como los borrachos.

Una prueba bien patente tuvo Magdalena aquella mañana al encontrarse con un hombre que le evitó un gran crimen; aquella prueba, aunque de otra índole, se repitió por la tarde.

Cuando Ceferino el verdugo regresó a su casa, estrechó entre sus brazos al que creía su hijo, sin sospechar la terrible desgracia de que este había sido víctima hacía pocas horas.

No vayáis a decirme que esto es exagerado o inverosímil.

Estoy convencido de que en el mundo no hay nada que lo sea.

La misma preocupación, la misma ceguedad con que los padres aseguran que un niño acabado de nacer se les asemeja en esto o en lo otro, puede hacer también que tomen a un hijo falso por el verdadero, mucho más cuando en tan corta edad de diez meses han pasado sin verle algunos días, dado el caso de que entre ambos niños no haya una diferencia notable, significada por algún defecto físico.

Creed o dudad lo que os acomode: ha habido casos iguales al que acabo de citaros.

Es lo cierto, que Ceferino siguió viviendo en la creencia de que el pequeño Daniel era su Federico, creencia afirmada por el mismo cariño que Magdalena le tenía, considerando aquel niño como el instrumento de que Dios se había valido para salvarla.

En este concepto le amaba como si efectivamente le hubiera llevado en sus entrañas, rodeándole de esos minuciosos cuidados que solo una madre es capaz de emplear.

Fiel a su promesa, todos los últimos días de mes, al anochecer, acudía al atrio de San Sebastián, donde le esperaba el fiel Pedro.

Las entrevistas eran muy cortas.

Magdalena se negó siempre a aceptar la menor suma que Pedro le ofreció más de una vez.

—¿Es posible —decía—, pagar en dinero el cariño que una madre profesa a su hijo? ¿No hemos convenido en que este lo es mío? ¿No estoy yo bien convencida de ello? Entonces no venga usted a ofenderme con esos ofrecimientos.

En casi todas estas ocasiones Magdalena se hacía repetir por Pedro la posibilidad de que el niño no saliese de su poder en muchos años.

Esto por una parte regocijaba su corazón, si bien por otra se lo entristecía.

—Muchas veces —prosiguió hablando con Pedro—, me ocurre la idea de que es una crueldad hacer que este niño pase por hijo de un verdugo; llegará a ser joven… y también a avergonzarse con el tiempo.

—¡Quién sabe si Daniel no está destinado a otra cosa! —murmuraba el criado tristemente.

II

Al cabo de algunos meses Pedro dejó de asistir a aquellas citas.

Magdalena entonces se acordó de su recomendación, y se dirigió para adquirir noticias de su persona al sacristán de la parroquia de San Sebastián.

Pero este no pudo satisfacer su deseo.

Por él supo que Pedro había desaparecido, y que hacía ya algún tiempo que no tenía noticias de su persona.

—¡Mejor! —pensaba Magdalena—. Acaso haya muerto sin dar noticias del paradero de Daniel a su familia, en cuyo caso no debo abrigar el temor de que vengan un día a reclamármelo.

Pero la pobre mujer no sabía que estaba próxima a perderlo.

Daniel, o sea Federico, enfermó de repente.

(Continuación.)

Su dolencia fue agravándose en tales términos que la ciencia lo dio por muerto.

Ya hemos visto en la introducción de esta obra que llegó el caso de que le enterrasen.

Aquel fue un día de amargo duelo para Ceferino y Magdalena.

Por fortuna Dios se compadeció de su dolor concediéndoles una niña, la pobre Dolores, a la que entonces dedicaron su cariño.

Magdalena no volvió a ver a Pedro.

III

Ahora tomemos la hilación de los sucesos en el punto en que la hemos dejado al finalizar el capítulo cuarto.

Dije que Ceferino salió de casa de don Antonio Solís con dirección a la suya para dar a Magdalena cuenta de su persona y de la de Dolores.

La pobre mujer pasó una noche infernal con la ausencia de aquellos dos seres tan queridos de su corazón.

Había notado hacía algún tiempo la tristeza inusitada de su hija, y no sabía a qué atribuirla, lo mismo que la desaparición repentina de su casa.

Acordose por casualidad de aquel día de diciembre en que ella salió también con la intención de terminar su vida en la charca del tejar del puente de Segovia, y se estremecía al pensar si Dolores, por cualquier motivo, habría adoptado alguna resolución idéntica.

¡Ay! En tan triste caso no era probable que estuviera a su lado el fiel Pedro para salvarla y evitar un crimen.

Pasó toda la noche pidiendo a Dios por la vida de la pobre joven, a quien por lo visto el cariño de sus padres no era suficiente a consolarla de alguna pena desconocida.

Magdalena sufrió doblemente, porque desde su último parto se había reproducido aquella fiebre tenaz y perniciosa que ya solo debía desaparecer con su vida.

Pero durante aquellas horas de amargura cedía el padecimiento físico ante la fuerza de su dolencia moral.

Únicamente la madre que haya pasado toda la noche esperando a un hijo que no vuelve, puede formarse idea de lo que sufriría Magdalena, a quien su marido había ocultado que la tristeza de Dolores reconocía por causa el mal de amor.

¡Singular destino el de aquella mujer!

En el mundo se ven coincidencias muy raras, juegos malignos con que la suerte atormenta a las criaturas.

Aquel muchacho a quien ella había amamantado sin ser suyo, sirvió un día para salvar la tranquilidad de su casa de una borrasca inminente, y ahora, teniéndole por muerto, era causa de los padecimientos de su hija verdadera.

IV

La luz del nuevo día, filtrándose por las rendijas de la entreabierta ventana, vino a aumentar sus sufrimientos.

¿Qué podía haber sucedido para que ni Ceferino ni Dolores pareciesen?

¿Estaba predestinada acaso a perder a los dos en un mismo día?

Su regocijo, primero, fue tan grande como su dolor, al ver a Ceferino en su presencia.

—¿Y mi hija? —le preguntó con desgarrador acento.

—Sosiégate: Dolores vive… vengo de abrazarla… más tarde la verás…

—¿Pero dónde está?

Ceferino le refirió entonces lo que ya saben mis lectores, sin ocultarle que la causa de aquel repentino accidente era el joven Federico, en cuya casa estaba por haberlo dispuesto así una misteriosa casualidad.

Hízole saber también la violenta escena en casa de don Antonio, el arrepentimiento del joven y la oposición de su padre a aquellas relaciones, sin duda, aunque él había asegurado lo contrario, por la procedencia humilde, casi infamante de la muchacha.

¡Al cabo era hija de un verdugo!

Magdalena no quiso oír más.

Después de dar gracias a Dios por haber conservado a su hija, se preparó para hacer uso de la bondad de don Antonio, que permitía ir a su casa a cuantas personas interesase la salud de la joven.

Con este motivo se entabló una discusión entre el matrimonio.

Ceferino quería aplazar la salida de su mujer a pretexto de su extraordinaria debilidad, dándole todas las seguridades imaginables sobre el estado de Dolores.

Pero Magdalena, que había ya perdido un hijo, no se conformaba con que pasase ni un minuto más ahí, [sin] volar a la cabecera de la paciente.

Su conducta era harto natural y lógica para que no llegase a vencer la oposición de Ceferino.

Él mismo acababa de separarse de ella, de estrecharla entre sus brazos, y ya sentía la necesidad imperiosa de volver a verla. ¡Qué extraño era que a su mujer le sucediese lo mismo!

V

Ya ponía esta la temblona y presurosa mano sobre el picaporte, cuando llamaron a la puerta.

Era un sacerdote que solicitaba con urgencia hablar a Ceferino García.

Magdalena le hizo pasar a la habitación que servía de sala, mientras pasaba recado a su marido.

Capítulo VIII Revelación inesperada

I

Ceferino se presentó en seguida acompañado de su mujer, a quien chocaba en alto grado la preocupación que aparentaba el ministro del altar.

Era este uno de esos viejecitos de fisonomía simpática y de aspecto venerable, que profesan como principio la religión de la limpieza y aseo.

Todo en él era pulcro, cuidado y reluciente, desde la calva hasta el zapato de becerro cepillado y lustroso.

En su rostro había ese sello austero y majestuoso del hombre a cuyas manos baja todos los días el Hijo de Dios. No había en él el rigorismo metódico e intransigente del que con la exagerada conciencia de su ministerio, quiere imponerse a los demás. Su sonrisa era la del hombre que busca las almas arrepentidas para ganarlas por medio de las dulzuras del paraiso, y no por el miedo a los tormentos del infierno.

En una palabra, era el verdadero tipo del sacerdote tal y conforme se le debe concebir en la tierra.

II

A una indicación de Ceferino, tomó asiento, no sin esperar antes a que este lo hiciera.

Ceferino se llenó de admiración.

Aquel hombre debía saber que él era el verdugo, y no obstante le guardaba consideraciones.

Esta conducta no nos admiraría tanto hoy que ha bajado el nivel social.

Magdalena iba a retirarse, creyendo que en aquella entrevista sobrarían los testigos; pero el sacerdote la detuvo por medio de un ademán.

En seguida, dirigiéndose a Ceferino, le preguntó:

—¿Esta señora es esposa de usted?

—Sí, señor, para lo que usted guste mandar.

—Entonces me atrevo a suplicarle que no se ausente; el asunto que aquí me guía interesa a ustedes dos.

Magdalena, al oír tales palabras, quitó de su cabeza el pañuelo con que la había cubierto para salir a la calle, y tomó asiento, formando parte de aquel grupo.

La curiosidad del matrimonio estaba excitada en alto grado: ambos fijaban sus miradas en el sacerdote, esperando a que hablara.

El anciano empezó a hacerlo en los siguientes términos:

III

—Soy portador de una nueva que, según creo, ha de regocijarles en extremo: se trata de un caso extraordinariamente raro, que va a causarles admiración; por lo tanto, es preciso que estén ustedes preparados: esta precaución debe tomarse lo mismo para las buenas que para las malas noticias, y muchas veces son perniciosos los efectos de un gozo exagerado.

Efectivamente, este preámbulo era para despertar la curiosidad de las personas más indiferentes.

Ceferino y Magdalena experimentaban sus efectos, por lo mismo que en el mundo es más usual y corriente que venga a buscarnos un amigo para desgarrar nuestro corazón con una nueva fatal, que no que solicite hablarnos un desconocido para participarnos un fausto acontecimiento.

El anciano prosiguió:

—Yo soy el capellán del cementerio general de la Puerta de Toledo; hace muchos años que se me confirió aquella plaza, que vengo disfrutando hasta que Dios sea servido de disponer otra cosa. En mi cualidad de sacerdote fui llamado ayer noche para oír la confesión de una pobre mujer enferma, que ha espirado hoy de madrugada, y por encargo suyo vengo a hablar con ustedes, pues les advierto que me ha autorizado para revelarles aquella parte de su confesión que con ustedes se relaciona. Su marido, que murió hace algunos años, era guarda y enterrador en el propio cementerio.

—No recuerdo haberle conocido, como tampoco a su mujer, y me extraña que…

—Verá usted como no hay para qué extrañarse de que, sin mediar conocimiento, esa mujer antes de morir haya querido hacerles a ustedes un favor inmenso. El día 4 de mayo de 1812 presentaron en el cementerio el cadáver de un niño llamado Federico García: yo vi la fe de muerto extendida en toda regla.

—¡Ah!, sí… ¡nuestro pobre hijo! —interrumpió Magdalena enjugándose una lágrima.

—Pero ¿a qué viene ahora ese recuerdo? —preguntó Ceferino admirado.

Magdalena por su parte creyó que el buen sacerdote iría autorizado por Pedro para reclamar o hablar a lo menos de Daniel, y no pudo menos de estremecerse.

—Parece ser que aquel niño no estaba muerto.

—¡Gran Dios! —exclamaron marido y mujer saltando de sus asientos.

—Cuando el cortejo fúnebre hubo desaparecido, el niño, a quien ya cubría la tierra, debió volver de aquel letargo que le había confundido con un muerto, y empezó a lanzar los gemidos lastimeros precursores de la asfixia.

—¡Infeliz!, ¡se estaba ahogando!

—¡Qué horror!

—Hizo Dios que se hallasen cerca de la fosa el enterrador y un caballero con quien aquel hablaba a la sazón.

Ceferino y Magdalena lanzaron un fuerte suspiro de satisfacción al ver que su hijo iba a verse libre de una muerte espantosa.

Como era de esperar, aquellos dos hombres, saltando por encima de la responsabilidad que les alcanzaba, abrieron la fosa, rompieron el ataúd, y dieron vida a aquel desgraciado niño.

—¡Luego vive!…

—¿Dónde?… ¿Dónde está?

—Tengan ustedes un poco de paciencia. El niño estaba ya en salvo; pero Dios dispuso que por entonces tuviera que renunciar a su famila, como si efectivamente hubiese muerto. Parece ser que aquel caballero de quien partió la iniciativa para salvarle vivía en esa soledad que produce un matrimonio sin fruto de bendición, y tentado por la ocasión que se le presentaba, trató de sobornar al enterrador para que le permitiese llevarse a la criatura, a quien adoptó desde aquel momento, dándole su apellido. El enterrador se dejó sobornar: el trato tuvo lugar en su casa; la mujer del guarda lo oyó todo detrás de una puerta, y Dios ha permitido que antes de morir haya hecho esta revelación que pesaba sobre su conciencia.

IV

Magdalena y Ceferino habían escuchado con la mayor ansiedad el relato del sacerdote.

Cuando este pronunció las últimas palabras, se arrojaron a sus pies exclamando:

—¡Ah!, ¡por favor!… díganos usted si vive y dónde podremos verle…

—Calma… calma… y oigan ustedes un momento. Si no viviera, seguramente que no hubiera yo dado este paso; porque ¿a qué decirles a ustedes todo esto si no habían de tener la dicha de estrecharle entre sus brazos? Vive, sí; he tomado, aunque de incógnito, mis informes; el caballero que llevó a cabo aquella punible ocultación, si bien lo hizo con idea generosa, se llama don Antonio Solís…

El sacerdote fue interrumpido por un grito desgarrador lanzado por Ceferino.

A la alegría de saber que su hijo no había muerto, y que iba a recobrarle al cabo de veinte años, sucedió un sentimiento de espanto.

—¿Don Antonio Solís?… —exclamó—. ¿Es ese el hombre que le ha recogido?

—Justamente.

—¡Oh, maldición!

—¡Qué dices! —le preguntó Magdalena aterrada al ver el espanto de su marido.

—Que ese Federico, a quien llorábamos perdido…

—¿Y bien?…

—Pues qué, ¿no lo sabes?… ¿no te lo he dicho hace poco?… está enamorado de Dolores, que es su hermana.

El sacerdote elevó las manos al cielo; Magdalena lanzó una estridente carcajada.

El anciano y Federico creyeron que se había vuelto loca.

V

—¡Bendito sea el Señor! —exclamó Magdalena luego que se hubo tranquilizado un tanto.

—¡Ah!, ¡desventurada! —decía Ceferino contemplándola con esa expresión compasiva que inspiran los dementes.

En cuanto al sacerdote, estaba aterrado.

—Dios no puede permitir que, aun sin saberlo, se logren tales enormidades.

—¿Qué es lo que dices?

—Que Federico no es hermano de Dolores…

—¡Tú deliras!

—Y no es su hermano, ni puede serlo, porque… porque no es hijo nuestro.

—¡Que no es hijo nuestro Federico!

—¡Sin duda la calentura la hace delirar! —murmuraba el sacerdote en voz baja.

—No, no, Ceferino…

—Habla… explícate.

Magdalena cayó a sus pies diciéndole:

—Sí, voy a hablar… pero necesito hacerlo de esta manera para que me perdones el haberte ocultado este secreto durante veinte años… para que me perdones el haberte engañado. Nuestro hijo Federico, el verdadero, ha muerto: ese otro joven, que no nos pertenece más que por el cariño y la gratitud, se llama Daniel… escucha, esposo mío… oiga usted también, señor cura.

VI

Magdalena, entre alegre y temerosa, empezó a hacer la relación que ya conocen los lectores del terrible accidente que ocasionó la muerte de su hijo, su resolución de atentar contra su vida y el inesperado desenlace que tuvo aquella aventura.

El sacerdote y Ceferino la escuchaban admirados por la parte novelesca que encerraba todo aquello, extrañándose de la inexplicable desaparición del hombre que le había confiado el niño, y de que no se hubiese presentado a reclamarlo ninguna persona interesada en su suerte.

Para Magdalena lo esencial era que su marido le perdonase aquella superchería con la que le había tenido engañado tantos años, y que hubieran desaparecido los lazos que al parecer existían entre Dolores y Federico, a quien desde ahora daré su verdadero nombre de Daniel.

En medio de tan encontradas emociones empezó a reinar la alegría entre aquellos personajes, tan tristes algunas horas antes.

Ahora ya solo se trataba de que Dolores recobrase la salud.

Dado el cariño hacia ella, que había renacido nuevamente en el pecho de Daniel, no era de extrañar que don Antonio Solís, que al cabo tenía algunos derechos sobre el joven, venciese sus preocupaciones y consintiese en aquella unión, bastante desigual por cierto.

(Continuación.)

Al efecto dirigiose Ceferino a su casa, y llegó a tiempo sin duda, porque en aquel mismo momento entraba don Antonio en la habitación de la enferma para hacerle la revelación fatal de su parentesco con su amante.

Don Antonio quedó encantado al saber que Daniel nada tenía que ver con el verdugo, por más que no supiera a qué familia pertenecía.

Respecto al matrimonio, a él solo le tocaba decidir, previa la explicación conveniente.

Capítulo IX Una boda que inspira tristes presentimientos

I

Las buenas nuevas son la medicina más eficaz y activa para cierta clase de enfermedades; su provechoso influjo suele salvar con frecuencia de la muerte a los enfermos que se hallan en este caso.

Una cosa parecida aconteció a Dolores.

Enterada por su padre de que Daniel, extraviado por un momento, había vuelto al aprisco de sus amores, y que don Antonio Solís, el hombre que pasaba por su padre, haciéndose superior a las preocupaciones de la época consentía en su casamiento, fue recobrando poco a poco la salud perdida, y entrando en su período de convalecencia, durante el cual las mujeres bonitas se hacen más interesantes.

Cuando su estado se lo permitió se trasladó a su casa, que era frecuentada todos los días por su joven amante.

Solo que Ceferino impuso a ambos jóvenes una condición, aceptada con beneplácito por don Antonio, condición dolorosísima para su corazón de padre.

Esta consistía en un alejamiento completo por su parte del futuro matrimonio; alejamiento que a su juicio aconsejaban las exigencias de la sociedad, tan tirantes e imperiosas en este punto con un hombre que ejercía la profesión de verdugo.

Ya que don Antonio y Daniel habían saltado por encima de todas las preocupaciones, a él le tocaba entonces hacer alguna concesión al legítimo orgullo de ambos.

Por indicación suya, la boda tendría un carácter puramente de familia; no convenía que los convidados brindasen por la felicidad de los novios con el verdugo.

No pudiendo renunciar a ver a su hija, lo haría únicamente de noche y en un sitio solitario convenido de antemano, donde acudieran Daniel y Dolores, pues era preciso que ni aun los criados sospechasen la verdad.

Don Antonio halló muy justas y prudentes estas previsiones encaminadas a ahorrar a Daniel, y aun a su futura esposa, muchas humillaciones.

—Esto parece que es renegar de la familia —decía Daniel—; después de todo, yo no sé aún quiénes son mis padres… y acaso, acaso pertenezca a una raza de quien el padre de mi mujer, verdugo y todo, tuviera que avergonzarse.

—No importa, Daniel —contestaba don Antonio—. No se puede faltar impunemente a las exigencias de la sociedad.

—Recuerde usted lo que Ceferino y su mujer han hecho por mí… que he pasado dos años entre ellos disfrutando su cariño y sus atenciones.

—Tú dirás lo que quieras; pero yo creo que Ceferino está en lo justo al disponer las cosas como las ha dispuesto.

II

Este era también el tema de las conversaciones entre los dos amantes.

Por más que Dolores aparentaba aplaudir la conducta de su padre, bien se echaba de ver que sufría, porque en aquella conducta había cierta humillación de que ella participaba.

Por grande que sea el cariño de una muchacha hacia su desposado, no renuncia fácilmente al de su padre, y Ceferino, después de todo, no era ningún criminal para rodear de tal manera las manifestaciones de su amor.

En este concepto Dolores sufría bastante, y cuando estaba a sus solas el llanto resbalaba por sus mejillas.

No comprendía bien la horrible necesidad de que una hija tenga que avergonzarse de su padre, ni ocultarse de nadie para disfrutar sus caricias.

La sociedad frecuentemente mira las cosas bajo un prisma exagerado: cierta clase de orgullo se funda en principios falsos.

Es ley inmutable de la raza humana.

Es más que probable que un hombre que debiera al verdugo la vida y la honra, se excusase de darle la mano en público.

Y no obstante, se dejó salvar sabiendo que era el verdugo el hombre a quien tenía que estar obligado.

III

Pues señor, no hubo más sino que el día señalado se acercaba, y era preciso disponerlo todo.

Los preparativos de una boda constituyen una ocupación fatigosa al par que dulce para una mujer.

Dolores estaba encantadora con el traje largo que le disponían para la ceremonia nupcial.

Porque al renunciar a su padre tenía que renunciar también a los usos y costumbres de la clase en que había nacido.

Confesémoslo francamente: Dolores sentía una cosa parecida al arrepentimiento; experimentaba ese malestar interior que aqueja a toda persona que va a cometer una mala acción.

Se le figuraba que iba a renegar de su pasado… y en su pasado no había nada reprochable: se componía de recuerdos dulces y queridos, de escenas de familia, de acciones virtuosas…

Su pasado era su hogar, su padre y su madre, a cuya enfermedad ya no podía atender en lo sucesivo… Su pasado eran sus amigas, las compañeras de su infancia, como ella hijas del pueblo, de familias humildes, que no habían soñado nunca en vestir un traje de terciopelo, ni en cometer una mala acción.

La juventud tiene su religión, y el que renuncia a ella es un relapso.

IV

Era la víspera del día fijado para la ceremonia.

Dolores, pretextando no sé qué, salió de su casa y se dirigió a la iglesia para pedir a la Virgen que consolase su angustia, porque la pobre joven estaba triste como un presentimiento.

Escogió el sitio más oscuro y solitario del templo, y empezó a orar con ferviente devoción.

Capítulo X Donde se presentan al fin los verdaderos padres de Daniel

I

Al mismo tiempo que salía de su casa, se presentó en ella una dama encubierta y enlutada, solicitando hablar a Magdalena, o en su defecto a Ceferino.

Una y otro acudieron en seguida para recibirla y enterarse del asunto que la guiaba.

La dama entonces apartó el velo que cubría su semblante.

Ceferino retrocedió y tuvo que apoyarse en una silla para no caer.

Su violenta emoción pasó desapercibida, pues Magdalena y la dama estaban empapadas en contemplarse mutuamente.

Aquella mujer, que aparentaba unos cuarenta años, debió haber sido extraordinariamente hermosa.

Además, sus facciones anunciaban esa distinción de las personas que han nacido en cierta clase de la sociedad.

A la sazón se veía impresa en ellas, más que la mano del tiempo, la terrible huella del infortunio.

En su rostro había prematuras arrugas, y sus cabellos empezaban a encanecer por la raíz.

Como ha dicho un célebre escritor francés, aquella dama era «una hermosa puesta de sol».

II

Magdalena la contemplaba con curiosidad creciente.

Creía adivinar en su rostro cierta relación de líneas, cierta semejanza con otro rostro que ella conocía.

Por su parte, Ceferino iba cayendo cada vez en un estado más lamentable.

Su palidez era horrorosa: hacía extraordinarios esfuerzos para disimular su emoción.

Un temblor convulsivo agitaba sus miembros; quería apartar sus miradas de aquel rostro, aunque sin poder conseguirlo, pues parecía ejercer sobre él una misteriosa fascinación, y al mismo tiempo debía estar sufriendo horriblemente, como si fuera víctima de algún recuerdo que le taladrase el cráneo.

Esperaba y temía, sin duda, que la dama abriese sus labios.

¿Por qué? ¿Debían herirle acaso sus palabras?

De cualquier modo allí se encerraba un arcano incomprensible aún; un misterio velado por una nube, próxima a desaparecer.

Se conocía, además, que la dama no estaba a su gusto en aquella casa, que al fin y al cabo era la del verdugo.

Tal vez con el ánimo de abreviar la entrevista empezó a hablar, dirigiéndose a Magdalena.

III

—¿Se acuerda usted aún de un hombre llamado Pedro de quien hace veintidós años recibió usted el encargo de criar un niño que por de pronto debía pasar por hijo de usted?

—¡Oh!, ¡seguramente que me acuerdo!… aquel hombre me prestó un doble servicio que no podré olvidar aunque viviera cien años.

—La ocasión era muy crítica para usted: parece que a causa de una terrible desgracia iba a atentar contra su vida.

—Sí, señora… su generoso impulso me evitó aquel crimen: ¿viene usted de su parte? ¡Hace ya muchos años que desapareció!

—Sí, señora: aquel criado fiel ha muerto sin realizar su sueño, que era el devolver aquel niño a su madre.

—¿Y bien, señora, usted…?

Magdalena no se atrevió a formular más claramente la pregunta.

—Yo soy la madre de Daniel: hasta hoy no me ha sido posible reclamarlo. ¿Vive?… ¿dónde está?…

La dama se vio en aquel momento interrumpida por Ceferino, que más pálido que la muerte, avanzó hasta ella, diciéndole:

—Señora, ¡puede usted concederme algunos minutos de atención!

Las miradas de la dama se clavaron en él, con la expresión del asombro que aquel rostro desencajado y aquel descompuesto ademán inspiraban en su ánimo.

—¿Va usted a hablarme de mi hijo? —preguntó.

—Tal vez —contestó Ceferino con voz sombría y cavernosa.

—¿Le ha sucedido alguna desgracia?

—Tranquilícese usted: Daniel está bueno y sano… nada tiene que temer.

—Entonces… ¿qué indica esa turbación?

—Sí, por cierto —añadió Magdalena—, estás trémulo y demudado.

—Vuelvo a insistir en mi anterior pregunta: ¿quiere usted escucharme breves momentos?

—Sin duda: parece que lo que tiene usted que decirme encierra gran interés.

Ceferino entonces miró a su mujer de un modo que quería significar su deseo de estar solo.

Magdalena, acostumbrada a obedecerle en un todo, se levantó y dio algunos pasos.

Luego, sin saber por qué, se detuvo, preguntando con cierto deseo de quedarse:

—¿Es absolutamente preciso que yo me retire?

—Lo es —dijo Ceferino en un tono que no admitía réplica.

Magdalena salió, pero todo lo más lentamente que pudo; se conocía que le pesaba no asistir a aquella singular entrevista.

Ceferino cerró la puerta.

En seguida suplicó a la dama que se trasladase al extremo de la habitación más distante de aquella, no obstante que su mujer no tenía el defecto de la indiscreción.

Pero esta precaución le parecía aún insuficiente.

Se dirigió a la puerta y la abrió de par en par, en la inteligencia de que a algún curioso le sería menos fácil de presenciar lo que iba a pasar allí estando la puerta franca, pues hacía imposible que en la contigua estancia se detuviese Magdalena a escuchar.

Tranquilo ya por esta parte, se dirigió a su interlocutora, hablándole en voz sumamente baja.

IV

—Lo que acaba usted de decir, señora, ha despertado mi curiosidad; por mejor decir, me inspira un temor que deseo que se realice o que desaparezca.

—Espero que aclare usted sus conceptos —dijo la dama, a quien no hacía ninguna gracia una entrevista a solas con el verdugo.

—Para ello necesito dirigir a usted algunas preguntas.

—¿Un interrogatorio?

—No es mi ánimo mortificar en nada el amor propio de usted, señora.

—Yo no he dicho eso.

—Pero podía usted suponerlo.

—En ese caso me quedaba aún el recurso de terminar esta extraña entrevista, haciendo que viniera su mujer de usted.

—Pero, según usted afirma, no estamos en ese caso.

—Seguramente; yo no me acuerdo de más sino de que usted ha sido por algún tiempo el padre de mi hijo: esto le probará a usted la benevolencia con que admito sus preguntas y con la franqueza con que me propongo contestarlas.

—Son de tal naturaleza las que voy a dirigirle que de antemano me preparo a hacer frente a su cólera.

—¡Qué dice usted!

—Va usted a tenerme por demasiado audaz… tal vez por loco.

—En fin, sepamos de lo que se trata.

Ceferino dio lugar a una pequeña pausa: hubiera dado muchos años de vida por no verse colocado en aquella situación.

Pero era necesario no prolongarla demasiado: el mal camino se debe andar deprisa.

Además no era cortés hacer esperar a una dama.

Bajó aún más la voz, y dijo:

—Usted acaba de confesar que Daniel era hijo suyo.

—Ciertamente.

—Pues bien, señora; por lo que más ame usted en el mundo, por Daniel mismo, conteste a mi pregunta: ¿conoce usted al padre de Daniel?

A estas palabras que podían encerrar una sangrienta injuria, uno de esos insultos que no tolera ni olvida nunca una mujer honrada, la dama enrojeció de ira, irguiose sobre sus pies altiva y terrible, como impulsada por un muelle de acero, y levantó la diestra, con la intención visible de afrentar a Ceferino en mitad del rostro.

Pero de repente se detuvo; tornose pálida, bajó la mano y cayó casi desfallecida sobre la silla, rompiendo a llorar.

Ceferino cayó a sus pies exclamando:

—¡Perdón, señora!… perdone usted mi atrevimiento… pero insisto en mi pregunta… es necesario que insista… ¿conoce usted al padre de Daniel?

La dama, a través de sus lágrimas, vio que el rostro de Ceferino expresaba la angustia y no el sarcasmo; indudablemente aquel hombre no trataba de insultarla, por más extraña que pareciese su pregunta.

—Pues bien —dijo bajando la voz aún más que Ceferino—, no sé quién es el padre de mi hijo.

V

El verdugo retrocedió, cubriéndose el rostro con ambas manos, a través de cuyos dedos entreabiertos, se veían correr las lágrimas.

Reinó por breve espacio un silencio lúgubre, fatídico y sombrío.

La dama ya no gemía; le contemplaba con extrañeza, preguntándose interiormente qué derecho le asistía a aquel hombre para llorar.

De pronto diose una palmada en la frente como si le hubiera ocurrido alguna idea que la condujera al esclarecimiento de aquel misterio; se levantó rápida de su asiento, e increpó con voz entrecortada y breve a Ceferino, poniéndole una mano en el hombro.

—¿Tú conoces el secreto de la quinta de las Acacias?

—Sí —contestó Ceferino con la misma glacial entonación de una estatua de piedra que gozara la facultad de hablar.

—¡Habla!… ¿quién eres? Pronto…

—El padre de Daniel.

—¡El verdugo!… Ah, ¡qué horror!…

La dama lanzó un grito y cayó desmayada.

Al ruido acudió Magdalena.

Pero Ceferino se interpuso, y rechazándola brutalmente hasta ponerla fuera de la estancia, exclamó con un aullido salvaje:

—Vete… vete… quiero estar solo… ni tú, ni Dolores, ni nadie, tiene nada que hacer aquí.

(Continuación.)

Capítulo XI La quinta de las Acacias

I

Me permitiréis hacer una pequeña y necesaria digresión, antes de proseguir mi relato.

Hace bastantes años que, como a un tiro de bala de Vallecas, y antes de llegar al pueblo, saliendo de Madrid, existía una bonita posesión de recreo, conocida con el nombre de quinta de las Acacias, por estar plantada de dichos árboles una tortuosa alameda que desde la verja de entrada conducía al pórtico de la casa.

Hoy la buscaríais en vano: ha desaparecido totalmente, y un extenso campo de trigo ocupa el sitio que abarcaba antes su cerca de piedra y ladrillo.

Ignoro qué causa la haya destruido hasta el extremo de no dejar rastro ni señal: ni aun queda una miserable ruina para indicar al caminante que allí existió edificio.

En la época a que me refiero era una posesión bastante aceptable y cómoda, un delicioso retiro para que un matrimonio pasara la luna de miel, y también para que un anciano se despidiese de la vida.

Componíase de unas diez fanegas de tierra entre jardín y huerta; muchos árboles de sombra y muchos frutales que en la primavera formaban deliciosos pabellones donde establecían sus nidos las golondrinas, ruiseñores y jilgueros: había también musgo y césped para los gusanos de luz; peces en el estanque y estatuas en las plazoletas, esperando, siempre en su actitud perpetua, la última pedrada de los muchachos, esos perpetuos destructores de brazos y narices de piedra.

La casa, que se elevaba entre la huerta y el jardín, toda de ladrillo, estaba cómodamente distribuida: en el verano la envolvían las copas de los árboles, por encima de cuyo ramaje sobresalía por las mañanas el humo del hogar, y sus tapias vestían un verde y caprichoso ropaje de madreselvas y campanillas, que parecían enormes topacios incrustados en el verde follaje.

II

Tan cómoda vivienda era el último resto de una gran fortuna disipada en locas prodigalidades, último resto que estaba próximo a desaparecer entre las garras de la usura.

Su propietario, don Juan de Benavides, había brillado por su lujo y ostentación en la corte de Carlos IV.

Célebre fue por su vida disipada y extraordinarias orgías. Gran amigo del favorito Godoy, quería competir con él y vencerle en lujo y esplendor, lo cual había conseguido a costa de su fortuna.

Un día se le ocurrió reparar las brechas abiertas en ella, casándose con doña Beatriz de Silva, cuya dote bien podía servir de puntal a aquel edificio ruinoso, impidiendo que se derrumbara y desapareciera por completo en el agitado mar de las locas pasiones.

Verificose el matrimonio, pero no los propósitos de don Juan, que al casarse se había prometido a sí propio entrar en la senda del orden y de la economía.

El Señor les dio, en fruto de bendición, una hermosa niña llamada María, cuyo nacimiento coincidió con la muerte de su madre.

Un viudo joven no es buena guía para una muchacha.

María creció entregada a sus propios instintos, teniendo únicamente por aya, maestro, consejero y confidente, a un criado de la casa llamado Pedro, a quien su amo debía no sé cuántos años de salarios, que trataba de ir amortizando poco a poco con palizas y puntapiés cuando se retiraba del juego sin una blanca en el bolsillo, pero con un humor muy negro.

Pedro se consolaba de todos estos percances dedicándose al cuidado de su ama, a quien profesaba un cariño paternal.

Él le enseñó como pudo lo que sabía, que no era mucho por desgracia; Juana la cocinera completó la educación de la niña iniciándola en los secretos de la vainica, del punto por encima y de un pastel de liebre que constituía toda su especialidad, y del que abusaba, sirviéndolo dos veces por semana en la mesa de su amo.

La niñez de María, privada casi por completo de las caricias paternales, fue triste y solitaria.

Pedro trató de evitar que la niña cuando llegase a mujer pagase a su padre en la misma moneda, a cuyo efecto desarrolló ante la imaginación de la joven educada una teoría de su invención, basada en que los padres que más quieren a sus hijas son aquellos que menos caso les hacen, y que las hijas se deben todas a los padres que las abandonan a los criados, mientras van a dilapidar su patrimonio.

María, dotada de un buen sentido, no podía menos de extrañar todo aquello; deduciendo de las mismas teorías que Pedro debía odiarla, toda vez que pasaba todo el día a su lado, colmándola de las más delicadas atenciones.

Estas observaciones tan lógicas eran causa de que Pedro se rascase la cabeza sin saber qué contestar.

Por otra parte, educada la niña en la soledad, no podía buscar término de comparación, teniendo que contentarse con las explicaciones de Pedro, quien al cabo consiguió lo que quería, esto es, que a medida que se acentuase más el despego del padre, creciese el amor de la hija.

III

La pobre María, que nació débil y enfermiza, entró en la juventud pálida y gemebunda, teniendo no poca parte en su falta de salud la conducta observada por su padre.

No obstante, los médicos aseguraban que la pubertad desarrollaría en ella las fuerzas vitales que hacían poderosos esfuerzos en su naturaleza.

Muchas veces el exceso de savia mata al árbol.

Llegó un día en que don Juan de Benavides se encontró viejo, achacoso, y lo que era tan malo, o casi peor, arruinado completamente y lleno de deudas.

Aquel día abandonó la corte con María y Pedro, trasladándose a la quinta de las Acacias.

Pero ni aun allí le dejaron en paz sus muchos acreedores, especialmente uno, con quien había contraído un crédito de consideración, y el cual le amenazaba ya con proceder contra él judicialmente.

Aquel hombre era su pesadilla, y no le dejaba a sol ni sombra.

Pedro hablaba de estrangularle; pero habían pasado ya los buenos tiempos en que esto se podía hacer impunemente.

Don Juan tenía taladrados los oídos con sus clamores, María pasaba llorando muchas horas seguidas, al ver que las locuras de su padre la conducían a morir en un hospital, porque el acreedor había cumplido su amenaza, y ya iban a proceder a la venta judicial de la quinta.

IV

Solía pasar el verano en el inmediato pueblo de Vallecas, donde poseía una hacienda un tal don Luis Tabera, hombre que pasaba por inmensamente rico.

Era don Luis uno de esos hombres que disfrutan el raro privilegio de no tener edad sin ser inmortales.

Su juventud y su madurez eran periódicas; a las veces, y acaso cuando le convenía, se levantaba aparentando dieciocho o veinte años a lo más, y solía suceder que al acostarse cualquiera le echaba más de cincuenta.

En ambas edades era siempre un hombre limpio, atento, correcto como una línea geométrica, amigo de guardar a todo el mundo las consideraciones que se mereciese, de un trato agradable y distinguido, pero sin degenerar en cordial.

No se le conocía ningún amigo, así es que siempre se le veía solo.

Tenía un genio irascible y duro, y no había en su servidumbre quien le quisiera bien, sin embargo de no deber un cuarto a nadie.

Una tarde en que María pasaba por delante de la verja de aquella quinta, próxima a desaparecer del dominio de su padre, vio llegar a don Luis, quien la saludó cortésmente, manifestando deseos de hablarle.

La misma joven le facilitó la entrada.

Después de saludarla, le habló en los siguientes términos:

V

—Señorita, el objeto que me obliga a molestarla es muy sencillo; yo la adoro a usted desde el primer día en que tuve la dicha de verla; mi posición es excesivamente desahogada; no tengo ningún vicio. Pasemos ahora a otro género de consideraciones. Su padre de usted está colocado en una situación difícil; después del escándalo de que figure su nombre en los tribunales, vendrá el despojo: en el día no posee más que esta quinta, y muy en breve se verá privado de ella; no tiene a quien recurrir; me consta que los que le han robado el dinero al juego le vuelven la espalda; es ya viejo, al verse sin casa y sin hogar, con una hija joven, y cuyo patrimonio ha dilapidado, no podrá resistir mucho tiempo, usted quedará huérfana en breve. Ahora bien, todo esto puede evitarse fácilmente: si usted me concede el honor y la dicha de que sea su esposo, yo me obligo a solventar favorablemente todos los negocios de su padre; en manos de usted está desde hoy devolverle su tranquilidad y hacer que pase una vejez dichosa. Como creo que usted necesitará algún plazo para pesar el pro y el contra de estas consideraciones, le concedo a usted hasta mañana, que a la misma hora volveré a saber su contestación.

Asió la mano de María, la besó respetuosamente y desapareció por la verja, dejando a aquella sumida en el estupor que le produjo una declaración tan original.

VI

Aquella misma noche, después de la cena, cuando el padre y la hija se quedaron solos, María estuvo contemplando largo rato el rostro del anciano, a quien aterraba la miseria que veía en perspectiva.

En su egoísmo, apenas se acordaba de su hija, mientras que esta estaba dispuesta a sacrificarle su porvenir.

—Padre mío —le dijo—, ¿conoce usted a un joven que habita en el pueblo, llamado don Luis Tabera?

—Sí, creo haberle visto una o dos veces… es inmensamente rico; su fortuna me convenía… y ahora que tú pronuncias ese nombre me hace caer en… ¿Sabes, María, que es un excelente partido para ti?

—Si ese hombre viniera mañana a pedir mi mano, ¿qué le contestaría usted?

—¡Pardiez! Hace ocho o diez años le hubiera mandado a todos los diablos… entonces no me hacía falta su fortuna para nada; pero hoy…

—¿Me daría usted licencia para contraer matrimonio?

—¡Oh!, ¡es indudable!… entonces… ¡ah!, ¡entonces yo viviría sin acreedores!

—Pues bien, padre mío, ese hombre me ama y mañana le pedirá a usted mi mano.

Don Juan dio un salto sobre su sillón; pero no se le ocurrió preguntar a su hija, ¿y tú le amas también?

El viejo egoísta no pensaba más que en sí mismo.

¿Qué le importaba lo demás, si él lograba salir de apuros?

VII

Don Luis Tabera, autorizado por María, formuló su petición oficial en toda regla al siguiente día.

La boda se verificó a los quince con gran pompa y aparato, porque el novio se propuso echar la casa por la ventana, como vulgarmente se dice.

El padre pagó sus deudas, y ya no tuvo necesidad de enajenar la quinta de las Acacias.

Capítulo XII Inconvenientes de dormirse al sereno

I

María, que había empezado a enfermar algunos meses antes, iba encontrándose cada vez peor.

Tanto, que fue preciso el auxilio de un médico.

El doctor estuvo reconociendo minuciosamente a la joven.

Por fortuna su esposo no estaba allí cuando esto sucedió.

Indudablemente se echaba de ver que el médico tenía una visible repugnancia a emitir su opinión respecto de la enfermedad que se sometía a su cuidado; luchaba, porque en la necesidad de decir algo, no quería declarar la verdad, viendo al mismo tiempo que era imposible ocultarla.

Para explicar esta circunstancia debo decir que el médico fue uno de los asistentes a la boda.

Estrechado al fin por María, no tuvo más remedio que obrar como un hombre de ciencia.

—No debía usted haberse casado hasta dos meses después —le dijo.

La joven le miró con extrañeza.

—¿Por qué motivo? —le preguntó con la mayor naturalidad.

El doctor la contempló un momento, sonriendo maliciosamente.

—Ya puede usted figurárselo —le dijo.

—¡Yo!

—¡Sin duda!

—¿Cómo quiere usted que yo dé con la solución de esa charada? Sobre todo, ¿tiene algo que ver la boda con mi enfermedad?

—Señora… vea usted que a mí no se me puede engañar respecto de ciertas cosas.

—Yo no lo pongo en duda, ni mucho menos trato de disculparlo.

—Entonces debe usted comprender…

—¡Ni una palabra!

—Pero… señora…

—En resumen, doctor; yo no le he hecho venir para que me proponga charadas; quiero que hable usted categóricamente.

El doctor estaba asombrado, y no sabía cómo calificar la conducta de María: el rostro de esta expresaba la más cándida sencillez.

—¿Será verdad que ella ignore?… —murmuró interiormente.

—Vamos, doctor, ¿va usted a estar ahí eternamente con el ademán y el mutismo de una estatua de piedra?

—¿Usted me autoriza para que hable?

—¡Pues no!… ¿qué otra cosa había de pretender?

—Corriente… usted lo quiere… por si usted lo ignora, como aparenta, le diré que su enfermedad…

—¿Y bien?…

—Es… embarazo.

—¡Miente usted! —gritó María pálida de ira, y lanzándose sobre el doctor, que tuvo que retroceder.

—¿Pero de veras usted lo ignoraba? —exclamó asombrado.

—¡Miente usted! —seguía gritando María—. ¿Ha venido usted a insultarme?… Salga usted pronto de mi presencia.

II

Pero ¡ay!

Pasaron dos meses, y el tiempo vino a dar la razón al doctor.

María fue madre.

Y sin embargo, María estaba inocente de toda culpa.

—¿Cómo pudo ser esto?

Vais a saberlo.

Ya he dicho en el comienzo del capítulo anterior, que su naturaleza débil y enfermiza necesitaba serios cuidados durante el primer período de su juventud.

Algunas veces acostumbraba a propinarle una bebida, cuya base era el opio, con lo cual se procuraba algún descanso.

Era una noche de julio nublada y bochornosa.

María se retiró a su aposento, cuya baja ventana se abría sobre el jardín.

Sentose un momento antes de desnudarse con la idea de aspirar un ambiente fresco que no soplaba.

Al poco tiempo se quedó dormida bajo el influjo soporífero de la poción que acababa de tomar.

III

A la sazón iba por el camino, con dirección a Madrid, un joven de unos dieciocho años que marchaba a pie.

(Conclusión.)

No sé si porque la jornada había sido larga, o por qué otra circunstancia, cuando llegó frente a la verja se detuvo a descansar, sentándose en el muro de piedra sobre el que se apoyaban los hierros.

En aquella posición dirigió varias veces sus miradas hacia el interior del jardín.

En el fondo, y a corta distancia, brillaba cierta claridad que llamó su atención.

Era la estancia donde dormitaba María, cuya hermosa figura fijó las miradas del joven.

Después de diez minutos de ansiosa y muda contemplación, el joven saltó la tapia de ladrillo y se internó en el jardín, adoptando las precauciones convenientes para no ser descubierto.

Poco a poco fue aproximándose a la habitación iluminada.

Llegó al pie de la ventana, desde donde a su sabor estuvo admirando la hermosura de aquella muchacha que, sumida en un profundo sueño, no daba señales de vida.

¿Qué ideas cruzaron por la mente de aquel joven?

Apoyose en el dintel de la ventana, y al poco tiempo se encontró dentro de la estancia.

Cuando salió de allí estaba despuntando el día.

La joven seguía profundamente dormida.

IV

María estuvo para perder la razón cuando se convenció de que el médico no la había engañado.

¿Cómo podía ser madre no siendo su esposo padre de una criatura que iba a venir al mundo de tan misteriosa e incomprensible manera?

¡Su esposo!

Esta palabra le hizo estremecer.

Don Luis iba a juzgarla culpable, suponiendo con apariencias de fundamento que le había engañado.

¿Era posible acaso que ella le convenciese de lo contrario?

Su situación no podía ser más angustiosa y comprometida.

¿Qué hacer?

Lo primero que se le ocurrió fue confiarse a su fiel Pedro, como efectivamente lo hizo.

Pero Pedro en aquel caso no podía serle de gran utilidad.

El peligro era inminente.

Don Luis parecía receloso: acaso sospechaba la verdad.

Llegó el instante esperado y temido.

La casualidad parecía favorecer a la joven: aquella mañana don Luis salió de caza con varios amigos.

En la estancia de María sólo estaba su fiel confidente.

La naturaleza obró al llegar el momento supremo, y María dio a luz un hermoso niño, de quien Pedro se encargó en seguida, depositándolo en manos de una mujer de su confianza.

Don Luis volvió cuando su esposa estaba ya en estado de disipar sus sospechas, si las hubiese tenido.

María empezaba ya a recobrar la confianza, cuando su esposo le dijo un día:

—Todo lo sé: ese niño es mi vergüenza; ocultadle bien; si algún día doy con él será el último de su vida.

V

Desde entonces, María, en vez de ser la compañera de su marido fue una esclava.

Hasta tal punto estaba convencida de su crueldad, que no se atrevía ni aun a preguntar a Pedro por la suerte de su hijo, ni mucho menos a verle.

Ya sabemos lo que Pedro hizo con Daniel.

Su desaparición fue causa de un repentino viaje al extranjero que don Luis dispuso sin prevenir a nadie.

Ni María ni Pedro eran dueños de intentar la menor cosa que se relacionase con Daniel, pues continuamente estaban espiados por gentes subalternas al servicio del celoso marido.

Así trascurrieron los años, años de prueba para aquella infeliz esposa, culpable de estar inocente, pues para ella seguía siendo un impenetrable misterio la cuestión de su maternidad.

Solamente a la muerte de su marido, cuando recobró su libertad de acción pudo atender a su hijo.

Inmediatamente regresó a Madrid; sabía por Pedro las señas de la casa de Magdalena, y en el caso de que hubiese variado de domicilio, no le hubiese sido difícil encontrarla, dada la conocida profesión de su marido.

VI

Ahora ya calculará el lector la emoción que se apoderaría de ella al oír las palabras de Ceferino.

Por eso se había abalanzado a él; por eso le increpó duramente, diciéndole:

—¿Quién eres tú, que sabes la historia de la quinta de las Acacias?

Capítulo XIII Morituri te salutant

I

—Perdón, señora —exclamó Ceferino luego que María recobró el conocimiento—. Soy el más miserable de los hombres.

—¡Habla, habla, infame!… y sepa yo de qué modo has podido amargar mis delicias de madre.

Ceferino, con voz entrecortada y balbuciente, le refirió lo que saben nuestros lectores.

María le escuchaba horrorizada.

¡Su hijo lo era también del verdugo!

Aquel hombre se había aprovechado de su sopor para deshonrarla, con la circunstancia agravante de haberla hecho pasar por una mujer infame a los ojos de su marido.

María se levantó airada como una pantera huida, dirigiéndose hacia la puerta del aposento.

—¿No quiere usted abrazar a nuestro… a su hijo?

—No; es tuyo, y ya le detesto… no quiero verlo… su presencia me haría más desgraciada aún.

—¡Señora!…

—Atrás, miserable bandido, cuyos vicios comercian con el sueño de las personas honradas; atrás… yo te maldigo.

Y escupiéndole en el rostro como a un objeto despreciable, salió airada, enérgica y terrible de aquel aposento donde su honor quedaba a merced del verdugo.

II

Ceferino quedó anonadado, pensando en las funestas consecuencias de aquel crimen de su juventud.

En la antesala oía los sollozos de su mujer, arrojada brutalmente de la estancia algunos momentos antes, y en la escalera los pasos de su hija Dolores, que venía del templo de rezar ante la Santa Virgen.

No tardaría en acudir Daniel, según acostumbraba a hacerlo todas las tardes; Daniel, su hijo, engendrado en el crimen por un verdugo, que debía casarse al día siguiente con una mujer que era su propia hermana.

Y este cúmulo de enormidades dispuesto por él mismo, en el misterioso laboratorio de la fatalidad.

Ceferino empezó a sentir el vértigo.

Las ideas rodaban por su imaginación, chocando y empujándose unas a otras como las bolas de un juego de billar.

Parecía que estaba asistiendo a la descomposición de la luz y de los calores de una linterna mágica; que todo aquello que veía y tocaba era el producto de una pesadilla de abigarrados delirios de la imaginación de un loco.

Representábasele aquella noche fatal en la alameda de la quinta de las Acacias; una mujer durmiendo, él tratando de afrentarla, y Daniel saliendo de entre la bruma del no ser, para escupirle en el rostro, para maldecirle…

Después su hija Dolores, privada de unirse con aquel hombre a quien amaba, y sin poder abrazar a su hermano, en quien veía al amante; ni odiar al amante, que era su hermano…

Luego su mujer, la pobre Magdalena, pálida y calenturienta, llorando tantos males como venían sobre su agonía…

Y por último, la soledad, los reos a quienes había privado de la vida en nombre de la ley, preguntándole el derecho que le asistía para quitar la vida a los demás, debiendo haber empezado por quitársela a sí mismo.

III

El verdugo se sentó a una mesa; tomó papel y pluma, y escribió.

Guardose el papel en el bolsillo, se caló el sombrero y salió de la estancia.

En la habitación contigua estaban Magdalena y Dolores.

Las besó en la frente y se alejó con la mayor rapidez.

—Pero ¿qué le pasa hoy a tu padre? —preguntó la pobre enferma.

A los pocos momentos llegó Daniel.

—He visto al señor Ceferino en la calle, y no me ha saludado —dijo—; su rostro expresaba una exaltación extraordinaria; indudablemente miraba sin ver…

Magdalena entonces estuvo para revelarle la llegada de aquella dama que aseguraba ser su madre; pero una consideración de que ella no se daba cuenta, la contuvo.

Ignoraba si debía o no hacerlo, después de la entrevista de María con su marido, y de la brusca salida de aquella.

Los tres estaban bajo la impresión tristísima de un acontecimiento desconocido.

¡Ah! ¡Qué víspera de boda!

Cerca del anochecer llegó un mozo de corcel con una carta para Magdalena.

La abrió temblando al reconocer en el sobre la letra de su marido, y no encontrándose con fuerzas suficientes para leerla, le suplicó a Daniel que lo hiciera.

Su contexto era el siguiente:

«Mi pobre Magdalena: He sido muy culpable; perdóname, siquiera porque voy a morir: cuando leas estos renglones estaré en la eternidad; voy a tomar esta espantosa determinación, porque no puedo ya con mi infamia; porque no quiero arrostrar la maldición de mis hijos… sí, de mis hijos; Daniel y Dolores son hermanos…»

IV

La lectura de esta fúnebre despedida, que destilaba sangre, fue interrumpida por tres pavorosos gritos.

Magdalena, Dolores y Daniel quedaron anonadados, como si a los tres les hubiera herido el mismo rayo.

Cada cual era presa de distintas emociones; pero todas ellas dolorosas y terribles.

Daniel fue el primero que rompió el silencio, dirigiéndose a Magdalena.

—¡Madre! —murmuró cubriéndose la cabeza con ambas manos.

—No, tú no eres mi hijo… tu madre acaba de salir de aquí hace pocas horas.

—¡Y él!… ¡mi padre!… ¡el verdugo!… ¡qué horror!…

Las sombras de la noche cubrieron aquel cuadro de desolación y espanto.

¡Noche triste, que debía haber sido precursora de un día de felicidad!

Conclusión

En uno de los últimos días del mes de junio, durante el que pasan todos los principales acontecimientos que acabo de relatar, el pórtico del célebre convento de la Latina estaba lleno de gentes entre las que se veían muchas libreas; y la calle, en una regular extensión, de carruajes de las familias más principales de la corte.

Por las conversaciones que circulaban de boca en boca entre los corrillos de convidados y mirones, se sabía que en aquel momento estaba tomando el velo de religiosa en dicha santa casa una dama relacionada con lo más selecto de Madrid e inmensamente rica que, al renunciar a las pompas mundanas, empezó por realizar su fortuna y distribuirla entre los pobres.

La dama en cuestión, al decir de las gentes, acababa de enviudar en el extranjero, y el sentimiento exagerado por la muerte de su esposo la hacía adoptar tan cristiana resolución.

Otros decían no sé qué de un hijo perdido tiempos atrás, y hallado de un modo poco lisonjero para la madre.

La mayor parte de los que hablaban, suponiéndose tan bien informados, no sabían ni una palabra del caso.

Pero era preciso decir algo y hacerse los interesantes.

El que menos era primo de la nueva religiosa, y ya podéis calcular si estaría al cabo de la calle.

Mientras se verificaba la ceremonia cruzaba por delante de la histórica fachada del convento un carro mortuorio, sobre el que iba un féretro.

Detrás, y formando el cortejo, iban hasta una veintena de coches, en uno de los cuales se veía al anciano don Antonio Solís, completamente enlutado, manifestando su rostro las huellas de un profundo dolor.

Al pasar por delante del convento, se asomó a la ventanilla del coche, dirigió una triste mirada a la multitud que se apiñaba a la puerta, y lanzó un profundo suspiro.

La fúnebre comitiva siguió su marcha, perdiéndose de vista bien pronto bajo los arcos del puente de Toledo.

Ahora bien, os diré que la dama que tomaba el velo religioso era doña María Benavides de Silva.

En cuanto al cadáver que encerraba el ataúd, pertenecía al joven Daniel.

El día anterior había muerto, víctima de una congestión cerebral, producida por la lectura de la carta del verdugo.

En un mismo día iban a sepultarse la madre y el hijo, saliendo del mundo, aunque por distinta puerta.

¿Llevaba la primera, al acogerse al claustro, algún remordimiento en el corazón?

Magdalena sobrevivió muy poco a la catástrofe que la privó de su marido, y de aquel pobre joven a quien había cuidado cual si fuera su verdadero hijo.

Respecto a Dolores, haca algunos años que, vieja y achacosa, se le veía entre los mendigos que impetraban la caridad en la iglesia de San Andrés.

Un día desapareció y nadie volvió a saber de ella.

Probablemente moriría.