Ganso y Pulpo

La Ilustración Española y Americana

Introducción

La revista La Ilustración Española y Americana —subtitulada «Revista de Bellas Artes, Literatura y Actualidades»— gozó de gran prestigio durante su existencia, como puede constatarse al comprobar que se trata de la más longeva de entre todas las aparecidas a finales del siglo XIX {desde el 25 de diciembre de 1869 hasta el 30 de diciembre de 1921}.

Se trataba de una revista de formato grande {390 × 280 mm}, administrada desde C/ del Arenal 16, impresa en la Imprenta Fortanet, publicada de acuerdo a una periodicidad fijada en los días 8, 15, 22 y 30 de cada mes —lo cual suma una media de 48 números por año— y con una paginación continuada por semestres para la posterior encuadernación conjunta de los distintos ejemplares.

Sus bases iniciales perduraron con fidelidad en el tiempo, de tal modo que podemos encontrarlas, por ejemplo, en la sección de anuncios publicitarios de la revista en 1897:

Se publica los días 8, 15, 22 y 30 de cada mes, constando cada uno de sus números de dieciséis páginas, ocho de las cuales están destinadas a trabajos literarios de los más renombrados escritores, y las restantes de selectos grabados representando sucesos de actualidad, de esos que, por la importancia general que revisten, a todo el público interesan; monumentos célebres, cuadros notables de todas las escuelas, así antiguas como modernas, y obras de arte en todas las manifestaciones de este principalísimo ramo de la cultura. Cuando la abundancia de materiales lo reclama, la empresa distribuye magníficos suplementos, gratis para los señores suscritores, los cuales son también obsequiados con lindísimas láminas esmeradamente ejecutadas en cromotipografía.

Principales características

Entre las razones del éxito de la publicación se suelen referir habitualmente tres cuestiones fundamentales: su gran formato, los suplementos y su elenco de colaboradores. A continuación, valiéndonos de trabajos como Literatura y Periodismo en las Revistas del Fin de Siglo. Estudio e Índices (1888-1907), de María Pilar Celma Valero, y Revistas ilustradas en España: del Romanticismo a la Guerra Civil, de Juan Miguel Sánchez Vigil, presentamos una breve exposición de las principales características de la publicación que nos ocupa a través de sus etapas.

Principales etapas

1869-1881. El modelo de Abelardo de Carlos

La revista fue fundada en Madrid en 1869 por Abelardo de Carlos y Almansa {Cádiz, 1822-Madrid, 1884}, que adquirió para ello la propiedad de la revista Museo Universal. Abelardo de Carlos, que ya antes había dirigido publicaciones como La Revista Médica o La Moda {más tarde La Moda Elegante e Ilustrada} y que fue también propietario de El Bazar {1874-1875}, fue su director hasta el año 1881.

Su modelo se fundamenta en la pretendida prioridad de los grabados, para lo cual contrató a buen número de dibujantes, encargados de cubrir las noticias de actualidad. El responsable del diseño de la publicación fue Bernardo Rico y contó con prestigiosos grabadores y dibujantes como Tomás Carlos Capuz, Valeriano Bécquer, Daniel Ortega, Daniel Perea, José Luis Pellicer, Tomás Padró y Juan Comba.

Una segunda base, con la cual se completa el título de la revista, consistía en la apertura a la difusión de la revista en Hispanoamérica, especialmente en las posesiones españolas en Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Los contenidos, inicialmente, se estructuraron en secciones dirigidas por especialistas:

«Crónica general». La sección «Crónica general» {firmada por José Fernández Bremón} se mantuvo a lo largo de toda su historia. Ahora bien, la crónica fue uno de los géneros preferidos de la publicación, apareciendo con el tiempo otras de relativa importancia como «Por ambos mundos» o las frecuentes crónicas parisienses.

«Nuestros grabados». Como ya hemos anotado, de importancia capital en la ontología de la publicación.

«Artículos científicos». El interés científico predominó sobre el filosófico desde los inicios de la publicación. Botánica, zoología, física, química, astronomía y tecnología se abordaron continuamente desde una tendencia positivista.

«Actualidad». Se pretende informar de acontecimientos políticos y sociales, nacionales y extranjeros, pero sin toma de partido ni cuestionamiento de fondo o forma. Siempre están presentes el patriotismo y el acatamiento de las estructuras vigentes. Es decir, se soslayan en todo momento los temas conflictivos, primando cuestiones más baladíes {como los eventos relacionados con la realeza} y asuntos de política internacional. La excepción que confirma la regla coincide con las guerras coloniales de 1898.

«Narraciones varias» y «Álbum poético». La creación literaria estuvo reservada para escritores de prestigio en la época, insertos en la tendencia predominante del realismo. De este modo, no pueden encontrarse en sus páginas los primeros escarceos de los jóvenes escritores modernistas. La difusión literatura foránea estuvo completamente descuidada.

En narrativa, el escritor más asiduo fue Alejandro Larrubiera y los únicos representantes de las nuevas tendencias que podrán encontrarse a lo largo de toda su historia son Alejandro Sawa y Ramón María del Valle-Inclán.

En poesía, los nombres más frecuentes son los de Antonio Grilo, Manuel del Palacio, Ricardo Sepúlveda o José Jackson Veyán. Con menor asiduidad, aparecerán más adelante composiciones de Salvador Rueda y Manuel Reina.

Apuntamos también aquí la recurrencia de cuadros dramáticos breves a cargo de escritores como Ramón Navarrete, Sánchez Pérez, Luis Gabaldón, Javier de Burgos, José Zahonero, Eduardo de Lustonó y Eduardo Zamacois.

«Libros». Si bien existieron con el tiempo secciones de crítica pictórica, musical y teatral, el mayor énfasis recayó siempre en la crítica literaria. Al respecto, debe subrayarse que interesan más los planteamientos historicistas que la contemporaneidad. El estudioso más asiduo es Juan Pérez de Guzmán y, el autor más atendido, Cervantes.

«Publicidad». Como siempre, una fuente de ingresos en que sostenerse.

Los colaboradores asiduos encargados de la redacción son siempre personas de reconocido prestigio, pues Abelardo de Carlos pretendía satisfacer una serie de intereses intelectualistas desde los ideales de la seriedad y el rigor. Entre sus firmas se encuentra a Manuel Fernández Cuesta, Manuel Fernández y González, Francisco Pi y Margall y Gustavo A. Bécquer, entre otros.

La Ilustración Española y Americana, fundada sobre estos pilares, gozó rápidamente de gran popularidad tanto en España como en el extranjero, principalmente gracias a la calidad de su trabajo gráfico. De hecho, en 1874, la revista renovó su diseño al estilo de la revista parisina L’Illustration, con el papel cortado y encuadernado en 24 × 30 cm. Los grabados, realizados sobre madera, causaban sensación entre sus lectores, especialmente los reproducidos a doble página, pensados para coleccionar o exponer. Aquel año, fue galardonada con la Medalla de Oro de la Exposición Universal de Viena por su excelente presentación.

Para los grabados especiales se siguió el modelo inglés y se encargó al experto grabador Esteban Pannemaker {1847-1930} la elaboración de las planchas en madera. La perfección del resultado {1877} hizo que se encargasen obras a los grabadores con la condición de que fuesen publicadas simultáneamente en L’Illustration de París y la Illustrated London News.

Una última característica importante de la publicación desde sus primeros años fue la motivación de los colaboradores mediante la creación de premios literarios y artísticos desde el año 1876.

1881-1898. Esplendor del fotograbado

El periodo de esplendor de la revista coincidió con la aplicación y desarrollo del fotograbado {1880-1900}, bajo la dirección de Abelardo José de Carlos y Hierro, hijo del fundador.

Así, La Ilustración Española y Americana fue pionera en la aplicación y el desarrollo del fotograbado desde septiembre de 1883 y, en 1888, publicó el primer grabado en color.

La revista aplicó las nuevas técnicas paulatinamente, combinando lo tradicional con lo moderno, procurando la formación de especialistas y recurriendo a las fuentes cuando lo consideró oportuno. No obstante, comenzó a sucumbir ante las nuevas publicaciones, no por un retroceso en su calidad, sino por la proliferación de títulos a final de siglo, tras la promulgación de la Ley de Prensa de 1883.

En el ámbito de la creación literaria, destaca la publicación durante este periodo de algunas novelas seriadas como Amor y amores {Fernanflor, 1888} o Doña Berta {Clarín, 1891}, así como narraciones agrupadas entre las que destaca «Mundanas» {Alfonso Pérez Nieva, 1892-1894}.

1898-1914. La era fotográfica

En 1898 se encargó de la dirección Alejandro Moreno y Gil de Borja, que aportó pocas novedades {«Libros Enviados», sección creada en 1900, es una de las pocas} e incluso no cumplió con las normas éticas al reproducir las fotografías, en 1910, sin ninguna referencia a los nombres de los autores o a su procedencia.

La importancia de la fotografía se vuelve esencial. Así, en las páginas de la revista se dio a conocer el grupo de aficionados que fundó la Sociedad Fotográfica de Madrid {1899} y, desde este mismo año, el único concurso convocado por la revista es de carácter fotográfico.

Lo cierto es que, con el cambio de siglo, las revistas redujeron los formatos para ahorrar inversiones en papel y dedicaron más espacio a la información de actualidad. Sin embargo, La Ilustración Española y Americana se mantuvo fiel a su estilo y continuó reproduciendo grabados a gran formato.

1914-1921. Segunda época: el ocaso de un modelo longevo

En 1914, La Ilustración Española y Americana cambia de propietarios y, de este modo, comienza su segunda época. Bajo la dirección de Rafael Picavea, la publicación comienza a sufrir su ocaso, debido en gran parte a la competencia con los semanarios gráficos de las grandes empresas periodísticas recién surgidas: Blanco y Negro, Nuevo Mundo, Mundo Gráfico y La Esfera.

Producción literaria

Tal y como ha quedado reflejada en la sección anterior.